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Esposa descubre cámaras ocultas en su propia casa instaladas en secreto por su cuñada de Sevilla para vigilarla y provocar un divorcio

Esposa descubre cámaras ocultas en su propia casa instaladas en secreto por su cuñada de Sevilla para vigilarla y provocar un divorcio

Acto I: El café frío y una sospecha absurda

El salón de la casa de Laura y Alberto en Madrid siempre había sido un lugar luminoso, pero esa tarde de martes parecía extrañamente encogido. Carmen, la hermana mayor de Alberto, se acababa de marchar tras pasar una “semanita de vacaciones” con ellos. Venía de Sevilla con la excusa de un descanso, pero solo había dejado tensión.

Laura recogía unas tazas de café mientras Alberto revisaba unos papeles del trabajo.

Laura: (Dejando las tazas en la bandeja, suspirando) Menos mal. Alberto, de verdad, adoro a tu familia, pero una semana con Carmen es como pasar una auditoría de Hacienda.

Alberto: (Sin levantar la vista) No exageres, Lau. Carmen es… intensa. Ya sabes cómo son en Sevilla, muy de estar encima, muy protectores.

Laura: Una cosa es ser protectora y otra es que sepa cuántas veces voy al baño o por qué he comprado una marca de leche diferente. ¿No te diste cuenta? Me miraba todo el tiempo. Como si esperara que cometiera un error.

Alberto: (Sonriendo, restando importancia) Son imaginaciones tuyas, cariño. Está estresada por su divorcio. Solo quería desconectar.

Laura: Sí, claro. Desconectar conectándose a mi vida. Mira, ayer cuando tú estabas en la oficina, me la encontré en nuestro dormitorio. Estaba toqueteando el estante de los libros. Me dijo que “buscaba algo que leer”.

Alberto: Pues ya está. Misterio resuelto.

Laura: (Se detiene en seco, mirando un pequeño peluche que Carmen le regaló a su hijo pequeño el año pasado y que Carmen había movido de sitio antes de irse) Alberto… ¿ese oso siempre ha mirado hacia la cama?

Acto II: El reflejo en el cristal

El miércoles por la mañana, con Alberto ya en el trabajo, Laura decidió hacer limpieza general. El ambiente seguía pesado. Sentía una incomodidad extraña, esa sensación de que alguien te observa la nuca cuando estás solo.

Decidió limpiar el polvo del salón. Al pasar el paño por un marco de fotos familiar —una foto que Carmen insistió en recolocar antes de irse a la estación de Atocha—, el sol entró de golpe por la ventana. Un destello azulado, diminuto como la cabeza de un alfiler, brilló dentro del marco, justo en el ojo del fondo de la imagen.

A Laura se le congeló la sangre.

Laura: (En voz baja, hablando consigo misma) No puede ser. No, no. Estoy paranoica. Las películas me están sentando mal.

Con las manos temblorosas, desmontó la parte trasera del marco. Entre el cartón y la fotografía, pegado con cinta negra, había un circuito rectangular del tamaño de una moneda de dos euros. Una lente minúscula apuntaba directamente al sofá.

El pulso de Laura se disparó. El corazón le golpeaba el pecho como un tambor. Con el estómago revuelto, corrió al dormitorio. Fue directo al peluche que Carmen había movido. Lo palpó con desesperación. Entre la felpa del cuello, oculto por un lazo rojo, había otro lente idéntico. Apuntaba directo a la cama.

Laura: (Sintiéndose mareada, hiperventilando) Dios mío… Dios mío, ¿qué es esto?

Su teléfono sonó en ese instante. El tono de llamada la hizo saltar del susto. En la pantalla: “Carmen Sevilla”.

Laura tragó saliva, intentando que su voz sonara normal.

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