Durante años, millones admiraron a Raúl Velasco frente a las cámaras, pero hoy salen a la luz secretos oscuros que podrían explicar el misterioso precio que pagó por la fama
Esa imagen, la del cantante esperando con las manos sudadas le gustó. le gustó demasiado. Para finales de los 70, ya nadie en la industria hispana de la música se atrevía a sacar un disco sin pasar antes por su escritorio. Y dicen que dentro de ese escritorio había una libreta negra, pequeña, encuadernada en piel, que sus colaboradores más cercanos sí llegaron a ver y muy pocos se atrevieron a tocar.
Adentro, según versiones recogidas por varios productores que trabajaron con él, había dos columnas. En una iban los nombres de los artistas que entraban al programa, en la otra los nombres que jamás iban a pisar el estudio sin importar el talento que tuvieran. Esa libreta sigue desaparecida hoy, casi dos décadas después de su muerte.
Antes de que termine este video, vas a entender exactamente lo que estaba escrito dentro. y lo que les hizo a las personas que tuvieron la desgracia de aparecer en la columna equivocada. Porque la primera persona que sintió de verdad el peso de esa libreta no fue un artista veterano de los años 60, fue una niña de 14 años con voz de adulta que no entendía dónde se estaba metiendo.
Se llamaba Yuridia Valenzuela Cansecoo. En su casa de Veracruz le decían simplemente Yuri. Había nacido el 6 de enero de 1964 en un puerto donde el calor pega tan fuerte que la voz de una niña se vuelve adulta antes de los 10 años. Empezó a cantar profesionalmente a los 12 dentro de un grupo familiar llamado Los hermanos Valenzuela.
Antes de cumplir los 14, ya tenía un disco grabado y los ojos de medio Veracruz, mirándola subir al escenario los fines de semana. Pero el salto que la sacó de un puerto del Golfo y la sentó delante de toda la televisión mexicana no lo dio ella, lo dio Raúl Velasco. En algún momento de 1978, una grabación de la niña cantando llegó al escritorio del conductor, según contó después uno de los productores que trabajó dentro de siempre en domingo.
Durante esa época, cuando Velasco escuchó esa voz, hizo dos llamadas seguidas. La primera para confirmar que la niña todavía no tenía un manager fuerte protegiéndola. La segunda, para mandar a alguien a Veracruz a buscar a la madre. Y aquí empieza algo que la mayoría de la gente nunca quiso conectar. La madre de Yuri, Dulce Canseco, llegó a Ciudad de México con una pistola dentro del bolso y dicen que la cargó durante años sin separarse de ella ni un solo día, mientras su hija estaba al lado de Raúl Velasco.
La frase exacta de Yuri, pronunciada en 2022, casi 40 años después de aquellos primeros viajes a Televisa, fue esta. Don Raúl Velasco fue como un padre para mí. Y además mi mamá cargaba pistola. Lo soltó entre risas durante una entrevista grabada para un programa mexicano cuando una reportera le preguntó por los viejos rumores de una relación inapropiada entre ella y el conductor.
Yuri se ríó. La reportera no se ríó y el clip de esa entrevista todavía circula en las redes sociales mexicanas porque hay algo en la forma en que ella suelta esa frase. Mitad chiste, mitad confesión, que la gente percibe sin necesidad de explicación. Esa frase cuenta dos cosas al mismo tiempo.
La primera, que durante años hubo motivos suficientes para que una madre cargara pistola al lado del hombre más poderoso de la televisión mexicana. La segunda y más perturbadora, que Yuri nunca explicó qué motivos eran esos. En septiembre de 1979, con 15 años recién cumplidos, Yuri fue elegida representante de México en el festival OTI de la canción.
El certamen más importante de música popular en español de toda esa década. Lo decidió un jurado y dentro de ese jurado estaba sentado el hombre que ya la había metido a su programa, que ya la había convertido en figura nacional y que ya tenía control absoluto sobre lo que la niña podía cantar en televisión.

Raúl Velasco. Yuri ganó la eliminatoria nacional. Su carrera explotó. A partir de ese momento empezó a aparecer en siempre en domingo casi cada 15 días. Sus discos se vendían en todo el continente. Y la pregunta que nadie hizo en voz alta durante los años 70 y 80 empezó a flotar por los pasillos de Televisa como un olor que nadie quería nombrar.
¿Por qué Velasco la cuidaba tanto? Y aquí aparece el primer objeto físico de esta historia que vas a tener que guardar en la cabeza porque existe una fotografía tomada en el cumpleaños número 15 de Yuri, dentro de un salón privado del hotel Camino Real de la Ciudad de México, donde Raúl Velasco aparece de pie detrás de ella con una mano apoyada sobre el hombro de la niña.
Esta foto fue publicada en una revista mexicana en 1979 y después desapareció de circulación. Nadie sabe dónde está el negativo original, pero la imagen sigue rondando en algunos archivos privados y cuando la ves en alta resolución entiendes por qué nunca volvió a salir publicada en una emeroteca pública. La cara de la madre de Yuri en esa foto sentada al otro lado de la mesa es la cara de una mujer que sabe que algo no está bien.
Durante los siguientes 6 años, mientras Yuri pasaba de los 15 a los 21, Velasco la mantuvo dentro de un círculo profesional muy estrecho. Eligió a sus productores, aprobó sus giras, decidió qué canciones podía interpretar en Siempre en domingo y cuáles no. era el padrino oficial de la cantante más joven de Televisa y eso lo tenía cómodo porque le permitía construir la versión pública de una relación de mentora discípula, la versión limpia, la que se podía contar.
Pero los productores de planta del programa empezaron a notar cosas. Velasco entraba al camerino de Yuri sin tocar la puerta. Se quedaba ahí más tiempo del razonable. salía con la sonrisa apretada y la madre de Yuri, con su bolso siempre cerrado y siempre pesado, se sentaba en una silla a un metro del camerino y no se movía durante horas.
Esa imagen de la madre vigilando como un guardia armado fue normalizada por todos los que trabajaban en el programa. Nadie preguntaba, nadie comentaba. Era simplemente cómo funcionaban las cosas alrededor de la niña. Yuri no fue la única niña que Velasco marcó con esa P en rojo dentro de su libreta. Hubo otra, una niña que en 1984 tenía 14 años recién cumplidos, originaria de Ciudad de México y que llegó al programa por mano del productor Luis de Llano.
