En el panorama internacional, pocos escenarios son tan exigentes como organizar una Copa del Mundo. Sin embargo, para México, la edición de 2026 no solo representa un hito deportivo, sino una verdadera prueba de fuego ante un mundo que, hace apenas unos meses, cuestionaba nuestra capacidad para recibir al planeta. Cuando la crisis de seguridad ocupó los titulares en febrero de este año, las dudas externas sobre la viabilidad del torneo fueron inmensas. No obstante, lejos de sucumbir a la presión, el Estado mexicano respondió con una estrategia de seguridad sin precedentes, consolidando lo que hoy conocemos como el Plan Cuculcán.
El contexto no era sencillo. Tras el operativo que resultó en la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “el Mencho”, el país atravesó semanas de alta tensión que pusieron a prueba la resiliencia de nuestras instituciones. La FIFA, bajo el escrutinio de medios globales como Reuters, Bloomberg y The Guardian, solicitó informes urgentes sobre la situación de segurid
ad en las sedes principales: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. La interrogante era clara y dolorosa: ¿Podía México garantizar la paz para millones de visitantes y decenas de delegaciones internacionales?
Mientras el pesimismo se apoderaba de la opinión pública internacional, en los pasillos gubernamentales se cocinaba una respuesta contundente. Bajo el liderazgo estratégico de la Secretaría de Seguridad y con el aval de la presidencia de Claudia Sheinbaum, se presentó el Plan Cuculcán. Nombrado en honor a la deidad maya de la protección, este operativo no es solo una medida de fuerza, sino una red de inteligencia y coordinación técnica de nivel superior.

Las cifras son, sencillamente, abrumadoras y revelan el compromiso del país: 99,000 efectivos de seguridad desplegados estratégicamente en todo el territorio. Este contingente incluye 20,000 elementos de las fuerzas armadas, 55,000 agentes de la Guardia Nacional y Seguridad Pública Federal, apoyados por 24 aeronaves tácticas y más de 180 binomios caninos especializados. La presencia institucional es permanente, cubriendo estadios, hoteles, aeropuertos y vías de comunicación las 24 horas del día.
Pero el éxito de este plan no radica solo en la cantidad de uniformados, sino en su homologación. Por primera vez, se integran protocolos unificados entre la Guardia Nacional, el Ejército, la Marina y las policías estatales de Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León bajo una única mesa de mando estratégica. A esto se suma la cooperación internacional con Estados Unidos, Canadá y la propia FIFA, un hecho que contradice la retórica de aislamiento que algunos sectores intentan promover. Incluso en momentos donde la política pública parece confrontativa, la operatividad técnica se mantiene coordinada para asegurar que el evento deportivo más importante del planeta transcurra sin incidentes graves.
La validez de este esfuerzo quedó sellada con la llamada entre Claudia Sheinbaum y Gianni Infantino, presidente de la FIFA. Contrario a los rumores de cambio de sede, Infantino confirmó su confianza total en México tras revisar personalmente los informes de seguridad. Esta validación no solo fue un triunfo diplomático, sino un mensaje claro para el mundo: México está listo. La inauguración en el Estadio Azteca —el primer estadio en la historia en albergar tres partidos inaugurales de Copas del Mundo— simboliza tres generaciones de mexicanos que han demostrado que, ante la adversidad, la respuesta del país siempre ha sido la organización y la resiliencia.

Es fundamental poner en perspectiva este esfuerzo. A menudo, se le exige a México una perfección que no se demanda a otras naciones. Países que han organizado eventos globales bajo sanciones internacionales o con problemas internos de seguridad han recibido un trato diferenciado. Sin embargo, México ha optado por el camino del trabajo constante y la inversión. Con una derrama económica estimada en más de 5,000 millones de dólares y la llegada de 800,000 aficionados extranjeros, el éxito del Mundial es una inversión en la imagen nacional que trasciende cualquier campaña publicitaria.
Este despliegue tiene implicaciones que van más allá del fútbol. Con las negociaciones del T-MEC en el horizonte y las constantes presiones de líderes como Donald Trump, la capacidad de México para organizar un evento de esta magnitud sin incidentes es una carta de presentación inmejorable. Demostrar que somos un país capaz de cumplir con compromisos internacionales de alta envergadura es la mejor defensa frente a discursos que buscan minimizar nuestra relevancia. El éxito del torneo es, en última instancia, una declaración política: un México que no se detiene, que no se cae y que sabe responder cuando el mundo observa.

A pesar de los incidentes aislados que han ocurrido en el camino —como el lamentable hecho en Teotihuacán—, la respuesta del gobierno ha sido frontal y transparente, sin pretextos, reafirmando que la seguridad es un proceso de largo aliento. El Plan Cuculcán es el resultado de más de un año de planificación, inteligencia y voluntad política. Mientras el mundo discutía si “podíamos”, México ya estaba trabajando en “cómo lo haríamos mejor”.
Al final, cuando el silbatazo inaugural resuene en el Estadio Azteca, no solo estará celebrando el fútbol. Será el sonido de la determinación mexicana ante la duda ajena. Será un mensaje para los 38 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos y para todos aquellos que, desde dentro, construyen el país día a día. México ha dado 99,000 razones para confiar, y el mundo está por ser testigo de que, cuando este país se propone un objetivo, no hay fuerza que lo detenga. La narrativa de la incapacidad ha sido superada por la realidad de la ejecución, y eso es algo que ni las críticas más feroces podrán ocultar. México está listo, no por suerte, sino por estrategia, planificación y, sobre todo, por la convicción de su gente.