Cómo una inversión millonaria en las playas de Ibiza se convirtió en la mayor estafa que jamás haya visto la alta sociedad
ACTO 1: EL SHOCK MILLONARIO (Drama inicial)
(Carter empuja a Alejandro violentamente contra la pared de cristal del camarote. En la mano de Carter hay una pistola, su brazo tiembla. La boca de Alejandro sangra, pero todavía sonríe con desprecio).
CARTER: ¡Cien millones, Alejandro! ¡Cien malditos millones de dólares! ¿Dónde están?
ALEJANDRO: (Sonríe con sorna, jadeando) Relájate, Carter. Es solo dinero. El dinero va y viene.
CARTER: (Gritando) ¡No es solo dinero! Eran los fondos de mis inversores en Nueva York. ¡Gente que te rompe las piernas por mucho menos! Dime en qué cuenta están. ¡Dímelo ahora!
ELENA: (Tecleando rápidamente en la laptop, sin apartar los ojos de la pantalla) Carter… no hay nada.
CARTER: ¿Qué quieres decir con que no hay nada, Elena? ¡Revisa las cuentas de las Islas Caimán!
ELENA: Las he revisado todas. La sociedad “Ibiza Paraíso” no existe. Los permisos de construcción en la playa de Ses Salines… son falsos. Los sellos del gobierno de España… falsificados.
CARTER: (Pálido, apuntando con el arma directamente a la cabeza de Alejandro) ¿Me vendiste un trozo de arena que ni siquiera te pertenece? ¿Todo fue un montaje?
ALEJANDRO: Fue un montaje hermoso, ¿no crees? Las fiestas, los alcaldes que te presenté, el champagne… Te encantó sentirte el rey de España, Carter. El gran americano conquistando Ibiza.
CARTER: ¡Hijo de p… te voy a matar!
ELENA: ¡Carter, espera! Si lo matas, nunca sabremos adónde fue el dinero. Y el FBI ya está auditando tus oficinas en Miami. Si no regresamos con esos fondos, tú irás a una prisión federal, no él.
CARTER: (Baja el arma un poco, agarrándose la cabeza) No lo entiendo. Las firmas. Los abogados. Los vi con mis propios ojos. Contraté a la mejor firma de Madrid.
ALEJANDRO: (Se ajusta el cuello de la camisa, sirviéndose una copa de vino a pesar de estar esposado) ¿La firma de abogados? Actores, querido Carter. Todos actores. Los contraté en una agencia de talentos en Barcelona. Cincuenta euros la hora para fingir que eran notarios.
CARTER: (En estado de shock) ¿Actores?
ALEJANDRO: Bienvenidos a Ibiza. Donde todo es una ilusión. Y tú pagaste la entrada más cara del mundo.
ELENA: Carter, acabo de encontrar un rastro. Una transferencia hecha hace diez minutos.
CARTER: ¿Hacia dónde?
ELENA: A una cuenta numerada en Suiza. Pero… requiere dos firmas para liberarse. La de Alejandro y… otra más.
CARTER: ¿De quién? ¡Habla!
ELENA: (Levanta la vista hacia Carter, con mirada fría) Mía.
(Elena saca otra pistola del bolsillo de su abrigo y apunta directamente a Carter).
ACTO 2: EL ENEMIGO EN CASA
CARTER: (Atónito, da un paso atrás) ¿Elena? ¿Qué demonios haces? Baja esa arma.
ELENA: Pon la tuya en el suelo, Carter. Ahora. Lentamente.
ALEJANDRO: (Ríe a carcajadas, levantando su copa) Bravo, mi amor. El timing perfecto.
CARTER: (Con los ojos muy abiertos, mirando alternativamente a Alejandro y Elena) ¿Ustedes dos? ¿Juntos? Elena, trabajas para mí desde hace diez años. Te di todo.
ELENA: Me diste migajas, Carter. Mientras tú volabas en jets privados y salías en las portadas de Forbes, yo limpiaba tu basura. Yo cubría tus sobornos fiscales.
CARTER: ¡Estás cometiendo el peor error de tu vida! Esos cien millones no son solo míos. Hay cárteles metidos en ese fondo de inversión. Si roban esto, seremos hombres muertos. Los tres.
