La decisión imposible que tuvo que tomar un joven pescador tras encontrar una mercancía prohibida en su propia red
ACTO I: EL PESO DEL DIABLO EN LA RED
(El sonido ensordecedor del mar embravecido golpea el casco del pequeño pesquero “La Esperanza”. La lluvia cae como cuchillos. El motor ruge, agonizando. En la cubierta, iluminada por un foco intermitente, dos hombres luchan contra el cabrestante).
MATEO: (Gritando sobre el rugido del viento, con la cara empapada y pálida) ¡Elías! ¡Dale más potencia! ¡La red se atascó! ¡Pesa demasiado, joder!
ELÍAS: (Viejo lobo de mar, con las manos ensangrentadas por la cuerda) ¡No es pescado, muchacho! ¡Te lo digo yo! ¡El cable está a punto de reventar! ¡Corta la red, Mateo! ¡Córtala ya!
MATEO: ¡No puedo! ¡Si pierdo esta red, el banco me quita el barco mañana mismo! ¡Lucía está embarazada, Elías! ¡Tira de la maldita palanca!
ELÍAS: (Tirando de la palanca metálica con todas sus fuerzas. Los engranajes chillan) ¡Ahí viene! ¡Que Dios nos proteja, ahí viene!
(La enorme red negra emerge del agua espumosa. No hay escamas plateadas. No hay peces aleteando. Solo un bulto gigantesco, pesado y oscuro. Al caer sobre la cubierta de madera con un golpe seco y enfermizo, la red se desgarra).
MATEO: (Jadeando, acercándose con una linterna) ¿Qué… qué demonios es esto?
ELÍAS: (Retrocediendo de golpe, el terror absoluto deformando su rostro arrugado) ¡No lo toques! ¡Por la virgen santa, Mateo, aléjate de eso!
MATEO: (Iluminando el interior de la red rota) Son… son paquetes. Fardos. Decenas de ellos. Envueltos en plástico negro y cinta americana.
ELÍAS: (Con voz temblorosa, santiguándose) Droga. Cocaína. Han tenido que tirarla de alguna planeadora. ¡Tírala al mar! ¡Tírala ahora mismo o estamos muertos!
MATEO: (Sus ojos se abren de par en par. La linterna ilumina algo más. Su voz se quiebra) Elías… hay algo más enganchado en los fardos.
ELÍAS: ¿Qué dices?
MATEO: (Cae de rodillas sobre la cubierta mojada, paralizado) Es… es un brazo. Elías, hay un puto brazo humano atado a uno de los paquetes. Y un ancla pequeña. Querían hundirlo todo.
ELÍAS: (Vomita por la borda, aterrorizado) ¡Es del cártel del Golfo! ¡Tíralo todo! ¡Arranca el motor, corta la red y vámonos! ¡Si nos encuentran con esto, nos desollarán vivos!
MATEO: (Respira agitadamente. Mira el brazo, luego mira los fardos. El agua de mar lava la sangre de la cubierta. Su mente calcula rápido) No.
ELÍAS: ¿Estás loco? ¿El mar te ha sorbido el seso?
MATEO: (Se pone en pie, la mirada inyectada en sangre, aferrando un gancho de pesca) ¿Sabes cuánto dinero hay aquí, viejo? ¿Tienes idea?
ELÍAS: ¡Hay muerte! ¡Solo hay muerte y sangre!
MATEO: ¡Aquí hay millones! ¡Millones de euros! ¡El banco me exige veinte mil mañana o me dejan en la calle! ¡Lucía no tiene dinero ni para las vitaminas del embarazo! ¡Llevamos comiendo sobras tres meses!
ELÍAS: (Agarrando a Mateo de los hombros, sacudiéndolo) ¡Si coges un solo gramo de eso, tu mujer será viuda antes del amanecer! Esa gente no perdona, Mateo. No son ladrones de poca monta. Son fantasmas que te cortan el cuello mientras duermes.
MATEO: (Se suelta bruscamente) ¡El mar nos lo ha dado! Nadie sabe que estamos aquí en medio de esta tormenta. El radar está apagado.
ELÍAS: ¡Ese brazo es una advertencia! Alguien traicionó a los capos y terminó en el fondo del mar. ¡Tú serás el siguiente!
MATEO: ¡Ayúdame a meter los fardos en la bodega del hielo!
ELÍAS: ¡No lo haré! ¡Me niego!
MATEO: (Levantando el gancho de pesca, amenazante pero llorando) ¡Dije que me ayudes, Elías! O lo hacemos, o te juro que te dejo en este muelle al llegar y me lo llevo todo yo. Es mi barco. Es mi ruina. Y esta es mi salvación.
ELÍAS: (Llorando, derrotado, mirando a los ojos enloquecidos del joven) Que Dios nos perdone, Mateo. Acabas de firmar nuestra sentencia de muerte.
ACTO II: EL SILENCIO DEL PUERTO
(Tres horas después. Puerto de bajura. Madrugada. Todo está oscuro, solo se escucha el crujir de los barcos contra los neumáticos del muelle. Mateo y Elías terminan de cubrir el último hueco en la bodega del barco).
MATEO: (Susurrando) Ya está. Cúbrelo con todo el hielo que quede. Y echa encima los cuatro miserables lenguados que pescamos ayer.
