El misterioso destino del soldado romano que, según se cree, crucificó a Jesús vuelve a estremecer a millones de personas en todo el mundo
Hay un soldado romano cuyo nombre la historia oficial nunca registró, pero cuyo destino quedó atrapado para siempre entre el martillo, los clavos y la madera de una cruz en las afueras de Jerusalén. Un viernes que cambiaría la eternidad. No era un general ni un tribuno célebre. Era un hombre de fila, un legionario de carne y hueso que esa mañana recibió una orden como cualquier otra orden militar.
Escoltar a tres condenados hasta el lugar llamado Gólgota y ejecutar la sentencia. Lo que ningún comandante le dijo, porque ningún comandante lo sabía, era que ese día no estaba ejecutando a un criminal. Ese día estaba parado en el centro del acontecimiento más importante de la historia del universo.
Y lo que le ocurriera después dependería de lo que su corazón fuera capaz de ver cuando el cielo respondiera. Antes de hablar del soldado, es necesario entender el mundo en el que vivía, porque ese mundo lo explica todo. El Imperio Romano del siglo Io era la máquina militar más poderosa que el mundo antiguo había producido.
Sus legiones habían cruzado desiertos, escalado montañas y sometido a pueblos de decenas de culturas distintas. Un legionario romano no era simplemente un hombre con espada. Era el producto de años de entrenamiento brutal, de una jerarquía de hierro, de una lealtad al César que se gravaba en la identidad. antes que cualquier otra cosa.
Matar no era para él una anomalía, era su oficio. La crucifixión, en particular, era una herramienta del imperio diseñada no solo para terminar con una vida, sino para hacerlo de manera tan visible y prolongada que ningún espectador pudiera olvidar el precio de desafiar a Roma. Los soldados que la administraban lo hacían con eficiencia profesional.
habían visto morir a decenas de hombres de esa manera. Para ellos, el Golgota era trabajo. Y, sin embargo, algo distinto ocurrió ese viernes. Algo que los propios soldados que estuvieron allí no podían explicar completamente, pero que tampoco podían ignorar. El registro que nos dejaron los cuatro evangelios, cuando se lee con atención, revela una serie de detalles sobre lo que los soldados experimentaron en esa colina, que van mucho más allá del simple cumplimiento de una orden.
Y lo que ocurrió después, en las décadas que siguieron, con al menos uno de esos hombres, es una de las historias más extraordinarias y menos contadas del mundo cristiano primitivo. Para entenderla bien, necesitamos regresar al principio, a la madrugada misma de ese viernes, cuando todo comenzó.
La noche anterior había sido larga y extraña en Jerusalén. La ciudad estaba llena de peregrinos que habían llegado para celebrar la Pascua, la fiesta más importante del calendario judío, la conmemoración del éxodo de Egipto, de la liberación que Dios había operado a través de Moisés. Las calles olían a corderos asados y a pan sin levadura.
Pero en el palacio del gobernador romano, Poncio Pilato había pasado una noche inquieta. Su esposa le había enviado un mensaje durante el juicio matutino, una advertencia que él no esperaba. No tengas nada que ver con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por causa de él. Registra Mateo 27:19.
Pilato era un político pragmático, no un hombre supersticioso por naturaleza, pero ese mensaje lo perturbó. Intentó liberar a Jesús varias veces. Ofreció a la multitud la posibilidad de soltar a un prisionero en honor a la Pascua. Y la multitud eligió a Barrabaz. mandó azotar a Jesús, quizás esperando que eso satisfiera el deseo de sangre de los acusadores.
No fue suficiente. Finalmente, lavó sus manos frente a todos como gesto simbólico de desvinculación y entregó a Jesús a sus soldados. Fueron esos soldados los que tomaron a Jesús después del juicio y lo llevaron al pretorio, el cuartel general romano dentro de Jerusalén. Lo que ocurrió allí es relatado por Mateo, Marcos y Juan y revela algo sobre la naturaleza de los hombres que iban a administrar la crucifixión.
La coorte entera, que podía ser de hasta 600 hombres, aunque probablemente en ese momento era un número menor reunido para la ocasión, lo rodeó. Le pusieron un manto de color escarlata, símbolo de la realeza que estaban burlando. Trenzaron una corona con ramas espinosas y la colocaron sobre su cabeza.
Le pusieron una caña en la mano derecha como cetro falso y se arrodillaban ante él en burla, diciendo, “Salve, rey de los judíos.” Según registra Mateo 27, 28,29. Era un espectáculo diseñado para humillar, una parodia militar de una coronación, la manera en que soldados entrenados para obedecer al César expresaban su desprecio por cualquier otro que reclamara autoridad real.

Pero en la teología cristiana hay una ironía sagrada en esa escena que los soldados no podían ver. Estaban arrodillándose, aunque fuera en burla, ante el único ser ante quien todo rodilla algún día se doblará de verdad. Como dice Filipenses 2:10, después de esa escena en el pretorio, los soldados condujeron a Jesús hacia el Golgota.
La costumbre romana exigía que el condenado cargara el madero horizontal de su propia cruz, el patíbulum, sobre los hombros. Jesús intentó hacerlo, pero el peso combinado con el estado físico en que lo habían dejado hizo que el avance fuera demasiado lento para los soldados. que tenían una ejecución que cumplir en un tiempo que no podían dilatar indefinidamente.
En ese momento tomaron una decisión que marcaría para siempre el nombre de un hombre que estaba simplemente pasando por ahí. Tomaron a un hombre llamado Simón de la ciudad de Cirene, en el norte de África, que llegaba del campo y lo obligaron a cargar la cruz de Jesús. Marcos 15:21 nos dice incluso que Simón era padre de Alejandro y de Rufo.
Nombres que menciona porque cuando Marcos escribió su evangelio, esos hombres eran conocidos dentro de la comunidad cristiana. El encuentro fortuito que comenzó con la orden de un soldado romano transformó la vida de toda una familia. Cuando llegaron al Gólgota, que en arameo significa lugar de la calavera y que los textos latinos llamarían calvario, procedieron con la ejecución.
Le ofrecieron a Jesús vino mezclado con mirra, una mezcla que actuaba como analgésico leve, una práctica atestiguada en las fuentes antiguas y mencionada en Marcos 15:23. Jesús lo probó, pero no lo bebió. Después, los soldados procedieron con la crucifixión misma. Lo que siguió durante las horas en que Jesús permaneció en la cruz fue observado por los soldados con esa mezcla de indiferencia profesional y atención práctica que caracterizaba a los ejecutores romanos.