ALEJANDRO: Te equivocas, mi amigo americano. Solo tú serás el hombre muerto.
CARTER: Nadie se traga cien millones de dólares y desaparece sin dejar rastro.
ALEJANDRO: En el mundo real, no. Pero esto es el Mediterráneo. Aquí los barcos se hunden, Carter. La gente desaparece. Y las fortunas cambian de manos bajo el sol.
ELENA: Siéntate en esa silla. Y tira el arma.
(Carter aprieta los dientes, arroja la pistola al suelo. Se sienta en la silla de cuero).
CARTER: Cuéntame cómo lo hicieron. Quiero saber cómo me engañaron los dos idiotas en los que más confiaba.
ALEJANDRO: ¿Idiotas? Fuiste tú quien quiso jugar a ser Dios en Ibiza. Llegaste hace un año, gritando que querías comprar la costa entera. Construir el club de playa más exclusivo del mundo.
ELENA: Yo te traje los planos. Los descargué de internet y los modifiqué en Photoshop. Alejandro se encargó del espectáculo.
ALEJANDRO: Alquilé los helicópteros. Pagué a las modelos para que se pasearan por tu yate. Te presenté a supuestos “ministros”. Y tú te lo creíste todo, porque tu ego es más grande que tu cuenta bancaria. Los americanos son tan predecibles. Queréis historia, queréis lujo, y sois ciegos cuando os sirven un buen vino.
CARTER: (Suspira, furioso al extremo) ¿Por qué, Elena? ¿Por qué hacer esto?
ELENA: Porque hace dos años, en el proyecto de Dubai, me usaste de escudo. Me obligaste a firmar los documentos fraudulentos. Si el gobierno nos atrapaba, yo iría presa. Me prometiste una gran compensación. Me diste un bono miserable de Navidad.
CARTER: Eran negocios, Elena. Así funciona el mundo corporativo.
ELENA: Y esto también son negocios, Carter. Una adquisición hostil. De cien millones.
ALEJANDRO: Bueno, basta de charla. Elena, ¿tienes la tablet?
ELENA: Sí. Aquí está. Solo falta tu huella digital para transferir los fondos de la cuenta temporal a nuestro paraíso fiscal privado.
CARTER: (Mirando a Elena) Te va a traicionar, Elena. Míralo. Es una serpiente. En cuanto tenga el dinero, te dejará tirada.
ALEJANDRO: No la escuches, nena. Carter está desesperado. Trata de dividirnos.
ELENA: No te preocupes, Carter. Alejandro y yo tenemos todo muy claro. ¿Verdad, mi amor?
ALEJANDRO: Por supuesto. Pon la tablet aquí. Y hagamos esto.
ACTO 3: EL JUEGO DE LAS CARAS (El giro)
(Alejandro pone su dedo en la pantalla de la tablet. La pantalla escanea su huella. Bip. Muestra un error en rojo).
ALEJANDRO: ¿Qué pasa? Ha dado error.
ELENA: Inténtalo de nuevo. Tus manos están sudando.
(Alejandro lo intenta de nuevo. Sigue el mensaje de error en rojo. Alejandro frunce el ceño, mirando a Elena).
ALEJANDRO: Elena, el sistema dice “Acceso denegado”. ¿Has cambiado la contraseña?
ELENA: (Sonríe fríamente, da un paso atrás, el arma sigue apuntando hacia adelante pero ahora a los dos) Sí, Alejandro. La cambié. Hace unos cinco minutos. Mientras ustedes dos discutían sobre quién tiene el ego más grande.
ALEJANDRO: ¿Qué estás haciendo? ¡Somos un equipo!
ELENA: Éramos un equipo, Alejandro. Hasta que revisé tus mensajes de texto ayer por la noche.
ALEJANDRO: (Palidece) Yo… no sé de qué hablas.
ELENA: Hablo de tu conversación con “La Francesa”. Esa mujer con la que planeabas huir a Mónaco mañana por la mañana. Le dijiste que yo era solo “la secretaria estúpida” que necesitabas para sacar el dinero del sistema de Carter.
CARTER: (Suelta una carcajada, una sonrisa maniática) ¡Ja, ja, ja! ¡Bienvenidos a Ibiza, Alejandro! Te lo dije. Es una serpiente.