ELÍAS: (Limpiándose el sudor frío de la frente) Hiede a plástico. El olor a pescado no lo tapa. Si viene la Guardia Civil con los perros…
MATEO: No van a venir. Es martes por la madrugada, con alerta naranja por tormenta. Nadie está patrullando hoy.
ELÍAS: ¿Y qué vas a hacer ahora, genio? ¿Poner un anuncio en el periódico? “Se vende cocaína de primera calidad, recogida fresca del mar”.
MATEO: Cállate, Elías. Tengo un plan.
ELÍAS: No tienes un plan. Tienes desesperación. Y la desesperación hace mucho ruido.
MATEO: Conozco a un tipo. El Chino. En el barrio de las Delicias. Él solía mover cosas en el puerto hace años. Puede conectarme con alguien que me compre solo un fardo. Solo uno. Lo suficiente para pagar el barco, sacar a Lucía de esta casa húmeda y largarnos.
ELÍAS: El Chino es un soplón. Si le llevas un fardo, él se quedará tu mercancía y te venderá a los dueños originales.
MATEO: Es mi única opción. Escucha, tú no tienes nada que ver en esto. Si te preguntan, tú dormías en el camarote. Yo subí la red.
ELÍAS: (Sonriendo con amargura) Los sicarios no hacen preguntas con un detector de mentiras, muchacho. Preguntan con alicates y sopletes. En este barco estamos los dos.
MATEO: Lo siento, viejo. De verdad. Pero mírame. Mírame a los ojos. No podía dejar pasar esto. Es el billete de lotería de los pobres.
ELÍAS: La lotería no te cobra el premio con la vida de tu familia. Vete a casa, Mateo. Lávate esa sangre de las manos. Y despídete de tu mujer. Por si acaso.
ACTO III: EL CONFESIONARIO
(Cocina de un pequeño apartamento modesto. Paredes con humedad. Las 5:00 AM. Lucía, en bata, con una barriga de seis meses, calienta leche en un cazo. Mateo entra sigilosamente, pálido, temblando, empapado).
LUCÍA: (Sobresaltada) ¡Mateo! Dios mío, me has dado un susto de muerte. ¿Por qué no has hecho ruido al abrir?
MATEO: (Cierra la puerta con tres cerrojos y corre las cortinas rápidamente) Shh. Habla bajo, Lucía. Por favor.
LUCÍA: (Apaga el fuego, preocupada) ¿Qué pasa? Tienes mala cara. ¿Te ha mareado la tormenta? ¿Pasó algo con el barco?
MATEO: (Se sienta en la silla de madera, se tapa la cara con las manos) El barco está bien.
LUCÍA: ¿Entonces qué es? Mateo, me estás asustando. Hueles raro. Hueles a… ¿eso es sangre en tu chaqueta?
MATEO: No es mía.
LUCÍA: (Retrocediendo un paso, llevándose la mano al vientre) ¿De quién es? ¡Mateo, háblame! ¿Le ha pasado algo a Elías? ¿Tuvisteis un accidente en el torno?
MATEO: Elías está bien. Escucha. Siéntate. Tienes que prometerme que vas a mantener la calma. Por el bebé.
LUCÍA: (Se sienta lentamente frente a él) Me estás volviendo loca. Habla ya.
MATEO: Salimos a faenar. La tormenta estaba fuerte. Echamos la red donde siempre, en la fosa de San Juan. Cuando la subimos… no había pescado.
LUCÍA: ¿Rompiste la red? Bueno, no pasa nada, hablaremos con el banco, les pediremos un mes más de prórroga…
MATEO: Lucía. Subimos casi quinientos kilos de cocaína.
(Un silencio absoluto y pesado cae sobre la pequeña cocina. Solo se escucha el zumbido de la vieja nevera).
LUCÍA: (Risa nerviosa) ¿Es una broma? Dime que es una broma pesada porque has bebido en el puerto.
MATEO: Estaban envueltos. Fardos profesionales. Y… y había el brazo de un hombre atado a ellos. Alguien intentó deshacerse de un cargamento y de un cadáver, pero lo soltaron en zona poco profunda, o la corriente lo movió a nuestra fosa.
LUCÍA: (Se levanta de golpe, tirando la silla hacia atrás) ¡Llama a la policía! ¡Ahora mismo, Mateo! ¡Llama a la Guardia Civil!
MATEO: ¡No! ¡Lucía, no lo entiendes! ¡Lo he escondido en la bodega del barco!
LUCÍA: (Gritando en un susurro histérico) ¡¿Qué tú has hecho QUÉ?! ¡¿Estás completamente loco?! ¡Vas a ir a la cárcel! ¡O peor, vendrán a matarnos!
MATEO: ¡Tenemos deudas hasta el cuello, Lucía! ¡Nos van a desahuciar en menos de una semana! ¿Dónde vas a dar a luz? ¿En la calle? ¿Debajo de un puente?
LUCÍA: (Llorando, golpeándole el pecho con los puños débiles) ¡Prefiero parir en la puta calle que criar a mi hijo yendo a visitarte a una prisión! ¡O al cementerio! ¡Es droga, Mateo! ¡Es veneno! ¡Es sangre!
