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El misterioso destino del soldado romano que, según se cree, crucificó a Jesús vuelve a estremecer a millones de personas en todo el mundo VL

El misterioso destino del soldado romano que, según se cree, crucificó a Jesús vuelve a estremecer a millones de personas en todo el mundo

Hay un soldado romano cuyo nombre la historia oficial nunca registró, pero cuyo destino quedó atrapado para siempre entre el martillo, los clavos y la madera de una cruz en las afueras de Jerusalén. Un viernes que cambiaría la eternidad. No era un general ni un tribuno célebre. Era un hombre de fila, un legionario de carne y hueso que esa mañana recibió una orden como cualquier otra orden militar.

Escoltar a tres condenados hasta el lugar llamado Gólgota y ejecutar la sentencia. Lo que ningún comandante le dijo, porque ningún comandante lo sabía, era que ese día no estaba ejecutando a un criminal. Ese día estaba parado en el centro del acontecimiento más importante de la historia del universo.

Y lo que le ocurriera después dependería de lo que su corazón fuera capaz de ver cuando el cielo respondiera. Antes de hablar del soldado, es necesario entender el mundo en el que vivía, porque ese mundo lo explica todo. El Imperio Romano del siglo Io era la máquina militar más poderosa que el mundo antiguo había producido.

Sus legiones habían cruzado desiertos, escalado montañas y sometido a pueblos de decenas de culturas distintas. Un legionario romano no era simplemente un hombre con espada. Era el producto de años de entrenamiento brutal, de una jerarquía de hierro, de una lealtad al César que se gravaba en la identidad. antes que cualquier otra cosa.

Matar no era para él una anomalía, era su oficio. La crucifixión, en particular, era una herramienta del imperio diseñada no solo para terminar con una vida, sino para hacerlo de manera tan visible y prolongada que ningún espectador pudiera olvidar el precio de desafiar a Roma. Los soldados que la administraban lo hacían con eficiencia profesional.

habían visto morir a decenas de hombres de esa manera. Para ellos, el Golgota era trabajo. Y, sin embargo, algo distinto ocurrió ese viernes. Algo que los propios soldados que estuvieron allí no podían explicar completamente, pero que tampoco podían ignorar. El registro que nos dejaron los cuatro evangelios, cuando se lee con atención, revela una serie de detalles sobre lo que los soldados experimentaron en esa colina, que van mucho más allá del simple cumplimiento de una orden.

Y lo que ocurrió después, en las décadas que siguieron, con al menos uno de esos hombres, es una de las historias más extraordinarias y menos contadas del mundo cristiano primitivo. Para entenderla bien, necesitamos regresar al principio, a la madrugada misma de ese viernes, cuando todo comenzó.

La noche anterior había sido larga y extraña en Jerusalén. La ciudad estaba llena de peregrinos que habían llegado para celebrar la Pascua, la fiesta más importante del calendario judío, la conmemoración del éxodo de Egipto, de la liberación que Dios había operado a través de Moisés. Las calles olían a corderos asados y a pan sin levadura.

Pero en el palacio del gobernador romano, Poncio Pilato había pasado una noche inquieta. Su esposa le había enviado un mensaje durante el juicio matutino, una advertencia que él no esperaba. No tengas nada que ver con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por causa de él. Registra Mateo 27:19.

Pilato era un político pragmático, no un hombre supersticioso por naturaleza, pero ese mensaje lo perturbó. Intentó liberar a Jesús varias veces. Ofreció a la multitud la posibilidad de soltar a un prisionero en honor a la Pascua. Y la multitud eligió a Barrabaz. mandó azotar a Jesús, quizás esperando que eso satisfiera el deseo de sangre de los acusadores.

No fue suficiente. Finalmente, lavó sus manos frente a todos como gesto simbólico de desvinculación y entregó a Jesús a sus soldados. Fueron esos soldados los que tomaron a Jesús después del juicio y lo llevaron al pretorio, el cuartel general romano dentro de Jerusalén. Lo que ocurrió allí es relatado por Mateo, Marcos y Juan y revela algo sobre la naturaleza de los hombres que iban a administrar la crucifixión.

La coorte entera, que podía ser de hasta 600 hombres, aunque probablemente en ese momento era un número menor reunido para la ocasión, lo rodeó. Le pusieron un manto de color escarlata, símbolo de la realeza que estaban burlando. Trenzaron una corona con ramas espinosas y la colocaron sobre su cabeza.

Le pusieron una caña en la mano derecha como cetro falso y se arrodillaban ante él en burla, diciendo, “Salve, rey de los judíos.” Según registra Mateo 27, 28,29. Era un espectáculo diseñado para humillar, una parodia militar de una coronación, la manera en que soldados entrenados para obedecer al César expresaban su desprecio por cualquier otro que reclamara autoridad real.

Pero en la teología cristiana hay una ironía sagrada en esa escena que los soldados no podían ver. Estaban arrodillándose, aunque fuera en burla, ante el único ser ante quien todo rodilla algún día se doblará de verdad. Como dice Filipenses 2:10, después de esa escena en el pretorio, los soldados condujeron a Jesús hacia el Golgota.

La costumbre romana exigía que el condenado cargara el madero horizontal de su propia cruz, el patíbulum, sobre los hombros. Jesús intentó hacerlo, pero el peso combinado con el estado físico en que lo habían dejado hizo que el avance fuera demasiado lento para los soldados. que tenían una ejecución que cumplir en un tiempo que no podían dilatar indefinidamente.

En ese momento tomaron una decisión que marcaría para siempre el nombre de un hombre que estaba simplemente pasando por ahí. Tomaron a un hombre llamado Simón de la ciudad de Cirene, en el norte de África, que llegaba del campo y lo obligaron a cargar la cruz de Jesús. Marcos 15:21 nos dice incluso que Simón era padre de Alejandro y de Rufo.

Nombres que menciona porque cuando Marcos escribió su evangelio, esos hombres eran conocidos dentro de la comunidad cristiana. El encuentro fortuito que comenzó con la orden de un soldado romano transformó la vida de toda una familia. Cuando llegaron al Gólgota, que en arameo significa lugar de la calavera y que los textos latinos llamarían calvario, procedieron con la ejecución.

Le ofrecieron a Jesús vino mezclado con mirra, una mezcla que actuaba como analgésico leve, una práctica atestiguada en las fuentes antiguas y mencionada en Marcos 15:23. Jesús lo probó, pero no lo bebió. Después, los soldados procedieron con la crucifixión misma. Lo que siguió durante las horas en que Jesús permaneció en la cruz fue observado por los soldados con esa mezcla de indiferencia profesional y atención práctica que caracterizaba a los ejecutores romanos.

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