ALEJANDRO: Elena, escúchame. Lo de la francesa no es nada. Solo negocios. Te lo juro.
ELENA: No me mientas. Vi los billetes de avión. Solo para dos. El tuyo y el de ella. Ibas a dejarme aquí para cargar con la culpa del asesinato de Carter.
ALEJANDRO: ¡No! ¡Te juro que no! ¡Podemos arreglar esto!
ELENA: Ya lo arreglé. Acabo de transferir los cien millones a una nueva cuenta. Una de la que solo yo tengo las claves.
CARTER: Eres brillante, Elena. Y despiadada. Me gusta. Pero no podrás escapar. Mis contactos te encontrarán. Te cazarán en cualquier parte del mundo.
ELENA: Tus contactos están ocupados, Carter. Acabo de enviar todas tus pruebas de lavado de dinero de los últimos cinco años al Departamento de Justicia de EE. UU. Ya deben estar confiscando tus casas. Estás en la ruina. Oficialmente quebrado.
CARTER: (Se pone de pie de un salto, en pánico) ¡No puedes hacer eso! ¡Me arruinarás la vida!
ELENA: Ya lo hice.
ALEJANDRO: Elena, por favor… te amo. No me hagas esto. Yo diseñé todo este plan. ¡Es mi dinero!
ELENA: No, Alejandro. Fue tu ilusión. Tu obra de teatro. Pero yo soy la directora financiera. Y la función ha terminado.
(Las sirenas de la guardia costera suenan a lo lejos. Luces intermitentes rojas y azules atraviesan la lluvia, iluminando el camarote).
CARTER: ¿Qué es eso? ¿Llamaste a la guardia costera?
ELENA: Así es. Les envié un aviso anónimo. Les dije que un magnate americano y un promotor español estaban teniendo una violenta disputa por drogas y fraude en este yate.
ALEJANDRO: ¡Estás loca! ¡Nos van a arrestar a todos!
ELENA: A ustedes dos. Sí. Yo, en cambio, saltaré por la parte trasera. Hay una lancha rápida esperándome abajo.
ACTO 4: ESCAPE EN LA OSCURIDAD
CARTER: ¡No vas a salir viva de aquí! (Carter se abalanza hacia Elena).
(¡BANG! Elena dispara una bala que roza la pierna de Carter. Él cae al suelo, agarrándose la pierna y gimiendo).
ELENA: Dije que te quedes en el suelo, Carter. La próxima bala va a tu pecho.
ALEJANDRO: (Levanta las manos, temblando) Elena, toma el dinero. Lárgate. Pero déjame ir. No les diré nada a los policías.
ELENA: Demasiado tarde para ti, Alejandro. Eres el “cerebro” de la estafa inmobiliaria del siglo. La prensa española te amará. Serás famoso. ¿No es eso lo que siempre quisiste?
ALEJANDRO: ¡Zorra! ¡Te encontraré! ¡Te mataré!
ELENA: (Sonríe, arrojando la tablet al mar por la ventana abierta) Buena suerte con eso. Búscame bajo el nombre de María. O de Sofía. O de Anna. Con cien millones, puedo ser quien yo quiera.
(Las sirenas de la guardia costera se acercan. Un megáfono resuena desde afuera).
VOZ DE LA GUARDIA COSTERA (Por megáfono): ¡Atención, yate Mares del Sur! ¡Apaguen los motores y salgan con las manos en alto! ¡Están rodeados!
ELENA: Adiós, chicos. Fue un placer hacer negocios en Ibiza.
(Elena se da la vuelta, corriendo rápido hacia la cubierta trasera. Alejandro corre tras ella, pero es demasiado tarde. Elena salta a la oscuridad. El motor de una lancha rápida ruge y rápidamente se desvanece en la tormenta, alejándose).
CARTER: (Agarrándose la pierna ensangrentada, mirando a Alejandro) Lo perdimos todo. Todo.
ALEJANDRO: (Cae de rodillas en el suelo del yate, mirando las botellas rotas y las esposas) La mayor estafa de la alta sociedad… y el maldito trofeo se lo llevó la secretaria.
