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La misteriosa caída de Caifás, el sumo sacerdote vinculado a la traición de Jesús, está sacudiendo a creyentes de todo el mundo VL

La misteriosa caída de Caifás, el sumo sacerdote vinculado a la traición de Jesús, está sacudiendo a creyentes de todo el mundo

El año 36 después de Cristo, cayó sobre Jerusalén como una piedra que rueda desde la cima de una montaña, silenciosa al principio, inevitable al final. Ese año, un hombre que había sostenido en sus manos el poder religioso más grande del mundo judío fue removido de su cargo por la misma autoridad romana que él había servido con tanta habilidad política durante casi dos décadas.

Ese hombre era José Ben Caifás, conocido en la historia simplemente como Caifás, el sumo sacerdote que presidió el juicio nocturno más decisivo de toda la historia humana y que ahora desaparecía de la escena pública sin explicación oficial, sincrónica detallada, sin epitafio, que capturara la magnitud de lo que había hecho y de lo que su vida significaba.

La historia lo recuerda por una sola noche, pero su historia es mucho más larga, mucho más compleja y mucho más reveladora de cómo Dios usa incluso a quienes se oponen a sus propósitos para cumplir exactamente lo que había prometido siglos antes. Para entender el fin de Caifás, es necesario entender primero quién era este hombre, de dónde venía su poder y por qué su cargo era tan extraordinario dentro del mundo del segundo templo.

El sumo sacerdocio en el primer siglo no era simplemente una posición religiosa, era la confluencia más poderosa de autoridad espiritual, política, económica y social que existía dentro del pueblo judío bajo la ocupación romana. El sumo sacerdote presidía el Sanedrín, el Consejo Supremo de 71 miembros que gobernaba los asuntos internos de la comunidad judía.

era el único ser humano sobre la tierra autorizado por la tradición y la ley para entrar al lugar santísimo del templo. Y solamente una vez al año en el día de la expiación, el Yom Kipur, para pronunciar el nombre sagrado de Dios y ofrecer la sangre expiatoria por todo el pueblo. Su autoridad tocaba cada dimensión de la vida judía, desde el calendario religioso hasta la supervisión del comercio en los atrios del templo, desde la interpretación de la Torá hasta las relaciones diplomáticas con el gobernador romano de la provincia de

Judea. Caifás alcanzó este cargo alrededor del año 18 después de Cristo, nombrado por el prefecto romano Valerio Grato, predecesor de Poncio Pilato. Lo que hace su mandato extraordinario, incluso desde una perspectiva puramente histórica, es su duración. Gobernó como sumo sacerdote durante aproximadamente 18 años hasta el año 36 de Namasto.

Un periodo notable en una era donde los sumos sacerdotes eran nombrados y removidos con frecuencia según las conveniencias políticas de los gobernadores romanos. Antes de Caifás, entre el año 6 y el 18 de Cristo, habían pasado cuatro sumos sacerdotes distintos. Su permanencia en el cargo durante casi dos décadas dice algo fundamental sobre su habilidad para navegar las aguas profundamente peligrosas de la política entre Roma y Jerusalén, entre el poder imperial y la sensibilidad religiosa del pueblo judío.

Su conexión con Anás, su suegro, era central en esta ecuación. Anás había sido sumo sacerdote entre los años 6 y 15 de anticristo, cuando fue removido por Valerio Grato, pero su influencia no terminó con su destitución formal. En el mundo político y religioso de Jerusalén del primer siglo, Anás seguía siendo una figura de poder extraordinario y cinco de sus hijos y su yerno Caifás llegarían a ocupar el sumo sacerdocio en distintos momentos.

El evangelio de Juan, con una precisión histórica notable menciona tanto a Anás como a Caifás en el contexto del arresto de Jesús, reconociendo que el poder real estaba distribuido entre ambos hombres, aunque el cargo formal lo detentara Caifás. Esta familia, la casa de Anás, controlaba el sumo sacerdocio como una institución casi dinástica y su influencia se extendía sobre el comercio del templo, sobre la acuñación de moneda aprobada para las ofrendas y sobre las redes de clientelismo político que sostenían su posición frente a Roma.

Comprender este contexto es esencial para entender por qué Caifás hizo lo que hizo en la primavera del año 30 de Cristo, cuando Jesús de Nazaret llegó a Jerusalén en la semana de la Pascua. Desde la perspectiva de Caifás, Jesús representaba una amenaza de múltiples dimensiones que no podía ser ignorada ni subestimada.

Las noticias que llegaban desde Galilea y Judea sobre este maestro itinerante que sanaba enfermos, que multiplicaba alimentos para multitudes, que hablaba con una autoridad que dejaba sin palabras a los escribas más eruditos, eran noticias que el sumo sacerdote no podía escuchar con indiferencia. Cuando Jesús entró a Jerusalén, aclamado por las multitudes, y procedió a limpiar los atrios del templo, expulsando a quienes vendían y cambiaban moneda en aquel espacio sagrado, Caifás entendió que la situación había cruzado un umbral.

Aquella acción en el templo era un desafío directo a la autoridad del sumo sacerdocio, que supervisaba y se beneficiaba del sistema de comercio en aquellos atrios. Y el respaldo popular que Jesús recibía hacía que cualquier movimiento en su contra tuviera que ser calculado con extrema cautela. El evangelio de Juan registra una reunión del Sanedrín, donde la preocupación central era precisamente esta, que si Jesús seguía reuniendo seguidores y el pueblo comenzaba a reconocerlo abiertamente como el Mesías, la respuesta romana podría ser

devastadora para toda la nación. Y fue en ese momento, según lo registra Juan en el capítulo 11, versículos 49 al 52. donde Caifás pronunció las palabras que la historia nunca olvidaría. Vosotros no sabéis nada, ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca. El evangelista añade inmediatamente que Caifás no dijo esto por sí mismo, sino que siendo sumo sacerdote ese año profetizó que Jesús había de morir por la nación.

y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Una profecía involuntaria pronunciada por un hombre que creía estar haciendo un cálculo político frío y racional, pero que en realidad estaba siendo instrumento de un propósito divino que excedía con creces su comprensión o su intención.

Hay algo profundamente revelador en este momento que merece detenerse y contemplarlo con atención. Caifás era el sumo sacerdote en la teología del Antiguo Testamento y en la comprensión del segundo templo. El sumo sacerdote era, entre todas las funciones de su cargo, un intermediario entre Dios y el pueblo.

Era quien llevaba los nombres de las 12 tribus sobre su pecho en las piedras del pectoral. era quien ofrecía la sangre expiatoria en el lugar santísimo. Era en el diseño original de Dios un tipo, una sombra, una anticipación de algo mayor que habría de venir. Y en ese consejo, sin saberlo, sin quererlo, sin comprender en absoluto lo que estaba diciendo, pronunció la teología más exacta del evangelio, que era necesario que un hombre muriera por el pueblo.

La ironía es tan profunda que solamente puede ser obra de Dios. El hombre que ordenó la entrega de Jesús a las autoridades romanas, pronunció con sus propios labios la razón por la cual Jesús había venido al mundo. El guardián del sistema de sacrificios tipológicos del templo, sin saberlo, anunció el sacrificio que haría innecesarios todos los sacrificios anteriores.

Antes de continuar con el relato de lo que sucedió después de aquella Pascua del año 30 de Demboscisto, es importante detenerse en la persona de Caifás más allá de esa noche, porque reducir a este hombre a un villano unidimensional sería un error histórico y teológico. Caifás era un hombre formado en la tradición más rigurosa del judaísmo del segundo templo.

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