El extraño mensaje recibido en una oficina de correos de Valencia que revela una mentira guardada por décadas
EL REMITENTE FANTASMA
Carlos: (Golpeando el mostrador de madera con la palma de la mano) ¡Te digo que no te lo puedes llevar, Elena! ¡No hasta que hablemos con la policía!
Elena: (Gritando, con la voz rota) ¡Es mi nombre el que está en ese maldito sobre, Carlos! ¡Llevo veinte minutos pidiéndote que me lo des! ¿Te has vuelto loco?
Carlos: (Pálido, sudando frío, retrocede un paso) Elena, mírame. Llevo treinta años trabajando en esta oficina de correos en Valencia. He visto de todo. Cartas con amenazas, paquetes extraños… Pero esto no. Esto es imposible.
Elena: (Golpea el cristal de seguridad) ¡Dámelo! ¡Me estás asustando, joder! ¿Qué tiene de malo? ¿Es una bomba? ¿Es eso?
Carlos: (Traga saliva, sosteniendo el sobre de manila con dos dedos, como si quemara) Ojalá fuera una bomba. Las bombas tienen sentido. Esto… esto desafía la puta realidad.
Elena: (Respirando agitada, las lágrimas a punto de salir) Habla claro. Ya.
Carlos: Mira el remitente, Elena. Léelo en voz alta.
Elena: (Acerca el rostro al cristal, entrecerrando los ojos) “Arturo… Arturo Navarro.”
Carlos: Sigue. Lee la fecha del sello postal.
Elena: (La voz le tiembla) “Emitido en Valencia… 12 de octubre de… 2023.” Es de ayer. ¿Y qué? Alguien que se llama igual que mi padre me ha enviado una carta. Es una broma de mal gusto. ¡Dámelo para que lo tire a la basura!
Carlos: (Niega con la cabeza lentamente) Elena. Yo clasifiqué el correo de tu familia durante décadas. Conozco la letra de tu padre. Conozco cómo hacía la “A” mayúscula, con ese pequeño gancho al final. Míralo bien.
Elena: (Se queda paralizada. El silencio inunda la oficina. Su respiración se detiene) No. No puede ser.
Carlos: Es su letra.
Elena: Mi padre murió hace treinta años, Carlos. En un accidente de coche en la carretera de El Saler. Yo tenía cinco años. Su cuerpo se quemó. Lo enterramos.
Carlos: Lo sé. Estuve en el funeral.
Elena: ¡Entonces esto es un puto enfermo que está jugando conmigo! ¡Dame el sobre!
Carlos: (Desliza el sobre por la ranura del cristal, temblando) Elena… el sobre venía abierto. Lo siento. No debí mirar, pero la solapa estaba rota. Vi lo que hay dentro.
Elena: (Coge el sobre como si fuera veneno) ¿Qué hay?
Carlos: Una foto. De ti. De ayer. Y una nota que dice: “No estoy muerto. Pero si vuestra madre se entera de que habéis recibido esto, lo estaré. Y vosotros también.”
Elena: (Deja caer el bolso al suelo. Sus piernas fallan y tiene que apoyarse en el mostrador) Madre mía… Madre mía…
(La puerta de la oficina de correos se abre de golpe. Entra Mateo, el hermano menor de Elena, mirando su teléfono celular).
Mateo: (Distraído) Elena, llevo media hora esperando en el coche. ¿Te están fabricando los sellos a mano o qué pasa?
Elena: (Gira lentamente hacia él, pálida como un fantasma, sosteniendo el sobre) Mateo…
Mateo: (Levanta la vista del móvil y frunce el ceño) ¿Qué pasa? Estás blanca. ¿Te encuentras bien?
Elena: Es de papá.
Mateo: (Se ríe, confundido) ¿Qué papá? ¿El de los chistes? Venga, vámonos, que llego tarde al…
Elena: (Grita) ¡De nuestro padre, Mateo! ¡De Arturo!
Mateo: (La sonrisa desaparece de su rostro) No tiene gracia, Elena.
Elena: (Le lanza el sobre al pecho) ¡Mira el remitente! ¡Mira la puta letra, Mateo!
Mateo: (Atrapa el sobre, confundido. Lee el nombre. Traga saliva) Esto es una estupidez. Alguien nos está gastando una broma.
Elena: (Con la voz rota, casi un susurro) Ábrelo.
Mateo: (Mira a Carlos) Carlos, ¿qué es esta mierda?
Carlos: Yo solo reparto el correo, chico. Pero te juro por mi vida que esa carta la echaron ayer en el buzón de la plaza.
Mateo: (Mete la mano en el sobre. Saca una fotografía polaroid y un trozo de papel amarillo). Es… eres tú, Elena.
Elena: ¿Dónde estoy?
Mateo: Estás… estás saliendo de tu apartamento. Llevas la chaqueta roja. Esa chaqueta te la compraste la semana pasada.
Elena: (Se tapa la boca con la mano, ahogando un sollozo) Nos están vigilando.
Mateo: (Desdobla el papel amarillo. Sus ojos se abren de par en par, recorriendo las líneas a toda velocidad). Hostia… Hostia puta.
Elena: ¡Lee, Mateo! ¡Léelo en voz alta!
Mateo: (Con la voz temblorosa) “Elena, Mateo. Sé que esto es un shock. Sé que creéis que estoy bajo tierra en el cementerio de Campanar. No es así. El hombre que enterraron aquel día de 1994 no era yo. Era un pobre diablo que estaba en el lugar equivocado.”
Elena: Mentira. Es mentira. Mamá reconoció el cuerpo.
Mateo: (Sigue leyendo, ignorándola) “Vuestra madre no es la mujer que creéis. El accidente no fue un accidente. Fue un intento de asesinato. Ella saboteó los frenos del coche.”
Elena: ¡Cállate! ¡Deja de leer eso!
Mateo: (Sujeta a Elena por los hombros) ¡Escucha, Elena! “Lo descubrí todo la noche anterior. Descubrí de dónde venía realmente su dinero. Descubrí lo que os hizo a vosotros cuando erais bebés. Si iba a la policía, me mataría a mí y os mataría a vosotros. Fingir mi muerte fue la única manera de manteneros a salvo.”
Elena: (Llorando desesperada) ¡Mamá nunca haría algo así! ¡Mamá nos crio sola! ¡Nos ha dado todo!
