Cocinero Hace DOBLE TURNO en Barcelona y al Llegar a Casa Ve que Su Esposa GASTÓ Sus Ahorros en un Viaje de Lujo
Parte 1
La lluvia caía sobre Barcelona como si alguien allá arriba hubiera decidido fregar toda la ciudad con rabia.
Las Ramblas brillaban húmedas bajo las luces amarillas de los faroles, y el olor a mar mezclado con aceite frito se pegaba a la ropa de la gente como una maldición. Dentro del restaurante La Perla del Gòtic, el calor era insoportable. Vapor, gritos, platos chocando, camareros corriendo como pollos sin cabeza.
Y en medio de todo aquello estaba Dani Cortés.
Treinta y ocho años. Ojeras hasta el suelo. Quemaduras pequeñas en los brazos. La espalda destrozada. Y una expresión permanente de cansancio que ya parecía tatuada.
—¡Dani, dos paellas! ¡Una fideuá! ¡Y la mesa doce pregunta si el alioli es casero! —gritó Óscar, el encargado.
Dani ni levantó la vista.
—Diles que lo hizo mi abuela en 1998 y seguimos estirándolo con agua.
Un camarero soltó una carcajada.
Óscar no.
—Estoy hablando en serio.
—Y yo también.
Dani removió una sartén con violencia. El aceite saltó como metralla.
Llevaba dieciséis horas trabajando.
Dieciséis.
Había empezado a las siete de la mañana preparando fondos y caldos para el turno del mediodía. Luego cubrió a un compañero enfermo. Después aceptó quedarse en la noche porque necesitaban manos.
Porque siempre necesitaban manos.
Porque siempre faltaba dinero.
Porque siempre había una factura nueva.
Y porque él era idiota.
Eso pensaba muchas veces.
Idiota por aceptar. Idiota por creer que sacrificarse servía de algo.
Pero luego pensaba en el piso que aún debía pagar. En las cuotas. En los impuestos. En la cuenta compartida con su esposa, Lucía.
La cuenta de ahorros.
Treinta y dos mil euros.
Cinco años levantándose antes del amanecer y llegando a casa oliendo a calamar frito.
Cinco años diciendo:
“No podemos gastar ahora.”
“Más adelante.”
“Cuando estemos mejor.”
Cinco años.
Y esa noche todo iba a explotar.
Dani dejó un entrecot en el pase y respiró hondo.
Le temblaban las manos.
No había comido desde las once.
—Tío, tienes cara de muerto —dijo Ahmed, otro cocinero, mientras cortaba perejil.
—Estoy estupendo. Si me pinchas sale caldo de pollo.
Ahmed soltó una risa breve.
—¿Hoy tampoco libras mañana?
—No.
—¿Y Lucía no se enfada?
Dani hizo una pausa.
Muy pequeña.
Casi invisible.
—Últimamente se enfada por respirar.
Ahmed levantó las cejas.
—Problemas de pareja.
—Problemas de dinero disfrazados de pareja.
—Eso sí es Barcelona auténtica.
Por primera vez en horas, Dani sonrió apenas.
Pero le duró dos segundos.
Porque su móvil vibró dentro del bolsillo.
Miró la pantalla.
Mensaje del banco.
“Transferencia realizada: -31.840 €”
El mundo se quedó mudo.
Literalmente mudo.
Los gritos de cocina desaparecieron.
El ruido de platos desapareció.
La lluvia desapareció.
Solo quedó aquella cifra.
Treinta y un mil ochocientos cuarenta euros.
Dani sintió que algo se vaciaba dentro de él.
—¿Qué pasa? —preguntó Ahmed.
Dani no respondió.
Volvió a mirar la pantalla.
Luego otra vez.
Luego abrió la aplicación del banco con las manos temblando.
Saldo disponible:
126 euros.
Ni siquiera 200.
Notó cómo se le aceleraba el pecho.
—No… no… no…
Ahmed dejó el cuchillo.
—Eh. Dani.
—No puede ser.
Abrió el historial.
Transferencia a:
“Azur Diamond Experiences.”
—¿Qué coño es Azur Diamond Experiences?
Entonces llegó otro mensaje.
De Lucía.
“Cariñoooo 😍😍😍 ya te contaré cuando llegues. Te tengo una sorpresa INCREÍBLE.”