Tenían que asegurarse de que la sentencia se cumpliera, pero también tenían tiempo de sobra mientras esperaban. Y ese tiempo lo llenaron con lo que hacían los soldados cuando esperaban. Jugar a los dados. Juan 19. 23:24 registra que se repartieron las ropas de Jesús en cuatro partes, una para cada soldado, pero que la túnica, que era sin costura y de una sola pieza, no la quisieron dividir, sino que la echaron a suertes para ver quién se la quedaría.
Y Juan agrega que eso cumplió lo que el salmo 2218 había escrito siglos antes. Repartieron entre sí mis vestidos y sobre mi ropa echaron suertes. Cuatro soldados, jugando a los dados al pie de una cruz estaban cumpliendo, sin saberlo, una profecía escrita 1000 años antes. Mientras eso ocurría, mientras los soldados hacían su trabajo de custodia, tres grupos de personas estaban también en el Golgota.
Estaban los sacerdotes y escribas que habían impulsado la condena, que seguían burlándose. Estaba la multitud de curiosos y peregrinos pascuales que se habían acercado y estaba el pequeño grupo de personas que amaban a Jesús, su madre María, la otra María, María Magdalena, y el discípulo Juan, el único de los 12 que no había huído. Ellos estaban cerca en silencio, soportando lo insoportable.
Y los soldados estaban entre esos dos mundos en el centro físico de la escena, haciendo su trabajo. Fue entonces cuando comenzaron a ocurrir las cosas que los soldados no habían planificado. Desde la cruz, Jesús habló. No gritó maldiciones como hacían a veces los crucificados. No suplicó clemencia.
Sus primeras palabras registradas en Lucas 23:34 fueron una oración. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. El objeto de ese perdón incluía a todos los que estaban allí y eso incluía a los soldados. Un hombre clavado en una cruz pidiendo perdón por quienes lo habían clavado, era algo que ningún manual militar romano había anticipado ni podía explicar.
Los soldados que escucharon esas palabras las escucharon. No podían no escucharlas. La pregunta es, ¿qué hicieron con lo que escucharon? Las horas siguientes trajeron más palabras desde la cruz. trajeron el intercambio entre Jesús y los dos hombres crucificados junto a él, uno de los cuales reconoció en ese momento quién era Jesús y recibió la promesa del paraíso ese mismo día.
Según Lucas 23:43. Trajeron el momento en que Jesús encomendó a su madre al cuidado del discípulo Juan, un gesto de ternura filial que no encajaba con ningún patrón de comportamiento que los soldados hubieran visto en un condenado. Y luego, alrededor del mediodía, ocurrió algo que no había estado en ninguna parte de la orden de ejecución que les habían entregado esa mañana.
El cielo se oscureció. Mateo 27:45 lo registra con precisión. Desde la hora sexta hasta la hora novena hubo oscuridad sobre toda la tierra. Eso corresponde al periodo entre el mediodía y las 3 de la tarde. No era un eclipse solar porque la Pascua judía ocurría siempre con luna llena y los eclipses solares son imposibles durante la luna llena.

Era algo que los soldados romanos, con todo su pragmatismo militar, no podían explicar con ninguna categoría de su experiencia. El sol desapareció durante 3 horas en mitad del día y ellos estaban parados debajo de ese cielo oscurecido custodiando una cruz mientras el mundo se comportaba de maneras que nadie había autorizado. Luego, cerca de las 3 de la tarde, Jesús habló de nuevo, esta vez con una voz de angustia que Mateo 27:46 registra en las propias palabras arameas que usó Elí, Elí, lamactani, que significa Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has desamparado? Es la apertura del salmo 22, el mismo salmo que habla de dividir vestidos y echar suertes. El mismo salmo que describe con una exactitud asombrosa la experiencia de la crucifixión, escrito por David siglos antes de que la crucifixión existiera como método de ejecución. Algunos de los que estaban allí oyeron mal y pensaron que llamaba a Elías, uno de los que estaban cerca, que algunos intérpretes identifican como un soldado o alguien asociado con ellos.
Tomó una esponja, la empapó en vinagre, la puso en una caña y la acercó a los labios de Jesús. Juan 19 282 registra que Jesús había dicho, “Tengo sed.” Y que eso cumplía la escritura y que le dieron esa bebida. Fue su último acto de recibir algo del mundo antes de morir. Después de beber, Jesús pronunció las palabras que Juan 19:30 registra.
Consumado es. Y Mateo y Lucas agregan que dijo, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Y expiró. Y en ese momento, según el relato de Mateo 27 51:53, ocurrió una serie de eventos simultáneos que transformaron completamente el ambiente en el Golgota. El velo del templo se rasgó de arriba a abajo.
La tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron. Era como si la creación entera respondiera a lo que acababa de ocurrir con el latido de su creador. Y los soldados estaban allí en el centro de todo eso, sin poder ignorar nada de lo que estaba ocurriendo. Fue entonces cuando ocurrió uno de los momentos más importantes de todo el relato de la pasión.
Un momento que con frecuencia pasa desapercibido porque viene justo después de todo el drama del momento de la muerte. Mateo 27 54 lo registra. El centurión y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto y las cosas que habían acontecido, temieron en gran manera y dijeron, “Verdaderamente este era hijo de Dios.
” Y Lucas 23, hay siete agrega la versión del mismo centurión. Viendo lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo, “Verdaderamente este hombre era justo. Un oficial romano, formado en el politeísmo del imperio, parado en el lugar de la ejecución que había supervisado, mirando lo que el cielo acababa de hacer, pronunció una confesión de fe.
No una fe elaborada, no una teología completa, pero sí el reconocimiento de algo que ningún entrenamiento militar le había enseñado a decir. Este hombre era el hijo de Dios. Ese centurión es el corazón de todo lo que sigue, porque a él es a quien la tradición cristiana, tanto la que quedó registrada en fuentes escritas como la que se transmitió oralmente en las comunidades primitivas, asocia con el nombre que la historia recordaría, Longino.
Ese nombre no aparece en los evangelios canónicos. Los cuatro evangelistas se refieren a él simplemente como el centurión, pero su figura fue tan significativa para las comunidades cristianas primitivas que el nombre que la tradición le dio empezó a aparecer en textos del siglo segundo y tercero y se consolidó en la colección de tradiciones sobre la pasión que el mundo cristiano antiguo transmitió con notable consistencia a lo largo de los siglos.
El nombre Longino deriva, según la mayoría de las interpretaciones filológicas del término griego lonche, que significa lanza. Y es precisamente por su relación con una lanza que este soldado ocupa un lugar único en el relato de la pasión. Porque después de que Jesús murió, ocurrió algo que Juan 19 3137 narra con una precisión que solo tiene sentido si el autor estaba presente y vio lo que describe.