Mateo: “Ella no os crio por amor, hijos míos. Os crio por la herencia. Vuestros verdaderos apellidos no son Navarro. Vosotros no sois mis hijos biológicos, ni tampoco los de ella.”
Elena: (Se deja caer de rodillas en el suelo de la oficina de correos) No… no, no, no.
Carlos: (Sale de detrás del mostrador y corre a ayudar a Elena) ¡Chica, respira! ¡Mateo, trae un poco de agua!
Mateo: (Paralizado, mirando el papel) Hay más. Hay un reverso.
Elena: (Llorando, mirando al techo) ¿Qué más da? Es un psicópata. Alguien que nos odia. Mamá está en una silla de ruedas en una residencia de lujo que pagamos nosotros. No es una asesina.
Mateo: (Leyendo el reverso de la carta) “Sé que no me creeréis. Sé que pensaréis que esto es una broma macabra. Por eso he dejado una caja de seguridad en el banco Santander de la calle Colón. El código es la fecha en la que os trajo a casa: 140889. Id allí hoy. Si no lo hacéis, ella terminará lo que empezó hace treinta años. Ahora que vais a cumplir los 35, el fideicomiso se desbloquea. Ya no os necesita.”
Elena: (Se levanta bruscamente, limpiándose las lágrimas con rabia) Esto es el límite. Voy a llamar a la policía. Voy a denunciar esto.
Mateo: Elena, espera.
Elena: ¡Que espere! ¿Alguien nos envía una carta diciendo que nuestra madre intentó matar a nuestro supuesto padre fantasma y que somos adoptados, y quieres que espere?
Mateo: El código, Elena.
Elena: ¿Qué pasa con el maldito código?
Mateo: 14 de agosto de 1989.
Elena: Sí, ¿y qué?
Mateo: Tú naciste en marzo. Yo nací en noviembre. Ninguno de los dos nació el 14 de agosto. Pero… ¿recuerdas lo que siempre celebrábamos ese día?
Elena: (Frunce el ceño, confundida) El día de la “llegada”. Mamá decía que era el día que nos trajeron del hospital a casa tras estar en la incubadora.
Mateo: Exacto. Pero no hay registros médicos de eso, Elena. Yo los busqué hace años para el seguro médico y mamá me dijo que se habían quemado en un incendio en el archivo del hospital.
Elena: (El pánico vuelve a sus ojos) Eso no significa nada.
Mateo: Elena, mira de nuevo la foto que venía en el sobre.
Elena: (Coge la foto con manos temblorosas) Soy yo saliendo de casa.
Mateo: Mira el fondo. Mira el reflejo en el escaparate de la tienda de enfrente.
Elena: (Fija la vista en la fotografía. Se lleva la mano a la boca ahogando un grito)
Mateo: Hay un hombre. En una silla de ruedas. Mirándote desde la acera de enfrente.
Elena: Tiene… tiene la cicatriz en la barbilla. La misma cicatriz que papá tenía en las fotos antiguas.
Carlos: (Mirando por encima del hombro de Mateo, persignándose) Dios santo y la Virgen. Es Arturo. Está más viejo, pero es él.
Elena: (Tirando del brazo de Mateo) Vámonos de aquí. Ahora mismo.
Mateo: ¿Al banco?
Elena: Al banco. Si esa caja existe… si esto es real… toda nuestra vida es una puta mentira.
(Escena 2: Dentro de una sala privada en el Banco Santander. La luz es fría y artificial. Sobre una mesa de cristal hay una vieja caja de metal oxidada. Elena y Mateo están sentados frente a ella, sudando).
Mateo: (Sosteniendo la llave que les acaba de dar el director del banco) Estaba a nuestro nombre. Desde hace 30 años. Solo se podía abrir hoy.
Elena: (Con los brazos cruzados, temblando) Ábrela. Acabemos con esto. Si hay recortes de revistas o locuras de un conspiranoico, nos vamos directos a comisaría.
Mateo: (Introduce la llave. Se escucha un clic seco. Levanta la tapa de metal. Una nube de polvo fino se levanta en el aire).
Elena: ¿Qué hay dentro?
Mateo: Documentos. Carpetas viejas. (Saca una carpeta azul, cuyos bordes están desgastados). Y… recortes de periódico.
Elena: Te lo dije. Locuras.
Mateo: (Desdobla el primer recorte de periódico. El titular es grande y negro, del diario Levante de 1989). “Doble secuestro en el hospital La Fe. Dos bebés robados de la zona de maternidad. Las madres biológicas exigen respuestas”.
Elena: (El aire abandona sus pulmones) No.
Mateo: (Lee en voz baja, pasando el dedo por las letras) “Los bebés, un niño y una niña, de diferentes madres, desaparecieron en la madrugada del 14 de agosto.”
Elena: El código.
Mateo: El código.
Elena: (Arrebata el periódico de las manos de Mateo) ¡Míranos! ¡Mateo, mira las fotos que publicaron de los bebés robados!
Mateo: (Se asoma) Todos los recién nacidos se parecen.
Elena: (Saca otro documento de la caja. Es un certificado médico original, con sellos oficiales de 1989. Lo lee, y su rostro pierde todo el color). Mateo… este certificado médico. Es de mamá. De Carmen.
Mateo: ¿Qué dice?
Elena: (Llorando, dejando caer el papel sobre la mesa) Es de una clínica en Suiza. Fechado en 1987. Dice… dice que a mamá le extirparon el útero. Histerectomía total.
Mateo: (Se echa hacia atrás en la silla, pasándose las manos por el pelo con desesperación) Joder. Joder, joder, joder. Mamá nunca estuvo embarazada.
Elena: ¡No es nuestra madre! ¡Es nuestra secuestradora!
Mateo: ¿Pero por qué? Si no podía tener hijos, ¿por qué robar dos bebés? ¿Por qué no adoptar?
Elena: (Buscando frenéticamente dentro de la caja de metal) ¡Tiene que haber más! Papá… Arturo… lo descubrió. Por eso lo quiso matar. (Saca un documento legal grueso, atado con una cinta roja). ¿Qué es esto?
Mateo: Parece un testamento. O un fideicomiso.
Elena: (Abriendo el documento, leyendo las páginas rápidamente. Sus ojos se abren con incredulidad) Mateo… el abuelo. El padre de Carmen.
Mateo: El abuelo que nunca conocimos, el empresario naviero. El que nos dejó la herencia millonaria que se desbloquea mañana, cuando tú cumplas 35 años.
