Posted in

De mendiga en Galicia a la mujer más poderosa de España: El impactante giro de la joven que enamoró a un empresario para salvar a cincuenta familiares de la ruina

De mendiga en Galicia a la mujer más poderosa de España: El impactante giro de la joven que enamoró a un empresario para salvar a cincuenta familiares de la ruina

Parte 1: El barro, la criptomoneda y el pijo del Audi Q7

En Galicia no llueve, el cielo simplemente decide instalarse a la altura de tus cejas. Sabela lo sabía mejor que nadie. Llevaba veinticuatro años respirando esa humedad perpetua que te cala los huesos y te deja el pelo como si hubieras metido los dedos en un enchufe. Sabela no era fea, al contrario. Tenía unos ojos grandes y oscuros que parecían haber visto dos guerras mundiales y media docena de crisis económicas, y una piel blanca y pecosa que envidiarían en la Gran Vía madrileña. Pero aquella mañana de noviembre, con las botas de goma hasta las rodillas y un chubasquero amarillo que había pertenecido a su difunto abuelo, parecía cualquier cosa menos la futura mujer más poderosa de España. Parecía, exactamente, lo que era: una chica al borde de un ataque de nervios en medio de una aldea perdida de la provincia de Ourense.

—A ver si lo entiendo, tío Paco —dijo Sabela, frotándose el puente de la nariz con unos dedos manchados de tierra—. ¿Me estás diciendo que has metido los ahorros de la cooperativa, las tierras de la abuela, la hipoteca de la casa del tío Ramón, y el fondo para los estudios de los gemelos en… en qué exactamente?

Paco, un hombre con bigote de morsa y una boina calada hasta las orejas, miraba al suelo como si esperara que de los charcos brotara la solución a sus problemas.

—En Dogecoin, Sabela —murmuró, arrastrando las erres con esa cadencia gallega que, en momentos de tragedia, sonaba aún más lastimera—. Me lo dijo el hijo del farmacéutico, el Brais, que está estudiando en Santiago y sabe de ordenadores. Me dijo: “Paco, esto es el futuro. Esto sube como la espuma de la Estrella Galicia”. Y yo, pues… yo metí lo de todos, nena. Cincuenta bocas dependían de esa inversión.

Sabela sintió que el estómago se le caía a los pies. Cincuenta bocas. No era una exageración andaluza, era la pura realidad de la familia Castro. Entre tíos solterones, tías viudas, primos segundos que nunca habían dado un palo al agua, sobrinos recién nacidos y abuelos centenarios que se negaban a estirar la pata por puro orgullo, eran exactamente cincuenta personas. Todos vivían en un radio de tres kilómetros, en casas de piedra con tejados de pizarra que goteaban, subsistiendo de las vacas, de cuatro huertos y del dinero de la cooperativa lechera familiar.

—¿Y dónde está el Dogecoin ese ahora, tío? —preguntó Sabela, conteniendo las ganas de estrangular a su pariente con el cordón del chubasquero.

—Pues… ha hecho “pluf” —Paco hizo un gesto vago con las manos rústicas—. El Brais dice que ha habido un “crash” en el mercado. Que un tal Elon Musk tuiteó no sé qué carallo y todo se fue a la mierda. El banco viene el mes que viene, Sabela. Nos embargan. A todos. A ti, a mí, a la abuela Carmen, al primo Suso… Nos vamos a la puta calle. A pedir limosna, nena. De mendigos por la catedral de Santiago, que igual en año Xacobeo sacamos algo.

Sabela se giró hacia el horizonte gris. El olor a eucalipto mojado y a estiércol de vaca nunca le había parecido tan trágico. La ruina. La ruina absoluta e irrevocable. No había tiempo para llorar. Los Castro no lloraban, principalmente porque la humedad ambiente no permitía desperdiciar líquidos.

Fue en ese preciso instante, mientras calculaba cuántos órganos tendrían que vender en el mercado negro para pagar la deuda, cuando escuchó el rugido.

No era el sonido del tractor de Manolo, que sonaba como una lavadora con piedras dentro. Era un ronroneo profundo, elegante y obscenamente caro. Un motor V8 abriéndose paso por el camino de tierra que llevaba a la aldea de San Xoán das Mestas.

A través de la cortina de lluvia, apareció la bestia: un Audi Q7 negro, impoluto, con los cristales tintados y unas llantas que probablemente costaban más que la casa del tío Paco. El coche avanzaba con la chulería de quien no conoce el rural gallego, desafiando las leyes de la física y del sentido común, hasta que, inevitablemente, ocurrió. El coche pisó la “corredoira” principal, una trampa de barro arcilloso disfrazada de camino vecinal, y las ruedas traseras empezaron a patinar.

Fiuuuuu, pof, pof, pof. El motor rugió en un intento desesperado por salir, pero lo único que consiguió fue hundirse hasta el eje trasero, salpicando lodo negro sobre la inmaculada carrocería.

Sabela y el tío Paco se quedaron mirando la escena en silencio. La lluvia caía sobre sus cabezas.

—Ese no es de aquí —sentenció Paco, con la sabiduría ancestral de quien ha visto a muchos forasteros fracasar en Galicia.

—No me digas, Sherlock —suspiró Sabela.

La puerta del conductor se abrió con dificultad y de ella emergió un espécimen que Sabela solo había visto en las revistas del corazón que la tía Rosa compraba en la peluquería. Era un hombre de unos treinta años, alto, con el pelo castaño perfectamente peinado (incluso bajo la lluvia parecía mantener su forma por arte de magia), un abrigo de lana azul marino que gritaba “Massimo Dutti”, unos pantalones chinos de color beige (un error fatal en Galicia) y unos zapatos náuticos (un error aún peor).

El hombre pisó el barro. El barro abrazó el zapato náutico. El hombre intentó dar un paso, pero el barro dijo “de aquí no te mueves, chaval”, y el zapato se quedó clavado. El forastero sacó el pie, ahora cubierto solo por un calcetín de rombos, y soltó una exclamación.

—¡Me cago en mi puta vida! ¡Pero esto qué es! —gritó, mirando a su alrededor con la desesperación de un náufrago.

Read More