Las autoridades judías, conscientes de que el sábado de Pascua comenzaba ese día al atardecer, solicitaron a Pilato que aceleraran la muerte de los crucificados para poder bajarlos antes del anochecer. La manera romana de hacerlo era quebrando las piernas, lo que impedía que el crucificado se apoyara en ellas para respirar, acelerando la asfixia.
Los soldados fueron y quebraron las piernas de los dos hombres crucificados junto a Jesús. Pero cuando llegaron a Jesús, vieron que ya estaba muerto, así que no le quebraron las piernas. Y Juan registra que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y que de allí salió sangre y agua.
Y luego dice algo extraordinario. Y el que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero. Y él sabe que dice verdad para que vosotros también creáis. Juan sabe que lo que describe es difícil de creer, pero insiste en la veracidad de su testimonio. Ese soldado que traspasó el costado de Jesús con la lanza es el que la tradición identifica como Longino.
Y la misma tradición agrega un detalle médico que, si es histórico, explica mucho de lo que siguió en su vida. Que Longino tenía una enfermedad en los ojos que comprometía gravemente su visión. Cuando la lanza abrió el costado de Jesús y la sangre y el agua cayeron, algo de ese líquido tocó los ojos del soldado y su visión fue restaurada en ese instante.
Es un relato que aparece en los escritos apócrifos de la pasión, en el Evangelio de Nicodemo y en otras fuentes del cristianismo primitivo y que la Iglesia antigua tomó con suficiente seriedad como para preservarlo a lo largo de siglos de transmisión, independientemente de cómo cada creyente evalúe esa tradición específica, lo que los textos canónicos sí establecen claramente es que este soldado vio lo que vio y que lo que vio lo transformó.

Porque lo que ocurrió después de la crucifixión no fue que los soldados regresaron a sus cuarteles y continuaron con sus vidas como si nada hubiera sucedido. Los evangelios nos dan indicios de que las cosas no fueron tan simples. Mateo 284 narra que cuando las mujeres llegaron al sepulcro el domingo por la mañana y el ángel removió la piedra, los guardias que habían sido colocados allí para custodiar la tumba temblaron de miedo de él y se quedaron como muertos.
Esos guardias que podían ser soldados romanos o guardias del templo judío, pero que en cualquier caso eran hombres cuyo trabajo era precisamente no perder la compostura frente a circunstancias adversas, quedaron paralizados por lo que presenciaron. Cuando se recuperaron, fueron a los sacerdotes a informar lo que había ocurrido.
Y los sacerdotes les dieron dinero y les dijeron que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo mientras dormían. Mateo 28 125 registra esa transacción con una franqueza notable y agrega que este dicho se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy, lo que sugiere que cuando Mateo escribió, todavía había gente circulando esa versión.
Los soldados tomaron el dinero y obedecieron. Pero la pregunta que el texto no responde, la pregunta que la historia sí intenta responder es, ¿qué ocurrió en los corazones de esos hombres cuando quedaron solos con lo que habían visto? Para el centurión que había confesado, verdaderamente este hombre era el hijo de Dios.
La respuesta que la tradición cristiana preservó es la más extraordinaria de todas. Según las fuentes que la Iglesia antigua recibió y transmitió, Longino no pudo volver a su vida anterior. Lo que había visto en el Golgota y lo que había experimentado en el sepulcro, si se acepta la tradición que lo sitúa también allí, lo había roto por dentro de una manera que no tenía nombre en el vocabulario militar romano y no era el único.
La tradición habla de al menos dos soldados más que acompañaron a Longino en lo que siguió, hombres que habían estado en el Gólgota y que no podían quitarse de encima lo que habían presenciado. Lo que hicieron fue dejar el ejército. Abandonaron la legión, renunciaron a su carrera militar, a la estabilidad económica que el servicio romano garantizaba, a la identidad que durante años había sido la única que conocían.
y buscaron a los discípulos de Jesús. La tradición registra que Longino fue instruido en la fe por los apóstoles, que fue bautizado y que regresó a su ciudad natal en Capadocia, la región que hoy corresponde al centro de la actual Turquía. Allí comenzó a vivir y a proclamar lo que había visto, no como orador en las plazas públicas, sino primero como testimonio personal, como hombre que podía decir con una autoridad que nadie más tenía.
Yo estaba allí, yo lo vi morir. Yo vi lo que el cielo hizo cuando murió. Y por eso lo que les digo no es una historia que me contaron, es lo que mis ojos presenciaron. En Capadocia, Longino encontró que su testimonio generaba conversiones. Personas que escuchaban la historia de primera mano contada por uno de los soldados que había estado en el Golgota, respondían de una manera diferente a como respondían cuando escuchaban el relato de segunda o tercera mano.
Había algo en la autoridad del testigo directo que no podía replicarse. Y Longino era consciente de eso. era consciente de que lo que había visto ese viernes no era solo su historia personal, era la historia de la que dependía la salvación de todo ser humano que alguna vez había vivido o viviría. Y esa conciencia lo llenó no de orgullo, sino de urgencia.
La misma urgencia que impulsa a cualquier persona que ha encontrado algo verdadero a querer, que los demás también lo encuentren. Antes de continuar con lo que le ocurrió a Longino en Capadocia, es importante detenerse un momento y preguntarse algo que muchos creyentes alguna vez han sentido, pero no siempre han puesto en palabras.
¿Cómo cambia un hombre que ha estado donde estuvo Longino? ¿Cómo cambia alguien que fue instrumento del momento más oscuro de la historia humana y que en ese mismo momento fue tocado por la misericordia más grande que el universo ha visto? Longino no era teólogo, no había estudiado los rollos de la Torá en las sinagogas, no había crecido en la tradición de los profetas.
era un soldado romano formado para obedecer y para matar, que de repente se encontró parado en el pivote de la historia, sin ningún mapa conceptual, que le dijera qué hacer con lo que había visto. Lo que la tradición preserva es que ese hombre eligió la única respuesta que su corazón podía dar. Lo siguió, no de manera abstracta ni filosófica, sino de la manera más concreta posible.
dejó lo que tenía, fue donde podía aprender más y luego fue donde podía decirle a otros lo que sabía. Y aquí es donde queremos preguntarte algo. A ti que estás escuchando esto ahora. ¿Has pensado alguna vez en qué harías si pudieras hablar con alguien que estuvo en el Golgota ese día? ¿Qué le preguntarías a un hombre que vio con sus propios ojos lo que ocurrió cuando Jesús murió y el cielo respondió? Cuéntanos en los comentarios qué es lo que más te impacta de este relato.