Elena: Escucha la cláusula. “Mi fortuna, valorada en tres mil millones de pesetas, pasará íntegramente a mis nietos biológicos o adoptados legalmente. Si mi hija Carmen no tiene descendencia al momento de su muerte, todo el capital será donado a la Iglesia”.
Mateo: (La voz le tiembla) Tres mil millones de pesetas. En el año 89… eso es…
Elena: Una fortuna incalculable hoy en día.
Mateo: Nos robó. Nos robó del hospital para poder reclamar la herencia de su padre. Éramos su billete de lotería.
Elena: Y Arturo… Arturo se dio cuenta.
Mateo: (Saca una cinta de cassette del fondo de la caja y un pequeño reproductor Walkman antiguo). Hay una cinta.
Elena: Ponla. Ponla ahora mismo.
(Mateo mete la cinta en el Walkman, conecta un pequeño altavoz portátil que saca de su mochila, y pulsa PLAY. Se escucha un crujido de estática, y luego, una voz de hombre, grave, cansada, llena de terror).
Voz de Arturo: “Si estáis escuchando esto… es que he fracasado. O es que por fin sois lo bastante mayores para saber la verdad.”
Elena: (Se tapa la boca ahogando un grito) Es él. Recuerdo su voz. Es papá.
Voz de Arturo: “No me queda mucho tiempo. Carmen sabe que la he descubierto. Encontré los certificados de Suiza. Encontré el pago al guardia de seguridad del hospital La Fe. Sois robados. Vuestras verdaderas familias llevan cinco años buscándoos.”
(Se escucha el sonido de un mechero, y alguien dando una calada a un cigarrillo en la grabación).
Voz de Arturo: “Intenté ir a la policía hoy. Pero me paró el inspector Ramírez. Trabaja para ella. Media ciudad trabaja para ella gracias al dinero del viejo. Ramírez me apuntó con una pistola. Me dijo que si abría la boca, me matarían. Pero peor aún… me dijo que os matarían a vosotros dos.”
Mateo: (Llorando en silencio, apretando los puños sobre la mesa) Hijo de puta…
Voz de Arturo: “Carmen no tiene alma. Nunca la ha tenido. Solo quería el dinero del viejo. Y vosotros sois el requisito legal para mantenerlo. Pero el fideicomiso es claro. Cuando el mayor de vosotros, Elena, cumpla 35 años… el dinero pasa a vuestro control total. Carmen se quedará fuera.”
Elena: (Mirando a Mateo, aterrorizada) Mañana. Cumplo 35 años mañana.
Voz de Arturo: “Ella no va a permitir que os quedéis con el dinero. Tiene un plan. Fingirá un accidente. Una enfermedad. Algo. Os matará antes de que cumpláis los 35 para heredar ella como vuestra tutora y beneficiaria legal. Por eso tengo que desaparecer. Voy a fingir mi muerte esta noche en el coche. Me esconderé en las sombras. Los vigilaré. Pero no puedo protegeros cuando llegue la fecha. Tenéis que huir.”
(La cinta termina con un clic seco).
Mateo: (Apaga el altavoz, el silencio en la sala del banco es ensordecedor) Mamá… nos va a matar.
Elena: (Temblando de pies a cabeza) Nos ha estado envenenando.
Mateo: ¿Qué?
Elena: ¡Piensa, Mateo! ¡Llevas dos meses con dolores de estómago horribles! Los médicos no encuentran qué es. ¡Ella nos hace la cena cada domingo en la residencia! Siempre insiste en que tomemos su té especial de hierbas.
Mateo: (Se toca el estómago, pálido) Dios mío… los calambres. Empezaron el mes pasado.
Elena: Y yo. Los mareos. El cansancio extremo. Creía que era estrés por el trabajo. Nos está matando poco a poco. Para que parezca una enfermedad rara.
Mateo: (Se levanta de golpe, tirando la silla hacia atrás) ¡Hay que ir a la policía! ¡Con esta caja, con los documentos, con todo!
Elena: ¿A qué policía, Mateo? ¿Al inspector Ramírez? ¿A los que ella compró?
Mateo: Ramírez debe de estar jubilado, Elena. Han pasado 30 años.
Elena: ¡Pero su dinero no se ha jubilado! Ella controla millones. Si cruzamos la puerta de una comisaría y ella tiene a un solo oficial en nómina, estaremos muertos antes de llegar a juicio.
Mateo: ¿Entonces qué hacemos? ¿Huir? ¿Como hizo papá?
Elena: No. No voy a huir. Me ha robado mi vida, Mateo. Me robó a mi verdadera madre. Te robó a tu verdadera familia. Nos ha usado como putos títeres durante treinta años.
Mateo: (Asustado por la mirada de su hermana) Elena… ¿qué estás pensando?
Elena: Hoy es domingo, Mateo.
Mateo: Sí. ¿Y?
Elena: Nos toca ir a cenar con ella a la residencia. A tomar su maldito té.
Mateo: ¡Estás loca! ¡No voy a acercarme a esa bruja! ¡Me niego!
Elena: (Agarra a Mateo por el cuello de la camisa, acercándolo a ella) Escúchame bien. Si huimos ahora, ella gana. Se queda con el dinero, cierra el fideicomiso y desaparece. Y nosotros viviremos mirando por encima del hombro el resto de nuestras vidas.
Mateo: Si vamos a esa cena, nos envenena.
Elena: No si lo hacemos nosotros primero.
Mateo: (Abre los ojos desmesuradamente, retrocediendo) ¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca? ¡No somos asesinos, Elena!
Elena: (Señala los recortes de periódico) ¡Mira a esos bebés, Mateo! ¡Eramos nosotros! ¡Ella mató a nuestro padre! Bueno, lo obligó a vivir como un perro callejero durante tres décadas. Y ahora nos está matando a nosotros. Es defensa propia.
Mateo: (Llorando, con las manos en la cabeza) No puedo creer que esto esté pasando. Me desperté esta mañana preocupado por mi presentación de ventas en la empresa, y ahora resulta que soy un bebé robado y mi madre es una asesina en serie.
Elena: Respira. Mírame a los ojos. Vamos a ir a esa residencia. Vamos a sentarnos a esa mesa con sus manteles de lino y sus cubiertos de plata. Y vamos a hacer que confiese.
Mateo: ¿Cómo?
Elena: (Saca la fotografía polaroid del sobre original de Arturo). Con esto. Se la pondremos en el plato. Le diremos que sabemos que Arturo está vivo. Que nos ha contactado. Y mientras ella entra en pánico… le daremos a beber su propio té.
