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Los últimos días jamás contados de María, la madre de Jesús, están dejando a millones de personas emocionadas y llenas de preguntas. VL

Los últimos días jamás contados de María, la madre de Jesús, están dejando a millones de personas emocionadas y llenas de preguntas.

Hay un detalle que la mayoría de las personas nunca ha notado al leer los evangelios. María, la madre de Jesús, desaparece de los registros bíblicos mientras todavía estaba viva. No hay versículo que anuncie su muerte, no hay capítulo que describa su sepultura. No hay epístola que lamente su partida. El Nuevo Testamento la menciona al pie de la cruz.

La ubica en el aposento alto el día de Pentecostés y después, como si la narrativa sagrada supiera que algunas cosas son demasiado grandes para ser escritas en papel, simplemente guarda silencio. Ese silencio ha generado más preguntas que cualquier otra ausencia en toda la historia del cristianismo. Y hoy vamos a adentrarnos en él con honestidad, con profundidad histórica y con el respeto que merece la mujer que Dios eligió para traer a su hijo al mundo.

Para comprender el final de María, hay que comprender primero quién era María más allá del momento del anuncio angélico. La tradición cristiana, en todas sus expresiones, ha tendido a presentarla como una figura estática, casi inmóvil, envuelta en mantos azules y expresión serena. Pero la María, que emerge de una lectura cuidadosa de los textos bíblicos y del contexto histórico del siglo io, es una mujer completamente diferente, dinámica, valiente, profundamente humana y absolutamente extraordinaria en su capacidad de sostenerse en fe cuando

todo a su alrededor contradecía lo que Dios le había prometido. era una joven judía de Galilea, una región que los habitantes de Jerusalén miraban con cierto desdén cultural, una zona considerada periférica dentro del propio Israel. Galilea era tierra de pescadores, campesinos y artesanos, lejos de los centros de poder religioso y político que definían la vida pública del pueblo judío en aquella época.

Y de allí, de esa región ignorada, Dios eligió a la mujer que cargaría en su vientre la salvación del mundo. El evangelio de Lucas es el que más información ofrece sobre María en sus primeros años y lo hace con una precisión que los estudiosos del texto griego han admirado durante siglos. Cuando el ángel Gabriel se le aparece según Lucas 1:28, le dice, “Salve, muy favorecida, el Señor es contigo.

Bendita tú entre las mujeres.” La palabra griega que se traduce como muy favorecida es que charitóene, un participio perfecto pasivo que indica un estado permanente y completo de haber recibido gracia. No es un favor momentáneo, es una condición establecida por Dios. antes incluso de que el ángel llegara. María no se convirtió en favorecida en ese instante. Ya lo era.

Y esa distinción teológica es fundamental para entender todo lo que vendría después en su vida. Porque la gracia que Dios derramó sobre ella no fue una protección contra el sufrimiento, sino una fortaleza para atravesarlo sin perder la fe. La respuesta de María al anuncio del ángel es uno de los momentos más estudiados y más mal comprendidos de todo el Nuevo Testamento.

Cuando pregunta en Lucas 1:34, “¿Cómo será esto?” Pues no conozco varón. No está expresando incredulidad como lo hizo Zacarías cuando recibió la noticia del nacimiento de Juan. María no está dudando de la capacidad de Dios. Está pidiendo comprensión sobre el mecanismo de algo que ningún ser humano había experimentado ni experimentaría jamás.

Y cuando el ángel le explica que el Espíritu Santo vendría sobre ella y que el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, María responde en Lucas 1, [música] hay ocho con las palabras que han resonado a través de 2000 años de historia de la fe. He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra. Esa respuesta no es resignación, es una de las declaraciones de fe más absolutas que registra la escritura.

Una joven sin poder, sin posición y sin precedente histórico que respaldar lo que le estaban anunciando, eligió creer por encima de toda lógica humana. Lo que siguió inmediatamente después de ese sí fue una prueba que muy pocas personas consideran en toda su dimensión humana. María quedó embarazada sin haber estado con ningún hombre en una cultura donde ese hecho podía tener consecuencias sociales devastadoras para ella y para su familia.

José, su prometido, no lo sabía. La comunidad no lo sabía. Y María, cargando el secreto más grande de la historia humana, tomó la decisión de ir a visitar a su prima Elizabeth en la región montañosa de Judea. Lucas 1:39 dice que se levantó María en aquellos días y fue de prisa a la montaña. Esta prisa no es solo geografía, es el movimiento de una mujer que necesitaba estar con alguien que pudiera comprender, al menos parcialmente lo que Dios estaba haciendo en su vida.

Elizabeth, llena del Espíritu Santo, la recibió con palabras que confirman la revelación divina y fue en ese encuentro donde María pronunció el Magnificat, ese himno de alabanza registrado en Lucas 1:55. que revela la profundidad teológica de esta joven galileana. Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador”, dice al comenzar.

y continúa con una comprensión de la justicia de Dios, de su fidelidad a los humildes y de su cumplimiento de las promesas hechas a Abraham, que no era el lenguaje de una niña asustada, sino el de una mujer que conocía las escrituras y vivía en comunión genuina con el Dios que las había inspirado. María permaneció con Elizabeth aproximadamente 3 meses, según indica Lucas 1:56.

y luego regresó a su casa en Nazaret. Lo que encontró al regresar no fue una bienvenida fácil. José había notado su embarazo y según Mateo [música] 1:19 había decidido repudiarla en secreto para no exponerla públicamente. Esa decisión, aunque tomada con la intención de protegerla, revela la magnitud del problema que María enfrentaba.

El hombre que la amaba, el hombre con quien iba a casarse, no podía comprender lo que había ocurrido. Y María, que sabía la verdad con absoluta certeza, tuvo que atravesar ese periodo de incomprensión por parte de la persona más cercana a ella, sin que ningún texto bíblico registre que ella haya intentado presionar, manipular o forzar la situación.

esperó y Dios intervino directamente enviando un ángel a José en sueños para revelarle la verdad, como narra Mateo 1 2021. Esa capacidad de esperar en Dios cuando la situación humana parecía irreparable es una de las marcas más distintivas del carácter de María a lo largo de toda su vida. El nacimiento de Jesús en Belén, narrado con una sobriedad asombrosa por Lucas en el capítulo 2 de su Evangelio, ocurrió en condiciones que desafiaban cualquier expectativa humana de lo que debería haber sido el nacimiento del Hijo de

Dios. No había lugar en el mesón, no había comodidades, no había la presencia de las mujeres experimentadas de la comunidad que normalmente acompañaban los partos en la cultura judía del primer siglo. María dio a luz en un entorno reservado para animales, envolvió al niño en pañales y lo acostó en un pesebre.

Lucas 2:7 narra esto con una economía de palabras que contrasta dramáticamente con la enormidad del evento. Y en ese contraste está una de las grandes enseñanzas que la vida de María ofrece a cualquier creyente que haya esperado algo de Dios y haya visto cumplirse esa promesa de una manera completamente diferente a como lo imaginaba.

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