Dani sintió ganas de vomitar.
Óscar apareció gritando desde el otro lado.
—¡Dani! ¡La mesa siete lleva esperando diez minutos!
Dani se giró lentamente.
Con una calma rarísima.
Peligrosa.
—Que esperen veinte.
—¿Perdona?
—He dicho que esperen veinte.
El restaurante entero notó algo extraño.
Porque Dani jamás contestaba así.
Jamás.
Óscar se acercó.
—¿Qué te pasa?
Dani levantó el móvil delante de su cara.
—Me acaban de vaciar la cuenta.
Silencio.
Ahmed soltó:
—Hostia.
Óscar frunció el ceño.
—¿Te han robado?
Dani tragó saliva.
—No. Creo que me he casado con la ladrona.
Y salió de la cocina sin quitarse siquiera el delantal.
La lluvia le golpeó la cara apenas cruzó la puerta.
Barcelona seguía viva.
Turistas borrachos.
Motos pasando.
Gente riendo bajo paraguas.
Y él caminando como un hombre al que acababan de arrancar algo del pecho.
El metro tardó una eternidad.
O quizá fueron cinco minutos.
No podía pensar bien.
Sentado frente a una pareja de adolescentes que se besaban como si el mundo fuera a acabarse, Dani seguía mirando la transferencia.
Azur Diamond Experiences.
Sonaba caro.
Sonaba ridículo.
Sonaba exactamente al tipo de cosa que Lucía veía en Instagram mientras decía:
“Mira qué vida tienen algunos…”
Dani cerró los ojos.
Recordó cuando la conoció.
Ella trabajaba en una tienda de ropa cerca de Plaza Catalunya.
Siempre sonriendo.
Siempre hablando rápido.
Siempre soñando en grande.
Al principio le hacía gracia.
—Un día iremos a Maldivas —decía ella.
—Claro. Y yo cocinaré para Shakira.
—¿Por qué eres tan cenizo?
—Porque los cenizos sobreviven al alquiler.
Pero Lucía tenía algo magnético.
Algo cálido.
Cuando él llegaba reventado del trabajo, ella lograba hacerle sentir que todo merecía la pena.
O eso creía.
Hasta hacía unos meses.
Porque últimamente Lucía parecía vivir enfadada con el mundo.
Con el piso.
Con el barrio.
Con su coche viejo.
Con las vacaciones inexistentes.
Con las parejas perfectas de internet.
—Estamos estancados —repetía.
Y Dani siempre respondía lo mismo.
—Estamos ahorrando.
Ella odiaba esa frase.
La odiaba tanto como él odiaba abrir la nevera y encontrar yogures de siete euros “porque eran ecológicos”.
El metro llegó a su parada.
Dani salió bajo la lluvia y caminó las cuatro calles hasta el edificio.
Subió las escaleras porque el ascensor volvía a estar roto.
Tercer piso.
Puerta 3B.
Y entonces escuchó música dentro.
Risas.
La puerta se abrió antes de que sacara las llaves.
Lucía apareció descalza, con una copa de vino en la mano y una sonrisa gigantesca.
—¡¡SORPRESAAAAA!!
Dani se quedó congelado.
Había maletas en el salón.
Maletas enormes.
Nuevas.
Carísimas.
Y sobre la mesa había folletos de playas turquesas.
Yates.
Champán.
Suites.
Lucía abrió los brazos.
—¡Nos vamos a Seychelles!
Dani no reaccionó.
Ella siguió hablando emocionadísima.
—¡Dos semanas! Hotel cinco estrellas. Spa. Excursiones privadas. Dios mío, Dani, necesitábamos esto muchísimo…
Dani seguía mirándola como si fuera una desconocida.
—¿Qué has hecho?
La sonrisa de Lucía se redujo un poco.
—¿Qué?
—¿Qué has hecho con el dinero?
—Ay, no pongas esa cara dramática…
—¿QUÉ HAS HECHO?
Ella parpadeó.
Nunca le gritaba.
Jamás.
—He pagado el viaje, obviamente.
—Con nuestros ahorros.
—Con nuestros ahorros, exacto.
Dani soltó una risa seca.
De esas que dan miedo.
—Treinta mil euros.