Se llamaba Lucero Jogaza León. En cámara la presentaron como Lucerito. Lucerito era hija de una familia con conexiones dentro del medio, lo que en teoría debía protegerla del trato que recibían las recién llegadas sin padrinos. Pero según contaron dos exempleados del programa, Velázco la incluyó dentro del mismo sistema de supervisión cercana que aplicaba a Yuri.
La diferencia con Lucerito fue que la madre, lucero o Gasa, no cargaba pistola dentro del bolso. Cargaba algo más útil para la época, cargaba abogados. Esa fue, según los mismos exempleados, la única razón por la que Lucerito salió de aquellos años sin convertirse en una sombra. Su madre puso reglas durísimas, exigió presencia constante en cada grabación y prohibió cualquier camerino compartido con personal masculino del programa.
Se aseguró de que en cada gira y en cada disco hubiera un contrato firmado por adelantado con cláusulas específicas sobre el contacto físico permitido entre el conductor y la menor de edad. Velasco aceptó esas reglas porque no le quedó otra opción y según contó después un productor que trabajó esa temporada dejó de hablar bien de Lucerito a partir de 1985 la presentaba con menos entusiasmo.
La sacaba al final del programa, lejos de los momentos de mayor audiencia y cuando Lucerito creció ya con 20 años dejó de invitarla con regularidad. La carrera de lucero se construyó después casi enteramente fuera de siempre en domingo. Y según contó la propia cantante en una entrevista de 2019, una de las decisiones más importantes que tomó su madre en aquellos años fue una que nunca le explicó del todo, la decisión de retirarla del programa antes de cumplir los 18.
Y ahora viene lo que casi nadie sabe, porque la verdadera razón por la que Yuri nunca habló de Velasco en vida del conductor no fue gratitud ni cariño. Fue otro tipo de cosa mucho más oscura y mucho más útil para él. Pero para entenderla, primero tienes que ver lo que Velasco les hacía a quienes no se dejaban controlar como Yuri.
Porque al mismo tiempo que cuidaba a una adolescente con voz prodigiosa, Velasco estaba destruyendo a otra figura de la televisión mexicana con la misma cantidad de poder, a un hombre que no había hecho nada malo, a un hombre cuyo único error fue tener más rating que él en horario familiar. Ricardo González Gutiérrez, más conocido como Cepillín.
Cepillín era el payaso más famoso de México durante los años 70 y principios de los 80. Su programa infantil transmitido por Televisa, El show de Cepillín, tenía bloques que en algunos domingos llegaban a superar el rating del propio Siempre en domingo. Padres y abuelos en toda Latinoamérica conocían sus canciones de memoria y eso para Raúl Velasco era inaceptable.
Cepillín contó muchos años después en una entrevista que dio antes de morir en marzo de 2021, que Velasco habló personalmente con Emilio Azjárraga Milmo para pedir que el programa del payaso saliera del aire. Lo hizo con dos argumentos. El primero, que el formato infantil no encajaba con la nueva línea de la cadena.
El segundo, mucho más honesto, que un payaso pintado no podía tener más audiencia que el programa Estrella del Domingo Familiar. Azcárraga le hizo caso. Cepillín fue sacado de la programación de Televisa en menos de un mes. Durante los siguientes 3 años, según contó él mismo y según versiones recogidas por varios periodistas de espectáculos de aquella década, no consiguió contratos importantes en ninguna cadena nacional mexicana.
tuvo que mudarse a Estados Unidos a trabajar en circos pequeños y eventos privados para familias mexicanas emigradas que todavía recordaban sus canciones. Su voz seguía siendo la misma, su pintura seguía siendo la misma. Lo que había cambiado era un nombre en una libreta negra que estaba dentro de un escritorio en avenida Chapultepec.
Cepillín guardó hasta el día de su muerte dos hojas escritas a mano por su entonces representante. Dos hojas con la versión exacta de lo que se le dijo en aquella conversación telefónica con un ejecutivo de Televisa. Las enseñó a un solo periodista en privado en 2019. Y vamos a volver al contenido exacto de esas dos hojas más adelante en este video, porque lo que dicen explica todo el sistema que Velasco montó durante 29 años.
Pero hablar de Cepillín como víctima individual sería quedarse corto porque la libreta negra no contenía solo el nombre del payaso, tenía decenas de nombres y la mecánica de cómo entraban ahí era siempre la misma. El primer filtro era ideológico. Si tu música no encajaba en la idea que Velasco tenía de lo que debía ser una familia latina decente, quedabas afuera.
Esa fue la razón oficial por la que en 1985 se negó a presentar al grupo Boquitas Pintadas, el primer proyecto del productor Sergio Andrade, donde cantaba una adolescente que después sería una de las cantantes más famosas del idioma español. Gloria Trevi. Velasco vio el video promocional del grupo.
Le pareció obseno y según contaron varios productores que estaban en la reunión donde se discutió el caso, soltó una frase que se les quedó grabada. Esas niñas parecen prostitutas adolescentes y yo no voy a llevar prostitutas adolescentes a la sala de las casas mexicanas. Boquitas pintadas no entró al programa. La carrera del grupo nunca despegó y solo años después, cuando Trevi explotó como solista, Velasco se vio obligado a presentarla con la sonrisa apretada y los puños cerrados detrás del atril.
El segundo filtro era estético. Si tu imagen no le gustaba personalmente, te humillaba en vivo o te dejaba fuera. Velasco fue el hombre que llamó gorila a Lupe Esparza, vocalista del grupo Bronco, en plena despedida del grupo más exitoso del norte de México. Lo dijo en cámara, en directo, delante de millones de personas.
Lo dijo con una sonrisa que pretendía hacer broma. La cara de Lupe Esparsa al recibir el insulto fue una de las pocas veces que se vio a un cantante mexicano contener las ganas de soltar un golpe sobre un atril. El tercer filtro era el del cuerpo de las mujeres. Y aquí está la primera revelación grande de este video, porque dentro de la libreta negra de Raúl Velasco había un sistema organizado en tres categorías, cada una marcada con una letra al margen de la página y solo dos personas dentro de Televisa conocían el código. Las letras eran C, D y P. La
C significaba controlable. La D, desechable, la P, una sola letra que define mejor que cualquier biografía quién fue Raúl Velasco lejos de las cámaras. La PE significaba posible y al lado de cada nombre con una PE escrita en rojo, había una edad. Nunca un apellido, nunca un domicilio, solo el nombre de pila y una cifra, la edad de la artista.