(La guardia costera armada derriba la puerta. Las linternas apuntan directamente a las caras de Carter y Alejandro).
POLICÍA: ¡Al suelo! ¡Las manos donde pueda verlas!
CARTER: (Cierra los ojos, susurrando) Cien millones de dólares… por un espejismo de arena.
ALEJANDRO: (Siendo inmovilizado en el suelo por la policía, riendo con desesperanza) Qué gran historia, ¿verdad, Carter? Lástima que nosotros seamos los perdedores.
(El sonido de la tormenta se mezcla con las sirenas de la policía. La escena se desvanece en negro, dejando una nueva leyenda sobre la estafa del siglo en la isla de Ibiza).
ACTO 5: LA ALIANZA DE LOS PERDEDORES
ESCENARIO:
Sala de interrogatorios en la comisaría central de Ibiza. Cuatro horas después de la redada. Las paredes son grises, la luz fluorescente parpadea. Carter está sentado, con la pierna vendada y esposado a la mesa. Entran la INSPECTORA VARGAS (Policía Nacional) y el AGENTE SMITH (FBI).
VARGAS: Cien millones, señor Carter. Y ni un solo rastro en el sistema bancario español. ¿Magia?
CARTER: Fui estafado. Soy la víctima aquí. Exijo hablar con mi abogado en Madrid.
SMITH: Tu abogado en Madrid renunció hace una hora. Dijo que no representa a hombres muertos.
CARTER: (Frunce el ceño) ¿De qué hablas, Smith? ¿Desde cuándo el FBI se interesa por un fraude inmobiliario local?
SMITH: Desde que sabemos de dónde venían esos cien millones. No eran fondos de pensiones de Nueva York, Carter. Eran del cartel de Sinaloa. Lavabas dinero para ellos.
CARTER: (Traga saliva, pálido) Eso es una locura. Todo mi dinero es legítimo.
VARGAS: No nos mientas. El cartel ya sabe que el dinero desapareció. Tienen informantes en todas partes. Si te soltamos ahora, no durarás ni veinticuatro horas vivo.
SMITH: Tienes una salida, Carter. Ayúdanos a encontrar a Elena y a recuperar el dinero. Si lo haces, te daremos protección de testigos. Si no, te dejamos salir por la puerta principal. A ver cuánto corres con esa pierna herida.
CARTER: (Sudando frío, mira a la pared) Necesito a Alejandro.
VARGAS: ¿El estafador de poca monta? Está en la celda de al lado. Llorando como un niño.
CARTER: Él conoce Europa. Conoce a los contrabandistas, a los falsificadores. Elena es inteligente, pero es americana. Cometerá un error en el viejo continente. Si quieren que la atrape, necesito a Alejandro conmigo.
SMITH: Es un riesgo demasiado alto.
CARTER: ¡Es la única jodida opción! Ponednos rastreadores. Haced lo que queráis. Pero si queréis esos cien millones antes de que el cartel convierta Ibiza en una zona de guerra, dejadme trabajar con él.
ACTO 6: EL PACTO DEL DIABLO
ESCENARIO:
Habitación de un hotel barato en Marsella, Francia. Tres días después. Carter y Alejandro están libres bajo fianza, pero vigilados de cerca. Carter cojea con un bastón. Alejandro revisa varios pasaportes falsos sobre la cama.
ALEJANDRO: (Lanza un pasaporte a la basura) Basura. Todos mis contactos me han dado la espalda. La noticia de la estafa está en todas partes. Soy radiactivo.
CARTER: Deja de quejarte. Tienes que pensar. ¿A dónde iría una mujer con cien millones líquidos que necesita limpiar rápido?
ALEJANDRO: A Mónaco. A Suiza. A Dubai. El mundo es grande, Carter.
CARTER: No, piensa como ella. Elena es metódica. No confía en los bancos tradicionales ahora. Sabe que el FBI vigila SWIFT. Mencionaste a una mujer. “La Francesa”. La que iba a huir contigo.
ALEJANDRO: (Se tensa) Isabelle. ¿Qué pasa con ella?
CARTER: Elena descubrió tu aventura con Isabelle. Y luego nos robó. Pero, ¿cómo supo Elena mover el dinero tan rápido? Elena es contable, no es una criminal de las calles. Alguien le dio los canales clandestinos.
