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La historia oculta de Cuco Sánchez y Flor Silvestre que supuestamente salió a la luz antes de su muerte VL

La historia oculta de Cuco Sánchez y Flor Silvestre que supuestamente salió a la luz antes de su muerte

Los estudios Churubusco y Clasa producían películas a una velocidad impresionante y había espacio, mucho espacio para artistas que tuvieran presencia, talento y la disposición de trabajar duro. Flor Silvestre tenía las tres cosas. Su primer matrimonio con Andrés Nieto fue un capítulo que ella rara vez discutía en público, pero que quienes la conocían en privado describían como una experiencia que la marcó profundamente.

No fue un matrimonio feliz, fue un matrimonio de una mujer joven que creyó encontrar estabilidad y encontró, en cambio, otra forma de soledad. Cuando salió de ese matrimonio, Flor Silvestre era una mujer diferente, más cauta, más calculadora en el sentido positivo de la palabra.

 alguien que había aprendido a distinguir entre lo que la gente mostraba y lo que realmente era. Esa capacidad de leer a las personas, combinada con su talento extraordinario, la convertía en una presencia magnética en cualquier habitación en que entrara. Para principios de los 50, Flor Silvestre ya era una figura reconocida. Su nombre aparecía en los créditos de películas importantes.

 Su voz sonaba en las estaciones de radio. Los periodistas de espectáculos escribían sobre ella con esa mezcla de admiración y fascinación que reservan para los artistas que tienen algo que no pueden terminar de definir, pero que reconocen claramente. Y fue en ese periodo, en ese momento específico en que Flor Silvestre estaba convirtiéndose en la leyenda que sería cuando sus caminos se cruzaron con los de Cuco Sánchez, de una manera que ninguno de los dos anticipó y que ninguno de los dos olvidaría jamás.

 Lo que ocurrió en ese primer encuentro no fue lo que ambos contarían públicamente durante décadas, porque la versión pública era cómoda, profesional, la historia de dos colegas que se respetaban mutuamente. Pero la versión real, la que Cuo Sánchez finalmente confesó décadas después, era completamente diferente y esa versión real comenzaba con una canción.

 En la industria musical mexicana de los años 50, las canciones circulaban de maneras que hoy serían imposibles de entender. No había contratos asfixiantes ni derechos de autor vigilados por ejércitos de abogados. Había compositores que escribían, intérpretes que cantaban y un sistema de relaciones personales que determinaba quién grababa, qué y cuándo.

 Cu Sánchez era en esa época ya reconocido como compositor. Sus canciones tenían una cualidad particular que los intérpretes reconocían inmediatamente. Eran canciones que parecían escritas específicamente para la voz de quien las iba a cantar, aunque el compositor no los conociera personalmente. Había algo en la manera en que Cuuko construía una melodía, en la forma en que colocaba las palabras dentro del ritmo, que hacía que cada canción sintiera como si hubiera sido diseñada a medida.

 Porque esta no es la historia de dos estrellas en la cima del mundo. Esta es la historia de dos personas que llegaron desde los márgenes, desde la pobreza, desde la oscuridad completa y que se encontraron en el preciso momento en que ambos estaban construyendo la versión pública de sí mismos que el mundo terminaría adorando.

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 Alfonso Sánchez Morales, que el mundo conocería como Cuco Sánchez, nació en 1921 en Altamira, Tamaulipas. Si buscas Altamira en un mapa de aquella época, encontrarás un pueblo pequeño, caluroso, con más miseria que esperanza y con una tradición musical que era lo único que convertía la dureza de la vida cotidiana en algo soportable.

 Cu creció escuchando música, no música de radio ni de tocadiscos, porque esos lujos no existían en su mundo. Escuchaba música de verdad, la que se toca en las cantinas al final de la noche, la que acompañaba las peleas y los lloros y los amores imposibles de los hombres del norte. Aprendió a tocar la guitarra por necesidad, casi por instinto, como se aprende a caminar o a respirar.

 Lo que tenía Cuco desde niño y que ninguna escuela de música podría haberle enseñado era una capacidad extraordinaria para convertir el dolor en melodía. No necesitaba vivir algo para escribir sobre ello, de manera que quien lo escuchara sintiera que esa canción era exactamente suya. Eso es un don que no se aprende.

 Eso se nace con él o no se tiene. Llegó a la Ciudad de México en los años 40 con una guitarra, una maleta pequeña y la certeza absoluta de que tenía algo que ofrecer que el mundo todavía no sabía que necesitaba. Los primeros años fueron duros. Las puertas no se abren fácilmente para un muchacho del norte sin contactos ni dinero ni nombre reconocido.

 Tocó en cantinas, en bodas, en cualquier lugar que le diera unos pesos y una audiencia. por pequeña que fuera. Pero la industria del entretenimiento mexicano de esa época era un organismo vivo que sabía reconocer el talento cuando lo veía. Y poco a poco, con una paciencia que pocas personas habrían sostenido en las mismas circunstancias, Cuco abrirse paso.

 Sus composiciones empezaron a circular. Otros artistas las grababan. Su nombre empezaba a pronunciarse en los pasillos de las disqueras y los estudios de cine con un respeto que no se otorga gratuitamente. Para finales de los 40, Cuoco Sánchez era una figura emergente. Todavía no el ídolo que sería. Todavía no.

 El hombre cuya voz llenaría estadios y cuyas canciones se cantarían en cada rincón de México. Pero ya era alguien, ya era una presencia en esa industria que en aquella época era pequeña, compacta, donde todos se conocían y donde los caminos de los artistas se cruzaban constantemente. Y fue en uno de esos cruces donde todo comenzó. Al mismo tiempo que Cu Sánchez construía su reputación desde Tamaulipas, a kilómetros de distancia en Barranca de Santa Clara, Jalisco, una niña llamada Guillermina Jiménez Ponce observaba el mundo con unos ojos que ya contenían

todo el fuego que después incendiaría los escenarios de México. Flor silvestre no nació en la abundancia, nació en la misma dureza que forja a los artistas verdaderos, esa que no tiene nada que ver con los escenarios ni los aplausos, sino con aprender desde muy pequeño que la vida exige más de lo que da y que si quieres algo tienes que ir por ello con las dos manos y sin pedir permiso.

 Tenía una voz que desde niña hacía que la gente se detuviera. No era una voz bonita en el sentido convencional, era una voz con carácter, con textura, con esa imperfección controlada que hace que una interpretación se sienta real en lugar de técnica. Cuando Guillermina cantaba, no parecía que estuviera ejecutando una canción.

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