MATEO: (Agarrándole las manos, suplicando) ¡Solo voy a vender uno! ¡Un solo fardo! Son treinta kilos. Con eso me darán cincuenta, sesenta mil euros mal pagados. Pagamos el barco, la hipoteca, y el resto lo tiro al mar. Nadie lo sabrá nunca.
LUCÍA: Eres un iluso. Un pobre pescador idiota. ¿Te crees que eres Pablo Escobar ahora? ¿Vas a ir por los callejones ofreciendo un bloque de droga? Te van a robar. Te van a matar.
MATEO: Tengo que intentarlo. Por nosotros.
LUCÍA: Por nosotros no. Lo haces por tu orgullo de mierda. Porque no soportas ser pobre. Llama a la policía, diles que lo encontraste y que te asustaste. Entrégalo.
MATEO: Si se lo doy a la policía, se hará público que el pesquero “La Esperanza” encontró la mercancía. Los dueños del cargamento me buscarán igual pensando que me he quedado con una parte. Estamos muertos de ambas formas, Lucía. La única diferencia es si morimos pobres o con el futuro solucionado.
ACTO IV: EL HOMBRE DEL TRAJE GRIS
(Mediodía. El puerto está soleado pero hay tensión en el aire. Mateo está limpiando la cubierta con una manguera, intentando borrar cualquier rastro de sangre. Un coche negro de alta gama se aparca bruscamente en el muelle. Tres hombres bajan. Dos son armarios empotrados. El que va en medio lleva un traje gris impecable, zapatos de cuero caros y gafas de sol. Es Don Carlos).
DON CARLOS: (Caminando lentamente hacia el barco, con las manos en los bolsillos) ¡Buenos días, marinero!
MATEO: (Cierra el agua de la manguera, tragando saliva. Le tiemblan las manos) Buenos días. La lonja está cerrada a esta hora. Si busca pescado fresco, venga mañana a las seis.
DON CARLOS: (Se sube al barco sin pedir permiso. Sus guardaespaldas se quedan en el muelle, bloqueando la salida) No vengo buscando merluza, hijo. Me llamo Carlos. Y tú eres… Mateo, ¿verdad?
MATEO: Sí. ¿En qué le puedo ayudar? No le conozco de nada.
DON CARLOS: (Se quita las gafas de sol. Sus ojos son fríos, como los de un reptil) Tienes razón, no nos conocemos. Pero tenemos amigos en común. Verás, anoche hubo una pequeña… confusión en la mar. Unos empleados míos muy torpes tuvieron que soltar un peso excesivo de su lancha rápida porque venía un helicóptero de Aduanas.
MATEO: (Se hace el desentendido, forzando una cara de confusión) Ah. Vaya. Pues no sé de qué me habla, señor. Yo solo pesco.
DON CARLOS: (Sonriendo sin mostrar los dientes) Lo curioso, Mateo, es que mis hombres soltaron ese peso exactamente en las coordenadas donde tu barco, “La Esperanza”, estuvo faenando durante la tormenta. Tengo contactos en la Capitanía Marítima. Me pasaron tu señal de GPS.
MATEO: (Siente que el corazón le va a reventar) Mire, señor… yo no pesqué nada anoche. Fue una mala noche. Rompimos la red con unas rocas del fondo. Nos vinimos vacíos. Puede registrar la bodega si quiere.
DON CARLOS: (Da un paso hacia Mateo, invadiendo su espacio personal. Huele a colonia cara y a peligro) ¿Registrar tu humilde barquito? No, Mateo. No soy policía. Yo no necesito órdenes de registro. Yo solo hago matemáticas. Mi mercancía estaba allí. Tú estuviste allí. Mi mercancía ya no está allí.
MATEO: Le juro por mi mujer que no sé de qué me habla. El mar es muy grande. Las corrientes se lo llevan todo.
DON CARLOS: (Saca un cigarrillo. Uno de los gorilas en el muelle le enciende con un mechero de oro) Las corrientes no suben quinientos kilos a la superficie, Mateo. Escúchame bien. Sé que estás desesperado. Sé lo del banco. Así que te voy a hacer una oferta. La única que vas a recibir en tu corta vida.
MATEO: (En silencio, paralizado)
DON CARLOS: Me devuelves lo que es mío. Hoy, a medianoche, en la cala de los Muertos. Si me entregas todos los fardos intactos, te daré diez mil euros por las molestias de haber pescado mi mercancía. Diez mil euros te salvan del banco, ¿no?
MATEO: Yo… yo no tengo nada.
DON CARLOS: (Le pone una mano en el hombro, apretando con fuerza brutal) Si a medianoche no estás en la cala… enviaré a mis chicos a visitar a Lucía. Tengo entendido que está de seis meses. Sería una lástima que sufriera un “accidente” doméstico.
MATEO: (La sangre le hierve, da un paso adelante con los puños cerrados) ¡No se atreva a nombrar a mi mujer!
(El gorila en el muelle hace ademán de sacar un arma de la chaqueta. Don Carlos levanta una mano para detenerlo).
DON CARLOS: Calma, pescadilla. La pelota está en tu tejado. A medianoche. Cala de los Muertos. Todo. O nada.