ALEJANDRO: (Abre los ojos, entendiendo) Isabelle… Isabelle tiene conexiones con la mafia corsa. Mueve dinero a través de casinos físicos y arte robado.
CARTER: Elena no te robó a Isabelle. Las dos te usaron a ti. Se aliaron.
ALEJANDRO: (Golpea la mesa, furioso) ¡Imposible! ¡Isabelle me amaba!
CARTER: Eres un idiota engreído. Te jugaron la vuelta, Alejandro. A los dos. Dime dónde está Isabelle. Ahora.
ACTO 7: EL CASINO CLANDESTINO
ESCENARIO:
Sótano privado de un casino en Montecarlo. Lujo extremo, humo de puros, mesas de póker de alto riesgo. Carter y Alejandro entran usando trajes prestados y un soborno en la puerta. Ven a ISABELLE (30 años, elegante, francesa) bebiendo martini en la barra.
ALEJANDRO: (Se acerca por detrás de ella) Hola, mi amor. ¿Disfrutando de mi dinero?
ISABELLE: (Se gira, sin inmutarse) Vaya. El perro mojado logró salir de la jaula. Pensé que estarías pudriéndote en una prisión española.
CARTER: Nos soltaron antes por buena conducta. ¿Dónde está Elena?
ISABELLE: (Ríe suavemente) No lo sé. Y si lo supiera, no se lo diría a un perdedor y a un lisiado.
CARTER: Escúchame bien, niña. (Saca un teléfono y le muestra una foto). ¿Ves a estos hombres? Son sicarios del cartel mexicano. Están en la ciudad. Buscan cien millones. Si no me dices dónde está Elena, les daré tu nombre y tu dirección.
ISABELLE: (La sonrisa desaparece) Estás mintiendo.
CARTER: Ponme a prueba. En cinco minutos, este casino estará lleno de sangre. Empezando por la tuya.
ALEJANDRO: Dinos la verdad, Isabelle. Yo te conseguí a los actores, te di el plan. ¿Por qué me traicionaste con la contable?
ISABELLE: Porque ella me ofreció el 50%. Cincuenta millones limpios. Tú solo me ofrecías huir contigo en clase turista. Elena es una genio.
CARTER: ¿Dónde está ahora? ¡Habla!
ISABELLE: (Mirando nerviosa a su alrededor) Ginebra. Banco Privado Von Celler. Mañana por la mañana.
ALEJANDRO: ¿El Von Celler? Ese banco no acepta transferencias digitales nuevas sin una auditoría de tres meses.
ISABELLE: No está transfiriendo dinero, idiota. Lo está convirtiendo. Compró diamantes en el mercado negro de Amberes. Mañana los guarda en una bóveda de seguridad suiza. Serán imposibles de rastrear.
CARTER: (Mira a Alejandro) Tenemos que llegar a Ginebra esta noche.
ISABELLE: Llegáis tarde. Elena ya ha ganado. Nadie entra a la bóveda del Von Celler sin una invitación. Y ella tiene a los guardias suizos en el bolsillo.
ALEJANDRO: (Sonríe fríamente) Yo no necesito una invitación, Isabelle. Yo construí el sistema de seguridad de ese banco hace cinco años, antes de volverme promotor inmobiliario. Conozco la puerta trasera.
CARTER: ¿Es en serio?
ALEJANDRO: Te lo dije, Carter. En Europa, yo soy el rey de las sombras. Vamos a Ginebra. Vamos a robar nuestro propio dinero.
ACTO 8: LA BÓVEDA EN GINEBRA
ESCENARIO:
Bóveda subterránea del Banco Privado Von Celler, Ginebra. Paredes de acero brillante. Silencio sepulcral. ELENA está de pie frente a una caja de seguridad abierta. Dentro hay maletines llenos de diamantes puros. Lleva un elegante traje blanco.
(Las luces parpadean. Las puertas principales se bloquean mecánicamente. Una puerta de ventilación en el techo se abre y Alejandro cae al suelo, seguido torpemente por Carter).
ELENA: (No se asusta, simplemente cierra el maletín lentamente) Sabía que las ratas siempre encuentran el camino de vuelta al queso.