Tu respuesta podría animar a alguien más que está leyendo los comentarios hoy. La vida de Longino en Capadocia no fue una vida cómoda. Eso también lo preserva la tradición. El Imperio Romano era un sistema cerrado y vigilante y un soldado que desertaba y que además comenzaba a predicar la divinidad de un hombre al que el imperio había ejecutado como criminal no pasaba desapercibido.
Las autoridades locales recibieron presión para hacer algo con ese hombre que estaba perturbando el orden con sus historias sobre un muerto que había resucitado. La persecución llegó, como llegaba a casi todos los primeros testigos del evangelio que se negaban a guardar silencio. Pero lo que la tradición registra es que Longino no huyó, no cambió su historia, no negoció su testimonio a cambio de seguridad, había visto demasiado para poder mentir y lo que había visto era demasiado importante para guardarlo en silencio.
El martirio de Longino está documentado en el menologio de Basilio, una colección de vidas de santos compilada en el siglo X bajo el patrocinio del emperador Basilio II de Bizancio, que recoge tradiciones mucho más antiguas. También aparece en el sinaxario de Constantinopla y en diversas colecciones agográficas del mundo cristiano oriental.
Según estas fuentes, Longino fue ejecutado en Capadocia por su fe. La fecha que la tradición le asigna es el 15 de marzo y tanto la Iglesia Católica [música] como la ortodoxa lo reconocen como santo, lo que indica que la tradición sobre su conversión [música] y su martirio fue recibida con suficiente credibilidad como para ser preservada de manera oficial [música] en las más grandes ramas del cristianismo histórico.
Lo que eso significa, dicho de la manera más directa posible, es lo siguiente. El hombre que atravesó el costado de Jesús con una lanza, el hombre que estuvo en el Golgota ese viernes, murió como mártir de la misma fe que él mismo ayudó a crear involuntariamente al cumplir su orden de ejecución. Pasó del lado del que quitó una vida al lado de los que entregaron la suya por esa misma vida.
Pasó del martillo y los clavos a la corona que Pablo describe en Segunda Timoteo 4:8. Como la corona de justicia que el Señor justo juez dará en ese día a todos los que amaron su venida. Es una de las inversiones más completas que la gracia de Dios ha producido en la historia de cualquier ser humano. Y no era el único de los soldados de la crucifixión cuya historia la tradición preservó.
La iglesia antigua mencionaba también a Estefatón, el soldado que ofreció la esponja con vinagre a Jesús en la cruz. Algunos textos apócrifos lo identifican como el mismo que también abrió el costado con la lanza, aunque la mayoría de las fuentes distingue entre los dos actos y los atribuye a hombres distintos.
El nombre de Estefatón aparece en el evangelio de Pedro, un texto apócrifo del siglo segundo, que aunque no tiene autoridad canónica, refleja tradiciones que circulaban en las comunidades cristianas tempranas. Su historia es menos elaborada que la de Longino en las fuentes que sobrevivieron, pero su presencia en el relato indica que las primeras generaciones de creyentes se interesaron profundamente en quiénes habían estado en el Golgota y qué les había ocurrido después.
Los guardias del sepulcro tienen también su capítulo en esta historia. Mateo los presenta como hombres que vivieron un momento absolutamente sobrenatural, que vieron lo que vieron, que lo reportaron con honestidad a los sacerdotes y que luego aceptaron dinero para decir una versión diferente de lo que habían visto.
Es un retrato de la capitulación ante la presión económica y política que resulta familiar en cualquier época de la historia. Pero la tradición también preserva la posibilidad de que no todos los guardias se quedaron con esa decisión, que algunos después de haber mentido y de haber recibido el dinero, no pudieron vivir con eso.
Que la experiencia de haber estado en el sepulcro esa mañana de domingo, de haber sido testigos de lo que el ángel hizo y de lo que el sepulcro reveló, no era algo que pudiera enterrarse simplemente con monedas de plata. La conciencia de haber mentido sobre el acontecimiento más importante de la historia es una carga que muy pocos corazones pueden sostener indefinidamente.
Para entender completamente el contexto de lo que estos soldados vivieron, es necesario comprender qué significaba la crucifixión dentro del marco cultural y religioso de la Jerusalén del siglo iero y no solo dentro del marco romano. Para los judíos, la crucifixión llevaba una connotación adicional que la hacía particularmente dolorosa desde el punto de vista espiritual.
El Deuteronomio 21 [carraspeo] 23 declaraba que el que es colgado en un madero es maldito de Dios. Para las autoridades religiosas que habían impulsado la condena de Jesús, eso era parte del cálculo. Un Mesías crucificado era desde la perspectiva de la ley, un Mesías rechazado por Dios mismo. Eso era lo que querían demostrar.
Lo que no anticiparon fue que Pablo, el fariseo, que llegó después, tomaría exactamente ese versículo y lo convertiría en el corazón de la teología de la redención. En Gálatas 3:13, Pablo escribe que Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición, porque escrito está, “Maldito todo el que es colgado en un madero.
” Jesús no solo murió en una cruz, cargó sobre sí la maldición entera que el pecado humano merecía para que quienes creyeran en él no tuvieran que cargarla. Y los soldados que ejecutaron esa condena fueron, sin saberlo, los instrumentos de la transacción de gracia más grande del cosmos. Eso también explica por qué la reacción del centurión no fue simplemente una respuesta emocional al espectáculo del terremoto y la oscuridad.
cuando dijo, “Verdaderamente este hombre era el hijo de Dios”, estaba diciendo algo teológicamente explosivo. Estaba desmontando, con una sola frase toda la narrativa que las autoridades religiosas habían construido. Si era el hijo de Dios, entonces la maldición del madero no lo había alcanzado a él. Era al revés.
Él la había absorbido deliberadamente para neutralizarla. era el cordero de Dios, como Juan el Bautista había dicho en Juan 1:29, que quita el pecado del mundo. El centurión no sabía toda esa teología, pero su corazón en ese momento reconoció la verdad fundamental que toda esa teología describe y ese reconocimiento fue suficiente para comenzar.
Las lanzas y los clavos de ese viernes también tienen una historia que continúa después del Golgota. Una historia que se entrelaza con la de los soldados que los usaron. La reliquia que la tradición cristiana llama la lanza del destino o la santa lanza, la que se atribuye al soldado longino, [música] es uno de los objetos más mencionados y más debatidos de la arqueología religiosa cristiana.