Mateo: (Traga saliva, aterrorizado pero comprendiendo) Intercambiar las tazas.
Elena: Exacto. Si es inocente, si todo esto es una conspiración de locos… no pasará nada. Se beberá su té y seguiremos charlando. Pero si es veneno…
Mateo: Caerá en su propia trampa.
Elena: (Mete todos los documentos de vuelta en la caja de seguridad y la cierra de un golpe). Vamos. Tenemos una cena familiar a la que asistir.
(Escena 3: Residencia de lujo “Los Pinos”. Una suite privada que parece un apartamento de cinco estrellas. Carmen, una mujer de 70 años, elegante, con joyas caras a pesar de estar en silla de ruedas, sonríe dulcemente mientras sirve té de una tetera de porcelana).
Carmen: (Voz suave, maternal) Llegáis tarde, mis amores. La cena se ha quedado fría. Pero os he preparado el té. Mateo, cariño, estás muy pálido. ¿Te sigue doliendo la tripa?
Mateo: (Temblando ligeramente, evitando mirarla a los ojos) Sí, mamá. Un poco.
Carmen: (Suspirando dramáticamente) Ay, esta generación vuestra. Tanto estrés, tanto trabajo. Tienes que cuidarte, mi niño. Bebe el té, te sentará bien. Tiene pasiflora y un toque especial de la casa.
Elena: (Se sienta frente a ella, con el bolso en el regazo. Su mirada es de hielo) ¿Un toque especial, mamá? ¿Qué le pones exactamente?
Carmen: (Ríe suavemente) Receta de la abuela, Elena. Hierbas curativas. Venga, bebed, que se enfría.
(Carmen empuja dos tazas de porcelana hacia ellos. Se sirve una tercera para ella).
Elena: Antes de beber, mamá, queríamos enseñarte algo.
Carmen: ¿Un regalo? Oh, Elena, mañana es tu cumpleaños, no tenías que traerme nada a mí. ¡35 años! Mi niña se hace mayor.
Elena: (Abre el bolso. Saca la fotografía polaroid y la pone boca arriba sobre la mesa, justo al lado de la taza de Carmen). Es una foto que me tomaron ayer.
Carmen: (Se pone las gafas de lectura que cuelgan de una cadena de oro en su cuello. Se inclina para mirar la foto. De repente, su sonrisa se congela. Su respiración se detiene. El color desaparece de su rostro milímetro a milímetro).
Elena: (Voz baja, peligrosa) Fíjate bien en el reflejo del escaparate, mamá.
Carmen: (Su voz tiembla, pero intenta mantener la compostura) No… no sé de qué me hablas, cariño. Es una foto tuya muy bonita. Aunque esa chaqueta roja no te favorece mucho.
Mateo: (Interviene, con voz más firme ahora) No mires la chaqueta, Carmen. Mira al hombre de la silla de ruedas.
(Carmen levanta la vista, lentamente. Es la primera vez que Mateo la llama por su nombre de pila).
Carmen: (Cierra los puños sobre el mantel, los nudillos blancos) No sé quién es ese mendigo.
Elena: Nosotros sí. Tiene la misma cicatriz en la barbilla. Y adivina qué, nos ha enviado una carta. Y una cinta de cassette. Y nos ha dado un código. 140889. ¿Te suena de algo?
Carmen: (Traga saliva visiblemente. Sus ojos, antes cálidos, se vuelven fríos, calculadores. La fachada de abuelita dulce desaparece por completo. Habla con un tono bajo y áspero). ¿Dónde están esos documentos?
Elena: Seguros. Muy lejos de ti.
Mateo: Lo sabemos todo. Sabemos lo del hospital La Fe. Sabemos lo del dinero del abuelo.
Carmen: (Suelta una carcajada seca, sin humor) Ese malnacido de Arturo. Pensé que el trabajo estaba bien hecho aquel día en la carretera. Debió saltar del coche antes del acantilado. Cobarde. Siempre fue un cobarde.
Elena: (Con lágrimas de rabia en los ojos) ¡Nos robaste! ¡A nuestras verdaderas familias!
Carmen: ¡Os di una vida de reyes, pequeña desagradecida! (Golpea la mesa con la palma de la mano, haciendo que las tazas tintineen). ¿De dónde crees que venís? ¡Erais hijos de putas y drogadictas que no tenían ni para pañales! ¡Yo os di colegios privados, ropa de marca, una herencia de tres mil millones de pesetas! ¡Me lo debéis todo!
Mateo: ¡Nos ibas a matar! ¡Mañana se desbloqueaba el dinero y nos estabas envenenando!
Carmen: (Recuperando la compostura, alisa el mantel con las manos) Negocios son negocios, Mateo. No es personal. Yo gané este dinero. Aguanté a ese viejo bastardo de mi padre durante décadas. No iba a dejar que dos bastardos adoptados por fuerza legal se lo quedaran todo.
Elena: Eres un monstruo.
Carmen: Soy una superviviente. Y vosotros sois idiotas por haber venido aquí.
Elena: ¿Por qué?
Carmen: Porque si sabíais que os estaba envenenando… ¿por qué habéis dejado que os sirviera el té?
(Carmen sonríe, levantando su taza para dar un sorbo triunfal).
Elena: (Sonríe también, una sonrisa fría y oscura). Porque mientras estabas en el baño lavándote las manos antes de que llegáramos a la mesa… Mateo cambió la distribución del carrito de los tés.
(La taza de Carmen se detiene a un milímetro de sus labios. Sus ojos se abren con terror absoluto).
Mateo: Yo serví las tazas antes de que salieras, Carmen. La taza que tienes en la mano… es la que me preparaste a mí.
Carmen: (Su mano empieza a temblar violentamente. Mira el líquido oscuro en su interior. Levanta la vista hacia Elena y Mateo. El pánico se apodera de ella). Mentís. Sois demasiado débiles para hacer algo así.
Elena: Tienes razón en una cosa, Carmen. No somos tus hijos biológicos. Pero fuiste tú quien nos crio. Supongo que algo de tu crueldad se nos tuvo que pegar.
Carmen: (Intenta gritar, pero la voz le falla. Deja caer la taza al suelo, que se hace añicos manchando la alfombra persa. Intenta mover las ruedas de su silla hacia la puerta). ¡Enfermera! ¡Ayuda!
