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Hermano mayor EXIGE la mitad del premio de la Lotería de Navidad solo porque pagó el billete de tren en Barcelona y ARRUINA la familia

Hermano mayor EXIGE la mitad del premio de la Lotería de Navidad solo porque pagó el billete de tren en Barcelona y ARRUINA la familia

EL BILLETE A LA RUINA

El sonido del cristal estallando contra el suelo de mármol silenció de golpe la sala. No fue un accidente. La botella de cava reserva, que apenas unos segundos antes iba a servir para brindar por la noticia más increíble de sus vidas, yacía ahora hecha pedazos, derramando su espuma dorada sobre la alfombra persa del salón.

El reloj marcaba las once y media de la noche de Nochebuena. El olor a cordero asado y turrón de Jijona aún flotaba en el aire, pero el ambiente se había vuelto de repente irrespirable, asfixiante.

JAVIER (Con el rostro rojo, las venas del cuello marcadas, apuntando con un dedo tembloroso a su hermano menor) —¡No me jodas, Mateo! ¡No me tomes por imbécil en mi propia cara! ¿Te crees que te vas a embolsar cuatrocientos mil pavos y yo me voy a quedar aquí aplaudiendo como un subnormal? ¡Exijo la mitad! ¡Me corresponde la puta mitad de ese décimo!

MATEO (Retrocediendo un paso, con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar lo que acaba de escuchar. Las manos le tiemblan) —¿Pero qué dices, Javi? ¿Te has vuelto loco? ¿Qué te has bebido? ¡El décimo lo compré yo! ¡Con mi dinero! Fui yo quien hizo la cola de dos horas en la plaza, fui yo quien eligió el número. ¿De qué demonios hablas?

JAVIER (Golpeando la mesa de roble con ambos puños. Las copas tiemblan) —¡Hablo de que tú no habrías estado en Barcelona si no fuera por mí! ¡Hablo de que no tenías ni un puto duro para ir a esa entrevista de trabajo! ¿Quién te pagó el billete del AVE, eh? ¿Quién desembolsó los ciento veinte euros para que el “niño pobre de la familia” pudiera ir a buscarse la vida? ¡Fui yo! ¡Si yo no te hubiera comprado ese billete de tren, jamás habrías pisado la ciudad, jamás habrías pasado por esa administración de lotería y jamás tendrías ese billete en la mano! ¡Así que ese premio es mío tanto como tuyo! ¡Cincuenta por ciento, Mateo. O te juro por la memoria de papá que te hundo!

CARMEN (La madre, una mujer de sesenta y tantos años, se lleva las manos a la cara. Su voz se quiebra en un sollozo aterrorizado) —¡Por Dios, Javier! ¡Calla ya! Es Nochebuena… Estamos celebrando una bendición, un milagro. Tu hermano acaba de salir de la ruina, por fin va a poder pagar el tratamiento de su niña… ¿Cómo puedes decir esas cosas? Eres su hermano mayor…

JAVIER (Girándose hacia su madre con una mirada gélida, desprovista de cualquier empatía) —El hermano mayor, sí. El cajero automático de esta casa. El que siempre tiene que solucionar los problemas de todos. El que siempre saca las castañas del fuego. Pues se acabó, mamá. Se acabó la caridad. Esto es justicia. Un negocio. Mi inversión inicial, el billete de tren, generó esa ganancia. Sin mi capital, no hay premio. Es simple matemática.

ELENA (La esposa de Mateo, que hasta ahora había estado paralizada junto al árbol de Navidad, da un paso al frente. Su voz es un látigo) —¿Inversión inicial? ¿Justicia? Eres un miserable, Javier. Un absoluto y reverendo miserable. Estás reclamando doscientos mil euros por un billete de tren de ciento veinte que te pedimos por necesidad, llorando, porque Mateo llevaba meses en paro. Te prometimos que te lo devolveríamos en cuanto cobrara el primer sueldo. Y ahora que la vida, por una vez, nos sonríe, ¿quieres arruinarnos? ¿Quieres quitarle el dinero de la boca a tus sobrinas?

JAVIER (Sonriendo con una mueca torcida, cruzándose de brazos) —No te pongas dramática, Elena. Que no os estoy pidiendo todo. Solo la mitad. Con doscientos mil tenéis de sobra para pagar vuestras deudas y vivir tranquilos. Pero yo no voy a ser el tonto del pueblo que financió el viaje hacia vuestra riqueza y se queda mirando cómo cambiáis de coche mientras yo sigo pringando en la oficina doce horas al día.