CARTER: (Apuntando a Elena con un arma con silenciador) Se acabó, Elena. Aléjate de los diamantes.
ALEJANDRO: Te ves muy bien de blanco. Lástima que se va a manchar de sangre.
ELENA: Carter, sigues sin aprender. Estás en la bóveda más segura de Suiza. Si disparas esa arma, los sensores acústicos sellarán esta sala herméticamente y succionarán todo el oxígeno en treinta segundos. Moriremos los tres.
CARTER: No me importa. Estoy muerto de todos modos. El cartel me respira en la nuca.
ALEJANDRO: (Nervioso) Espera, Carter. No dispares. Ella tiene razón. Yo diseñé esto. Si disparas, nos asfixiamos.
ELENA: Siempre fuiste un cobarde, Alejandro. Y tú, Carter, un impulsivo.
CARTER: Abre los maletines y tíralos hacia aquí. Ahora.
ELENA: O qué? ¿Vas a matarnos a todos? Adelante. Hazlo. Haz que todo este viaje no valga nada. (Pausa dramática) O… podemos hacer un nuevo trato.
CARTER: No hay tratos contigo, traidora.
ELENA: Carter, piensa. El cartel quiere sus cien millones. El FBI quiere arrestarte a ti. Si regresas con el dinero, el cartel te perdonará, pero irás a prisión federal de por vida. Estás atrapado.
CARTER: ¿Y qué propones, genio?
ELENA: Dividimos los diamantes. Treinta y tres millones para cada uno.
ALEJANDRO: ¿Estás bromeando? ¡Tú nos robaste cien!
ELENA: Y ahora os ofrezco treinta y tres a cambio de la paz. Escucha, Carter. Con treinta y tres millones en diamantes, puedes desaparecer. Comprar una nueva identidad. Irte a Asia. El cartel nunca te encontrará. El FBI tampoco. Serás un hombre libre. Rico y libre.
CARTER: (Baja el arma lentamente, dudando) ¿Por qué nos ofreces esto? Tienes la ventaja.
ELENA: Porque los necesito.
ALEJANDRO: ¿Para qué?
ELENA: Para salir de aquí. Afuera hay cuatro agentes de Interpol esperándome. Mi contacto en la policía suiza me vendió. Saben que estoy aquí. Pero no saben que vosotros habéis entrado por los ductos.
CARTER: (Ríe amargamente) Joder. Eres increíble. Estás acorralada y nos usas de escudo.
ELENA: Es la única salida. Alejandro conoce los túneles. Tú tienes el arma. Y yo tengo los diamantes. Somos un equipo. Otra vez.
ALEJANDRO: ¿Y si te dejamos aquí para que Interpol te arreste?
ELENA: Si me arrestan, el gobierno suizo confisca los diamantes. Y vosotros salís de aquí con los bolsillos vacíos, directos a las manos del cartel mexicano. Muerte segura.
(Carter y Alejandro se miran. La desesperación es evidente en sus rostros. Están atrapados en la telaraña de Elena una vez más).
CARTER: (Guarda el arma) Eres el mismo diablo, Elena.
ELENA: No, Carter. Soy tu directora financiera. Y acabo de salvarte la vida. Ahora, coged un maletín cada uno. Nos vamos a Tokio.
ACTO 9: EL ÚLTIMO TRUCO (Giro final)
ESCENARIO:
Aeropuerto privado de Zurich. Noche cerrada. Un jet privado enciende los motores. Carter, Alejandro y Elena caminan por la pista, cada uno aferrando un maletín metálico. El viento sopla con fuerza.
ALEJANDRO: Logramos salir de la bóveda. No lo puedo creer.
CARTER: Interpol estaba buscando en la puerta principal. Eres bueno con los túneles, Alejandro. Lo admito.
ELENA: El jet está listo. Volaremos sin plan de vuelo registrado. Con estos diamantes, empezamos de cero.
(Los tres suben las escaleras del avión. Entran a la lujosa cabina. Elena se sienta y sirve tres copas de champagne).
ELENA: Un brindis. Por Ibiza. Y por las segundas oportunidades.
(Carter y Alejandro toman sus copas. Beben profundamente, exhaustos pero aliviados).