Mateo: (Se levanta lentamente y se interpone en la puerta, cruzándose de brazos). Qué pena. Parece que has tenido un derrame cerebral, mamá. A tu edad, es tan común.
Elena: (Se levanta, coge su propio té, que sabe que es el inofensivo, y le da un pequeño sorbo. Se acerca a la silla de Carmen). ¿Cuánto tarda en hacer efecto la dosis concentrada que nos tenías preparada para la “gran noche final”? ¿Diez minutos? ¿Cinco?
Carmen: (Empezando a sudar frío, llevándose las manos al pecho, hiperventilando) ¡Antídoto! ¡Tengo las pastillas en el cajón…!
Mateo: (Saca un pequeño frasco blanco del bolsillo de su pantalón y lo agita, haciendo sonar las pastillas en su interior). ¿Estas? Las encontré cuando revisé el carrito.
Carmen: (Llorando, una imagen patética de desesperación, cae de rodillas desde su silla de ruedas arrastrándose hacia Elena). ¡Por favor! ¡Por favor, Elena! ¡Te crie! ¡Te limpié las rodillas cuando te caías! ¡Eres mi hija!
Elena: (La mira desde arriba con absoluta frialdad) Yo no soy nadie, Carmen. Me borraste el 14 de agosto de 1989.
(Carmen se retuerce en el suelo, llevándose las manos al estómago. Un gemido agónico sale de su garganta. El veneno, diseñado para parecer un infarto o un fallo multiorgánico natural tras meses de exposición, actúa rápido en una dosis masiva).
Carmen: (Babeando, los ojos inyectados en sangre, mirando a Mateo) Ma… Mateo… por favor…
Mateo: (Se agacha, le pone el frasco de pastillas en la mano, pero está vacío). Feliz cumpleaños adelantado, Elena.
Elena: Gracias, hermanito.
(Carmen da un último espasmo violento y se queda completamente quieta sobre la alfombra. El silencio vuelve a reinar en la lujosa suite).
Elena: (Suspira, arreglándose la chaqueta). Llama a la enfermera, Mateo. Dile que a mamá le ha dado un ataque al corazón repentino. Actúa histérico.
Mateo: (Saca el móvil, con las manos temblorosas pero el rostro decidido) ¿Y después de esto? ¿Qué hacemos? Mañana somos multimillonarios.
Elena: Mañana vamos al banco. Firmamos los papeles. Y luego… (Elena mira por la ventana del piso de la residencia, hacia las calles oscuras de Valencia). Luego vamos a buscar a un hombre con una cicatriz en la barbilla. Tenemos mucho de lo que hablar con papá.
(Mateo asiente con la cabeza y marca el botón rojo de emergencias de la habitación. Mientras la alarma empieza a sonar por los pasillos, Elena se sienta tranquilamente en el sofá, esperando, sabiendo que por primera vez en su vida, la historia la están escribiendo ellos).
EL REMITENTE FANTASMA – PARTE II
(Escena 4: Tres días después. Despacho del director del Banco Santander. Las persianas están a medio bajar, creando líneas de sombra sobre una enorme mesa de caoba. Elena viste un traje de chaqueta negro, impecable. Su rostro es una máscara de hielo. Mateo, a su lado, lleva una corbata oscura algo aflojada. Sus ojos tienen ojeras profundas. Frente a ellos, el Sr. Vargas, el director del banco, revisa unos papeles).
Sr. Vargas: (Aclarándose la garganta, con tono solemne) Mis más sinceras condolencias por lo de su madre. Fue… todo muy repentino. Todo el consejo de administración del banco está consternado. Doña Carmen era una institución en Valencia.
Elena: (Sin parpadear, con voz suave pero firme) Gracias, Sr. Vargas. Ha sido un golpe duro. Pero como sabe, nuestra madre era una mujer práctica. Odiaba perder el tiempo. Nos habría exigido que arregláramos todo inmediatamente.
Sr. Vargas: (Asiente, nervioso) Por supuesto. La autopsia confirmó el fallo cardíaco masivo. Una tragedia a su edad. Bien… (Saca una pluma estilográfica de oro y se la ofrece a Elena). Al haber cumplido usted los 35 años ayer, el fideicomiso de su abuelo pasa a su control absoluto. La firma de estos tres documentos transferirá los fondos a las cuentas que nos han proporcionado.
Mateo: (Mirando la pluma como si fuera una serpiente) ¿De cuánto estamos hablando exactamente? Al cambio actual.
Sr. Vargas: (Teclea en su ordenador) Teniendo en cuenta las inversiones, los bienes inmuebles y la inflación desde 1989… El patrimonio líquido asciende a unos dieciocho millones de euros. Más las propiedades.
(Mateo traga saliva ruidosamente. Se afloja un poco más la corbata. Elena toma la pluma sin dudarlo).
Elena: (Firma el primer papel con un trazo rápido) Dieciocho millones. Supongo que el sufrimiento tiene un precio.
Sr. Vargas: (Confundido) ¿Disculpe?
Elena: (Sonríe fríamente, firmando el segundo documento) Nada. Cosas de familia. La abuela siempre decía que el dinero no compra la felicidad, pero paga una buena terapia.
Mateo: (Interviene rápidamente, firmando él también) Mi hermana está exhausta, Sr. Vargas. Han sido unos días locos.
Sr. Vargas: Lo entiendo perfectamente. (Recoge los documentos y los sella). Pues ya está. Oficialmente, son ustedes los herederos universales. El dinero estará disponible en sus cuentas antes del mediodía.
Elena: (Se levanta, alisándose la chaqueta negra) Perfecto. Mateo, vámonos. Tenemos trabajo que hacer.
(Escena 5: En el interior de un coche de alquiler oscuro, aparcado frente a la antigua oficina de correos. Llueve a cántaros en Valencia. Los limpiaparabrisas se mueven rítmicamente. Elena está al volante. Mateo está de copiloto, mirando por la ventanilla).
Mateo: (Con la voz temblorosa) No he dormido en tres días, Elena. Cierro los ojos y la veo. Veo a Carmen retorciéndose en esa alfombra.
Elena: (Mirando fijamente al frente, sus manos aprietan el volante) Fue en defensa propia. Nos estaba envenenando. Iba a matarnos al día siguiente. No te tortures.
Mateo: Pero nosotros la vimos morir. No hicimos nada. Somos… somos asesinos.
