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Encontré cámaras ocultas dentro de los regalos que mi suegra nos enviaba cada semana desde el norte de España

Encontré cámaras ocultas dentro de los regalos que mi suegra nos enviaba cada semana desde el norte de España

Parte 1

La caja llegó un martes, un día tan anodino que casi paso por alto el detalle que terminó por convertir nuestra convivencia en un campo de minas. Mi suegra, Doña Carmen, una mujer cuya capacidad para el drama rivalizaba con la de cualquier heroína de Galdós, vivía en un caserón perdido en algún lugar de la Asturias profunda. Desde que nos mudamos a Madrid, la mujer había instaurado una especie de aduana emocional semanal. Cada martes, sin falta, recibíamos un paquete envuelto en papel de estraza y precintado con tanto celo que parecía que dentro enviaba barras de uranio y no, como era habitual, embutidos de calidad dudosa, calcetines de lana que picaban con solo mirarlos o figuras de porcelana tan horrorosas que ni siquiera el mercado de segunda mano las querría.

—Otra vez —dije, dejando el paquete sobre la mesa de la cocina con un golpe seco—. Javi, juro que si vuelve a enviar ese queso que huele a pie de atleta, lo tiro por la ventana.

Javi, que estaba intentando concentrarse en un Excel que le estaba dando más guerra que una mala digestión, levantó la vista y suspiró. Ese suspiro era su respuesta a todo. Era el suspiro de un hombre que sabe que su madre es una fuerza de la naturaleza contra la que no se puede luchar, solo sobrevivir.

—Déjala, Elena. Es su forma de decir que nos quiere. O de controlarnos, aún no estoy seguro. Ábrelo, a ver qué le ha dado por enviarnos ahora.

Me acerqué al paquete. Tenía algo raro. Siempre venían con una etiqueta de envío pegada con cuidado, pero esta vez la caja estaba un poco abollada en una esquina, como si hubiera tenido un encontronazo serio en el almacén de la empresa de transportes. Introduje la punta del cuchillo de cocina bajo la cinta de embalar y tiré con fuerza. El sonido del adhesivo desgarrándose resonó en la cocina como un disparo.

Lo primero que asomó fue una bufanda de lana verde musgo. Un color horrible, por cierto. Debajo, un bote de miel artesanal que, según la etiqueta escrita a mano con la caligrafía temblorosa de Carmen, prometía curar desde una afonía hasta un corazón roto. Y al fondo, un pequeño joyero de madera tallada. Eso me extrañó. Mi suegra no era de regalar joyas. Las guardaba bajo llave en un arca que, según ella, pertenecía a una bisabuela condesa, aunque todos sabíamos que el origen era más bien humilde.

Saqué el joyero. Era pesado, de una madera oscura, con unas incrustaciones de nácar que, bajo la luz de la bombilla de la cocina, brillaban con un tono casi artificial.

—Oye, Javi —llamé a mi marido—. Mira esto. ¿Desde cuándo tu madre regala antigüedades?

Javi se levantó, dejando su portátil a medias, y se acercó. Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.

—Eso… eso no lo he visto nunca. ¿Es nuevo?

—No lo sé. Ábrelo tú.

Javi tomó el joyero. Se le veía tenso. Era curioso, pero a veces me daba la impresión de que él tenía más miedo de su madre que yo, y eso que yo era la que tenía que aguantar sus comentarios sobre mis guisos o mi forma de vestir. Hizo palanca con la uña en el pequeño enganche metálico. La tapa cedió con un chasquido seco. Dentro no había joyas. Ni pendientes, ni anillos, ni una cadena de oro heredada.

Dentro había un pequeño dispositivo electrónico. Un bloque negro con una lente de cristal que nos devolvía una mirada fija, gélida y absolutamente inhumana.

Me quedé helada. Javi, que suele ser el tipo más tranquilo que he conocido en mi vida, soltó el joyero como si quemara. Cayó sobre la encimera y, con el impacto, el dispositivo se desplazó, revelando un pequeño piloto rojo que parpadeaba débilmente.

—¿Qué demonios…? —murmuró Javi, retrocediendo dos pasos como si el trasto fuera a detonar en cualquier momento.

—Es una cámara, Javi. Es una cámara oculta —dije, sintiendo cómo el estómago se me encogía hasta convertirse en una nuez.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se oía el zumbido de la nevera, un sonido que de repente me pareció amenazador. Miré la caja de nuevo. La bufanda, el bote de miel. Todo empezaba a cobrar un sentido perturbador. ¿Cuántas cosas nos habría enviado en los últimos meses? ¿Cuántas cajas habíamos abierto en la intimidad de nuestra casa, pensando que estábamos solos, mientras un ojo invisible nos observaba desde el fondo de un paquete de embutidos o entre los pliegues de un suéter?

—¿Crees que funciona? —preguntó Javi, con la voz quebrada.

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