Esa libreta, según los dos productores que llegaron a verla con sus propios ojos, contenía nombres femeninos de cantantes y modelos, todas menores de 18 años, etiquetadas con esa P en rojo. Y a partir del momento en que un nombre aparecía en esa columna, esa persona quedaba bajo lo que Velasco llamaba personalmente supervisión cercana.
Esa era su forma de decir que iba a estar en sus programas, en sus giras, en sus camerinos y en sus reuniones privadas hasta cumplir la edad legal en la que las decisiones empezaban a contar legalmente. Duri fue una de las P. Pero hay algo más y esto es lo que sostiene todo lo que vas a escuchar a partir de ahora, porque la libreta no fue la única evidencia física que existió del sistema de Velasco.
Hubo una segunda cosa, un documento médico fechado en septiembre de 1996, 2 años antes de su trasplante de hígado, donde un médico de su confianza absoluta escribió en la primera línea una frase que explica por qué el cuerpo de Velasco empezó a pudrirse exactamente cuando se pudrió. Una frase que su familia se llevó a la tumba con él.
Y vamos a volver a ese documento antes de que termine este video. Volviendo a la libreta, su poder no estaba solo en los nombres, estaba en el silencio que producía a su alrededor, porque dentro de Televisa todo el mundo intuía que existía, pero nadie quería ser quien la nombrara. Y ese silencio fue durante casi 30 años el oxígeno que mantuvo viva la maquinaria hasta que la maquinaria empezó a comerse a sus propios invitados delante de las cámaras.
Y aquí es donde tienes que prepararte. Porque lo que Velasco hacía dentro de su programa durante los años 80 y 90 en vivo con público mexicano viendo desde casa, fue cruzando todas las líneas que un conductor de televisión familiar había cruzado nunca hasta entonces. Y dos de esos momentos quedaron grabados en cinta de video.
Y antes de meterte en lo que ocurrió en Chile en 1992, hay un detalle de fondo sobre Verónica Castro. que casi nadie cuenta y que explica por qué su reacción aquella noche fue tan viseral. Porque Verónica no era una madre cualquiera viendo a su hijo en televisión. Era una mujer que llevaba 20 años trabajando bajo las reglas de Raúl Velasco.
Lo había conocido en 1974 cuando era una joven actriz de telenovelas que apenas empezaba a sacar disco y Velasco, según contaron varios productores de la época. la marcó desde el primer día con la categoría que él reservaba para mujeres que combinaban belleza, talento musical y un público que rebasaba el de cualquier hombre adulto del programa.
La marcó con una C controlable. Durante 15 años, Verónica obedeció esa C disciplina. aparecía en siempre en domingo cuando se le pedía, cantaba lo que le sugerían y le sonreía a Velasco con la misma sonrisa profesional que él exigía. A cambio, su carrera musical se mantuvo dentro de los rangos permitidos por la cadena. Lo que Verónica no esperaba era que el día en que su propio hijo entrara al programa, Velasco aprovechara la oportunidad para recordarle en directo y delante de millones de personas, quién seguía mandando dentro del estudio. Por
eso, esa noche en Chile, cuando vio a Cristian llorando en el suelo y a Veláz corriéndose, Verónica entendió que la s de su nombre nunca se había borrado del todo y reaccionó con la única fuerza que le quedaba después de 15 años de sonrisa apretada, la que da a una madre que entiende demasiado tarde que el hipnotista en escena estaba ahí por ella tanto como por su hijo.
El primero ocurrió en 1992 durante un programa especial de Siempre en Domingo, transmitido en vivo desde Chile. Esa noche estaba como invitado un cantante muy joven, hijo de una de las actrices más famosas de Televisa, que llevaba apenas un año intentando construir una carrera musical propia. Se llamaba Cristian Castro.
Tenía 19 años y su madre, Verónica Castro estaba sentada entre el público. Velasco había contratado para esa noche a un hombre llamado Tony Camo. Tony Camo era un hipnotista mexicano que aparecía en el programa de vez en cuando para hacer trucos de su gestión con los invitados. La fórmula consistía en hipnotizar a una figura conocida y hacerle creer durante unos minutos que era otra persona o que estaba en otro lugar o que tenía la edad de otra época de su vida.
El público se reía. Los invitados normalmente se prestaban con buena cara y el segmento llenaba 20 minutos de programa. Esa noche, Velasco le pidió a Tony Camo que hipnotizara a Cristian Castro. Cristian aceptó. Camo lo dejó en trance en menos de un minuto y entonces Velasco le susurró al hipnotista una instrucción específica.
La instrucción exacta, según el productor de planta del programa que estuvo en cabina esa noche, fue esta. Hazle creer que tiene dos años, que su mamá no le ha dado el biberón, que necesita que ella lo cargue. Tony Camo siguió la instrucción. Cuando Cristian Castro despertó del trance hace ahora más de 30 años, se le aflojó la cara, se le cayó la mandíbula y empezó a llorar como un bebé recién nacido.
Buscó con la vista al público, encontró a su madre, se dejó caer al suelo, se arrastró sobre las rodillas hasta el borde del escenario y le tendió los brazos a Verónica Castro pidiendo biberón. Verónica Castro en cabina, según testigos que estaban con ella, miró a Raúl Velasco a los ojos y le dijo en voz baja una frase que solo escucharon tres personas.
Te voy a matar. ¿Cómo es posible que hagas esto? No puede ser tan rápido así. Velasco se rió. le dio una palmada a Tony Camo en el hombro y la cámara mostró a Cristian Castro llorando en el suelo durante casi dos minutos enteros sin que nadie pidiera al hipnotista que lo sacara del trance. Cuando finalmente lo sacaron, Cristian se levantó confundido, con la cara manchada de lágrimas y Velasco le preguntó delante del público si había dormido bien.
Cristian Castro tardó años en hablar públicamente de aquella noche. Cuando lo hizo, en una entrevista de 2007, ya con Velasco muerto, lo describió con dos palabras. Fue cruel. Pero esa noche en Chile no fue la única vez que Velasco usó el cuerpo de un invitado para divertir a su audiencia. En 1993, en Ciudad de México, durante un programa transmitido en vivo, el grupo español Lo comía se presentaba con una formación nueva después de un cambio de integrantes.