Elena: (Se gira bruscamente hacia él, agarrándole del brazo con fuerza) ¡Somos supervivientes! ¡Despierta, Mateo! ¡Esa mujer nos robó de la cuna! ¡Nos usó! ¡No éramos sus hijos, éramos sus putos cheques al portador!
Mateo: (Llorando en silencio) Lo sé. Lo sé, pero duele. Toda mi vida creyendo que era alguien… y ahora no sé quién soy.
Elena: (Suaviza el tono, soltándole el brazo) Vamos a descubrirlo. Hoy. Ya tenemos el dinero. Carmen no puede hacernos daño. Ahora nos toca encontrar a Arturo.
Mateo: ¿Y por dónde empezamos? Valencia es enorme. Puede estar escondido en cualquier agujero.
Elena: (Saca la fotografía polaroid de la guantera) La foto. ¿Te acuerdas de lo que te dije del reflejo?
Mateo: Sí. El hombre de la silla de ruedas.
Elena: Amplié la foto con el ordenador ayer por la noche. (Le pasa una hoja impresa). Fíjate en el cartel que hay detrás de él, en el reflejo. Está borroso, pero se puede leer.
Mateo: (Entrecierra los ojos, leyendo) “Talleres… Talleres El Cabanyal. Chapa y pintura”.
Elena: Es un barrio marítimo viejo. Callejuelas estrechas. Un lugar perfecto para que un fantasma se esconda durante treinta años. Arranco.
(Escena 6: El barrio del Cabanyal. Calles empedradas, casas bajas con fachadas de azulejos descascarillados. La lluvia ha cesado, pero el ambiente es húmedo y gris. Elena y Mateo caminan frente a un taller mecánico cerrado. La persiana metálica está bajada y oxidada).
Mateo: Está cerrado. Parece que lleva años abandonado.
Elena: (Golpea la persiana metálica con el puño cerrado. ¡Bang, bang, bang!) ¡Arturo! ¡Abre la puerta!
Mateo: Shhh. Elena, van a llamar a la policía.
Elena: ¡Me da igual! (Sigue golpeando) ¡Sé que estás ahí dentro! ¡El viejo del banco Santander te manda saludos!
(Un chirrido metálico resuena desde el interior. La persiana comienza a subir lentamente, apenas un metro de altura. De la oscuridad interior emerge un olor a aceite de motor, polvo y tabaco barato).
Voz de Arturo: (Ronca, áspera) Pasad por debajo. Rápido. Antes de que alguien os vea.
(Elena y Mateo se miran, asienten, y se agachan para entrar. La persiana baja de golpe detrás de ellos, sumiéndolos en la penumbra. Solo una bombilla desnuda ilumina el centro del taller abandonado. En el centro, sentado en una silla de ruedas herrumbrosa, hay un hombre demacrado, con el pelo blanco y largo. Tiene una cicatriz profunda que le cruza la barbilla. Es el hombre de la foto. Es Arturo).
Arturo: (Respirando con dificultad, los mira de arriba abajo con los ojos muy abiertos) Habéis venido. Dios mío. Habéis crecido tanto.
Mateo: (Da un paso atrás, asustado) Eres tú.
Elena: (Se cruza de brazos, manteniendo la distancia, su voz es un témpano de hielo) Cierra el pico y ahorrate las lágrimas falsas. No hemos venido a un reencuentro familiar. No somos tus hijos.
Arturo: (Baja la cabeza, avergonzado) Leísteis la carta.
Elena: Y escuchamos la cinta en la caja de seguridad. Y vimos los recortes de periódico.
Arturo: ¿Y Carmen? ¿Qué ha pasado con ella? ¿Habéis huido? Tenéis que tener cuidado. Si ella sabe que tenéis los papeles…
Mateo: (Lo interrumpe, con voz fría) Carmen está muerta.
(Arturo levanta la cabeza de golpe. Sus ojos reflejan un shock absoluto. Sus manos tiemblan sobre las ruedas de su silla).
Arturo: ¿Qué? ¿Qué has dicho?
Elena: Lo que has oído. Le dio un… ataque al corazón. Anoche. Qué casualidad, ¿verdad? Justo antes de mi cumpleaños. Justo antes de que nos matara.
Arturo: (Empalidece, llevándose una mano al pecho) Muerta… Dios santo. ¿Cómo?
Elena: (Da un paso hacia él, amenazante) Digamos que probó de su propia medicina. Su té tenía un sabor un poco fuerte anoche.
Arturo: (Los mira con terror, retrocediendo su silla unos centímetros) La habéis… la habéis matado. Vosotros dos.
Mateo: Era ella o nosotros. Tú nos lo advertiste, ¿no? Nos dijiste que nos iba a matar. Hicimos lo que teníamos que hacer.
Arturo: (Empieza a reír por lo bajo. Una risa seca, sin humor, que se convierte en una tos dolorosa) Sois peores que ella. Yo pensé que vendríais aquí asustados, pidiendo ayuda. Y resulta que habéis asesinado al monstruo y os habéis quedado con el castillo.
Elena: Y con los dieciocho millones de euros. Sí. Ahora escúchame bien, viejo. Vinimos aquí por una sola razón. Queremos saber quiénes somos. Queremos los nombres de nuestras verdaderas madres.
Arturo: (Se limpia la boca con el dorso de la mano) ¿Mis pequeños bastardos quieren volver a casa? ¿Después de lo que han hecho?
Mateo: ¡Dínoslo! ¡Danos los nombres y no te volveremos a molestar! Te daremos dinero. Un millón. Lo que quieras. Pero dinos de dónde venimos.
Arturo: (Sonríe enseñando unos dientes amarillentos. Su actitud asustadiza de repente desaparece. Sus ojos brillan con una avaricia enfermiza) Un millón. Qué generosos. Me parece poco para el hombre que os salvó la vida.
Elena: (Frunce el ceño, detectando el cambio de actitud) Te salvaste a ti mismo. Fingiste tu muerte y nos dejaste con esa psicópata durante treinta años. Eres un cobarde.
Arturo: (Grita, golpeando el reposabrazos de su silla) ¡No soy un cobarde! ¡Fui un hombre de negocios que hizo un mal trato!
Mateo: ¿De qué hablas?
Arturo: (Se inclina hacia delante, la luz de la bombilla ilumina las sombras de su rostro marcado) Creéis que sois los protagonistas de una película de terror, ¿verdad? Pobres bebés robados por una bruja malvada mientras el buen marido intentaba detenerla.
Elena: (Siente un escalofrío en la espalda. Agarra la mano de Mateo) ¿Qué nos estás ocultando?