MATEO (Negando con la cabeza, sintiendo que el estómago se le revuelve. Siente náuseas) —Javi, por favor… escúchate. Estás hablando de destruir a tu familia por un tecnicismo enfermo que te has inventado en tu cabeza. ¿Me estás diciendo en serio que, porque me prestaste dinero para un tren, eres dueño de lo que yo compré allí con mis últimos ahorros? ¿Si hubiera comprado un bocadillo y me hubiera tocado un premio dentro, también querrías la mitad del bocadillo?

JAVIER —No es un tecnicismo, Mateo. Es causa y efecto. Yo te puse en Barcelona. Yo soy el origen de ese décimo. Tú no tenías crédito en la tarjeta, te la habían bloqueado. Me llamaste llorando: “Javi, por favor, es la entrevista de mi vida, necesito ir”. Yo te salvé el culo. Como siempre. Y ahora me vas a pagar. No los ciento veinte euros. Me vas a pagar lo que vale haberme utilizado como tu pasaporte a la suerte.

ELENA (Riendo sin humor, una risa seca y amarga que corta el ambiente) —Dios mío, de verdad estás enfermo por la avaricia. El dinero te ha olido a sangre y te has convertido en un tiburón ciego. Mateo, no le des ni un céntimo. Le transferimos ahora mismo los putos ciento veinte euros por Bizum y que se largue de nuestra vista.

JAVIER (Da un paso amenazante hacia Elena. Mateo se interpone inmediatamente, poniéndose pecho a pecho con su hermano) —Tú a mí no me echas de la casa de mi madre, niñata. Y te aseguro que si intentáis quedaros con todo, os voy a llevar a los tribunales. Tengo los mensajes de WhatsApp. Tengo la prueba de que el billete está a mi nombre y pagado con mi tarjeta. Tengo a mi abogado a una llamada de distancia. Puedo bloquear ese décimo en el juzgado hasta que pasen años, y no veréis un euro hasta que la niña sea mayor de edad. ¿Queréis jugar sucio? Yo os enseño cómo se juega a esto.

CARMEN (Cae de rodillas al suelo, incapaz de soportar la tensión. Las lágrimas le empapan el rostro mientras agarra el pantalón de Javier) —¡No, por favor! ¡Hijos míos, mi sangre, os lo suplico! ¡Es dinero maldito! ¡Ojalá nunca hubiera tocado! ¡Ojalá ese billete se hubiera quemado! Javier, te lo ruego por lo que más quieras, es tu hermano pequeño. Le cambiabas los pañales, le enseñaste a andar en bicicleta… ¿Qué te está pasando? ¿Por qué dejas que el demonio del dinero te ensucie el alma de esta manera?

JAVIER (Mirando a su madre en el suelo, con una frialdad espeluznante, sin hacer el amago de levantarla) —No es el demonio, mamá. Es la realidad. Llevo toda la vida siendo el bueno. El que se quedó en la ciudad para cuidarte a ti y a papá cuando enfermó. El que no se fue de Erasmus, el que no persiguió sus “sueños” de artista como Mateo. Yo hice lo correcto. Yo sacrifiqué mi juventud. Y a él, al vago, al que va dando tumbos, le toca el Gordo de Navidad. No, mamá. La vida no es justa, pero esta noche la voy a equilibrar yo.

MATEO (Ayudando a su madre a levantarse, abrazándola mientras mira a su hermano con los ojos llenos de lágrimas, no de tristeza, sino de una decepción infinita) —Siempre te he admirado, Javi. Siempre pensé que eras mi ejemplo a seguir. Pero ahora mismo, me das pena. Una pena inmensa. ¿De verdad crees que te debemos nuestra vida? ¿Crees que porque me compraste un billete de tren has comprado mi alma? ¿Qué pasa con las veces que Elena fue a cuidarte cuando te rompiste la pierna? ¿Le debes a ella la mitad de tu sueldo de ese mes porque te hizo de enfermera gratis? ¿O la familia solo es un negocio cuando a ti te conviene cobrar los dividendos?

JAVIER —No mezcles churras con merinas. Esto es un asunto financiero. Tienes hasta mañana por la mañana para pensártelo. O vamos juntos al banco el día 26 a depositar el décimo y firmar un acuerdo de titularidad compartida, o llamo a mi abogado el mismo lunes a primera hora para poner una medida cautelar sobre el cobro del premio.

ELENA —¡Hazlo! ¡Llama a tu abogado! A ver qué juez de España acepta que un billete de tren te da derecho a la propiedad de un billete de lotería comprado en un estanco con dinero en efectivo de otra persona. ¡Te van a reír en la cara!

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