—No fueron treinta mil…
—TREINTA Y UN MIL OCHOCIENTOS CUARENTA.
Lucía dejó la copa lentamente.
—Vale, no hace falta ponerse así.
—¿Así cómo?
—Como un loco.
Dani sintió algo rompiéndose dentro de la cabeza.
—Trabajo dieciséis horas al día.
—Y yo qué culpa tengo.
Aquella frase cayó como una bomba.
Silencio absoluto.
La lluvia golpeaba las ventanas.
Lucía cruzó los brazos.
—Mira, estoy cansada de vivir como pobres.
Dani la miró incrédulo.
—¿Pobres?
—Sí. Pobres. Siempre contando monedas. Siempre diciendo “más adelante”. Nunca hacemos nada. Nunca viajamos. Nunca vivimos.
—Tenemos un piso.
—Hipotecado.
—Tenemos comida.
—Qué ilusión.
—¡Tenemos estabilidad!
Lucía se rió.
Una risa cruel.
—¿Estabilidad? Dani, llevas cinco años oliendo a fritanga para ahorrar dinero que ni siquiera disfrutamos.
Él notó que las manos le temblaban.
—Ese dinero era para emergencias.
—Pues mi emergencia es que me estoy ahogando en esta vida de mierda.
Dani abrió la boca.
La cerró.
No sabía qué decir.
Porque había algo aún peor que perder el dinero.
Era descubrir que la persona que dormía a tu lado despreciaba todo lo que tú sacrificabas.
Lucía volvió a coger la copa.
—Además, el viaje no es reembolsable.
Y ahí.
Justo ahí.
Algo explotó.
Dani agarró uno de los folletos y lo lanzó contra la pared.
—¿ESTÁS ENFERMA?
—¡No me grites!
—¡ME HAS DEJADO CON CIEN EUROS!
—Dramático. Cobras la semana que viene.
—¡DIOS MÍO!
Los vecinos golpearon la pared.
Pero ninguno de los dos hizo caso.
Lucía lo miró con rabia.
—¿Sabes qué te pasa? Que eres incapaz de disfrutar la vida.
—¿Y sabes qué te pasa a ti? Que juegas a ser rica con el sudor de otro.
Ella abrió los ojos.
—Perdona.
—Ni siquiera sabes cuánto cuesta ganar ese dinero.
—Claro que lo sé.
—NO. No tienes ni idea.
Dani respiraba agitado.
Empapado.
Cansado.
Vacío.
Lucía dio un trago al vino.
—Pues ya está hecho.
Y esa frase terminó de destruir la noche.
Parte 2
Dani se quedó inmóvil en mitad del salón.
La lluvia seguía golpeando las ventanas, pero ahora parecía venir desde dentro de su cabeza.
Lucía bebía vino como si acabaran de discutir por qué serie ver en Netflix.
Eso era lo más aterrador.
La normalidad con la que había destruido cinco años de sacrificios.
Dani se pasó una mano por la cara lentamente.
—Dime que estás de broma.
—No estoy de broma.
—Dime que puedes cancelar el viaje.
—Ya te he dicho que no.
—Pues llama.
—¿Ahora?
—¡SÍ, AHORA!
Lucía dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—No pienso hacerlo.
—¿No piensas hacerlo?
—No.
—Lucía…
—Estoy cansada de vivir esperando un futuro que nunca llega.
Dani soltó una carcajada amarga.
—¿Y tu solución es reventar todos nuestros ahorros en playas para ricos?
—No entiendes nada.
—Explícamelo entonces. Porque igual soy cocinero, pero todavía sé sumar.
Ella se levantó del sofá de golpe.
—¡Necesitaba sentirme viva!
—¿Treinta mil euros para sentirte viva?
—¡Sí!
El silencio posterior fue tan incómodo que hasta el frigorífico parecía haberse callado.
Dani la miró fijamente.
Ya no reconocía a la mujer frente a él.
La Lucía que conoció hace años se emocionaba con un kebab después del cine y una escapada barata a Sitges.
Ahora hablaba como una influencer atrapada en un anuncio de perfumes caros.
Ella volvió a cruzarse de brazos.
—Además, no es solo para mí. Es para los dos.
—Qué detalle.
—No seas imbécil.
—¿Imbécil yo?
Dani señaló las maletas.