Una parte del público, dos filas de jóvenes mujeres entre 16 y 20 años, comenzó a abuchear durante la actuación. No abucheaban al grupo, abucheaban el reemplazo de los integrantes originales, que eran sus ídolos. Una de ellas levantó el pulgar hacia abajo y la cámara la captó en cuadro. Velasco interrumpió el programa.
Caminó hacia la cámara con la cara endurecida y delante de millones de personas en directo, sin avisar a producción, sin que estuviera en el guion, soltó esta frase: “Si no te gusta lo que ves, ahí están las puertas del estudio. No estás obligada a quedarte y nosotros tampoco estamos obligados a aguantarte.” Las jóvenes salieron del estudio escoltadas por seguridad.
La cámara las siguió hasta la puerta. Velasco continuó con el programa con una sonrisa de satisfacción que sus propios productores describieron después como asquerosa. Y este es el detalle que la mayoría de la gente nunca recuerda, porque mientras esas jóvenes eran sacadas del estudio, dentro de la cabina técnica de siempre en domingo había un productor que llevaba 10 años trabajando con Velasco.
Ese productor que después dejaría Televisa y abriría una agencia de representación artística propia, contó que esa noche vio algo dentro de la oficina del conductor que le revolvió el estómago. Vio a Velasco apuntar el nombre de una de las jóvenes en su libreta negra. No el de la que había levantado el pulgar, el de otra, una que había aplaudido a lo comía con demasiado entusiasmo durante el primer corte.
Esa joven, según el mismo productor, recibió una invitación para conocer al conductor en privado dos semanas después. El productor se fue de Televisa al año siguiente y se llevó consigo el recuerdo de esa libreta como una piedra dentro del bolsillo durante el resto de su vida profesional.
Pero las humillaciones públicas de Velasco no se quedaban solo en los invitados desconocidos. Tocaba también a las figuras más grandes de la música hispana y nunca con la misma palabra dos veces, porque parte del placer estaba en encontrar el insulto nuevo para cada caso. Atalía la humilló por su ropa. Una tarde de domingo en 1991, cuando la cantante apenas tenía 20 años, Velasco la presentó al público con una sonrisa amplia.
Después la miró de arriba a abajo y soltó delante de toda la audiencia esta frase. Este vestido que traes ahora sí corresponde a una niña joven y bonita. Ya te quitaron lo que te habían puesto antes. Talía sonrió porque no le quedaba otra. Pero en sus memorias publicadas años después escribió que esa fue la primera vez en su carrera que tuvo ganas de bajarse del escenario y no volver nunca.
A Isabel Lascurain, vocalista del grupo Pandora, la presionó durante meses para bajar de peso. Le dio un plazo, le dijo cuántos kilos. Le advirtió que si no llegaba al peso fijado no entraría más al programa. Isabel Laskurin confesó en 2018 que esa presión la llevó a una etapa de bulimia que la acompañó durante años y que la voz de Velasco, repitiendo la cifra de kilos, seguía sonando en su cabeza cada vez que se subía a una báscula.
A Joan Sebastian, el cantante de música regional más respetado de su generación, lo presentó en varias ocasiones con comentarios sobre su forma de vestir, sobre la altura de su sombrero y sobre la pinta de campesino de sus músicos. Joan Sebastian no respondió en vivo, pero después de su segunda aparición dejó de aceptar invitaciones a siempre en domingo durante casi 4 años y cuando un periodista le preguntó la razón, contestó con una sola frase.
Hay gente con la que uno no quiere compartir escenario, aunque ese escenario sea el más importante del país, pero las humillaciones públicas no fueron lo más oscuro que Raúl Velasco hizo dentro del programa durante los años 80. Hubo un episodio en septiembre de 1985 que mostró otra cara mucho menos comentada del conductor.
Una cara que solo los productores históricos de Televisa han contado en privado. El 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 de la mañana un terremoto de magnitud 8,1 destruyó parte del centro de la Ciudad de México. Murieron, según las cifras oficiales conservadoras, más de 10,000 personas. Decenas de edificios cayeron en cuestión de minutos.
La capital quedó paralizada durante semanas y la televisión mexicana durante varios días seguidos dedicó toda su programación a transmitir el rescate de víctimas y la recolección de ayuda humanitaria. Siempre en domingo no se canceló. Velasco insistió en mantener el programa al aire ese siguiente domingo, el 22 de septiembre, con el argumento de que la gente necesitaba ver algo bonito después de la tragedia.
Lo que no contó en cámara fue lo que ocurrió en la reunión de producción previa. Varios productores propusieron dedicar el programa entero a un homenaje a las víctimas sin números musicales, sin espectáculo, solo con testimonios y silencio. Velasco se negó al homenaje. Insistió en presentar cantantes y en mantener la estructura habitual del programa con cortes a publicidad incluidos.
Y según contó después uno de esos productores, soltó dentro de la sala una frase que se les quedó grabada. Las tragedias se pasan rápido, los programas no. El especial salió al aire ese domingo con números musicales, aplausos del público y los comerciales habituales. Velasco lo presentó con la misma sonrisa de siempre y en el segmento final del programa, después de presentar a cinco cantantes seguidos, dedicó 30 segundos a las víctimas del terremoto antes de dar paso a un anuncio de detergente para ropa.
Esa fue para muchos de sus colaboradores la primera prueba seria de que la persona que ofrecía la cámara los domingos por la tarde estaba muy lejos de coincidir con quien tomaba las decisiones en la sala de producción los lunes por la mañana. Y la diferencia entre las dos versiones del mismo hombre se ensanchó con el paso de los años hasta volverse, para los pocos que la veían de cerca, una grieta imposible de cubrir con maquillaje.
Y aquí viene la parte que cambia todo lo que has visto hasta ahora. Porque mientras Velasco humillaba a las figuras más grandes del idioma español delante de las cámaras, dentro de su propio cuerpo había algo que llevaba creciendo en silencio desde mediados de los años 80. Algo que un médico de su confianza absoluta detectó en una analítica rutinaria, algo que él decidió ocultar a su familia, a su productora, a Televisa y a sí mismo durante más de una década, hasta que ese algo lo derrumbó delante del país entero. Lo que vino después fue
peor de lo que cualquier humillación que él hubiera repartido. que Raúl Velasco, el hombre que decidía qué cuerpos podían aparecer en televisión y cuáles no, empezó a perder el suyo en directo y la gente lo notó. A mediados de 1995, los espectadores más atentos de siempre en domingo empezaron a comentar entre ellos que el conductor estaba más delgado, que tenía la piel más amarilla bajo el maquillaje, que se cansaba antes durante el programa, que pedía cortes a comerciales más frecuentes de lo habitual. La productora de planta del
show, según contaron después dos exempleados de Televisa, recibió instrucciones específicas de aplicar más base de maquillaje en la cara de Velasco antes de cada transmisión, especialmente debajo de los ojos y especialmente en el cuello. Lo que estaba pasando dentro de su cuerpo era hepatitis C en fase ya avanzada.
