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Los supuestos milagros de Padre Pío han dejado sin palabras incluso a médicos y expertos: heridas que nunca cicatrizaban, curaciones imposibles y testimonios que desafían toda lógica VL

Los supuestos milagros de Padre Pío han dejado sin palabras incluso a médicos y expertos: heridas que nunca cicatrizaban, curaciones imposibles y testimonios que desafían toda lógica

En 1919, en un convento pequeño en el sur de Italia, un médico llamado Luigi Romanelli recibió un encargo inusual. El Vaticano quería que examinara a un fraile franciscano de 32 años que decía tener heridas en las manos, los pies y el costado. Heridas que coincidían exactamente con las que los evangelios describen en el cuerpo de Jesús después de la crucifixión.

Heridas que, según los frailes del convento, llevaban meses sin cerrar, sin infectarse, sin mostrar ninguno de los signos normales de deterioro que cualquier herida abierta muestra después de días, mucho menos después de meses. Romanelli era un médico serio. No era un devoto buscando confirmación de un milagro. Era un profesional enviado a encontrar una explicación médica para lo que estaba ocurriendo.

Examinó las heridas con todo el rigor que su formación le permitía. Las midió, las documentó. Tomó notas detalladas y cuando terminó su examen escribió algo en su informe que los médicos que lo leyeron después no sabían cómo procesar. Dijo que las heridas eran reales, que eran profundas, que penetraban completamente las palmas de las manos, que no había ninguna señal de infección a pesar de estar abiertas, que no había ninguna explicación médica para su existencia ni para su persistencia.

Romanelli fue el primero de una larga lista. En los siguientes 50 años, más de una docena de médicos examinaron las heridas de padre Pío. Algunos llegaron convencidos de que encontrarían fraude. Algunos llegaron con escepticismo profesional bien fundado. Casi todos salieron con el mismo informe. Las heridas eran reales y no tenían explicación.

Eso ocurrió en el siglo XX. No en la Edad Media, no en una época sin instrumentos de medición ni conocimiento médico, en el siglo XX, con médicos formados en universidades modernas con acceso a los recursos diagnósticos de su época, examinando a un hombre vivo al que podían hacer preguntas y del que podían tomar muestras.

Y no encontraron explicación. Hoy vas a conocer la historia completa de Padre Pío. No la versión devocional simplificada. la historia real, con los documentos médicos, con los testimonios verificados, con los casos que los propios escépticos no han podido cerrar después de décadas de intentarlo. Y cuando termines de escucharla, vas a entender por qué este hombre, que murió en 1968, sigue siendo uno de los santos más visitados y más invocados del mundo católico más de medio siglo después.

Francesco Forion nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrel, China, un pueblo pequeño en la región de Campania, en el sur de Italia. El sur de Italia de finales del siglo XIX era un mundo que el norte del país miraba con una mezcla de condescendencia y olvido. Era pobre, rural, profundamente religioso en la forma concreta y cotidiana que tiene la fe, cuando no hay muchas otras cosas a las que aferrarse.

Los campesinos de Campania vivían de la Tierra, dependían de las estaciones y de la lluvia y tenían una relación con lo sagrado que no pasaba necesariamente por la teología, sino por la experiencia directa de necesitar algo más grande que ellos mismos para sobrevivir. En ese mundo nació Francesco Forgione. Su familia era pobre, pero no mísera.

Su padre, Grazio, trabajó como emigrante en Estados Unidos durante años para ganar el dinero suficiente para que su hijo pudiera educarse con los frailes franciscanos. Ese sacrificio del padre es uno de los detalles de la historia de padre Pío, que me parece más humano y más revelador. El hombre que se convertiría en uno de los santos más famosos del siglo XX pudo llegar al convento porque su padre cruzó el océano a trabajar para pagarlo.

Desde muy niño, Francesco mostró una vida espiritual que sus padres y sus vecinos reconocían como diferente. No diferente en el sentido de excéntrico o de perturbado, diferente en el sentido de que había algo en él que los adultos que lo rodeaban no sabían cómo describir con precisión, pero que reconocían como real.

A los 5 años decía tener visiones. A los 10 años pasaba horas en oración en una postura que sus compañeros no podían mantener durante minutos. A los 15 años pidió ingresar en la orden franciscana. Ingresó en 1903. Tomó el nombre de Pío en honor al Papa Pío Io y comenzó una vida que en términos externos parecía la vida normal de un fraile franciscano en el sur de Italia con sus oraciones, sus estudios, sus tareas comunitarias.

Pero desde el principio hubo algo que no era normal. Padre Pío enfermaba con una frecuencia y una intensidad que sus superiores no sabían cómo interpretar. Fiebres altísimas que llegaban sin explicación y desaparecían sin tratamiento. Episodios de debilidad extrema que lo dejaban postrado durante días. Los médicos que lo examinaron durante esos primeros años en el convento no encontraban causas orgánicas para sus enfermedades.

Las fiebres eran reales, medibles con termómetro, pero no correspondían a ninguna infección ni a ninguna condición conocida. Hay un detalle de esa época que los biógrafos de Padre Pío mencionan con frecuencia y que me parece extraordinariamente significativo. Sus termómetros se rompían, no metafóricamente, literalmente.

Cuando los médicos intentaban medir su temperatura en los momentos de fiebre más intensa, los termómetros de vidrio que usaban en esa época reventaban porque la temperatura superaba el límite máximo que el instrumento podía registrar, que era de 48º Celus. La temperatura corporal humana compatible con la vida no supera los 42 o 43 gr en casos extremos.

Por encima de esa temperatura, el daño cerebral es inevitable y la muerte ocurre en minutos u horas. Padre Pío tenía temperaturas que rompían los termómetros y al día siguiente estaba en pie. Eso está documentado en los registros médicos del convento, en los informes de los médicos que lo atendieron, no en leyendas posteriores construidas para glorificar a un santo.

En documentación contemporánea escrita por personas que estaban tratando de encontrar una explicación médica para lo que veían y que no la encontraron. El 20 de septiembre de 1918 ocurrió lo que convertiría a Padre Pío en un fenómeno que trasciende los límites del mundo católico y que hasta hoy no tiene explicación científica aceptada.

Padre Pío estaba solo en la capilla del convento de San Giovanni Rotondo en Fogia, haciendo su oración habitual después de la misa. En un momento dado perdió el conocimiento. Cuando los frailes que lo buscaban lo encontraron, estaba inconsciente en el suelo y tenía heridas en ambas manos, en ambos pies, en el costado derecho.

Las heridas correspondían exactamente a las que los evangelios describen en el cuerpo crucificado de Jesús. Eran profundas, sangrantes, reales. Y desde ese momento hasta su muerte, 50 años después, no cerraron. 50 años. Ese es el dato que más impacta a los médicos que han estudiado el caso. No la existencia de las heridas, que podría tener en teoría alguna explicación psicosomática, aunque ninguna satisfactoria, sino su persistencia.

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