—¿Compraste maletas nuevas también?
Lucía dudó apenas un segundo.
Ese segundo bastó.
—Madre de Dios…
—Las otras estaban viejas.
—Las otras tenían ruedas.
—Dani…
—¡¿Y cuánto costaron estas?!
Ella evitó mirarlo.
—No mucho.
—Eso en idioma Lucía significa una barbaridad.
—Mil doscientas.
Dani se quedó petrificado.
—¿Mil doscientas euros… en maletas?
—Son italianas.
—Pues espero que también cocinen.
Lucía resopló.
—Siempre exageras.
—Trabajo doblando turnos y tú compras maletas que valen más que mi coche.
—Tu coche parece un ataúd con ruedas.
—¡Porque no gasto dinero que no tengo!
Ella se acercó.
—¿Sabes qué? Estoy harta de sentir vergüenza.
Eso lo frenó.
—¿Vergüenza?
—Sí. Vergüenza. Todas mis amigas viajan. Salen. Viven bien. Y yo llevo años encerrada aquí esperando que tú decidas disfrutar algo.
Dani abrió los brazos.
—¿Y qué querías? ¿Que imprimiera billetes en la cocina?
—No hacía falta tanto drama.
—¡TREINTA MIL EUROS, LUCÍA!
Los vecinos golpearon otra vez la pared.
Esta vez alguien gritó:
—¡CALLAOS YA, HOSTIA!
Dani miró hacia el techo.
—Perfecto. Encima mañana me denuncian.
Lucía volvió al sofá.
—Mira, el viaje ya está pagado. Vamos, desconectamos, volvemos mejor y punto.
—¿Volvemos mejor?
—Sí.
—Lucía, no puedo ni mirar esas maletas sin querer llorar.
Ella puso los ojos en blanco.
—Qué exagerado eres, de verdad.
Y ahí fue cuando Dani sintió algo peligrosísimo.
No rabia.
Peor.
Frialdad.
Una especie de vacío helado.
Como cuando un vaso cae al suelo y sabes, antes incluso del ruido, que ya está roto.
Dani caminó hacia la cocina.
Abrió la nevera.
Había media tortilla envuelta en papel aluminio.
La miró durante varios segundos.
Luego cerró la puerta.
Lucía seguía hablando detrás.
—La gente normal disfruta el dinero que gana.
—La gente normal no deja la cuenta conjunta en ciento veintiséis euros.
—Tampoco estamos en la calle.
Dani se giró lentamente.
—Todavía.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Ay, por favor…
—¿Sabes cuánto queda de hipoteca este mes?
Lucía calló.
—¿Lo sabes?
—No exactamente.
—Mil cuatrocientos veinte.
Ella frunció el ceño.
—Bueno, algo habrá en otra cuenta.
—No.
—¿Cómo que no?
—NO.
Dani empezó a reírse.
Pero era una risa rota.
De agotamiento puro.
—Dios mío… tú de verdad creías que éramos ricos.
—No he dicho eso.
—Lucía, llevamos años sobreviviendo. Sobreviviendo.
Ella se levantó otra vez.
—Pues yo no quiero sobrevivir. Quiero vivir.
—¿Y qué pasa conmigo?
—¿Qué pasa contigo qué?
—Que mientras tú soñabas con hoteles de lujo, yo me destrozaba la espalda para construir algo.
Lucía apartó la mirada.
Y eso dolió aún más.
Porque ni siquiera parecía culpable.
Sonó el móvil de Dani.
Óscar.
Lo ignoró.
Volvió a sonar.
Luego otra vez.
Finalmente contestó.
—¿Qué?
—¿Dónde coño estás? —gritó Óscar.
—No vuelvo.
—¿Qué significa no vuelvo?
—Significa exactamente eso.
—Dani, tenemos el restaurante lleno.
Dani miró las maletas gigantes en medio del salón.
Luego a Lucía.
Luego al techo.
—Pues pon a cocinar las maletas italianas.
Y colgó.
Lucía abrió mucho los ojos.
—¿Has dejado el trabajo tirado?
—Sí.
—Estás loco.
—No tanto como la persona que compró un viaje de treinta mil euros sin preguntar.
Ella agarró la copa otra vez.
—Te estás comportando como un niño.