La versión oficial repetida durante décadas por la prensa mexicana y por la propia familia Velasco es que el contagio ocurrió por una transfusión de sangre. Esa transfusión, según esa misma versión, habría ocurrido a principios de los años 80 durante una operación quirúrgica y el virus habría permanecido latente durante años antes de empezar a dañar el hígado.
Esa es la versión oficial, la que se publicó en los periódicos, la que se repitió en cada nota necrológica después de su muerte. Pero esa versión tiene un problema, porque ningún periodista en ningún momento, durante ninguna entrevista hecha entre 1998 y 2006 le pidió a Velasco que diera la fecha exacta de esa transfusión. Ningún expediente médico publicado menciona el nombre del hospital donde supuestamente ocurrió la operación.
Y la única persona que podía haber confirmado el origen de la enfermedad, su médico personal de los años 80, murió en 1999 sin dejar declaración escrita. Lo que sí dejó, según versiones recogidas por dos periodistas mexicanos que cubrieron Televisa durante esos años, fueron tres líneas escritas a mano en una hoja amarilla.
Esas tres líneas son el segundo objeto físico que vas a tener que recordar. Decían algo que la familia Velasco se ha negado a mostrar públicamente desde el año 2007. Y lo que dicen, según las versiones que han llegado hasta hoy, recontextualiza por completo cómo y por qué Velasco empezó a enfermarse, cuando empezó a enfermarse.
Vamos a volver a ese papel amarillo más adelante. Por ahora basta con saber que cuando Velasco descubrió en septiembre de 1996 que el daño hepático era irreversible y que necesitaría un trasplante para sobrevivir, hizo algo muy específico esa misma tarde. Salió directo a su oficina, cerró la puerta con llave, sacó la libreta negra del cajón superior del escritorio y rompió físicamente las páginas más comprometedoras con sus propias manos.
No las quemó, las rompió en pedazos pequeños y las metió dentro de un sobre que selló con cinta adhesiva. Ese sobre, según contó después un asistente personal que trabajó con él entre 1996 y 1998, quedó guardado dentro de la caja fuerte de su despacho durante los siguientes dos años y desapareció exactamente la semana en que Velasco fue ingresado para el trasplante.
Nadie sabe quién lo movió, nadie sabe a dónde fue y nadie ha querido preguntarlo en voz alta. El trasplante ocurrió el 4 de febrero de 1998 dentro del Thomas Starsel Transplantation Institute de la ciudad estadounidense de Pittsburg. Ese centro era el mismo donde el doctor Thomas Starsel había realizado dos décadas antes los primeros trasplantes de hígado exitosos de la historia moderna.
El procedimiento de Velasco duró 12 horas. El equipo que lo operó estaba compuesto por nueve profesionales y según los registros que la familia compartió con la prensa mexicana después de la cirugía, el donante había sido un agente de policía estadounidense fallecido en acto de servicio. Dos días antes en una ciudad cercana a Filadelfia.
La familia de ese agente nunca conoció el nombre del receptor. La información del donante fue dada con orgullo por la familia Velasco, como prueba de la calidad del procedimiento y como agradecimiento al sistema médico norteamericano. Lo que no se contó en aquellos comunicados es que Velasco, durante las primeras 72 horas posteriores a la cirugía sufrió dos episodios de rechazo agudo que estuvieron a punto de matarlo y que el equipo médico tuvo que aumentar la dosis de inmunosupresores hasta niveles que dejaron al paciente
vulnerable a cualquier infección durante los siguientes 6 meses de su vida. La enfermera mexicana de guardia esa madrugada contó muchos años después un detalle muy específico del segundo episodio de rechazo. A las 4:18 de la mañana del 6 de febrero de 1998, el monitor cardíaco soltó la alarma de paro. El equipo de guardia entró corriendo a la habitación.
Velasco tenía la piel del color del azufre, los pómulos hundidos contra los huesos del cráneo y un hilo de sangre escurriendo por la comisura del labio derecho. El médico residente clavó la jeringa de adrenalina directamente sobre el pecho del paciente, atravesando la grasa hasta llegar al músculo. Y según contó esa enfermera muchos años después, Velasco abrió los ojos durante un segundo entero antes de volver a perder la conciencia.
La miró fijamente y movió los labios sin sonido, formando con la boca claramente una sola palabra que ella reconoció en español. Yuri, lo que no se dijo es lo siguiente. Velasco, al despertar del trasplante, según contó la enfermera mexicana, que estuvo de guardia esas primeras 72 horas en cuidados intensivos, lo primero que pidió cuando recuperó el habla fue un teléfono.
Llamó a una sola persona y no fue a ninguno de los nombres que cualquiera habría esperado en ese momento. Llamó a Yuri. La llamada duró 8 minutos. La enfermera estaba en la habitación y escuchó solo el lado de Velasco. No entendió nada concreto porque Velasco hablaba bajo, casi en susurros. Pero antes de colgar, según contó esa enfermera, muchos años después, Velasco lloró.
lloró durante un minuto entero apretando el teléfono contra el oído y después le pidió perdón a la persona que estaba al otro lado. Yuri nunca ha confirmado esa llamada, pero tampoco la ha negado. A partir de ese momento, la vida pública de Raúl Velasco entró en una espiral descendente que no se detendría hasta el día de su muerte, 8 años después.
En 1998, pocos meses después del trasplante, anunció su retiro definitivo de la conducción de siempre en domingo. La razón oficial fue motivos de salud. La razón privada, según contó después uno de sus productores históricos, fue otra y mucho más oscura. Velasco había recibido dos meses antes del anuncio una llamada de Emilio Azcárraga, hijo del tigre y nuevo dueño de Televisa después de la muerte del padre en abril de 1997.