Arturo: Yo no descubrí a Carmen, Elena. Yo trabajaba para ella.
(El silencio cae como una losa de plomo en el taller. Solo se escucha el goteo de una tubería rota al fondo).
Mateo: (Susurrando) ¿Tú… tú trabajabas para ella?
Arturo: (Riendo amargamente) ¿De verdad pensabais que Carmen bajó sola a los bajos fondos de Valencia a comprar dos recién nacidos? Era una señorita de la alta sociedad. Le daba asco pisar un hospital público. Necesitaba a alguien que hiciera el trabajo sucio. Un intermediario. Ese era yo.
Elena: (Siente que el aire le falta. Retrocede un paso) Tú nos robaste.
Arturo: Yo contacté con el guardia de seguridad de La Fe. Yo falsifiqué los papeles. Yo soborné a las enfermeras. Yo os saqué en dos cajas de cartón por la puerta de atrás. Os entregué a Carmen a cambio de un buen pellizco.
Mateo: (Fuera de sí, corre hacia Arturo y lo agarra por las solapas de su camisa sucia) ¡Hijo de puta! ¡Tú nos arruinaste la vida!
Arturo: (Sin inmutarse, mirando fijamente a Mateo) ¡Yo os hice millonarios, niñato!
Elena: (Tirando de Mateo para que lo suelte) ¡Déjalo, Mateo! ¡Déjalo! (A Arturo, con asco) Si fuiste su cómplice… ¿por qué intentó matarte? ¿Por qué la cinta en el banco?
Arturo: (Se arregla la camisa con dignidad fingida) Porque cometí el error de enamorarme del dinero. Cuando vi la cantidad que Carmen iba a heredar del viejo… decidí que quería más que mi comisión. La amenacé con ir a la policía si no se casaba conmigo. La obligué a darme el apellido Navarro. Quería la mitad del pastel.
Elena: La chantajeaste.
Arturo: Exacto. Pero subestimé lo loca que estaba. Saboteó mis frenos. Cortó los cables. Me estrellé en la carretera de El Saler. El coche ardió. Me rompí la columna vertebral. (Golpea sus piernas inmóviles). Llevo treinta años en esta maldita silla, escondido como una rata, viendo cómo vosotros vivíais en mansiones y viajabais por el mundo.
Mateo: La cinta del banco… todo era mentira.
Arturo: No todo. Sabía que os mataría antes de que cumplierais los 35. Su avaricia era mayor que su miedo. Por eso preparé la caja de seguridad. Era mi seguro de vida. Mi plan a largo plazo.
Elena: (Entendiendo el juego, sus ojos se entrecierran, calculadores) Esperaste al momento exacto. Mandaste la carta ayer para que supiéramos la verdad, para que nos asustáramos…
Arturo: Y para que hicierais el trabajo sucio por mí. Sabía que Carmen no se dejaría vencer fácilmente. Necesitaba que vosotros la eliminarais para desbloquear la herencia. Y lo habéis hecho. Qué buenos chicos.
Mateo: (Agarrándose la cabeza, caminando en círculos) Todo ha sido un puto teatro. Somos marionetas. Todos nos han usado.
Elena: (Mirando a Arturo con una calma aterradora) ¿Y ahora qué, Arturo? Ya te hemos contado el final de la película. Carmen está muerta. Tenemos el dinero. ¿Qué quieres?
Arturo: (Extiende la mano, con la palma hacia arriba) Quiero mi mitad. Nueve millones de euros. Transferidos a una cuenta en Suiza que os proporcionaré hoy mismo.
Elena: (Suelta una carcajada, una risa fría que resuena en las paredes del taller) ¿Estás loco? Nos has robado la vida, nos has usado para asesinar a la mujer que creíamos nuestra madre, y ahora nos pides nueve millones.
Arturo: (Mete la mano en el interior de su chaqueta vieja y saca un sobre marrón grueso). No os lo pido. Os lo exijo.
Mateo: ¿Qué es eso?
Arturo: Aquí dentro están los historiales clínicos originales del hospital La Fe. Y algo mucho más importante: la grabación de las cámaras de seguridad del pasillo de la residencia de Carmen. De anoche.
(Elena se queda paralizada. Su corazón empieza a latir con fuerza contra sus costillas).
Elena: No había cámaras en su pasillo. Me aseguré.
Arturo: No las del edificio. Las que yo instalé. Llevo meses pagando a uno de los enfermeros de la limpieza para que colocara micrófonos y microcámaras en los detectores de humo de la suite de Carmen. Quería tenerla vigilada.
Mateo: (Pálido como la muerte) Lo tienes grabado.
Arturo: Tengo grabado cómo tú, Mateo, entras en la habitación antes de la cena y cambias las tazas de té del carrito. Lo tengo en alta definición.
Elena: Eres un monstruo.
Arturo: (Sonríe cínicamente) Somos familia, Elena. O jugamos todos, o todos vamos a la cárcel. Si no me dais los nueve millones en 48 horas, este sobre va directo al escritorio del juez de instrucción. Os quitarán el dinero y os pudriréis en prisión por asesinato en primer grado.
(Un largo silencio se apodera del taller. Mateo mira a Elena, desesperado. Elena no mira a su hermano. Mantiene la mirada fija en Arturo. Su respiración se vuelve lenta, controlada. El miedo en sus ojos desaparece, siendo reemplazado por algo mucho más oscuro y peligroso).
Elena: (Da un paso hacia Arturo, caminando despacio, como un depredador) Tienes razón, Arturo. Somos familia. Carmen nos enseñó a sobrevivir, y tú… tú nos has enseñado a no confiar en nadie.
Arturo: (Siente un atisbo de duda al ver la expresión de Elena. Aprieta el sobre contra su pecho) Cuidado, niña. No intentes nada estúpido. Si algo me pasa, el enfermero que me ayudó tiene instrucciones de mandar las copias a la policía.
Elena: (Se detiene frente a él, a menos de un metro) ¿De verdad crees que te tengo miedo? Hemos asesinado a la mujer que nos crio. Le dimos veneno y la vimos ahogarse en su propia baba en la alfombra. Y no sentí nada. Absolutamente nada.
Mateo: (Da un paso adelante, asustado por la actitud de su hermana) Elena… ¿qué estás haciendo? Cuidado.
Elena: (Sin apartar la vista de Arturo) Callate, Mateo. (A Arturo) ¿Sabes cuál es tu problema, viejo? Que sigues pensando que somos esos bebés asustados que sacaste en una caja de cartón.