Dani soltó una risa seca.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ni siquiera entiendes por qué esto está mal.
Lucía abrió la boca para responder, pero alguien llamó a la puerta.
Tres golpes rápidos.
Los dos se quedaron quietos.
—Como sea tu madre, me tiro por la ventana —murmuró Dani.
Lucía fue a abrir.
Era Nuria.
La vecina del cuarto.
Cincuenta y tantos.
Pelo teñido de rojo imposible.
Bata de leopardo.
Siempre oliendo a colonia fuerte y croquetas.
—¿Se puede saber qué escándalo montáis? —preguntó entrando sin permiso—. Se escucha más aquí que en el Camp Nou.
Nuria vio a Dani empapado.
Luego las maletas.
Luego los folletos.
Luego las caras.
Y sonrió lentamente.
—Uy. Aquí ha pasado algo gordo.
—Nada, Nuria —dijo Lucía.
—Nada mis ovarios.
Nuria se acercó a Dani.
—Tú tienes cara de haber enterrado a alguien.
—Casi.
Lucía resopló.
—Solo estamos discutiendo.
—Claro. Y yo soy Rosalía.
Nuria agarró uno de los folletos.
Leyó:
“Experiencia Premium Seychelles Diamond.”
Silencio.
Luego miró a Lucía.
—¿Cuánto costó esto?
Lucía dudó.
Mala idea.
Porque Nuria olía el drama como los tiburones la sangre.
—¿Cuánto?
—No importa.
—Hostia… sí importa.
Dani respondió por ella.
—Treinta y un mil euros.
Nuria dejó caer el folleto.
—¿PERDONA?
—Exactamente mi reacción.
Nuria miró a Lucía como si acabara de confesar un asesinato.
—¿Pero tú estás tonta?
—Gracias, Nuria —dijo Lucía con ironía.
—No, no, lo pregunto de verdad.
Lucía se cruzó de brazos.
—No necesito que me juzguéis.
—Cariño, si haces una locura, la gente comenta la locura. Es el funcionamiento básico del barrio.
Dani casi se ríe.
Casi.
Nuria caminó lentamente por el salón.
—Treinta mil euros… madre mía… con eso mi primo Manolo abrió un bar y quebró dos veces.
Lucía ya estaba roja de rabia.
—No entiendes el contexto.
—¿Qué contexto justifica quemar todos los ahorros?
—Necesitábamos desconectar.
Nuria miró a Dani.
—¿Y tú sabías algo?
—Me enteré hace cuarenta minutos mientras hacía paellas.
—Ay, Virgen santa…
Lucía empezó a perder la paciencia.
—Vale, ya está bien. No necesito un juicio popular.
Nuria levantó una mano.
—No, escucha. Yo he estado casada tres veces. Tres. Sé reconocer una catástrofe matrimonial cuando la veo.
—Gracias por el apoyo emocional —murmuró Dani.
Nuria siguió:
—El problema no es el viaje. El problema es que tú has hecho algo enorme sin pensar en él.
Lucía soltó una carcajada incrédula.
—¿Y alguien piensa en mí aquí?
Dani la miró.
—¿Perdón?
Ella respiró hondo.
Y entonces explotó de verdad.
—¡Estoy sola todo el tiempo!
Eso cambió el ambiente.
Incluso Nuria se calló.
Lucía tenía lágrimas en los ojos ahora.
—Siempre estás trabajando. Siempre cansado. Siempre preocupado. Nunca sales. Nunca hablamos. Nunca hacemos nada.
Dani bajó un poco la mirada.
—Trabajo porque hace falta.
—¡Pero ya no somos pareja! Somos compañeros de piso que pagan facturas.
Nuria murmuró:
—Uy…
Lucía seguía:
—Yo llego aquí y estoy sola. Ceno sola. Duermo sola. Vivo sola.
Dani se quedó quieto.
Porque una parte de él sabía que había verdad en aquello.
Pero otra parte seguía viendo la cuenta bancaria vacía.
—Entonces me hablas —dijo él—. No quemas nuestros ahorros.
—¡Te hablé mil veces!
—¿Y tu conclusión fue reservar Seychelles?
—¡Mi conclusión fue que nunca ibas a cambiar!
La tensión era tan espesa que costaba respirar.
Nuria levantó lentamente el folleto del suelo.