La llamada fue corta. Azcárra Gayan le comunicó que el programa entraba en una revisión de formato, que la cadena necesitaba renovar su línea editorial para una nueva generación de audiencia. que siempre en domingo, después de 29 años en el aire, dejaría de existir en su forma actual. El gesto oficial usó la palabra jubilación.
Dentro de Televisa todo el mundo sabía que era un despido en cámara lenta y la diferencia entre las dos cosas para un hombre que había construido todo su poder alrededor de un solo programa era humillante. Y este es el momento en que Velasco entendió por primera vez en su vida lo que sentían los artistas a los que él había sacado de circulación durante décadas.
La diferencia es que él no podía protestar, no podía denunciar y no podía publicar una carta abierta porque el hombre que firmaba su despido era el hijo del hombre que durante 30 años le había permitido reinar sin freno. El último programa de Siempre en Domingo salió al aire el 19 de abril de 1998. Velasco se despidió con una sonrisa profesional y con los ojos secos.
Detrás de cámaras, según contó una de las maquillistas que trabajó esa última jornada, estuvo 3 horas encerrado en su camerino antes de salir. No habló con nadie ni comió. Se quedó mirando la pared con la respiración lenta, como si esperara una respuesta que sabía que no iba a llegar. Su retiro físico empezó esa misma noche.
Compró una casa nueva en Acapulco, lejos del ruido de Ciudad de México y lejos de los pasillos de Televisa. reorganizó toda su vida alrededor de las visitas médicas, las dietas restrictivas y los medicamentos inmunosupresores que tenía que tomar el resto de su vida para que su cuerpo no rechazara el hígado nuevo.
Y empezó a recibir en esa casa de Acapulco visitas selectivas de artistas que durante años habían sido sus víctimas dentro del programa. Algunas de esas visitas, según contaron después familiares cercanos a Velasco, fueron incómodas. Dos cantantes que habían sido humilladas en directo durante los años 80 acudieron a verlo por separado y le dijeron a la cara lo que nunca habían podido decirle en cámara.
Ninguno de esos encuentros fue grabado, pero las versiones que se han filtrado coinciden en un detalle. Velasco escuchó sin discutir, bajó la cabeza y después de cada visita, según contó la mujer que llevaba la casa de Acapulco en esos años, pasaba horas sentado en el porche mirando el mar sin moverse. Algo se le estaba pudriendo por dentro, mucho antes de que le pudriera el hígado.
Y los pocos que lo vieron de cerca en esos últimos años lo notaron. Yuri, según versiones recogidas por una periodista mexicana que entrevistó a Velasco en 2004, fue una de las pocas figuras del espectáculo que mantuvo contacto regular con él durante su retiro. Lo visitó varias veces en Acapulco, le llevó discos nuevos, cantó para él en su sala y según esa misma periodista, en una de esas visitas, Velasco le entregó a Yuri un sobre cerrado con una sola instrucción.
Esto lo abres cuando yo ya no esté. Yuri se lo guardó y nunca ha contado que había dentro. Ese sobre es el tercer objeto físico de esta historia y vamos a entender su contenido aproximado antes del final. Pero el proceso de pudrirse en vida que Velasco había iniciado tenía además otra cara, una cara más pública que la prensa mexicana sí cubrió con cierto detalle durante los últimos años de su vida.
Cada vez que aparecía en algún homenaje o entrega de premios, los espectadores notaban que estaba más delgado, más amarillo, más callado. En 2002, durante una entrega de los premios de Vinovelas, la cámara lo enfocó durante apenas 3 segundos y los comentarios en la prensa de espectáculos al día siguiente fueron unánimes.
Velasco se está apagando. su esposa Dorita Espinosa de los Monteros, con quien estuvo casado durante más de 40 años, fue la última persona que lo cuidó. Era una mujer discreta, religiosa, que nunca apareció en pantalla y que durante décadas había aceptado el papel de esposa silenciosa del hombre más visible de la televisión latina.
Pero los pocos colaboradores que la trataron en los últimos años de Velasco describieron a una mujer agotada. Una mujer que había soportado en silencio cosas que nunca contó a nadie. Y aquí aparece el dato que más perturba a quienes conocieron de cerca a la familia Velasco. Porque en algún momento de 2004, Dorita encontró dentro del despacho de Acapulco un objeto que cambió la forma en que miraba a su marido durante los últimos dos años de su vida.
Lo que encontró no era la libreta negra. La libreta negra había desaparecido 6 años antes. Era un cuaderno distinto, un cuaderno más pequeño de tapas marrones, donde Velasco había escrito a mano durante los meses previos al trasplante de 1998. Y lo que había escrito ahí dentro, según contó muchos años después, una persona que sí llegó a leer algunas páginas.
Era una especie de confesión privada, una lista de cosas, una lista de nombres, una lista de momentos y un patrón. El patrón explicaba por qué su cuerpo había empezado a deteriorarse cuando se deterioró. explicaba quién era exactamente esa persona a la que llamó por teléfono 8 minutos después de despertar del trasplante y explicaba la única cosa que ningún periodista en ninguna entrevista había logrado nunca arrancarle a Raúl Velasco en 30 años de carrera pública porque nunca tuvo el valor de retirarse mucho antes. Dorita, según esa misma
versión, leyó tres páginas del cuaderno marrón. lo cerró, lo metió dentro de una caja fuerte personal en una habitación que solo ella usaba y no volvió a abrirlo jamás. Le dijo a una sobrina muchos años después, cuando Velasco ya había muerto, una sola frase para explicar lo que había hecho.
Si esto sale, mata a su madre, mata a sus hijos y mata el recuerdo de lo poco bueno que dejó. Y yo no estoy dispuesta a hacer eso. El cuaderno marrón sigue dentro de esa caja fuerte hoy, casi 20 años después de la muerte del conductor. Nadie de la familia ha vuelto a tocarlo y nadie de la prensa mexicana se ha atrevido a pedirlo. Porque hacerlo sería destrozar la imagen oficial de un hombre que para millones de personas todavía hoy representa la nostalgia familiar de los domingos.
Pero el silencio sobre ese cuaderno tuvo un precio físico y ese precio se lo cobró el cuerpo de Velasco gota a gota durante los últimos 24 meses de su vida. A finales de 2005, su hígado trasplantado empezó a fallar. Los médicos en Acapulco le explicaron que el rechazo crónico, esa condición silenciosa que afecta a una parte significativa de los pacientes trasplantados después de los primeros 5 años había llegado a un punto donde los inmunosupresores ya no eran suficientes.