Existen varios objetos que han reclamado ser esa lanza o partes de ella en distintos momentos de la historia. Uno en el Vaticano, uno en Viena, uno en Cracovia, uno que fue llevado a Antioquía durante la primera cruzada y que encendió el ánimo de los cruzados en un momento crítico del asedio. La historia de esos objetos, independientemente de su autenticidad arqueológica, refleja algo profundo.
La humanidad cristiana no quiso olvidar al hombre que estaba del otro lado de esa lanza, ni al soldado que la sostuvo. Ambos importaban. Ambos importan. Ahora bien, la historia de Longino no es solo la historia de un individuo, es también una historia que ilumina algo sobre la naturaleza de la gracia que el Nuevo Testamento proclama.
En los evangelios, los primeros que reconocieron a Jesús como hijo de Dios no siempre fueron los que uno esperaría. No fueron los sumos sacerdotes que tenían el acceso más directo a las Escrituras y la preparación teológica más elaborada. No fueron los escribas y fariseos que estudiaban la ley con una dedicación que los demás admiraban.
Fueron los magos del oriente, guiados por una estrella. Fue el anciano Simeón en el templo que lo reconoció cuando era un bebé de 40 días. Fue Juan el Bautista en el río Jordán. Fue Natanael, un hombre sin pretensiones, que quedó asombrado cuando Jesús le dijo que lo había visto debajo de una higuera.
Fueron los demonios que lo reconocían instantáneamente y le pedían que no los atormentara. Y fue un centurión romano en el Gólgota, formado en una tradición completamente diferente, que miró lo que el cielo acababa de hacer y dijo la verdad más importante que se puede decir sobre cualquier ser humano que haya vivido. Lucas también narra en el capítulo 7 de su evangelio otro encuentro que Jesús tuvo con un centurión romano diferente al del Gólgota, pero que establece un patrón revelador.
Ese centurión de Capernaúm tenía un siervo enfermo y mandó a los líderes judíos de la ciudad a pedirle a Jesús que viniera. Los líderes judíos dijeron de ese centurión, “Es digno de que le concedas esto, porque ama a nuestra nación y él nos edificó una sinagoga.” Pero cuando Jesús se acercaba, el centurión mandó a decirle que no entrara a su casa porque no se sentía digno y que simplemente dijera la palabra y su siervo sería sanado.
Jesús quedó maravillado y dijo en Lucas 7:9, “Algo extraordinario. Os digo que ni aún en Israel he hallado tanta fe. Un soldado romano, representante del poder imperial que ocupaba la tierra prometida, tenía la fe que Israel no estaba mostrando. Ese patrón se repite en el Golgota con el centurión de la crucifixión.
Y ambas historias juntas sugieren algo que el Nuevo Testamento dice explícitamente de muchas otras maneras, que la gracia de Dios no respeta los límites que los seres humanos trazan entre ellos mismos. ya sean étnicos, culturales, profesionales o históricos. La conversión de Cornelio en Hechos 10 es el tercer gran momento centurionesco del Nuevo Testamento y es el más elaborado de los tres.
Cornelio era un oficial romano estacionado en Cesarea marítima, descrito como piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios siempre. Un ángel se le apareció y le dijo que sus oraciones habían subido como memorial delante de Dios y que mandara a buscar a Simón Pedro.
Pedro fue, aunque ir a la casa de un gentil era algo que un judío piadoso normalmente no haría. Y en esa casa, mientras Pedro predicaba, el Espíritu Santo cayó sobre todos los presentes antes de que Pedro terminara de hablar, antes incluso de que fueran bautizados. La apertura del evangelio a los gentiles.
El momento que cambió la dirección del movimiento cristiano de ser una secta judía a ser una fe universal ocurrió en la casa de un centurión romano. Una y otra vez cuando el Nuevo Testamento quiere mostrar que la gracia de Dios alcanza más lejos de lo que cualquier sistema humano esperaría, pone a un oficial romano en el centro de la escena.
Eso no es accidental. Es el Dios de la Biblia mostrando exactamente quién es. El que busca en los lugares donde nadie lo busca, el que llama a los que nadie llamaría, el que transforma precisamente a los que el mundo ha descartado como imposibles de transformar. El soldado que clavó los clavos, el hombre que abrió el costado con la lanza, el guardia que custodió el sepulcro.
Ninguno de ellos estaba en la lista de candidatos que alguien habría elaborado para ser los primeros testigos de la resurrección o los primeros confesores de la divinidad de Cristo. Y sin embargo, ahí estaban, ahí estuvieron. Y algunos de ellos respondieron de la única manera en que se puede responder cuando el cielo se abre sobre ti en el lugar menos esperado.
Hay también en esta historia una dimensión profética que merece atención. El profeta Zacarías, escribiendo cinco siglos antes de la crucifixión registró en Zacarías 12 10 una promesa de Dios sobre el futuro de Israel. Mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito.
El verbo traspasar en ese texto hebreo es Dakar, que indica una herida con objeto punzante. Juan 19 en Jedi 7 cita explícitamente ese versículo como cumplido. En el momento en que el soldado abrió el costado de Jesús con la lanza. Y el Apocalipsis 17 lo cita de nuevo en el contexto del regreso de Cristo.
He aquí que viene con las nubes y todo ojo le verá y los que le traspasaron. En la teología bíblica, el soldado que traspasó a Jesús no es solo un personaje histórico del pasado, es mencionado en la profecía del regreso del Señor. Su acción quedó registrada en la eternidad de una manera que ni él ni ninguno de sus compañeros podía haber imaginado en ese momento.
Lo que eso significa espiritualmente es que nada de lo que ocurrió en el Golgota fue accidental. Cada persona que estuvo allí, cada acción que se realizó, cada palabra que se pronunció, estaba entretegida en un tejido de propósito divino que había sido planeado antes de la fundación del mundo.
Efesios 14 dice que Dios nos escogió en él antes de la fundación del mundo. Y primeras Pedro 1:20 dice que Cristo ya estaba destinado desde antes de la fundación del mundo para ser el cordero redentor. Eso significa que cuando Longino recibió la orden de participar en la ejecución del viernes de Pascua, su nombre ya estaba en el plan, no como víctima de un destino cruel, sino como alguien a quien la gracia estaba esperando en el lugar más oscuro al que un ser humano puede ser enviado.
Esta perspectiva transforma completamente la manera en que un creyente puede leer la historia de este soldado. No es la historia de un hombre que hizo algo terrible y luego fue perdonado a pesar de lo que hizo. Es la historia de un hombre que estaba exactamente donde la gracia lo necesitaba, en el lugar exacto y en el momento exacto, para que la misericordia de Dios pudiera alcanzarlo de la manera más directa posible.
