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Lo que nadie vio tras el éxito de Los Ricos También Lloran: la historia personal que Verónica Castro guardó durante años VL

Lo que nadie vio tras el éxito de Los Ricos También Lloran: la historia personal que Verónica Castro guardó durante años

Querida amiga, hoy quiero llevarla a un lugar que usted conoce bien, a esa sala de su casa, a finales de los años 70 o principios de los 80, a esa silla o ese sofá donde usted se sentaba a ver la televisión por las tardes y donde una joven de ojos claros y rizado pelo oscuro la hizo llorar, suspirar y apretar el corazón más veces de las que puede contar.

Hoy quiero contarle la historia completa de Los ricos también lloran y de la mujer que la convirtió en el fenómeno de televisión más grande que México haya producido jamás. Porque la historia que usted vio en pantalla era extraordinaria, pero la historia que pasó detrás de las cámaras es todavía más. Hay una ciudad que queda al otro lado del mundo, Moscú, Rusia. El año era 1992.

La Unión Soviética acababa de derrumbarse. Un país que había vivido décadas cerrado al mundo exterior, donde estaba prohibido transmitir cualquier programa que no fuera del estado, de repente abría sus puertas. Y entre las primeras cosas que entraron por esas puertas entró Mariana Villarreal. 70 millones de personas en Rusia se pegaron al televisor a ver los ricos también lloran. 70 millones.

En un país que nunca antes había visto una telenovela mexicana. En un país donde nadie sabía quién era Verónica Castro. En un país donde el idioma es completamente diferente y las costumbres también. No importó nada de eso. Cuando Verónica Castro llegó al aeropuerto de Moscú, no pudo pasar. Había miles de personas esperándola.

Todas las televisoras estaban ahí. Los fotógrafos, los reporteros, los fans que lloraban y gritaban. Ella misma contó que en el primer momento no entendía estaba pasando, que se preguntaba por qué tanto alboroto si nadie la conocía en Rusia. Y entonces alguien le explicó, “No era ella a quien recibían así, era a Mariana, el personaje que ella había interpretado más de una década antes en un foro de Televisa en la Ciudad de México con cámaras estáticas y sin grabar en exteriores.

Ese personaje había llegado a Rusia y los rusos lo habían amado como si fuera suyo. 70 millones de personas llorando con la misma historia que usted lloró en México. La BBC de Londres hizo un documental sobre el fenómeno. Hubo rumores, no confirmados, pero rumores al fin, de que Verónica Castro y Rogelio Guerra estuvieron cerca de ser invitados a las elecciones presidenciales rusas como embajadores culturales, porque su fama en ese país en ese momento era tan grande que podría compararse con la fama de cualquier político. Eso es lo que

fue. Los ricos también lloran. No. Una telenovela mexicana de 1979 que fue popular en su momento. Fue un fenómeno que viajó por el mundo durante décadas, que se transmitió en más de 120 países, que fue doblada a más de 25 idiomas, incluyendo árabe, chino, mandarín, turco, italiano, ruso y portugués.

fue el primer gran éxito de exportación de la televisión mexicana, el que le demostró a Televisa que sus historias podían conquistar el mundo entero y que abrió el camino para todas las telenovelas que vinieron después. Y en el centro de todo eso estaba una mujer que de niña vivió en casa de su abuela porque el papá se fue un día y no volvió, que con 15 años le pidió a un político desconocido una beca para estudiar actuación porque no tenía dinero para pagarla.

que quedó embarazada sola, sin apoyo a los 21 años y tuvo que empeñar su coche para pagar el hospital. Esa mujer se llamaba Verónica Castro y esta es su historia. Verónica Judith Sainz Castro nació el 19 de octubre de 1952 en la colonia San Rafael de la Ciudad de México, hija mayor de cuatro hermanos. Su padre era ingeniero, un hombre de apellido Sainz.

que un día simplemente se fue sin explicaciones, sin rastro, sin volver. Verónica tenía pocos años cuando eso pasó y esa ausencia le dejó dos cosas que la marcarían para siempre. Un resentimiento hacia la figura paterna que nunca pudo sacarse del todo y una responsabilidad de hermana mayor que la obligó a madurar antes de lo que cualquier niña debería.

Su madre, doña Socorro Castro, se puso a trabajar como secretaria del rector de la Universidad Nacional Autónoma de México para sacar adelante a sus cuatro hijos. La familia fue a vivir a casa de la abuela materna en la calle de Donato Guerra en la colonia Juárez. Una casa prestada, un hogar construido de voluntad y de trabajo.

Verónica estudió la primaria en la escuela Víctor María Flores, la secundaria en la número 23 y desde la primaria, desde que era una niña pequeña entre pupitres y cuadernos, ya había algo diferente en ella, una chispa, una manera de pararse frente a los demás que hacía que todos voltaran a verla. Cantaba en los festivales escolares, actuaba en las obras de teatro de fin de año.

Tenía esa cosa que no se aprende en ningún libro, esa cosa que o se trae o no se trae. Y ella la traía desde que era chiquita, pero en casa no había dinero para escuelas de actuación, no había dinero para clases de baile ni para talleres de canto. La madre trabajaba de sol a sol y alcanzaba justo para lo necesario. Y entonces Verónica, que tenía 15 años y ya sabía perfectamente lo que quería ser en la vida, tomó una decisión que dice mucho de su carácter.

Un político llamado Pedro Luis Bartilotti hacía campaña en su colonia. Verónica fue a hablarle, le pidió que fuera su padrino artístico, le pidió una beca para estudiar actuación, no le pedía dinero, le pedía una puerta y el político se la abrió. le consiguió una beca para estudiar en la escuela del maestro Andrés Soler en la academia de la Asociación Nacional de Actores de México.

Ahí fue donde Verónica Castro empezó a aprender lo que ya sabía instintivamente desde niña. Y ahí también fue donde entró su hermana Beatriz, las dos juntas desde el principio compartiendo ese camino que las llevaría décadas después a ser actrices reconocidas en México. Pero antes de las telenovelas, antes de los premios y los aplausos, Verónica Castro tuvo que pasar por los pasillos, por esos pasillos largos y fríos de los foros de Televisa, donde los actores jóvenes esperaban horas para que alguien los viera, donde las oportunidades llegaban de a poquito con mucha

paciencia. Ella misma lo dijo en una entrevista con esa honestidad que la caracteriza siempre. Me pasé 15 años preparándome y esperando en los pasillos de Televisa por una oportunidad. 15 años, no tres, no cinco, 15 años de ir, de esperar, de tomar clases de canto, de baile, de actuación, de hacer pequeños papeles, de no rendirse.

Mientras esperaba, empezó a aparecer en fotonovelas. Ese formato tan popular en los años 60 y 70, donde las historias se contaban con fotografías y diálogos impresos, encontró en el rostro de Verónica Castro algo que le servía perfectamente. Sus ojos expresivos, su manera de sonreír, esa forma que tenía de mirar a la cámara como si te estuviera hablando directamente a ti.

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