Le ofrecieron entrar en lista para un segundo trasplante. Velasco se negó. Le dijo a los médicos que prefería irse antes que pedir al sistema un órgano más. Su hijo mayor contó después que esa decisión la tomó con una calma extraña, como si llevara meses esperándola. Los últimos meses de su vida fueron una bajada lenta hacia el silencio.
En septiembre de 2006 dejó de salir al porche. En octubre dejó de leer el periódico. En la primera semana de noviembre dejó de hablar más de tres frases seguidas. Dorita pasaba las mañanas leyéndole en voz alta pasajes de los evangelios. Velasco escuchaba con los ojos cerrados y a veces movía los labios siguiendo las palabras.
Sus hijos venían los fines de semana desde Ciudad de México y un sacerdote local pasaba dos veces por semana a darle la comunión. El 24 de noviembre, dos días antes de morir, llamó a su asistente personal de los últimos años y le pidió un favor concreto. Le dijo que abriera el cajón superior de su escritorio y que sacara un sobre cerrado.
El sobre estaba dirigido con su letra de los años jóvenes todavía firme a un nombre. Le pidió que lo mandara por correo el mismo día. El asistente miró el sobre, reconoció el nombre escrito en el exterior y obedeció sin preguntar. El sobre llegó a su destinataria 48 horas después. Llegó a una casa en Ciudad de México, donde vivía una cantante que en noviembre de 2006 tenía 42 años.
Una cantante que había empezado su carrera en Siempre en domingo siendo una niña de 14. Yuri. Y dentro del sobre, según una de las dos personas que llegaron a ver el contenido, había una sola hoja escrita a mano con seis líneas y una fotografía. La fotografía era una copia de aquella imagen del cumpleaños número 15 de Yuri dentro del hotel Camino Real, la que desapareció de las semerotecas, la que nadie más tenía.
Velasco había guardado el negativo durante 27 años. y se lo devolvió al final con seis líneas que no resumían nada y que lo explicaban todo al mismo tiempo. Nadie ha publicado el contenido exacto de esas seis líneas. Yuri no ha vuelto a hablar en público de Velasco desde la semana siguiente a recibir el sobre y la única vez que una reportera le preguntó si seguía guardando esa hoja en una entrevistas de 2014, Yuri se quedó callada durante 6 segundos completos antes de responder.
Su respuesta fue esta. Algunas cartas se guardan no para abrirlas, sino para asegurarse de que nadie más las abra. La verdad de Raúl Velasco, esa verdad que se pasó 30 años cuidando con la libreta negra, con la pistola de la madre de Yuri, con los vetos a Cepillín, con las humillaciones a Cristian Castro, con los insultos a Talia y a Trevi.
Esa verdad que su cuerpo cobró cada día en forma de un hígado que se descomponía mientras él dormía. Terminó cabiendo en seis líneas manuscritas que cruzaron el país en un sobre dos días antes de su muerte. A las 7:30 de la mañana del 26 de noviembre de 2006, un domingo, Raúl Velasco abrió los ojos por última vez dentro de su habitación en Acapulco.
Tenía la piel del color del cobre oxidado. Tenía el cuerpo hinchado por la retención de líquidos. Tenía los labios cortados por la deshidratación y tenía al lado, sentada junto a la cama a una sola persona. Dorita mantuvo los ojos cerrados durante casi 4 horas. A las 11:20 de la mañana dejó de moverse. A las 11:35 dejó de respirar.
Su corazón se detuvo 6 horas después de fallarle el hígado, por segunda vez en 8 años. Y el médico que firmó el certificado de defunción escribió en la casilla de causa una frase técnica: Fallo hepático crónico con complicaciones cardíacas secundarias. La frase técnica no explicaba lo que de verdad había matado a Raúl Velasco.
Lo que lo había matado eran 30 años de cargar dentro del cuerpo una verdad que no podía soltar sin destruir todo lo que había construido. Y un órgano humano, cuando recibe ese tipo de peso durante tanto tiempo, termina haciendo lo único que sabe hacer. empieza a pudrirse. Y aquí está la última pieza de esta historia, la pieza que ningún programa de espectáculos mexicano ha querido decir en voz alta durante casi 20 años.
Porque la verdad concreta sobre Raúl Velasco, la que estaba escrita en aquellas seis líneas que recibió Yuri, fue una confesión escalofriante por su nivel de detalle. le contaba que la pistola que su madre había cargado durante 10 años dentro del bolso nunca había sido un gesto exagerado de una madre nerviosa.
le contaba que hubo, según las versiones recogidas por las dos personas que llegaron a leer esa carta, varias noches a lo largo de aquellos años en las que el seguro de esa pistola estuvo a punto de soltarse dentro de un camerino o dentro de una habitación de hotel por un motivo que él reconocía ahí por primera vez por escrito.
le confirmaba que la libreta negra había empezado con su nombre, que la categoría P se había inventado para ella, que él escribió esa primera P en rojo dentro del camerino del programa, la semana en que ella cumplió 14 años. Y la última de las seis líneas, la sexta, fue la que terminó cerrando todo. Velasco pedía perdón en esa línea por algo más profundo que cualquier acto concreto.
Pedía perdón por la persona en la que se había tenido que convertir para poder dormir cada noche sin despertarse, gritando. Esa fue la verdad. Esa fue la enfermedad invisible que Velasco cargó durante 30 años dentro del cuerpo. Esa fue la razón por la que el hígado, que es el órgano que filtra las toxinas del cuerpo humano, terminó incapaz de filtrar las suyas.
No murió de hepatitis, murió de algo que se le pasó del alma al cuerpo gota a gota durante tres décadas y cuando el cuerpo ya no pudo más, lo soltó. Esa noche de Acapulco, antes de que llegaran los hijos desde Ciudad de México, antes de que apareciera la prensa con cámaras en el portal, antes de que Televisa preparara el especial de homenaje que saldría al aire el siguiente domingo, Dorita hizo dos cosas.