Arturo: (Empieza a sudar. La confianza abandona su rostro) El dinero, Elena. Solo quiero mi parte y desapareceré. Nunca más volveréis a verme.
Elena: No te voy a dar ni un céntimo.
Arturo: ¡Entonces iréis a la cárcel!
Elena: (Se ríe, inclinándose hasta quedar cara a cara con él) ¿Con qué pruebas? ¿Unas grabaciones ilegales hechas por un hombre dado por muerto hace treinta años? ¿Un chantajista confeso? Los abogados que voy a contratar con mis dieciocho millones te harán pedazos en los tribunales. Dirán que falsificaste la cinta. Dirán que eres un loco resentido que quiso extorsionarnos.
Arturo: (Tragando saliva, nervioso) Las imágenes son claras. Se ve a Mateo cambiando las tazas.
Elena: (Se encoje de hombros) ¿Y qué? ¿Acaso las cámaras grabaron lo que había dentro de la taza? Carmen preparó el té. Si ella le puso veneno a una taza por accidente y luego se la bebió ella misma, es un suicidio accidental. Mateo solo estaba reorganizando el carrito porque… no sé, es un maniático del orden.
Arturo: ¡Ningún juez se creerá esa mierda!
Elena: Con los peritos adecuados y los sobornos correctos, se lo creerán. Valencia es una ciudad que funciona con dinero, tú mismo lo dijiste. Carmen compró a la policía hace treinta años. Yo la compraré hoy.
Arturo: (Retrocede con su silla de ruedas, pero las ruedas chocan contra un montón de chatarra, bloqueándolo) Estáis locos.
Elena: (Le arrebata el sobre marrón de las manos con un movimiento rápido y violento) Yo me quedo con esto.
Arturo: (Grita, intentando agarrarla) ¡Devuélveme eso, zorra!
Mateo: (Interviene rápidamente, agarrando a Arturo de los brazos y empujándolo contra el respaldo de la silla) ¡Quieto ahí, cabrón!
Elena: (Abre el sobre, saca un pendrive USB y los viejos historiales médicos. Sonríe al ver los nombres en los documentos). Aquí están. Nuestros verdaderos nombres. Nuestras familias.
Arturo: (Llorando de rabia y frustración) Mi enfermero tiene las copias. ¡Os arruinará!
Elena: (Se acerca al oído de Arturo, susurrando con frialdad letal) Dame el nombre del enfermero, Arturo. Dámelo ahora mismo, o te juro por Dios que volcaré esta silla de ruedas, cogeré esa lata de gasolina que tienes ahí en la esquina, y terminaré el trabajo que Carmen empezó en la carretera de El Saler.
Mateo: (Mira a Elena, horrorizado, pero no la detiene. La transformación de su hermana es completa. Es la digna heredera de Carmen Navarro).
Arturo: (Llorando, con el rostro descompuesto por el pánico, asiente lentamente) Se llama… se llama Raúl. Raúl Gómez. Trabaja en el turno de noche. Vive en Torrente.
Elena: (Le da unas palmaditas en la mejilla a Arturo, como si fuera un perro asustado) Buen chico. ¿Ves qué fácil es cuando colaboras?
Mateo: ¿Qué hacemos con él?
Elena: Nada. Que se quede aquí, en la oscuridad, en su propia mierda. No es nadie. Es un fantasma. Y los fantasmas no pueden gastar dinero.
Arturo: (Suplicando) ¡Elena, por favor! ¡No me dejéis así! ¡No tengo dinero para comer! ¡No tengo a nadie!
Elena: (Da media vuelta, caminando hacia la persiana metálica) Deberías haber pensado en eso antes de vendernos, papá. Mateo, levanta la persiana. Nos vamos.
Mateo: (Suelta a Arturo, camina hacia la puerta y tira de la cadena. La persiana sube chirriando, dejando entrar la luz grisácea de la tarde).
Arturo: (Gritando desde las sombras, su voz es un lamento desesperado) ¡Sois peores que ella! ¡Lleváis el mal en la sangre! ¡No importa quiénes sean vuestros verdaderos padres, sois monstruos!
Elena: (Se detiene bajo el marco de la puerta. Se gira una última vez hacia la oscuridad del taller). No nacimos siendo monstruos, Arturo. Nos fabricasteis. Y ahora, vais a tener que vivir con nosotros.
*(Elena y Mateo salen a la calle empedrada. La persiana metálica baja de golpe con un estruendo definitivo, encerrando los gritos de Arturo). *
(Escena 7: Interior del coche de alquiler. Elena se sienta al volante. Mateo se sienta en el asiento del copiloto. El silencio dentro del coche es pesado, eléctrico).
Mateo: (Mirando sus propias manos, que tiemblan levemente) Casi lo quemas vivo.
Elena: (Mete la llave en el contacto, arranca el motor. El ronroneo del coche inunda el habitáculo) Solo fue una amenaza. Para que hablara.
Mateo: (Gira la cabeza y la mira fijamente) No, Elena. Lo vi en tus ojos. Ibas a hacerlo.
Elena: (Se queda mirando el parabrisas por un segundo. Luego, se gira hacia su hermano. Su expresión es inescrutable). Tal vez.
Mateo: (Traga saliva, aterrorizado de la mujer que tiene a su lado, la mujer que siempre creyó que era su hermana mayor y protectora) ¿Qué hacemos ahora? ¿Vamos a por el enfermero?
Elena: (Mete la marcha, suelta el freno de mano) Sí. Le pagaremos lo que pida por las copias originales. Un millón, dos, me da igual. Compraremos su silencio.
Mateo: ¿Y después?
Elena: (Toca los historiales médicos originales que descansan sobre el salpicadero). Después… buscaremos a las personas de estos papeles. A nuestras madres. Las que lloraron hace treinta años en el hospital La Fe.
Mateo: ¿Les diremos la verdad? ¿Les diremos en qué nos hemos convertido?
Elena: (Arranca el coche, acelerando por las calles estrechas del Cabanyal, alejándose del taller mecánico). Les diremos lo que necesiten escuchar, Mateo. Somos ricos. Podemos inventar la historia que queramos. A partir de hoy, nosotros escribimos el guion.
(El coche desaparece girando la esquina, perdiéndose en el tráfico de Valencia, bajo un cielo que por fin empieza a despejarse).
FIN DE LA PARTE II.