La sangre y el agua que salieron del costado de Jesús cuando Longino abrió la herida con la lanza, son en la teología del apóstol Juan, [música] símbolos del bautismo y de la Eucaristía, de la vida sacramental de la Iglesia que nació de esa [música] herida. Y si la tradición que dice que esos fluidos tocaron los ojos del soldado y restauraron su visión tiene alguna base en los eventos de ese día, entonces la imagen se vuelve aún más poderosa.
El hombre que infligió la herida fue también el primer beneficiario directo de lo que fluyó de ella. Hay una verdad pastoral en eso que resulta profundamente consoladora para cualquier persona que escucha esta historia con la conciencia de algo en su pasado que no puede deshacer. Longino no podía deshacer lo que había hecho. No había manera de ir atrás, de retirar la lanza, de borrar las horas en el Golgota. Lo que hizo lo hizo.
Pero lo que Dios hizo con lo que Longino hizo fue transformarlo en el punto de partida de una nueva vida, en la señal que Dios usó para decirle a ese hombre, “Te veo, estás aquí.” Y eso no es el fin de tu historia, es el comienzo. Eso es exactamente lo que el evangelio proclama para cada ser humano que se acerca a la cruz con la honestidad de reconocer quién es y qué ha hecho.
La gracia no opera a pesar de nuestra historia, muchas veces opera precisamente a través de ella. La historia de los soldados de la crucifixión también nos habla de algo que el mundo contemporáneo necesita escuchar con particular urgencia. El poder del testimonio de primera mano. En una época en que la información abunda, pero la confianza escasea, en que se puede fabricar casi cualquier narrativa con la tecnología suficiente, el testimonio de alguien que estuvo presente sigue siendo algo que ningún algoritmo puede replicar. Longino no
tenía un argumento filosófico elaborado, no tenía una sistematización teológica de lo que había presenciado. Tenía algo más simple y más poderoso, la memoria de lo que sus ojos habían visto, de lo que sus oídos habían escuchado, de lo que [carraspeo] su cuerpo había sentido cuando la tierra tembló debajo de sus pies y el cielo se oscureció sobre su cabeza.
Y el hombre que acababa de morir en esa cruz había dicho cosas que ningún condenado a muerte decía. tenía eso y con eso fue suficiente para que su vida cambiara de dirección completamente. Los primeros mártires del cristianismo, aquellos que entregaron sus vidas antes que retractarse de lo que habían visto, nos dicen algo fundamental sobre la naturaleza de su testimonio.
La gente no muere por cosas que sabe que son mentiras. La disposición a morir por algo es la prueba más profunda de que uno cree que ese algo es verdad. Y los soldados que estuvieron en el Golgota, los que vieron lo que vieron y luego no pudieron descansar hasta que otros también lo supieran.
Pertenecen a esa categoría de testigos cuya seriedad no puede descartarse fácilmente. No tenían nada que ganar mintiendo sobre la divinidad de un hombre al que el imperio había ejecutado como criminal. Todo lo que tenían que perder lo perdieron de todas formas. Su carrera, su seguridad, en algunos casos su libertad y su vida. Lo que ganaron, lo que la tradición registra que encontraron en el camino que eligieron, fue algo que ninguna carrera militar romana podía ofrecer.
La paz que el propio Jesús había prometido en Juan 14:27, la paz que el mundo no puede dar. La arqueología y la historia antigua nos permiten comprender mejor el contexto físico de todo lo que estos hombres vivieron. Capadocia, la región a la que la tradición dice que Longino regresó para vivir y proclamar su fe.
Era una provincia romana en el corazón de Anatolia, la región que hoy es Turquía central. Era una tierra de paisajes extraordinarios, de valles profundos y formaciones rocosas que parecen sacadas de otro mundo. Una tierra donde las primeras comunidades cristianas encontraron en las cuevas y en el paisaje tanto refugio físico como expresión espiritual.
Las iglesias rupestres de Capadocia, algunas de ellas excavadas directamente en la roca volcánica y decoradas con frescos de una belleza asombrosa, son el testimonio visual de que ese territorio fue uno de los centros más tempranos y más fértiles del cristianismo primitivo. El apóstol Pedro en su primera carta saluda a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Vitinia, lo que confirma que había comunidades cristianas establecidas en Capadocia en las primeras décadas después de la resurrección.
Silongino regresó allí y comenzó a proclamar su fe. Lo hizo en un territorio que la predicación apostólica también alcanzó. y en el que las dos corrientes de testimonio pudieron haberse reforzado mutuamente. La ciudad de Cesarea de Capadocia, que hoy se llama Kaiseri, es la capital de la provincia y es el lugar que la tradición asocia más directamente con la vida y el martirio de Longino.
En esa ciudad existió durante siglos una iglesia dedicada a su memoria. La presencia física de ese lugar de culto, aunque la estructura original no ha sobrevivido en su forma primitiva, es un indicador de que la comunidad cristiana de Capadocia consideraba a Longino uno de sus fundadores espirituales, uno de los hombres a través de cuyo testimonio la fe había llegado a esa tierra y la proximidad geográfica entre Capadocia y Jerusalén, conectadas por las rutas comerciales y militares del Imperio Romano, hacía perfectamente
posible que un soldado licenciado o desertor del ejército romano pudiera haber hecho ese viaje y establecido su vida allí. Los siglos siguientes, a la muerte de Longino, vieron como su figura fue creciendo en la memoria de la Iglesia. Las comunidades monásticas de Capadocia, que en los siglos tercero y cuarto producirían algunos de los teólogos más importantes del cristianismo, los llamados padres capadocios, preservaron la tradición sobre Longino con el mismo cuidado con que preservaron otros textos y tradiciones del periodo apostólico.
El monje y teólogo Basilio el Grande, uno de los más influyentes de esos padres capadocios, conocía y respetaba la tradición sobre el soldado de la crucifixión y la región, bajo su influencia espiritual trató esa tradición con la seriedad que merece. Cuando el menologio de Basilio II recogió siglos después la vida de Longino, no estaba inventando algo nuevo, estaba formalizando algo que había sido transmitido con fidelidad durante generaciones.
En el mundo cristiano occidental, la figura de Longino encontró también expresión en los grandes ciclos de arte sacro de la Edad Media y el Renacimiento. Las representaciones de la crucifixión en los crucifijos, en los retablos, en las vidrieras de las catedrales, frecuentemente incluían al soldado con la lanza en el lado derecho de la cruz.
Esa posición, el lado derecho, fue interpretada simbólicamente por los artistas y teólogos medievales como el lado de la misericordia, el lado del buen ladrón, el lado de los que reconocieron a Cristo en el momento decisivo. Colocar a Longino en el lado derecho no era un detalle accidental, era una declaración teológica.