CARTER: Nunca vuelvas a cruzarme, Elena. La próxima vez, te mato sin dudarlo.
ALEJANDRO: Yo solo quiero mi parte y no volver a veros la cara a ninguno de los dos.
ELENA: (Sonríe, pero no bebe su copa. Mira su reloj). Me parece justo, chicos. Pero hay un pequeño detalle que olvidé mencionar.
CARTER: (Siente un mareo repentino, se tambalea, deja caer la copa) ¿Qué…? ¿Qué le pusiste al vino?
ALEJANDRO: (Cae de rodillas, agarrándose la garganta) ¡Maldita… bruja!
ELENA: Sedantes de grado militar. Solo os dormirán por unas ocho horas. Suficiente para que el piloto aterrice.
CARTER: (Luchando por mantenerse despierto, arrastrándose por el suelo) Dijiste… Tokio… íbamos a Tokio…
ELENA: Yo voy a Tokio, Carter. Vosotros dos tenéis otro destino.
CARTER: ¿A… dónde…?
ELENA: (Se acerca a Carter, susurrando en su oído mientras él pierde el conocimiento) A Sinaloa, México. El piloto trabaja para el cartel. Les devolví los cien millones directamente a ellos desde el casino en Mónaco, usando el nombre de Alejandro.
ALEJANDRO: (Con su último aliento antes de desmayarse) Los diamantes…
ELENA: Oh, los maletines. Abridlos cuando despertéis en el desierto mexicano. Están llenos de cristal suizo de muy buena calidad. Cortado a la perfección. Pero sin valor alguno.
(Carter cierra los ojos, vencido. Alejandro yace inconsciente. Elena se levanta, se alisa el traje blanco y toma su bolso de diseño).
ELENA: Piloto, puede despegar. Llévelos directamente a los señores de Sinaloa. Dígales que la cuenta está saldada.
PILOTO (Voz desde la cabina): Entendido, señorita. Y usted, ¿a dónde irá?
ELENA: Abra la puerta, por favor. Yo no viajo en este vuelo.
(La puerta del jet se abre. Elena sale a la pista con el verdadero maletín de diamantes escondido en su bolso. El avión cierra la puerta y comienza a rodar por la pista, llevándose a Carter y a Alejandro hacia una muerte segura).
(Elena camina por la pista iluminada, sube a un Mercedes negro que la espera. El coche acelera hacia la noche de Suiza, mientras el avión desaparece en el cielo oscuro).
(La pantalla se oscurece. Letras blancas aparecen en el centro).
EL ESPEJISMO DE IBIZA NUNCA EXISTIÓ. PERO EL DINERO… EL DINERO SIEMPRE ES REAL.
CARTER: No hay tratos contigo, traidora.
ELENA: Carter, piensa. El cartel quiere sus cien millones. El FBI quiere arrestarte a ti. Si regresas con el dinero, el cartel te perdonará, pero irás a prisión federal de por vida. Estás atrapado.
CARTER: ¿Y qué propones, genio?
ELENA: Dividimos los diamantes. Treinta y tres millones para cada uno.
ALEJANDRO: ¿Estás bromeando? ¡Tú nos robaste cien!
ELENA: Y ahora os ofrezco treinta y tres a cambio de la paz. Escucha, Carter. Con treinta y tres millones en diamantes, puedes desaparecer. Comprar una nueva identidad. Irte a Asia. El cartel nunca te encontrará. El FBI tampoco. Serás un hombre libre. Rico y libre.
CARTER: (Baja el arma lentamente, dudando) ¿Por qué nos ofreces esto? Tienes la ventaja.
ELENA: Porque los necesito.
ALEJANDRO: ¿Para qué?
ELENA: Para salir de aquí. Afuera hay cuatro agentes de Interpol esperándome. Mi contacto en la policía suiza me vendió. Saben que estoy aquí. Pero no saben que vosotros habéis entrado por los ductos.
CARTER: (Ríe amargamente) Joder. Eres increíble. Estás acorralada y nos usas de escudo.
ELENA: Es la única salida. Alejandro conoce los túneles. Tú tienes el arma. Y yo tengo los diamantes. Somos un equipo. Otra vez.
ALEJANDRO: ¿Y si te dejamos aquí para que Interpol te arreste?