(Don Carlos se da la vuelta, baja del barco, se sube al coche negro y arranca, dejando a Mateo solo, temblando de ira y miedo en la cubierta).
ACTO V: LA DECISIÓN IMPOSIBLE
(Tarde. En el interior de la bodega del barco, rodeado del olor sofocante a pescado podrido y hielo derretido. Mateo está sentado sobre uno de los fardos negros. Elías baja por la escotilla).
ELÍAS: Les he visto desde la taberna. A los de los trajes. Han venido rápido, ¿eh?
MATEO: Sabían nuestra posición por el GPS. Me amenazó con matar a Lucía.
ELÍAS: Te lo dije, maldita sea. ¡Te lo dije, Mateo! ¿Qué vas a hacer ahora?
MATEO: Me ofrecen diez mil euros si se lo devuelvo todo esta noche en una cala apartada.
ELÍAS: ¡Coge el dinero y corre! ¡Es un regalo caído del cielo! ¡Te han perdonado la vida!
MATEO: (Mirando fijamente a Elías) ¿Tú crees, viejo? ¿Crees que tipos como esos dejan testigos vivos? Si voy a esa cala esta noche, me pegarán un tiro en la cabeza, me atarán al mismo ancla que traía ese brazo cortado, y me hundirán en el mar. Y a Lucía la matarán igual para no dejar cabos sueltos.
ELÍAS: (Palidece) Dios santo… tienes razón. No van a pagarte. Van a silenciarte.
MATEO: Si voy y entrego, me matan. Si no voy, los buscan en mi casa y nos matan.
ELÍAS: Llama a la policía, muchacho. Ya no hay otra salida. Llama a la patrulla antidrogas.
MATEO: Si llamo a la policía, este tipo tiene contactos en Capitanía, ¿tú crees que no tiene a guardias comprados? En el momento en que marque el 062, alguien le avisará.
ELÍAS: (Se sienta en el suelo, con la cabeza entre las manos) Estamos muertos. Absolutamente muertos. Todo por la puta avaricia.
MATEO: (Se levanta lentamente, agarra un cuchillo de filetear pescado. Sus ojos tienen un brillo extraño, oscuro y decidido) No, Elías. No vamos a morir hoy.
ELÍAS: ¿Qué vas a hacer con ese cuchillo?
MATEO: Don Carlos dijo que las corrientes no pueden llevarse la mercancía. Pero las mareas de este pueblo son traicioneras. Y yo conozco la fosa del Diablo mejor que nadie.
ELÍAS: No te entiendo.
MATEO: Vamos a rajar todos y cada uno de estos fardos.
ELÍAS: ¿Rajar? ¿Destruir quinientos kilos de cocaína? ¿Estás demente? ¡Te desollarán!
MATEO: Escúchame bien. Vamos a rajar el plástico de todos, menos de uno. Sacaremos la droga, la mezclaremos con el puré de pescado podrido y sangre de las tripas, y la tiraremos al mar lejos de aquí, donde la marea fuerte la diluya. Serán solo kilos de polvo blanco disuelto en el océano Atlántico. Nadie podrá recuperarla jamás.
ELÍAS: ¿Y qué vas a hacer con las envolturas vacías?
MATEO: Las voy a rellenar de sal de puerto y arena mojada. Las cerraré con cinta americana negra para que pesen y se vean igual. A medianoche, navegaré hasta la cala de los Muertos. Les tiraré los fardos falsos al agua, cerca de las rocas. En la oscuridad, se pensarán que les estoy devolviendo el cargamento intacto.
ELÍAS: Cuando se den cuenta de que es sal y arena, te cazarán por todo el país.
MATEO: No estaré en el país. El fardo verdadero, el único que no vamos a destruir, se lo vendí hace una hora al Chino.
ELÍAS: (Abre los ojos como platos) ¿Has ido a ver al Chino?
MATEO: Me dio cincuenta mil en efectivo. Un robo, pero era dinero rápido. Lucía ya está haciendo las maletas. A las once de la noche, se sube a un coche hacia Portugal, y de ahí cogerá un vuelo a América.
ELÍAS: Mateo… es un plan suicida.
MATEO: Es nuestra única oportunidad. Yo iré a la cala, ganaré tiempo con los fardos falsos. Saltaré por la borda antes de que disparen al barco, nadaré hasta el acantilado y cruzaré el monte hasta la frontera. Conozco cada roca de esta costa. Ellos son señoritos de ciudad en coches caros. No podrán seguirme de noche por las peñas.
ELÍAS: Me vas a dejar solo.
MATEO: No. Tú vas en el coche con Lucía. Aquí tienes tu parte. (Le lanza un fajo de billetes sucios, atados con una goma) Cinco mil euros, Elías. No es mucho, pero en Portugal te dará para empezar de cero lejos de aquí.
ELÍAS: (Mirando el dinero, con lágrimas en los ojos) Eres un cabrón valiente, Mateo. Pero esto… esto es jugar al póker con el diablo.
MATEO: El diablo se equivocó de barco anoche. Ayúdame a rajar esta mierda. Nos queda mucho trabajo y el tiempo corre.
(Fin del Acto. El sonido ensordecedor de los cuchillos rasgando el plástico negro se mezcla con el graznido lejano de las gaviotas).