Este hombre que abrió el costado de Cristo con una lanza, fue alcanzado por la misericordia que fluyó de esa herida. Y su lugar en la iconografía de la pasión es el lugar del que fue alcanzado por la gracia en el momento menos esperado. Dante Aliguieri en la Divina Comedia menciona a Longino en el canto del paraíso en el contexto de los que constituyen la flor celeste de los bienaventurados.
La presencia de Longino en la visión dantesca del paraíso refleja la manera en que el mundo cristiano medieval integrado plenamente la figura de este soldado dentro de la familia de los salvados por la gracia de Cristo. Dante no necesitaba justificar esa inclusión. Para sus lectores del siglo XIV era algo conocido y aceptado. La historia del soldado que pasó de la lanza al martirio era parte del vocabulario espiritual común de la cristiandad medieval, tanto como lo eran las historias de Pedro, de Pablo o de cualquier otro personaje del periodo
apostólico. Lo que todo esto revela visto desde la distancia de los siglos, es que la historia de Longino no fue una historia marginal que la Iglesia preservó por inercia o por piedad sentimental. Fue preservada porque respondía a una pregunta que cada generación de creyentes se hacía y se sigue haciendo. ¿Puede la gracia alcanzar realmente a cualquiera? ¿Puede transformar incluso a alguien que estuvo en el lugar más oscuro? puede tomar al instrumento del momento más terrible de la historia y convertirlo en testigo de la gloria que
ese momento ocultaba y revelaba al mismo tiempo. La respuesta que la historia de Longino da a esas preguntas es un sí rotundo, verificado no solo por la tradición, sino por la coherencia interna de lo que los propios evangelios narran sobre lo que ocurrió en el Gólgota ese viernes. Hay una frase de Pablo en Primero Corintios 1 278, que parece escrita específicamente para esta historia.
Lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es para deshacer lo que es. Un soldado romano que ejecutaba órdenes de crucifixión no encajaba en ninguna categoría de lo que el mundo judío o el mundo griego de ese tiempo consideraba un candidato para ser testigo de la divinidad de Cristo.
Era exactamente el tipo de persona que esas culturas habrían descartado antes de considerarlo siquiera. Y sin embargo, [carraspeo] fue él quien dijo las palabras que los sacerdotes y los escribas no pudieron decir. Fue él quien confesó lo que la élite religiosa de Jerusalén rechazó con toda su formación y toda su autoridad institucional.
Y fue él quien según la tradición pagó con su vida el precio de no retractarse de lo que había visto. La tradición también registra que las reliquias de Longino fueron honradas en distintos lugares del mundo cristiano antiguo. Se menciona que su cabeza fue enviada a Roma y que luego fue trasladada a distintas iglesias en distintos periodos.
Las reliquias de los mártires en el mundo cristiano antiguo y medieval. No eran objetos de culto supersticioso, sino señales físicas de una presencia espiritual, recordatorios materiales de que cuerpos reales de personas reales habían sido transformados por la gracia y habían sostenido esa transformación hasta el [música] final, incluso frente a la muerte.
Honrar las reliquias de Longino era la manera en que las comunidades cristianas decían, “Este hombre estuvo en el Gólgota. Y lo que allí comenzó no terminó con su muerte terrenal. En la liturgia cristiana oriental, la fiesta de San Longino Centurión se celebra el 16 de octubre, mientras que en la tradición occidental y en el martirologio romano se le asigna el 15 de marzo.
Esa diferencia de fechas entre las dos tradiciones refleja la complejidad de la transmisión de las tradiciones litúrgicas a lo largo de los siglos. Pero lo que ambas tradiciones comparten la certeza de que este hombre existió, que lo que la historia registra sobre él merece conmemoración y que su historia sigue siendo relevante para la fe cristiana en cualquier época.
Cada vez que se celebra esa fiesta, en cualquier parte del mundo donde la iglesia la observa, se está recordando que la gracia de Dios puede alcanzar al soldado del Golgota. Y si puede alcanzarlo a él, puede alcanzar a cualquiera. Existe también una dimensión de esta historia que conecta directamente con el evangelio de Juan y con la teología sacramental que ese evangelio desarrolla.
Juan es el único de los cuatro evangelistas que narra el episodio de la lanza. Y Juan, que estuvo presente en el Gólgota según su propio testimonio, da una importancia particular a los dos elementos que brotaron del costado de Jesús, sangre y agua. En la teología joanina, el agua es símbolo del espíritu y del bautismo, y la sangre es símbolo del sacrificio redentor y de la Eucaristía.
El costado abierto de Cristo es, en esa lectura, el origen de la vida sacramental de la Iglesia. Y la primera persona que recibió esos elementos directamente, si la tradición sobre la curación de la vista de Longino tiene base histórica, fue el soldado que los hizo brotar. Hay una lógica espiritual en eso que la teología cristiana ha reconocido a lo largo de los siglos.
El que hirió al cordero fue el primero en ser alcanzado por lo que fluyó de la herida. Es la gracia operando con esa clase de exactitud paradójica que es su firma más reconocible. La figura de Longino también tiene ecos en la profecía de Isaías sobre el siervo sufriente. Isaías 53 es uno de los textos del Antiguo Testamento que el Nuevo Testamento cita con mayor frecuencia en relación con la pasión de Cristo.
Isaías 53 5 dice, “Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él y por su llaga somos nosotros curados. La palabra llaga en ese versículo evoca precisamente el tipo de herida que una lanza produce. Cuando Longino abrió el costado de Jesús con su arma, estaba sin saberlo, siendo el instrumento físico del cumplimiento de una profecía escrita 600 años antes.
Y la curación que esa llaga produjo, según el texto de Isaías, no era solo para Israel, era para nosotros, para todos los que reconocerían en el siervo sufriente al cordero, que cargó con el peso del mundo. Gino entró a ese nosotros de la manera más directa posible, no a través de años de estudio de los rollos proféticos, sino a través de un momento de reconocimiento en el que su corazón vio lo que sus ojos no habían podido ver mientras ejecutaba la orden.
La historia de la espada de Longino, la sagrada lanza, tiene también una última vuelta que merece mención. Uno de los objetos que reclama ser la punta de esa lanza se conserva en el tesoro imperial de Viena, en el Kunst Historises Museum. Ese objeto, conocido como la lanza de Viena o la Hey Gelance tiene una historia documentada que se remonta al siglo VII cuando aparece mencionada en las crónicas de la corte carolingia.