ELENA: Si me arrestan, el gobierno suizo confisca los diamantes. Y vosotros salís de aquí con los bolsillos vacíos, directos a las manos del cartel mexicano. Muerte segura.
(Carter y Alejandro se miran. La desesperación es evidente en sus rostros. Están atrapados en la telaraña de Elena una vez más).
CARTER: (Guarda el arma) Eres el mismo diablo, Elena.
ELENA: No, Carter. Soy tu directora financiera. Y acabo de salvarte la vida. Ahora, coged un maletín cada uno. Nos vamos a Tokio.
ACTO 9: EL ÚLTIMO TRUCO (Giro final)
ESCENARIO:
Aeropuerto privado de Zurich. Noche cerrada. Un jet privado enciende los motores. Carter, Alejandro y Elena caminan por la pista, cada uno aferrando un maletín metálico. El viento sopla con fuerza.
ALEJANDRO: Logramos salir de la bóveda. No lo puedo creer.
CARTER: Interpol estaba buscando en la puerta principal. Eres bueno con los túneles, Alejandro. Lo admito.
ELENA: El jet está listo. Volaremos sin plan de vuelo registrado. Con estos diamantes, empezamos de cero.
(Los tres suben las escaleras del avión. Entran a la lujosa cabina. Elena se sienta y sirve tres copas de champagne).
ELENA: Un brindis. Por Ibiza. Y por las segundas oportunidades.
(Carter y Alejandro toman sus copas. Beben profundamente, exhaustos pero aliviados).
CARTER: Nunca vuelvas a cruzarme, Elena. La próxima vez, te mato sin dudarlo.
ALEJANDRO: Yo solo quiero mi parte y no volver a veros la cara a ninguno de los dos.
ELENA: (Sonríe, pero no bebe su copa. Mira su reloj). Me parece justo, chicos. Pero hay un pequeño detalle que olvidé mencionar.
CARTER: (Siente un mareo repentino, se tambalea, deja caer la copa) ¿Qué…? ¿Qué le pusiste al vino?
ALEJANDRO: (Cae de rodillas, agarrándose la garganta) ¡Maldita… bruja!
ELENA: Sedantes de grado militar. Solo os dormirán por unas ocho horas. Suficiente para que el piloto aterrice.
CARTER: (Luchando por mantenerse despierto, arrastrándose por el suelo) Dijiste… Tokio… íbamos a Tokio…
ELENA: Yo voy a Tokio, Carter. Vosotros dos tenéis otro destino.
CARTER: ¿A… dónde…?
ELENA: (Se acerca a Carter, susurrando en su oído mientras él pierde el conocimiento) A Sinaloa, México. El piloto trabaja para el cartel. Les devolví los cien millones directamente a ellos desde el casino en Mónaco, usando el nombre de Alejandro.
ALEJANDRO: (Con su último aliento antes de desmayarse) Los diamantes…
ELENA: Oh, los maletines. Abridlos cuando despertéis en el desierto mexicano. Están llenos de cristal suizo de muy buena calidad. Cortado a la perfección. Pero sin valor alguno.
(Carter cierra los ojos, vencido. Alejandro yace inconsciente. Elena se levanta, se alisa el traje blanco y toma su bolso de diseño).
ELENA: Piloto, puede despegar. Llévelos directamente a los señores de Sinaloa. Dígales que la cuenta está saldada.
PILOTO (Voz desde la cabina): Entendido, señorita. Y usted, ¿a dónde irá?
ELENA: Abra la puerta, por favor. Yo no viajo en este vuelo.
(La puerta del jet se abre. Elena sale a la pista con el verdadero maletín de diamantes escondido en su bolso. El avión cierra la puerta y comienza a rodar por la pista, llevándose a Carter y a Alejandro hacia una muerte segura).
(Elena camina por la pista iluminada, sube a un Mercedes negro que la espera. El coche acelera hacia la noche de Suiza, mientras el avión desaparece en el cielo oscuro).
(La pantalla se oscurece. Letras blancas aparecen en el centro).
EL ESPEJISMO DE IBIZA NUNCA EXISTIÓ. PERO EL DINERO… EL DINERO SIEMPRE ES REAL.