ACTO VI: LA CARRETERA DE LOS FANTASMAS
(Noche cerrada. Lluvia torrencial. El interior de un viejo coche familiar que avanza a toda velocidad por una carretera secundaria y mal asfaltada hacia la frontera con Portugal. Elías conduce con las manos aferradas al volante hasta tener los nudillos blancos. En el asiento del copiloto, Lucía abraza una bolsa de lona. Tiembla sin control).
LUCÍA: (Mirando obsesivamente por el retrovisor exterior) Van muy lentos los limpiaparabrisas, Elías. No se ve nada. ¿Y si nos siguen? ¿Y si ese coche de atrás es de ellos?
ELÍAS: (Tragando saliva, sin apartar los ojos de la carretera) Es un camión de reparto, Lucía. Llevamos media hora sin ver un solo turismo. Intenta respirar hondo. Piensa en el bebé. Tienes que estar tranquila por el bebé.
LUCÍA: ¡¿Tranquila?! ¡Mi marido se ha quedado solo en un barco para enfrentarse a un cártel de narcotraficantes con bolsas llenas de sal! ¡No me pidas que me tranquilice, por Dios!
ELÍAS: Mateo sabe lo que hace. Conoce el mar. Conoce las corrientes, las rocas, los escondites de la costa. Es como una anguila, ese chico. Nadie le va a atrapar en su propio terreno.
LUCÍA: (Llorando, apretando la bolsa contra su pecho) Me mintió. Me dijo que lo iba a devolver todo. Cuando vi que metía la bolsa de lona en el coche y me decía que huyera contigo… sentí que me moría. Hay cincuenta mil euros aquí, Elías. Cincuenta mil euros manchados de sangre.
ELÍAS: No. Están manchados de sudor y de miedo. Pero te van a dar una vida, Lucía.
LUCÍA: ¿De qué me sirve el dinero si el padre de mi hijo acaba flotando boca abajo en el puerto?
ELÍAS: (Golpea el volante de frustración) ¡Joder, Lucía, no digas eso! ¡No lo digas en alto porque da mala suerte! Mateo nos ha dado una oportunidad. Si él… si las cosas salen mal, él querría que tú estuvieras a salvo.
(De repente, unas luces rojas y azules parpadean en la distancia, reflejándose en el asfalto mojado. Un control de carretera).
LUCÍA: (Grita ahogadamente) ¡La policía! ¡Es la Guardia Civil!
ELÍAS: (Frenando poco a poco, su rostro se vuelve de piedra) Mierda. Mierda, mierda, mierda.
LUCÍA: ¡El dinero! Si registran el coche y ven cincuenta mil euros en efectivo en una bolsa, nos van a detener. Nos van a interrogar. ¡Mateo no tendrá tiempo!
ELÍAS: Escóndela debajo del asiento. ¡Rápido! Y sécate esas lágrimas. Finge que estás dormida. O mejor, finge que te encuentras mal por el embarazo. Yo hablaré.
(El coche se detiene frente a un agente envuelto en un impermeable amarillo. El guardia ilumina el interior del vehículo con una potente linterna).
GUARDIA CIVIL: Buenas noches. Apague el motor, por favor. Documentación del vehículo y el carné de conducir.
ELÍAS: (Bajando la ventanilla, forzando una sonrisa amable aunque la voz le tiembla un poco) Buenas noches, agente. Vaya tormenta, ¿eh? Aquí tiene. ¿Ocurre algo malo?
GUARDIA CIVIL: (Revisando los papeles bajo la lluvia) Control rutinario de fronteras. ¿A dónde se dirigen con este tiempo?
ELÍAS: Vamos a Valença do Minho. Al hospital. Mi sobrina aquí presente está embarazada y ha empezado con contracciones fuertes. Su médico está allí. Tenemos mucha prisa, la verdad.
GUARDIA CIVIL: (Apuntando la linterna a la cara de Lucía. Ella gime, tocándose el vientre, actuando por puro instinto de supervivencia) ¿Se encuentra bien, señora? ¿Quieren que llame a una ambulancia?
LUCÍA: (Con voz entrecortada) No… no, por favor. Solo quiero llegar a la clínica. Me duele mucho. Por favor, déjenos pasar.
GUARDIA CIVIL: (Duda un segundo. Mira el asiento trasero vacío, devuelve los papeles) De acuerdo. Circulen con precaución. La carretera de la sierra está resbaladiza. Suerte con el bebé.
ELÍAS: Gracias, agente. Dios le bendiga.
(Elías sube la ventanilla y arranca, acelerando suavemente. Avanzan unos kilómetros en completo silencio, hasta que las luces del control desaparecen).
ELÍAS: (Exhala todo el aire de sus pulmones, temblando) Estuviste brillante, muchacha. Brillante.
LUCÍA: (Llorando en silencio, mirando al frente) Acelera, Elías. Por lo que más quieras, pisa el acelerador y sácanos de este infierno.
ACTO VII: LA CALA DE LOS MUERTOS
(Medianoche. Cala de los Muertos. Un lugar lúgubre, rodeado de acantilados afilados como dientes negros. El mar ruge furioso contra las rocas. El pesquero “La Esperanza” se acerca lentamente con el motor al mínimo, sin luces encendidas. En la pequeña playa de guijarros, las luces largas de dos todoterrenos iluminan el agua espumosa. Don Carlos está de pie, fumando. Junto a él, tres sicarios armados con fusiles de asalto. Entre ellos, Héctor, un hombre gigantesco con una cicatriz cruzándole el ojo).
