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La auditoría sorpresa que reveló secretos oscuros sobre mi jefe directo justo el día de mi promoción

La auditoría sorpresa que reveló secretos oscuros sobre mi jefe directo justo el día de mi promoción

Parte 1

El ascensor olía a café quemado, sudor caro y miedo.

No era una forma poética de decirlo. Era miedo de verdad. Del que se pega en la garganta como humo.

Yo lo noté apenas se cerraron las puertas del piso treinta y dos.

Nadie hablaba.

Ni Marta, que normalmente parecía una radio rota contando chismes desde las ocho de la mañana. Ni Iván, que llevaba diez años en la empresa y tenía la habilidad sobrenatural de sobrevivir a cada despido masivo como una cucaracha elegante con corbata italiana.

Todos miraban el móvil.

Todos evitaban mirarse entre ellos.

Y yo… bueno.

Yo llevaba una sonrisa estúpida en la cara porque esa mañana me iban a ascender.

Después de siete años tragando reuniones absurdas, clientes insoportables y hojas de Excel que parecían escritas por demonios contables, finalmente iba a convertirme en directora regional de operaciones.

Mi madre ya había llamado tres veces.

“Lucía, no llores cuando te den la noticia.”

“Lucía, postura recta.”

“Lucía, no hables tan rápido cuando estés nerviosa.”

Como si yo fuera a aceptar el ascenso llorando encima de la mesa.

Aunque, viendo cómo terminó ese día… ojalá el problema hubiera sido solo llorar.

El ascensor hizo “ding”.

Piso treinta y dos.

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