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Los misteriosos últimos días de Poncio Pilato están conmocionando a creyentes de todo el mundo VL

Los misteriosos últimos días de Poncio Pilato están conmocionando a creyentes de todo el mundo

Hay algo que la historia oficial casi nunca menciona sobre Poncio Pilato. El hombre que firmó la sentencia más influyente de la historia humana, terminó sus días no en Roma, no en Judea, sino exiliado en una provincia remota del imperio, removido de su cargo en desgracia, olvidado por el mismo sistema que lo había puesto en el poder.

Su caída comenzó apenas unos años después [música] de aquella mañana en Jerusalén y cuando llegó fue rápida, humillante y definitiva. Lo que ocurrió entre el año 26 y el año 37 de nuestra era, durante los 11 años que Poncio Pilato gobernó la provincia de Judea como prefecto de Roma. Es una historia que entrelaza el poder imperial con la fragilidad humana, la ambición política con la cobardía moral [música] y el juicio de un hombre con el plan eterno de Dios.

Para entender cómo terminó Pilato, es necesario entender primero quién era, de dónde venía y qué clase de mundo lo había formado. El Imperio Romano del primer siglo era una máquina de poder sin precedentes en la historia antigua. Desde las orillas del Rin hasta las arenas del desierto sirio, desde las nieves de Britannia hasta las palmeras del norte de África, Roma gobernaba un territorio de proporciones colosales y lo hacía a través de una red de gobernadores, prefectos y procuradores que respondían directamente al emperador.

Poncio Pilato pertenecía a ese engranaje. era un hombre del ordenestre romano, lo que significaba que ocupaba un rango social y militar por encima del ciudadano común, pero por debajo de la aristocracia senatorial. Los prefectos de provincias como Judea eran típicamente elegidos de este rango. Hombres con experiencia militar, con conexiones en Roma, con la capacidad de administrar territorios difíciles y mantener el orden sin necesitar supervisión constante.

Judea era considerada una provincia menor, periférica, pero enormemente complicada. La densidad religiosa y cultural del pueblo judío, su historia de resistencia frente a potencias extranjeras, sus tensiones internas entre fariseos y saduceos, entrecelotes y esenios, entre el pueblo y su clase sacerdotal, hacían de aquella pequeña franja de tierra mediterránea uno de los territorios más explosivos del imperio.

Roma lo sabía y por eso enviaba allí hombres capaces de navegar esas complejidades sin provocar una rebelión que pudiera avergonzar al emperador. Pilato llegó a Judea alrededor del año 26 de nuestra era durante el reinado del emperador Tiberio y desde el principio su relación con la población judía estuvo marcada por la atención.

Una de las primeras acciones que se registran de su mandato fue la introducción de estandartes militares romanos en Jerusalén. estandartes que llevaban imágenes del emperador. Para los judíos, aquello era una violación directa del mandamiento que prohibía las imágenes. Y la protesta fue tan intensa, tan sostenida y tan disciplinada que Pilato finalmente cedió y retiró los estandartes.

Este episodio revela algo fundamental sobre el carácter del hombre. tenía instintos de confrontación, pero también tenía un límite calculado cuando la resistencia amenazaba con escalar más allá de lo que podía controlar. No era un hombre de principios firmes, era un hombre de conveniencia política. Y esa característica, esa disposición a ceder ante la presión cuando los riesgos superaban los beneficios es la misma que lo llevaría a tomar la decisión más famosa de su vida.

El ministerio de Jesús de Nazaret transcurrió durante los años del prefecto Poncio Pilato. Los evangelios nos presentan a un Jesús que enseñaba en las sinagogas de Galilea, que sanaba a los enfermos en los caminos de Judea, que desafiaba con su autoridad la interpretación religiosa de su tiempo y que atraía multitudes que veían en él algo completamente diferente a todo lo que habían conocido antes.

El texto de Lucas 31 ancla el inicio del ministerio de Juan el Bautista y por extensión el inicio del ministerio público de Jesús en un momento histórico preciso en el año 15to del reinado de Tiberio César, siendo Poncio Pilato, gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea. Esta coordinación de nombres y fechas no es decorativa.

Es la afirmación explícita de que lo que ocurrió en aquellos años ocurrió en la historia real, dentro del mundo real, bajo el gobierno de hombres reales. Pilato y Jesús existieron en el mismo tiempo, en el mismo espacio geográfico, bajo el mismo cielo de Palestina. Y el destino de ambos quedó entrelazado en una mañana de Pascua judía, que ninguno de los dos podría haber anticipado con exactitud en las dimensiones que tendría.

La noche en que Jesús fue arrestado en el huerto de Getsemaní, el proceso que lo llevaría ante Pilato ya estaba en marcha. Las autoridades religiosas de Jerusalén, el sumo sacerdote Caifás y los líderes del sanedrín, habían determinado que Jesús representaba una amenaza demasiado grande para ser ignorada. Pero el poder de condenar a muerte pertenecía a Roma, no al Sanedrín.

Por eso lo llevaron ante Pilato y lo hicieron de madrugada en la víspera de la Pascua. Entonces, cuando las calles de Jerusalén estaban llenas de peregrinos llegados de toda la región para la festividad más sagrada del calendario judío. El evangelio de Juan describe con una precisión que ha sido profundamente estudiada los intercambios entre Pilato y Jesús. Pilato lo interrogó.

Pilato le preguntó si era el rey de los judíos. Jesús le respondió con palabras que no eran una negación, sino una corrección del concepto. Mi reino es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos, pero mi reino es de aquí. Pilato escuchó esas palabras y salió de nuevo para anunciar que no encontraba en él delito alguno.

En ese momento, Pilato tenía en sus manos la posibilidad de hacer lo correcto. Sabía que Jesús era inocente. Su propia esposa le había enviado un mensaje urgente durante el juicio. No te metas con ese justo, porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él. La conciencia de Pilato, reforzada por la intuición de su esposa, le decía claramente cuál era el camino correcto.

Pero Pilato eligió otro camino y ese camino estuvo pavimentado con una palabra que se repite a lo largo de los relatos evangelísticos como el sonido de fondo de toda aquella mañana. El temor. Pilato temía al pueblo. Pilato temía al sanedrín. Pilato temía la acusación de que si liberaba a Jesús demostraba ser enemigo del César.

El evangelio de Juan registra el momento exacto en que ese temor se convirtió en el factor decisivo, cuando los líderes religiosos le dijeron, “Si a este sueltas, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey a César se opone.” Pilato escuchó esas palabras y supo que ya no tenía salida. Una acusación ante Tiberio de que había protegido a un rey rival podía destruir su carrera de la noche a la mañana.

Tiberio era un emperador conocido por su desconfianza, por su vigilancia implacable, por su disposición a eliminar a cualquier funcionario que le pareciera desleal. Para un prefecto de provincia, sin las conexiones de la alta aristocracia senatorial, una acusación así era potencialmente mortal. Pilato calculó y al calcular eligió la injusticia.

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