Independientemente de si objeto específico tiene o no conexión directa con los eventos del Golgota, su historia ilustra algo sobre la manera en que la humanidad cristiana a lo largo de los siglos ha insistido en mantener vivo el recuerdo de ese soldado y de lo que hizo. Guardar ese objeto en el tesoro más importante del imperio era una declaración.
Lo que ocurrió en el Golgota no es un mito ni una leyenda. ocurrió y los instrumentos de lo que ocurrió merecen ser recordados. Hay también soldados en la historia del Nuevo Testamento, cuya transformación nos ayuda a entender la de Longino desde una perspectiva más amplia. El carcelero de Filipos [música] en Hechos 16 2534 es uno de ellos.
Era un hombre cuya función era exactamente la opuesta a la gracia. Su trabajo era mantener encerrados a los que el sistema quería que no fueran libres. Y a medianoche, cuando Pablo y Silas oraban y cantaban himnos en la cárcel, y un terremoto abrió todas las puertas y soltó todas las cadenas, el carcelero entró en pánico porque pensaba que los prisioneros habían escapado y que su vida era la consecuencia.
Pero Pablo le gritó que todos estaban allí. Y en ese momento el carcelero cayó temblando ante Pablo y Silas y preguntó, “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” Y ellos respondieron con las palabras más simples y más completas que se pueden decir. Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa. El carcelero, igual que el centurión del Golgota, necesitaba un terremoto para que su corazón se abriera.
Y lo que entró por esa apertura cambió todo lo que quedaba de su vida. Ese patrón, el del terremoto que abre el corazón, es uno de los patrones más reconocibles de la gracia en la Biblia. Dios no fuerza la conversión, no opera por coersión, pero sí opera a través de los momentos de fractura. Los momentos en que las defensas que los seres humanos construyen alrededor de su corazón se vienen abajo porque algo ocurre que no puede ser explicado ni ignorado.
Para el centurión del Golgota, ese momento fue el oscurecimiento del sol, el terremoto, la declaración final de Jesús y la experiencia de la lanza. Para el carcelero de Filipos fue el terremoto y la voz de Pablo en la oscuridad. Para Saulo de Tarso fue la luz en el camino a Damasco. La forma del momento varía.
Lo que no varía es la disposición del corazón que dice sí [música] cuando el momento llega. Longino dijo sí y ese sí lo llevó desde el Gólgota hasta Capadocia, desde la lanza hasta el martirio, desde el servicio al César hasta la ciudadanía en el reino que no tiene fin. La iglesia de los primeros siglos enfrentó una pregunta que la historia de Longino ayudaba a responder de manera práctica.
¿Cómo recibir a los soldados romanos que querían convertirse al cristianismo? Era una pregunta compleja, porque los soldados estaban en el servicio de un imperio que perseguía a los cristianos y porque su trabajo incluía actos que la ética cristiana cuestionaba. Tertuliano, el escritor cristiano del siglo segundo y tercero, abordó esa atención en varios de sus escritos.
Algunos sectores de la Iglesia primitiva adoptaron posiciones muy estrictas sobre la incompatibilidad del servicio militar con la fe cristiana. Otros adoptaron posiciones más matizadas que distinguían entre los actos específicos que un soldado era o no era llamado a realizar. Lo que ningún sector de la iglesia primitiva negó que los soldados podían ser salvados, que la gracia podía alcanzarlos y que la historia del centurión del Golgota era una de las pruebas más claras de eso.
Esa apertura teológica tuvo consecuencias históricas importantes. A medida que el siglo segundo y tercero avanzaron, el número de soldados romanos que se convirtieron al cristianismo fue creciendo. A pesar de la persecución. Los archivos de los martirios de ese periodo incluyen un número significativo de soldados romanos que fueron ejecutados precisamente por negarse a participar en los rituales imperiales que la fe cristiana rechazaba.
San Mauricio y la Legión Tebana, cuya historia está datada en el siglo tercero, es el ejemplo más famoso de ese fenómeno. Una unidad militar entera que fue masacrada porque sus soldados, mayoritariamente de origen egipcio y cristiano, se negaron a cumplir una orden que contradecía su fe. En esa larga línea de soldados mártires, Longino ocupa el lugar del pionero, el primero en una serie que continuaría durante siglos.
La pregunta que la historia de Longino deja abierta. La pregunta que cualquier oyente honesto de este relato se lleva consigo no es solo histórica, es personal. Porque la misma gracia que alcanzó al soldado en el Gólgotá, la misma gracia que fluyó del costado abierto de Jesús aquel viernes, sigue activa hoy. El apóstol Pedro lo dice en Hechos 2, 39, con una universalidad que no admite excepciones.
Para vosotros es la promesa y para vuestros hijos y para todos los que están lejos. Para cuántos el Señor nuestro Dios llamare, para cuántos el Señor llamare, sin límite de distancia, sin límite de pasado, sin límite de lo que uno haya hecho o dejado de hacer. El llamado es tan amplio como la gracia y la gracia es tan amplia como el corazón de Dios.
que Juan 3:16 describe de la única manera que puede describirse, porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, massa vida eterna. La historia del fin del soldado que crucificó a Jesús no es una historia de condenación, es exactamente lo contrario.
Es la historia de un hombre que llegó al punto más bajo al que cualquier ser humano puede llegar, el punto en que fue instrumento directo de la muerte del Hijo de Dios y que desde ese punto exacto fue elevado por la gracia a la categoría de testigo, de creyente, de mártir y de santo. Es la historia más radical de redención que el periodo apostólico registró, más radical incluso que la de Pablo, que al menos perseguía a los creyentes con una motivación religiosa que él consideraba justa.
Longino lo hizo como parte de su trabajo ordinario, sin ninguna carga teológica adicional y [carraspeo] fue alcanzado de todas formas. Eso es lo que hace su historia tan poderosa y tan necesaria en cualquier época. nos dice que no existe un punto tan bajo que la gracia de Dios no pueda alcanzar, que no existe un pasado tan oscuro que la luz del Golgota no pueda iluminar, que no existe un soldado, ni un pecador, ni un hombre, ni una mujer que esté fuera del alcance de ese amor que venció a la muerte en un viernes que parecía el fin y resultó ser el principio de todo.
El soldado romano que estuvo en el Golgota, terminó donde ningún manual militar podía haberlo llevado, en los brazos del mismo Dios al que había herido. Y esa es su historia. Y esa historia sigue disponible con la misma generosidad para cada persona que escucha estas palabras hoy. Si este relato movió algo en tu interior, si te hizo ver la pasión de Cristo desde un ángulo que no habías considerado, suscríbete a este canal para que sigamos recorriendo juntos los lugares y las historias que la Biblia guarda y que el mundo necesita conocer.
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