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El destino impactante y desgarrador de los 12 discípulos de Jesús está dejando a millones de personas sin palabras VL

El destino impactante y desgarrador de los 12 discípulos de Jesús está dejando a millones de personas sin palabras

Había algo que casi ningún libro de historia cuenta con suficiente claridad. Los 12 hombres que caminaron junto a Jesús de Nazaret no eran figuras de vitral, eran pescadores con manos encallecidas, cobradores de impuestos despreciados por su propia comunidad, celotes encendidos por causas que creían justas, hombres ordinarios que dudaron, cayeron y aún así fueron elegidos para cargar con el mensaje más transformador que el mundo jamás había recibido.

lo que le sucedió a cada uno de ellos después de que el Espíritu Santo descendió sobre Jerusalén en el día de Pentecostés. Es una historia que la fe ha preservado con una fidelidad asombrosa y que la historia misma, incluso en sus registros más seculares, no ha podido ignorar. Este no es un relato de derrota, es un relato de hombres que entendieron algo que muy pocos seres humanos han entendido con tanta profundidad.

que la vida entregada a Dios no termina donde termina el cuerpo. Y en el año 67 después de Cristo, cuando el Imperio Romano comenzaba a apretar su puño sobre la Iglesia naciente, esa convicción fue puesta a prueba de una manera que todavía hoy hace detenerse al corazón de cualquier creyente que se detiene a contemplarla.

Pedro, el primero en ser llamado, el primero en confesar que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, vivió sus últimos años en Roma en el corazón mismo del imperio que había condenado a su señor. Hay algo profundamente significativo en eso. El hombre que había negado a Jesús tres veces junto a una fogata en el patio de Caifás, terminó sus días proclamándolos vacilación en la ciudad más poderosa del mundo conocido.

La tradición cristiana primitiva, confirmada por escritos de los primeros siglos y por el testimonio unánime de la Iglesia antigua, preservó con notable consistencia el relato de su fin. Pedro fue arrestado bajo la persecución que siguió al incendio de Roma. Cuando el emperador Nerón buscó un chivo expiatorio para calmar la ira popular y los cristianos fueron señalados como culpables.

Lo que ocurrió después no fue narrado con espanto, sino con reverencia por los primeros creyentes que lo transmitieron. Pedro, según la tradición preservada desde los primeros siglos, pidió ser colocado de manera diferente a como su Señor había sido colocado, porque no se consideraba digno de morir de la misma forma que Cristo.

Esa petición, nacida de una humildad que solo puede entenderse a la luz de una fe profundamente transformada, fue concedida. Y Pedro partió de este mundo con los ojos vueltos hacia el cielo, hacia aquel a quien había conocido caminando sobre el agua del mar de Galilea, hacia aquel que lo había llamado por su nombre en una mañana de pesca, cuando todavía se llamaba Simón.

La iglesia que él ayudó a edificar en Roma sobrevivió al imperio que lo condenó. Y eso en sí mismo es una respuesta que la historia ha dejado escrita en piedra. Juan, el discípulo amado, el que recostó su cabeza sobre el pecho de Jesús en la última cena, fue el único de los 12 que no encontró su fin de manera violenta. Y eso también forma parte del relato que Dios escribió con sus vidas.

Porque Juan sobrevivió a todo. Sobrevivió a la dispersión, sobrevivió a la persecución, sobrevivió incluso al intento documentado por la tradición eclesiástica primitiva de hacerle daño en Roma, del que salió ileso, de una manera que dejó atónitos a quienes lo presenciaron. Finalmente fue exiliado a la isla de Patmos, una roca volcánica en el mar Ejeo, donde Roma enviaba a quienes consideraba peligrosos, pero a quienes no podía simplemente ignorar.

Y fue precisamente en ese lugar de destierro, en esa isla que debía ser su silencio definitivo, donde Juan recibió la revelación más extraordinaria que registra la escritura. Apocalipsis 19 dice con sus propias palabras, “Yo, Juan, vuestro hermano y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.

Roma quiso silenciarlo enviándolo al fin del mundo conocido. Dios usó ese mismo exilio para darle al mundo entero las palabras del Apocalipsis. Hay en eso una ironía divina que ningún poder humano podría haber calculado y que sigue siendo una de las declaraciones más elocuentes sobre la soberanía de Dios, sobre los planes de los hombres.

Jacobo, el hermano de Juan, fue el primero de los 12 en partir. El libro de los Hechos lo registra con una sobriedad que resulta casi impactante por su brevedad. Hechos 12 dice, “En aquel mismo tiempo, el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para hacerles mal y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan. No hay drama añadido, no hay elaboración, hay un hecho y hay una fe que no necesitó adornar ese hecho con palabras adicionales porque la realidad misma era suficientemente elocuente.

Jacobo había estado presente en la transfiguración de Jesús en el monte. Había visto la gloria de Cristo brillar con una intensidad que la materia humana apenas puede contener. Había escuchado la voz del Padre desde la nube y cuando llegó el momento de partir, lo que llevaba dentro era más grande que cualquier miedo que pudiera haberle ofrecido la amenaza de un rey.

La tradición cristiana primitiva añade un detalle de una hermosura teológica particular. Se dice que el soldado enviado para arrestar a Jacobo quedó tan impresionado por la serenidad [música] y la fe que vio en él durante el proceso, que pidió ser bautizado junto a él antes de que ambos fueran llevados a su destino final.

Si eso es históricamente verificable con certeza absoluta, no puede afirmarse. Eh, pero lo que sí puede afirmarse es que la Iglesia primitiva lo recordó y lo transmitió porque era consistente con todo lo que habían visto en los seguidores de Cristo. Una paz que el mundo no podía comprender y que ninguna amenaza parecía capaz de romper.

Andrés, el hermano de Pedro, fue el primero en ser llamado según el evangelio de Juan, y fue también el primero en llevar a otro a Jesús. Fue él quien encontró a su hermano Simón y le dijo que habían encontrado al Mesías. Esa cualidad de puente de conector entre las personas y Cristo parece haberlo definido hasta el final de su vida.

La tradición antigua preservada de manera consistente en los escritos de los primeros siglos, lo ubica predicando el evangelio en las regiones que hoy corresponden a Grecia y a los territorios alrededor del Mar Negro. En la ciudad de Patras, en el Peloponeso, su ministerio generó una respuesta que las autoridades romanas locales encontraron perturbadora, especialmente porque personas cercanas al poder comenzaron a responder al mensaje que predicaba.

fue arrestado y condenado. Y según la tradición cristiana, Andrés, como su hermano Pedro, pidió que la forma de su partida fuera diferente a la de su señor. que dice que fue atado, no clavado, a una cruz en forma de X, que pasó a llamarse Cruz de San Andrés y que desde ese lugar continuó hablando a quienes se reunieron a su alrededor predicando durante horas antes de partir.

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