HÉCTOR: (Gritando sobre el ruido del mar) ¡Ahí viene, patrón! Es el barquito del puerto.
DON CARLOS: (Sonriendo, tira el cigarro a las piedras) Te lo dije, Héctor. La gente pobre es muy predecible. El miedo les hace obedientes. Enciende el megáfono.
HÉCTOR: (Coge el megáfono) ¡MATEO! ¡ACERCA EL BARCO A LA ORILLA! ¡TENEMOS PRISA!
(En el barco, Mateo está solo. Lleva un chaleco salvavidas negro, pantalones oscuros y botas de agua. En su cinturón, un pesado cuchillo de destripar. Mira hacia la playa, cegado por los focos. La tensión en su mandíbula es absoluta).
MATEO: (Gritando desde la cubierta, con las manos en bocina) ¡NO PUEDO ACERCARME MÁS! ¡SI PASO DE AQUÍ, LA QUILLA SE RAJARÁ CON LOS ARRECIFES! ¡ESTÁ LA MAREA BAJA!
DON CARLOS: (Le quita el megáfono a Héctor) ¡TIRA LOS FARDOS AL AGUA, MUCHACHO! ¡LA CORRIENTE LOS TRAERÁ A LA ORILLA! ¡PERO COMO FALTE UN SOLO GRAMO, TE ASEGURO QUE TUS TRIPAS ALIMENTARÁN A LOS CANGREJOS!
MATEO: (Respira profundamente. La adrenalina le quema la sangre) ¡AQUÍ VA SU MIERDA! ¡Y NO VUELVAN A BUSCARME JAMÁS!
(Mateo comienza a arrojar los pesados fardos negros al mar. Uno a uno. Salpican ruidosamente cerca de las rocas. Pesan, se hunden un poco y luego flotan pesadamente hacia la orilla empujados por el fuerte oleaje).
HÉCTOR: (Mirando los paquetes flotar hacia ellos) Ahí están. El estúpido pescador se ha rendido.
DON CARLOS: (Frunce el ceño, observando la escena con desconfianza) Héctor. Métete en el agua. Abre uno. Ahora.
HÉCTOR: Pero patrón, el agua está helada.
DON CARLOS: (Sacando una pistola de plata de su abrigo y apuntando a Héctor) He dicho que te metas y abras un puto fardo, Héctor. ¿Te crees que he llegado a donde estoy por fiarme de los muertos de hambre?
HÉCTOR: (Asustado, asiente rápidamente) ¡Sí, patrón! ¡Voy!
(Héctor se mete al agua hasta la cintura, tropezando con las rocas. Agarra el primer fardo negro, saca una navaja automática y raja el plástico y la cinta americana. Mete la mano en el interior. Saca un puñado de polvo granulado y húmedo).
HÉCTOR: (Iluminando el polvo con una pequeña linterna, se lo lleva a la lengua. Escupe al instante) ¡Agh! ¡Patrón! ¡Es arena! ¡Es arena mojada y sal gorda!
(Un silencio sepulcral cae sobre la cala, interrumpido solo por el bramido del mar. Don Carlos se queda inmóvil. Su rostro se transforma en una máscara de puro odio demoníaco).
DON CARLOS: (Susurrando primero, luego gritando a pleno pulmón) ¡ME HA ENGAÑADO! ¡ESE CABRÓN HIJO DE PUTA ME HA ENGAÑADO! ¡MATADLO! ¡DESTROZAD EL BARCO! ¡QUE NO QUEDE NI UNA ASTILLA!
(Los tres sicarios levantan los fusiles y abren fuego simultáneamente. Las balas trazan líneas de fuego en la oscuridad, impactando contra la madera de “La Esperanza”, reventando los cristales de la cabina y agujereando el casco).
MATEO: (Tirado en el suelo de la cubierta, cubriéndose la cabeza mientras la madera astillada le llueve encima) ¡Ahora o nunca!
(Mateo se arrastra hasta un bidón de gasolina rojo que había dejado preparado. Abre la tapa. Tira el líquido inflamable sobre una pila de redes viejas y cajas de madera. Enciende una bengala marítima de emergencia. El intenso resplandor rojo ilumina su rostro manchado de sudor y terror).
MATEO: ¡Iros al infierno!
(Lanza la bengala sobre la gasolina. Una explosión sorda sacude el barco. Las llamas se alzan hacia el cielo negro, creando una barrera de fuego. Aprovechando el humo y la confusión, Mateo salta por el lado opuesto del barco, cayendo a las aguas heladas y turbulentas del océano).
ACTO VIII: EL BUITRE Y LA PRESA
(El agua está a punto de congelación. Mateo se sumerge, pateando desesperadamente para alejarse del barco en llamas. Las balas siguen silbando sobre el agua, golpeando las olas. Nada por debajo del agua hasta que sus pulmones arden. Emerge jadeando, oculto tras unos farallones de roca volcánica).
