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¡El momento más impactante de la Biblia sigue estremeciendo al mundo! VL

¡El momento más impactante de la Biblia sigue estremeciendo al mundo!

El sepulcro estaba vacío y nadie sabía qué hacer con eso. Era el primer día de la semana, todavía oscuro, todavía frío, todavía impregnado del peso de todo lo que había ocurrido tres días antes. Y María Magdalena llegó al jardín con unentos en las manos y un dolor que no cabía en palabras. [música] Lo que encontró cuando llegó no fue el cuerpo que buscaba.

encontró la piedra movida, la entrada abierta, el silencio de una tumba que ya no contenía lo que debía contener. Y en ese instante, sin comprenderlo todavía, sin poder nombrarlo todavía, ella se convirtió en la primera persona en la historia humana que se paró frente a la evidencia de la resurrección. No lo sabía aún.

Corrió a buscar a los discípulos con el único lenguaje que tenía disponible. Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde le han puesto. Pero Dios ya había comenzado a escribir el capítulo más extraordinario que el mundo jamás leería. Hay algo que la mayoría de las personas no detiene a considerar cuando piensa en la resurrección de Jesús. Y es esto.

Las apariciones del Señor resucitado no fueron eventos uniformes ni predecibles. No siguieron un protocolo ceremonial. No se anunciaron con señales en el cielo ni con mensajeros que corrieran de ciudad en ciudad convocando a multitudes. Fueron apariciones íntimas, sorpresivas. cargadas de una humanidad que desconcertaba precisamente porque provenían de alguien que había cruzado la frontera que ningún ser humano había cruzado antes y regresado.

Jesús resucitado se apareció en un jardín, en un camino polvoriento, detrás de puertas cerradas, a la orilla de un lago al amanecer, en una habitación donde los hombres temblaban de miedo. Y en cada aparición algo ocurría que transformaba a las personas de manera irreversible. La misma María, que llegó al sepulcro llorando, salió de ese jardín corriendo a proclamar.

Los mismos discípulos que estaban encerrados por temor salieron días después a predicar sin temor a nada. Lo que vieron cambió todo lo que eran. Para entender el peso de estas apariciones, es necesario entender primero el estado en que se encontraban los seguidores de Jesús en esas horas previas. El viernes de la crucifixión había sido, desde la perspectiva de aquellos hombres y mujeres, el fin de todo.

No solo la muerte de su maestro, sino el colapso de cada esperanza que habían construido durante 3 años. Ellos habían dejado sus redes, sus casas, sus familias, sus profesiones, convencidos de que Jesús era el Mesías que restauraría el reino de Israel. Y ahora él estaba muerto, enterrado, sellado detrás de una piedra con guardia romana.

El sábado lo pasaron en silencio, paralizados por una mezcla de dolor y terror, porque los mismos que habían crucificado a Jesús sabían quiénes eran sus seguidores. Estaban escondidos, estaban rotos. Algunos, como lo describe el relato del camino a Emaús, ya habían comenzado a irse, a retornar a sus vidas anteriores, porque ya no había nada por lo que quedarse.

Y fue precisamente en esa condición de desolación absoluta donde Jesús comenzó a aparecer. La primera aparición documentada ocurrió en el jardín y su destinataria fue María Magdalena. Este detalle es por sí solo teológicamente extraordinario, porque en la cultura judía del primer siglo, el testimonio de una mujer no era legalmente admisible en un tribunal.

Si Jesús o sus seguidores hubieran inventado la historia de la resurrección, jamás habrían elegido a una mujer como primer testigo. Ese detalle, lejos de debilitar la credibilidad del relato, la fortalece enormemente, porque solo alguien que simplemente estaba registrando lo que ocurrió tal como ocurrió habría conservado ese dato.

María estaba llorando fuera del sepulcro cuando vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús. Luego se volvió y vio a alguien que no reconoció de inmediato. Pensó que era el hortelano y entonces ocurrió algo que merece ser considerado con toda la atención posible.

Jesús pronunció su nombre, solo su nombre, María. Y ella lo reconoció en ese instante, no por su apariencia, por su voz, por la manera en que él pronunciaba su nombre, que nadie más en el mundo pronunciaba de esa manera. Juan registra este momento en el capítulo 20 de su evangelio con una precisión que solo puede venir de alguien que lo escuchó de labios de la propia María o que estuvo cerca en esas horas.

Jesús le dijo, “María”, volviéndose ella, le dijo, “Raboni, ¿qué quiere decir maestro?” Dos palabras, dos palabras que cambiaron la historia del mundo. Lo que es importante comprender en este punto es que el cuerpo resucitado de Jesús no era simplemente un cuerpo revivido como el de Lázaro, que regresó al mismo estado físico de antes y eventualmente volvería a morir.

El cuerpo resucitado de Jesús era algo cualitativamente [música] distinto, algo que la teología cristiana llama cuerpo glorificado. Y las apariciones mismas lo demuestran con una consistencia que atraviesa todos los relatos. María no lo reconoció de inmediato. Los discípulos en el camino a Emaús caminaron con él durante horas sin reconocerlo.

Los discípulos junto al lago al amanecer no lo identificaron desde la orilla. Y sin embargo, ese mismo cuerpo tenía las marcas de los clavos. Ese mismo cuerpo comió pescado frente a sus discípulos. Ese mismo cuerpo fue tocado por Tomás, que puso su dedo en las heridas. Era real, era físico, era tangible y al mismo tiempo era capaz de aparecer de repente en una habitación con las puertas cerradas y desaparecer de la misma manera.

La resurrección de Jesús no fue una metáfora ni una experiencia espiritual colectiva. Fue un acontecimiento histórico que produjo un cuerpo que pertenecía a una categoría de existencia que el mundo nunca había visto. Para seguir el hilo de las apariciones con la fidelidad que merecen, es necesario detenerse en la segunda gran aparición de ese primer día que ocurrió en el camino a Emaús.

la tarde del mismo domingo, dos discípulos, uno de ellos llamado Cleofas, el otro sin nombre en el texto, lo cual ha dado lugar a mucha reflexión a lo largo de los siglos. Se alejaban de Jerusalén con paso cargado y conversación triste. Iban hacia una aldea llamada Emaús, que se encontraba a aproximadamente 11 km de Jerusalén.

[carraspeo] Y mientras caminaban y discutían todo lo que había ocurrido, un extraño se unió a ellos. Lucas describe el momento con una frase que ha fascinado a generaciones de lectores. Los ojos de ellos estaban velados para que no le conociesen. No fue un fallo de percepción, fue algo sobrenatural que Dios permitió por razones que el propio relato irá revelando.

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