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Ella ayudó a un anciano abandonado en el camino… sin imaginar el secreto que cambiaría su vida para siempre VL

Ella ayudó a un anciano abandonado en el camino… sin imaginar el secreto que cambiaría su vida para siempre

Bienvenidos a Historias sin ruido. El sol de agosto caía sobre la finca requena como fuego. El campo de trigo detrás de la casa permanecía inmóvil bajo un cielo blanco y segador, con los tallos de rastrojo desteñidos inclinados por el viento caliente, tan secos que bastaba tocarlos apenas para oír cómo se quebraban en pedazos.

 La tierra se abría en grietas largas, profundas y oscuras, como si todo el campo estuviera con la boca abierta esperando una gota de agua que hubiera olvidado el camino de regreso. El camino que venía del pueblo estaba cubierto de polvo blanco. Cada vuelta de las ruedas levantaba una estela turbia que se pegaba a la falda, al cabello, al abrevadero vacío y también a la cerca torcida del patio.

 La Requena volvía del mercado con Pepita, la vieja burra de la familia. La carreta de madera que llevaba detrás estaba casi vacía. Después de pasar toda la mañana bajo la lona del mercado del pueblo, solo había logrado cambiar unos manojos de cebollas marchitas, una bolsa de frijoles secos, dos panes duros y unas monedas sueltas que no alcanzaban para comprar la medicina de su madre.

 La gente pasaba frente a su puesto, preguntaba el precio de los huevos, preguntaba el precio de las verduras y luego suspiraba antes de marcharse. Todos eran pobres en aquella temporada de sequía, así que la compasión también se había convertido en un lujo. Ella desató a Pepita, le dio unas palmadas suaves en el cuello y caminó hacia la boca del viejo pozo en medio del patio.

El brocal estaba hecho de piedra gris, agrietada y ardiente bajo la mano. Amapola se inclinó para recoger una piedrita, la sostuvo un momento en la palma como si estuviera sopesando algo y después la dejó caer. La piedra descendió en la oscuridad, un latido, dos latidos. Luego sonó un golpe seco contra la pared del pozo y finalmente llegó al fondo con un ruido corto y apagado. No hubo sonido de agua.

 Amapola se quedó inmóvil. Ya sabía que sería así, pero aún así sintió que el corazón se le hundía. Cada día, al volver del mercado, hacía la misma prueba. Cada día dejaba caer una piedra en el pozo, como quien le envía una pregunta a la tierra. Y cada día el pozo respondía con silencio. Cuando su padre aún vivía, solía decir que aquel pozo solo estaba dormido, que el agua no abandona a quien sabe cuidar la tierra.

 Entonces ella le creía. Ahora aquellas palabras parecían un trozo de pan viejo, seco y duro, pero aún así no se atrevía a tirarlo. Desde el interior de la casa se oyó una tos leve. Amapola se volvió de inmediato hacia la cocina. En el banco largo junto a la ventana, la señora Milagros Requena, madre de Amapola, estaba recostada sobre una almohada vieja.

Tenía poco más de 60 años. Estaba débil después de muchos meses enferma, pero sus ojos cafés seguían siendo dulces y hondos, como los de alguien acostumbrado a esconder la preocupación por sus hijos detrás de una sonrisa. Desde la muerte de su esposo, Milagros casi no se movía de aquel rincón junto a la ventana, mirando como sus dos hijos se alejaban cada día un poco más entre las deudas, la sequía y todo aquello que nadie se atrevía a decir por completo.

 “Hoy estuvo muy difícil vender en el mercado, hija”, preguntó Amapola. dejó la bolsa de frijoles sobre la mesa e intentó sonreír. No tanto, solo que todos querían comprar pagando con disculpas. Doña Remedios regateó tres huevos como si yo estuviera vendiendo oro. Milagros sonrió débilmente, pero volvió a toser. Amapola se apresuró a ayudarla a beber agua.

 La mano de su madre estaba tan fría y tan ligera que le dio miedo pensar que si la soltaba también se desaría en la luz que entraba por la ventana. La pequeña cocina olía a humo. La vieja mesa de madera estaba calzada con un ladrillo roto. En el estante solo quedaba un frasco de aceitunas en salmuera, casi vacío, y unas ramitas de tomillo seco colgadas junto a la ventana.

 Las medicinas de su madre estaban por terminarse. La deuda en la tienda de abarrotes seguía sin pagarse. El aviso del banco permanecía dentro del cajón como un cuchillo escondido. Amapola no dijo nada de eso. Había aprendido a tragarse la preocupación como se traga el pan seco, con dificultad, pero sin más remedio. Unos pasos pesados sonaron en el patio.

 Elio Requena, el hermano mayor de Amapola, entró en la cocina con la camisa arremangada y el rostro quemado por el sol, marcado por el cansancio. Le llevaba unos años y desde pequeño había trabajado el campo junto a su padre, pero después de la muerte de este, la firmeza que había en él se fue transformando poco a poco en mal humor.

El adio no era un hombre flojo ni indiferente. Solo era un hombre que miraba aquella casa a través de las deudas, las facturas de medicinas, las tejas rotas y las cosechas de trigo perdidas. Amapola, en cambio, la miraba a través del recuerdo de su padre y precisamente por eso, cuanto más se querían, más fácil les resultaba hacerse daño.

 El adio miró la carreta casi vacía en el patio y luego la bolsa sobre la mesa. No necesitaba preguntar para saber que el mercado había vuelto a ser un fracaso. Capitán, el gallo rojo de la familia Requena apareció de repente y picoteó el pantalón de Heladio. Él apartó la pierna. frunció el ceño y le gritó, pero el gallo solo alzó el cuello y cantó con fuerza, como si acabara de ganar una gran batalla.

 Amapola miró mal a capitán, al menos hoy todavía sabe despertar a la gente. El adio no sonró, puso sobre la mesa un fajo de papeles cuidadosamente doblados. Eran hojas blancas, limpias y frías, extrañas en aquella cocina pobre llena de polvo y olor a frijoles secos. La gente de la empresa de cámaras frigoríficas volverá este fin de semana”, dijo.

 Mantienen su oferta por comprar la parte de atrás, el campo de trigo y la zona del pozo viejo. Ese dinero alcanza para pagar la deuda del banco, comprar la medicina de mamá y arreglar el techo. Si hacemos bien las cuentas, todavía nos quedaría algo para empezar en otro lugar. La cocina quedó en silencio.

 Amapola miró aquellos papeles como si mirara una mancha recién arrojada sobre la mesa de comer. Empezar en otro lugar, repitió, lo dices como si bastara cambiar de sitio para dormir para que una persona pudiera cambiar toda su vida. El adio respiró con pesadez. Lo digo como alguien que sabe que aquí ya no podemos sobrevivir.

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