DON CARLOS: (Desde la playa, su silueta recortada por el fuego del barco) ¡NO HA MUERTO! ¡LOS PESCADORES NO SE MUEREN ASÍ COMO ASÍ! ¡HÉCTOR, RODRIGO! ¡ID POR LAS ROCAS! ¡ESTÁ EN EL AGUA O TREPANDO EL ACANTILADO! ¡QUIERO SU CABEZA! ¡LITERALMENTE, QUIERO SU CABEZA!
(Mateo se aferra a la pared de roca negra. Las olas chocan contra él, intentando arrastrarlo de nuevo al abismo. Sus dedos sangran al agarrarse a los salientes afilados. Comienza a escalar en la oscuridad. Conoce este acantilado. Venía a buscar percebes de niño. Sabe dónde poner los pies).
HÉCTOR: (Con su fusil colgado a la espalda, trepando ágilmente por el otro lado del risco, con una linterna táctica en la boca) ¡Te voy a encontrar, pescadilla! ¡No puedes huir! ¡Te voy a sacar los ojos y se los mandaré a tu mujer por correo!
MATEO: (Susurrando para sí mismo, respirando con agonía mientras sube metro a metro) No pienses en él. No mires abajo. Solo sube. Solo sube. Por Lucía.
(Mateo llega a una pequeña repisa estrecha en mitad de la pared vertical de piedra. Se agazapa, intentando recuperar el aliento. Escucha el rasgueo de las botas de Héctor subiendo peligrosamente cerca).
HÉCTOR: (La luz de la linterna barre la pared de roca, acercándose a la repisa de Mateo) Hueles a miedo, amigo. ¿Sabes lo que le hacemos a los que nos roban? Primero les cortamos los dedos. Luego las orejas. Vas a desear haberte hundido con ese barco de mierda.
(La luz ilumina de lleno el rostro de Mateo. Héctor sonríe con malicia, se saca la linterna de la boca y desenfunda una pistola pesada, equilibrándose en las rocas).
HÉCTOR: Fin del juego, marinero.
MATEO: (Mirando fijamente al cañón del arma. No hay pánico en sus ojos ahora. Solo un instinto animal) Las rocas están resbaladizas, cabrón.
HÉCTOR: ¿Qué has dicho?
MATEO: Dije… que estás en mi casa.
(Mateo, con una velocidad nacida de la desesperación, no retrocede. Salta hacia adelante. Lanza su mano izquierda y agarra la muñeca de Héctor, desviando la pistola justó en el momento en que dispara. La bala impacta ensordecedoramente en la piedra, soltando chispas. Con la mano derecha, Mateo saca el gancho de pesca oxidado y corto que usaba para las redes, y se lo clava a Héctor profundamente en el muslo).
HÉCTOR: (Ruge de dolor, un grito gutural que se mezcla con el trueno) ¡AHHH! ¡HIJO DE PERRA!
(Héctor, cegado por el dolor, suelta la pistola y agarra a Mateo por el cuello del chaleco salvavidas. Ambos forcejean en la repisa de apenas un metro de ancho. Es una danza de muerte sobre el abismo. Héctor es más grande, más fuerte, pero la herida le hace perder el equilibrio. Mateo recibe un puñetazo en la mandíbula que casi lo deja inconsciente, pero se aferra al cinturón de su atacante).
HÉCTOR: ¡Te voy a tirar al mar, escoria!
MATEO: (Escupiendo sangre) ¡Vete tú!
(Mateo tira del gancho incrustado en la pierna de Héctor con todas las fuerzas que le quedan, haciendo palanca hacia el borde. Héctor intenta retroceder, pero la suela de su bota de cuero resbala irremediablemente sobre el musgo húmedo de la roca. Sus ojos se abren de par en par en un instante de pánico puro. Pierde el equilibrio. Mateo suelta el gancho y se pega a la pared de roca).
HÉCTOR: ¡NOOOO!
(El gigante cae hacia atrás. Su grito se pierde en la noche y termina con un golpe sordo, húmedo y definitivo contra los arrecifes cincuenta metros más abajo. El mar traga su cuerpo en un segundo).
(Mateo se queda allí, pegado a la piedra, temblando violentamente, llorando de pura tensión. Mira hacia abajo. Solo oscuridad. Mira hacia arriba. El borde del acantilado y el bosque están a veinte metros. Comienza a subir. No hay tiempo para detenerse).
ACTO IX: EL PRECIO DE LA LIBERTAD
(Bosque denso en la cima del acantilado. Mateo corre a través de la maleza, tropezando con raíces, arañándose la cara con las ramas bajas. Escucha gritos lejanos desde la playa. Don Carlos ha encontrado el cuerpo destrozado de Héctor. Mateo no se detiene. Corre hasta que los pulmones le arden con sabor a óxido, hasta que sus piernas son de plomo).
(Horas después. Las primeras luces del alba empiezan a teñir el cielo de un gris pálido y frío. Mateo llega a un pequeño cobertizo abandonado cerca de una carretera comarcal. Es el punto de encuentro secundario que pactó con Elías, en caso de que todo fallara. Empuja la puerta podrida y cae al suelo de tierra, exhausto. Se queda dormido por puro agotamiento, escondido bajo unas lonas sucias).