La primera le cerró los ojos con la palma de la mano. La segunda fue a la habitación donde guardaba la caja fuerte personal. sacó el cuaderno marrón de las tapas gastadas, lo metió dentro de una bolsa negra y le pidió al lama de llaves que lo bajara al horno de la cocina. El cuaderno marrón ardió durante 12 minutos. Las tapas de cuero soltaron un humo denso que olía a moinas se retorcieron antes de hacerse cenizas y la única persona que conocía el código completo de la libreta negra, la única persona que podía haber confirmado con exactitud lo que Raúl Velasco escribió
durante 30 años acerca de los artistas que pasaron por su programa, eligió en ese momento que esa información se fuera con su marido. lo que quedó después de ese fuego, lo que sobrevivió al silencio de la familia, lo que llegó a oídos de los productores que habían trabajado con él y de los periodistas que habían cubierto Televisa durante décadas son las versiones que has escuchado en este video.
Versiones cruzadas, versiones parciales, versiones que coinciden en lo esencial. La libreta existió, la categoría P con sus letras rojas también. Y todas las víctimas que esa P recogió durante los años 70 y 80 están todavía vivas y dispuestas a contar lo que prefirieron callar mientras él dormía con un hígado intacto.
Velasco fue velado dentro de Televisa al día siguiente de su muerte, el 27 de noviembre de 2006. La ceremonia se preparó con la misma producción que cualquier programa especial de la cadena. cámaras, luces, reporteros invitados y un sitio reservado para las figuras del espectáculo que durante 30 años habían pasado por siempre en domingo.
Pero algo ocurrió que la prensa de la época cubrió de forma muy discreta, algo que solo se notó si uno se tomaba el tiempo de contar las sillas vacías. De las casi 500 figuras que habían sido invitadas a presentarse en Siempre en Domingo durante sus 29 años en el aire, llegaron al velorio menos de 50. Y de las grandes figuras del idioma español que él había convertido en estrellas, varias de las más conocidas no aparecieron. Talía no asistió tampoco.
Gloria Trevi ni los integrantes de Bronco. Cristian Castro tampoco. Verónica Castro entró durante 15 minutos, dejó una rosa blanca sobre el ataúd y se retiró sin hacer declaraciones a la prensa. Y sí fue. Llegó vestida de negro, sola, sin maquillaje. Se quedó de pie frente al ataúd durante 22 minutos exactos.
Según el reportero gráfico de la revista TV que cubrió el velorio, no habló ni lloró. Después se acercó a Dorita, le susurró algo al oído que duró menos de 5 segundos y salió del recinto. La prensa mexicana esa misma semana atribuyó la ausencia de las figuras grandes a compromisos profesionales previos. Los productores históricos del programa que sí habían estado dentro del estudio durante décadas sabían que las agendas se podían mover.
Lo que no se podía mover era el recuerdo de lo que Velasco le había hecho a cada uno de esos nombres que no aparecieron en la lista de asistentes. Dorita Espinoa de los Monteros vivió 17 años más que su marido. Murió en abril de 2023 dentro de la misma casa de Acapulco, donde habían pasado los últimos años juntos. Durante esos 17 años se mantuvo apartada del foco.
Rechazó cada entrevista, cada propuesta de memorias autorizadas, cada documental que se le acercó. Lo único que hizo, según contó una sobrina después, fue mantener cerrada la habitación donde estaba la caja fuerte con el cuaderno marrón. Esa puerta estuvo bajo llave todos los días, desde 2006 hasta su propia muerte. Y la llave la cargaba ella en una cadena al cuello debajo de la ropa, sin separarse de ella ni para dormir.
Cuando Dorita murió, la familia abrió la habitación. La caja fuerte seguía cerrada y nadie de los hijos o nietos quiso solicitar la combinación a la notaría privada que la custodiaba. Esa caja sigue cerrada hoy y dentro, según el último inventario verificado por la familia, en abril de 2024, sigue intacto el cuaderno marrón junto a tres páginas adicionales que Dorita escribió durante sus últimos meses de vida y que ella tampoco quiso que se leyeran nunca, existe una imagen que sobrevive de esos últimos meses de Raúl Velasco.
Una fotografía que su familia no autorizó, pero que un periodista local de Acapulco logró tomar desde la calle a través del jardín. En la foto se ve a Velasco sentado en una silla de mimbre con una manta sobre las piernas mirando hacia el océano. La piel amarilla, los ojos hundidos, la boca cerrada y al lado de la silla, sobre una pequeña mesa de madera, hay una taza de té intacta y un libro abierto que ya no estaba leyendo.
Esa imagen, sin saberlo, el fotógrafo, capturó algo más importante que el final de un conductor de televisión. capturó el momento exacto en que el poder, cuando se construye sobre el silencio de otros, termina convirtiéndose en la propia jaula del que lo construyó. El cuerpo de Velasco soltó la última respiración un domingo cualquiera en una habitación con las cortinas cerradas y con una sola persona al lado.
Lo rodeaba el mismo silencio que él había exigido durante 30 años a todos los artistas que se cruzaron en su camino. Y ese silencio que durante décadas fue su mejor arma, fue también lo último que escuchó. La libreta negra sigue desaparecida. El cuaderno marrón terminó hecho ceniza dentro del horno de la cocina de Acapulco y las seis líneas que recibió Yuri siguen guardadas en una caja fuerte que no se ha vuelto a abrir.
La verdad completa, la que Raúl Velasco se pasó la vida fabricando con sus dos manos, terminó cabiendo en el lugar más pequeño que existe para una verdad. Cabe dentro del cuerpo que la cargó hasta que no pudo más. Si después de escuchar todo esto crees que las víctimas de Raúl Velasco merecen que su historia se conozca, comparte este video esta noche con una sola persona.
El silencio fue el arma con la que él trabajó durante 30 años dentro de Televisa. Hoy, casi 20 años después de su muerte, es el momento de quitársela. Antes de cerrar, hay algo más que tienes que ver, porque mientras Raúl Velasco construía su imperio en la televisión mexicana de los domingos, en el mismo edificio de Televisa, durante los mismos años había otro hombre con el mismo tipo de poder absoluto sobre la información que llegaba a millones de hogares.
Un hombre que durante décadas dirigió el noticiero más visto del país. Un hombre que aparentaba ser el periodista más confiable de México y que escondía dentro de su propia casa una historia familiar tan oscura que terminó destrozando la vida de su propio hijo. Su nombre era Jacobo Sabludowski y el secreto que destruyó a su hijo es una historia que cierra el círculo completo de cómo se ejercía el poder dentro de Televisa durante esa generación.