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Lo que encontraron en el supuesto rancho oculto ligado a Gortari ha dejado al país en shock, y ahora Harfuch entra con todo en un cateo que podría destapar décadas de secretos, corrupción y lujos que nadie imaginaba VL

Lo que encontraron en el supuesto rancho oculto ligado a Gortari ha dejado al país en shock, y ahora Harfuch entra con todo en un cateo que podría destapar décadas de secretos, corrupción y lujos que nadie imaginaba

Hay un punto en el mapa del norte de Nuevo León donde el desierto se vuelve silencio y en ese silencio durante años se levantó una barda. Detrás de esa barda un rancho que lleva décadas siendo objeto de rumores, de fotografías borrosas, de versiones que nadie termina de confirmar y de una pregunta que se niega a desaparecer.

¿Cómo es posible que un hombre que vivió toda su vida adulta de un salario de servidor público haya terminado asociado a una propiedad de esas dimensiones? Esa pregunta tiene nombre y tiene lugar. El nombre es Carlos Salinas de Gortari. El lugar se llama El Guajolote, en Abualeguas, Nuevo León. Y en las últimas semanas esa propiedad ha vuelto a encenderse en redes sociales como si alguien acabara de acercar un cerillo a algo que llevaba mucho tiempo esperando arder.

Quiero ser honesto contigo desde el primer minuto, porque lo que viene a continuación lo merece. Una parte de esta historia está perfectamente documentada. Existe el rancho, existe el municipio, existe el linaje, existe la elección que marcó a toda una generación. Y otra parte de lo que circula hoy en internet no está confirmado por ninguna autoridad.

No tiene un comunicado oficial detrás, no aparece en ningún expediente que tú o yo podamos consultar. Son rumores, versiones, escenarios que la gente repite con la certeza de quien quiere creer que por fin va a haber justicia. Mi trabajo aquí no es venderte el rumor como si fuera un hecho. Mi trabajo es separar lo que sabemos de lo que se especula y mostrarte por qué esa frontera, en el caso de los Salinas, siempre ha sido tan resbaladiza, tan conveniente y tan difícil de cruzar.

Porque si entiendes por qué este rumor en particular regresa una y otra vez, vas a entender algo mucho más grande que un rancho. Vas a entender cómo funciona el poder cuando durante 6 años no tuvo contrapesos reales. Vas a entender por qué hay propiedades en este país que tienen toda la apariencia de legalidad en sus papeles, pero cuya historia de origen no resistiría una revisión honesta.

Y vas a entender por qué 30 años después el nombre Salinas sigue produciendo esa mezcla exacta de fascinación y rabia que muy pocos apellidos provocan en México. Antes de meternos de lleno en lo que se dice y en lo que podría pasar, quédate conmigo porque lo que voy a contarte no se explica con un titular. Si te quedas hasta el final, vas a salir de aquí sabiendo distinguir el dato del rumor.

Vas a entender qué es realmente la extinción de dominio y por qué cambia las reglas del juego y vas a poder responder por ti mismo la pregunta que mueve todo esto. Si todavía no estás suscrito, este es el momento de hacerlo y de activar la campanita, porque este es exactamente el tipo de tema que vamos a seguir de cerca conforme se mueva, con contexto y sin inventarte nada que no se pueda sostener.

Empecemos por lo que sí es verdad, porque es más fuerte que cualquier rumor. El Guajolote es un rancho real ubicado en Agualeguas, un municipio rural a unos 130 km al norte de Monterrey, un lugar pequeño de pocos miles de habitantes, donde el calor en verano supera con facilidad los 40 gr y donde la vida ha girado durante generaciones en torno a la tierra, la ganadería y el agua, que casi siempre es poca.

Y la relación de la familia Salinas con ese rincón del país no es un invento reciente ni una casualidad. Está documentada y se remonta a muchas décadas atrás. El apellido Salinas tiene raíces profundas en esa región. El padre de Carlos, Raúl Salinas Lozano, fue un funcionario de primer nivel en el gobierno federal. llegó a ocupar la Secretaría de Industria y Comercio y su influencia en Abualeguas dejó huellas concretas, obras, carreteras, servicios que llegaron antes ahí que a muchos otros municipios del estado.

Reportajes que se hicieron hace años sobre la zona recogen el testimonio de habitantes y autoridades locales que recuerdan con claridad que cuando los Salinas estaban en el poder, a Agualeguas le iba bien. La frase dicha sin malicia por la gente del lugar encierra todo un sistema de cómo se reparte el favor político en este país.

250 Carlos Gortari De Salinas Stock Photos, High-Res Pictures, and Images -  Getty Images

Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, entre 1988 y 1994, ese vínculo se volvió espectáculo. Crónicas de la época describen como en Semana Santa el presidente y su familia entera se trasladaban a el guajolote y cómo durante esos días el pequeño municipio se convertía de manera casi literal en una segunda capital del país. La sobrina del presidente paseando por las calles comprando artesanías y botas vaqueras.

El movimiento de gente importante, la sensación para los lugareños de estar de pronto en el centro del universo político mexicano por unos días al año, eso pasó, eso está contado, eso no es rumor. Y aquí es donde la historia documentada empieza a generar las preguntas que el rumor de hoy aprovecha, porque una cosa es que una familia con raíces en un lugar tenga ahí una propiedad y otra muy distinta es la magnitud, la ostentación y el contexto en el que todo eso ocurrió.

Para entender por qué el guajolote se volvió un símbolo, tienes que entender quién era Carlos Salinas y cómo llegó al poder, porque sin ese telón de fondo, un rancho es solo un rancho. Carlos Salinas de Gortari llegó a la presidencia en circunstancias que siguen siendo hasta el día de hoy una de las heridas abiertas de la democracia mexicana.

La noche del 6 de julio de 1988, mientras se contaban los votos de la elección presidencial, ocurrió uno de los episodios más oscuros de la historia electoral del país. El sistema informático que contabilizaba los resultados, según la versión oficial de aquel momento, se cayó. Así sin más. El entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlet, fue quien comunicó esa caída del sistema.

Y el detalle que convirtió aquello en una sospecha que jamás se ha disuelto es que justo antes de esa interrupción las tendencias mostraban algo que el régimen no esperaba. Cuautemo Cárdenas, el candidato del Frente Democrático Nacional, estaba logrando el resultado opositor más competitivo que se hubiera visto jamás contra el partido que llevaba décadas en el poder.

Cuando el conteo se reanudó, el resultado favorecía a Salinas. Esa frase se cayó. El sistema, se convirtió en una de las más amargas y repetidas de la política mexicana, sinónimo de fraude para millones de personas que nunca creyeron en la legitimidad de aquella elección. Con esa legitimidad frágil fabricada entre sombras y cifras que nadie pudo verificar de manera independiente, Carlos Salinas asumió la presidencia el 1 de diciembre de 1988 y los 6 años que siguieron transformaron a México de maneras que todavía hoy seguimos discutiendo. Fue la era de las

grandes privatizaciones del proyecto neoliberal acelerado, de la firma del Tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, de la promesa repetida de que México estaba a punto de entrar al primer mundo. Para algunos fue modernización, para muchos otros fue el momento en que el patrimonio público empezó a cambiar de manos a velocidades y con discrecionalidades que sembraron las fortunas más grandes del país.

Y quiero detenerme en esto porque es el corazón del asunto. Durante ese sexenio, empresas que habían pertenecido a la nación, que se habían construido con el esfuerzo de generaciones de mexicanos, pasaron a manos privadas en procesos que muchos analistas, entonces y ahora han calificado de profundamente opacos.

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