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El eco de las mentiras en los viñedos de La Rioja que nunca podré olvidar

El eco de las mentiras en los viñedos de La Rioja que nunca podré olvidar

La lluvia golpeaba los ventanales de la vieja bodega como si quisiera arrancarlos de cuajo. El olor a vino fermentado y tierra mojada llenaba el aire mientras yo observaba, inmóvil, cómo mi mejor amiga sostenía la copa con una sonrisa torcida. Aquella sonrisa que conocía desde hacía quince años… y que, de pronto, me pareció la de una completa desconocida.

—No deberías beber más, Clara —le dije, intentando mantener la calma.

Ella soltó una carcajada seca.

—¿Y tú desde cuándo me dices lo que tengo que hacer?

Mi marido, Sergio, estaba a unos metros hablando con el dueño del viñedo, fingiendo que no escuchaba. Pero yo vi cómo tensó la mandíbula. Lo conocía demasiado bien. Cada vez que algo le incomodaba, hacía exactamente eso.

El trueno sacudió la sala.

Los demás turistas reían ajenos al desastre que estaba a punto de explotar delante de todos.

Clara se acercó lentamente a mí. Sus ojos brillaban de una manera extraña, casi peligrosa.

—¿Sabes qué es lo peor de las mentiras, Elena? —susurró—. Que tarde o temprano el eco siempre vuelve.

Sentí un escalofrío subir por mi espalda.

—No empieces otra vez…

—No. Hoy sí voy a empezar. Porque estoy cansada de verte vivir en una fantasía.

La copa tembló en mi mano.

—Clara, basta.

Ella miró directamente a Sergio.

Y entonces dijo las palabras que me destrozaron la vida.

—Pregúntale dónde estaba la noche que murió tu padre.

El silencio cayó sobre la bodega como un disparo.

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