Posted in

¡El castigo que cambió la historia del cristianismo VL

¡El castigo que cambió la historia del cristianismo

Pazmos el último testigo. La vida del apóstol Juan en el exilio, el año 95 [música] de nuestra era y el velo secreto del Apocalipsis. Cierra los ojos por un momento, no para descansar para llegar el viento. Te toca primero no el viento familiar [música] de una tarde conocida, sino algo más antiguo, más salado, más [música] insistente, como si el mar Ejeo tuviera memoria propia y quisiera contártela.

El aire que entra por tus pulmones huele ao, a roca volcánica [música] que lleva siglos bebiendo sol, mediterráneo a polvo de piedra caliza [música] que ninguna lluvia ha podido borrar del todo. Hay algo en ese olor [música] que no es solamente naturaleza, es tiempo. Es el olor del tiempo acumulado sobre sí mismo. Ahora, abre los ojos.

[música] Estás en el año 95 de nuestra era, en una isla del mar Ejeo, que los romanos llamaban Patmos y que los griegos [música] de estas costas conocían desde mucho antes, cuando era considerada tierra de los [música] dioses, menores de los espíritus del viento, una isla pequeña de unos 40 km² [música] con la forma de una media luna rota, como si el continente hubiera intentado aferrarse a ella y la hubiera soltado [música] a último momento, emerge violenta.

del mar, con colinas áridas que no superan los 280 m de [música] altura, cubiertas apenas por arbustos de salvia y tomillo silvestre, por [música] higueras retorcidas que encuentran agua donde nadie más puede. No hay ríos, [música] no hay fuentes abundantes. El agua dulce es un lujo que se negocia con el cielo y el cielo en el ejeo [música] es caprichoso, generoso en verano, solo con su luz brutal y tacaño con todo lo demás.

[música] Es aquí, en esta esquina olvidada del Imperio Romano, donde ha sido [música] desterrado el último sobreviviente, el último de los 12, el único [música] que no murió ejecutado y tal vez por eso el que cargaba con el peso más extraño de todos, el de seguir vivo cuando ya todos [música] los demás se habían ido. Su nombre es Johanan.

En griego Joanes, lo conocemos como Juan. tiene aproximadamente 90 años, aunque la certeza exacta de su edad se pierden. Los márgenes de los manuscritos del siglo io ha vivido lo suficiente para ver el nacimiento de algo que ninguna [música] filosofía antigua supo prever y lo suficiente para ver cómo ese algo era perseguido, quemado, devorado por el aparato más poderoso que [música] el mundo occidental había conocido hasta entonces.

ha vivido dicho de otra manera, más de lo que cualquier hombre de ese siglo [música] tenía derecho a esperar. Y esa longevidad que en otras circunstancias [música] sería una bendición sin matiz. En el contexto del siglo iero [música] era también una forma de herida. Era la herida del que queda, del que recoge los muertos, del que aprende una y otra vez a seguir [música] caminando después de otro entierro, pero aún no ha visto.

La última escena de la historia que [música] ha estado viviendo. Esa está por llegar y llegará desde el último lugar donde cualquier [música] mente racional esperaría encontrarla para entender lo que significaba [música] Patmos en el año 90. Y cinco, hay que entender primero lo que significaba Domiciano.

Tito Flavio, domiciano, [música] era el undécimo emperador de Roma, hijo de Vespasiano, hermano del breve y glorioso [música] Tito, había llegado al poder en el año 80 y uno de nuestra era, y en sus primeros años mostró señales de un gobierno [música] competente, incluso de cierta eficiencia administrativa. Pero la historia tiene una manera cruel de [música] revelar el interior de los hombres cuando el poder absoluto se asienta demasiado tiempo.

En sus manos, Domiciano comenzó a exigir [música] ser llamado Dominus Eddeus, Señor y Dios, un título que no era una hipérbole política, [música] sino una declaración teológica deliberada. quería ser [música] adorado. Y cuando un hombre con legiones a su disposición quiere ser adorado, los que no se arrodillan pagan [música] un precio que no tiene apelación.

Los cristianos no se arrodillaban, no podían, [música] no porque fueran tercos o políticamente desestabilizadores, aunque Roma los acusara de ambas cosas, sino porque en su teología el título Señor y Dios [música] ya estaba ocupado y por alguien que había muerto y resucitado en Jerusalén. 60 y 2 años [música] antes ese conflicto tan simple de enunciar y tan devastador en sus consecuencias es el hilo [música] que conecta la pretensión de Domiciano con la roca de Patmos, donde Juan [música] escribía la persecución de Domiciano,

fue diferente a la de Nerón. Nerón había quemado cristianos en [música] los jardines de Roma como antorchas vivientes, una brutalidad viseral y teatral. [música] En su horror domiciano, fue más sistemático, más burocrático, más moderno en su crueldad promovió la delación, convirtió [música] el rechazo al culto imperial en un crimen de traición al Estado.

El crimen de [música] mayestas, con todas sus consecuencias jurídicas, para muchos la pena era la muerte para otros. El exilio y el exilio en la escala romana [música] de castigos era considerado oficialmente una forma de misericordia. Era una misericordia [música] envenenada Damnatio. Ininsulam se llamaba formalmente [música] la condena a una isla.

Roma tenía varias de estas islas prisiones esparcidas por el Mediterráneo, elegidas [música] no al azar, sino con una lógica perversa, suficientemente inhóspitas para que la vida fuera dura, suficientemente [música] lejos para que el condenado no pudiera ejercer influencia y suficientemente accesibles para que las autoridades locales pudieran vigilar que el prisionero no escapara ni generara nuevos [música] conflictos patmos.

Cumplía todos estos criterios con una perfección casi arquitectónica. Flavio Filóstrato, el biógrafo griego del siglo [música] segundo, describe las islas de condena de Ejeo como lugares donde el imperio guardaba a sus enemigos intelectuales, [música] a los filósofos inconvenientes, a los predicadores peligrosos.

No los mataba porque matarlos los convertía [música] en mártires, los relegaba, los silenciaba por distancia. Ahí estaba [música] el cálculo romano. Lo que Roma no había calculado era que en Patmos el silencio tiene una [música] calidad diferente. En Pazmos el silencio habla, detente un momento en el cuerpo de este hombre, no en su espíritu [música] todavía.

No en su teología, no en los textos que escribiría, en su cuerpo, en su carne vieja y resistente. Juan había nacido probablemente [música] en la región de Galilea, en una familia de pescadores del lago de Genesaret. [música] Su padre Cebedeo era, según los detalles, que el texto evangélico deja escapar casi sin querer un hombre de posición económica suficiente, como para tener jornaleros asalariados [música] en su barca.

No era un indigente ni un marginal, era un trabajador [música] del mar con recursos, lo que en la economía del siglo i primero significaba que Juan había crecido conociendo el trabajo físico en toda su dureza, el peso de las redes mojadas, [música] que entre 14 y 20 kg, cuando venían llenas el olor a pescado incrustado en la piel, que ningún agua podía limpiar del [música] todo los brazos que se volvían de madera con los años de remar contra la corriente [música] antes del amanecer, Ese cuerpo formado en el Génesis había

Read More