(Se despierta con un sobresalto. El sol ya está alto. Alguien le está sacudiendo. Es un anciano con boina. Elías ha enviado a un primo suyo que tiene una furgoneta de reparto de pan).
ANCIANO: ¿Eres el muchacho de Elías? Joder, estás hecho un cristo. Levántate. Métete en la parte de atrás con las barras de pan. Tenemos que cruzar la frontera por la aduana vieja.
MATEO: (Mareado, levantándose a duras penas, cada músculo de su cuerpo gritando de dolor) ¿Han cruzado? ¿Lucía está bien?
ANCIANO: Me llamó desde un teléfono público en Viana do Castelo hace tres horas. Están a salvo. El viejo Elías dice que tienes siete vidas, muchacho. Métete. Y no hagas ruido si nos paran.
(El viaje en la parte trasera de la furgoneta huele a levadura y pan recién horneado. Mateo se abraza las rodillas. Mira sus manos, cubiertas de cortes y sangre reseca. Recuerda el peso de la red, el brazo cortado, la cara de Héctor al caer. Sabe que esa sangre nunca se lavará del todo. Ha cruzado una línea invisible de la que nadie regresa siendo el mismo).
ACTO X: UN HORIZONTE DIFERENTE
(Dos días después. Un apartamento modesto pero limpio y soleado en el Algarve, en el sur de Portugal. El sonido de las gaviotas es diferente aquí, más suave. El mar brilla a través del balcón abierto. Lucía está sentada en una mecedora, acariciándose el vientre, mirando al horizonte con una expresión indescifrable).
(La puerta del apartamento se abre lentamente. Mateo entra. Lleva ropa limpia, comprada barata, pero camina con una cojera visible. Su rostro está lleno de moretones y tiene un pequeño vendaje en la ceja. Se queda en el umbral de la puerta del balcón, mirándola).
MATEO: (Con voz ronca) Hueles a lavanda.
LUCÍA: (Se gira bruscamente. Pega un grito ahogado y se tapa la boca con ambas manos. Las lágrimas brotan instantáneamente) ¡Mateo! Dios mío… Mateo.
(Ella se levanta y corre hacia él, abrazándolo con una fuerza desesperada. Él la envuelve en sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello, respirando su olor).
LUCÍA: (Llorando sin consuelo) Pensé… pensé que no lo habías conseguido. Elías leía las noticias de España cada hora en internet. Hablaban de un barco pesquero quemado… y de un hombre encontrado muerto en las rocas.
MATEO: No era yo.
LUCÍA: (Se separa un poco para mirarle la cara, acariciando sus heridas con los dedos temblorosos) ¿Qué has hecho, Mateo? ¿Qué nos ha pasado?
MATEO: (La mira a los ojos. Su mirada ha cambiado, es más dura, más vieja, más oscura) Sobrevivimos. Eso es lo que pasó.
LUCÍA: Elías dejó la bolsa sobre la cama esta mañana y se fue. Dijo que cogería un tren hacia el norte, que no quería ser un peligro para nosotros. Abrí la bolsa, Mateo. Es tanto dinero…
MATEO: Ese dinero compra nuestro anonimato. Mañana iremos al consulado. He hablado con un contacto del Chino aquí en Portugal. Conseguiremos pasaportes nuevos. Brasileños o argentinos, aún no lo sé.
LUCÍA: (Mirando hacia el suelo, angustiada) Nunca podremos volver a casa. Ni ver a nuestras familias. Ni pisar nuestro puerto. Somos fugitivos.
MATEO: Nuestro puerto nos iba a matar de hambre. Ese banco nos iba a echar a la calle.
LUCÍA: Pero éramos buenas personas. Éramos gente honrada.
MATEO: (Le levanta la barbilla suavemente para que lo mire) La honradez es un lujo que los pobres no nos podemos permitir cuando el agua nos llega al cuello. Yo pesqué ese mal. El mar me lo lanzó a la cara. Y tuve que elegir entre ser una víctima de esos monstruos de traje, o convertirme en algo peor para salvarte a ti y a nuestro hijo.
LUCÍA: (Susurra) ¿Mataste a alguien?
(Mateo guarda silencio durante unos largos segundos. Mira el sol reflejado en el mar portugués. El sonido de las olas de repente le recuerda el golpe sordo de Héctor cayendo).
MATEO: Él se resbaló.
LUCÍA: (Cierra los ojos, una lágrima rueda por su mejilla. Abraza a Mateo de nuevo, pero esta vez con un matiz diferente, resignado, pesado) Que Dios nos perdone a los dos.
MATEO: (Acariciando el pelo de su mujer, mirando fijamente al vacío) Dios no baja a los puertos de bajura en mitad de una tormenta, Lucía. Allí solo estamos nosotros. Nosotros, y las decisiones que tomamos para no hundirnos.
(Mateo cierra los ojos. La brisa cálida mueve las cortinas blancas. Tienen cincuenta mil euros. Tienen sus vidas. Tienen un bebé en camino. Pero Mateo sabe, en lo más profundo de su ser, que cada vez que cierre los ojos, verá esa red negra emergiendo de la espuma, y sentirá el peso del diablo sobre sus hombros por el resto de sus días).
(Funde a negro. El rugido del mar se desvanece lentamente).