—Bueno… al menos las playas se ven bonitas.
Los dos la miraron.
—¿Qué? —dijo ella—. Intento relajar el ambiente.
Nadie respondió.
Nuria suspiró.
—Vale. Esto va mal.
Muy mal.
Dani se dejó caer en una silla.
De repente parecía diez años mayor.
Lucía lo observó en silencio.
Y por primera vez desde que empezó la pelea, pareció darse cuenta del daño real.
No del dinero.
De él.
De sus ojos vacíos.
De su agotamiento.
De su manera de respirar como si llevara piedras dentro del pecho.
Pero el orgullo seguía allí.
Siempre el orgullo.
—No quería hacerte daño —dijo más bajo.
Dani levantó la vista lentamente.
—Pues felicidades. Récord mundial.
Nuria murmuró:
—Madre mía, esto parece Netflix pero sin presupuesto.
Lucía se sentó enfrente de Dani.
—Podemos arreglarlo.
—¿Cómo?
Ella abrió la boca.
La cerró.
Porque no tenía respuesta.
Y eso fue peor que cualquier grito.
Pasaron varios segundos.
Luego Dani habló.
Muy tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—¿Cuánto exactamente queda en la cuenta?
Lucía tragó saliva.
—Ciento veintiséis euros.
—¿Y las tarjetas?
—La mía está casi al límite.
Dani asintió lentamente.
—Perfecto.
—Dani…
—Perfecto.
—No me hables así.
—¿Así cómo?
—Como si me odiaras.
Él tardó varios segundos en responder.
—Ahora mismo no sé muy bien qué siento.
Aquello dolió más que un insulto.
Incluso Nuria hizo una mueca.
Lucía se secó una lágrima con rabia.
—Vale. Entonces dime qué hacemos.
Dani la miró fijamente.
—Primero cancelas el viaje.
—No se puede cancelar entero.
—Pues recupera lo que puedas.
—Perderíamos dinero igual.
—YA HEMOS PERDIDO EL DINERO.
Nuria pegó un pequeño salto.
—Jesús bendito, vais a matarme del susto.
Lucía respiró fuerte.
—Mañana llamaré.
—Ahora.
—Son las once de la noche.
—Ahora.
Ella agarró el móvil de mala gana.
Buscó el número.
Puso altavoz.
Después de varios tonos, respondió una voz elegante con acento francés.
—Azur Diamond Experiences, buenas noches.
Lucía tragó saliva.
—Sí, quería consultar una cancelación.
Dani observaba cada movimiento.
Cada respiración.
La mujer del teléfono habló durante casi dos minutos.
Cuando terminó, Lucía estaba pálida.
—¿Qué dicen? —preguntó Dani.
Ella levantó lentamente la mirada.
—Que solo devuelven… cuatro mil.
El salón quedó completamente en silencio.
Nuria fue la primera en reaccionar.
—¡CUATRO MIL! ¡Pero si eso es un robo con playa incluida!
Dani cerró los ojos.
Veintisiete mil euros perdidos.
Veintisiete mil.
Lucía empezó a llorar de verdad ahora.
—Yo no sabía…
—Claro que no sabías —dijo Dani con voz agotada—. Nunca sabes nada porque nunca piensas más allá de Instagram.
Ella se levantó indignada.
—Eso es cruel.
—Cruel es freírme vivo trabajando mientras tú reservas masajes en una isla privada.
Nuria susurró:
—Hostia…
Lucía agarró las llaves.
—Necesito salir.
—Perfecto.
—No me sigas.
Dani soltó una risa amarga.
—Créeme. Ahora mismo preferiría seguir a un jabalí salvaje antes que discutir más contigo.
Ella salió dando un portazo.
Silencio.
Largo.
Pesado.
Nuria miró a Dani.
—Bueno…
Él se tapó la cara con ambas manos.
Y por primera vez en años, empezó a llorar.
Parte 3
Dani se quedó inmóvil en mitad del salón.
La lluvia seguía golpeando las ventanas, pero ahora parecía venir desde dentro de su cabeza.
Lucía bebía vino como si acabaran de discutir por qué serie ver en Netflix.
Eso era lo más aterrador.
La normalidad con la que había destruido cinco años de sacrificios.
Dani se pasó una mano por la cara lentamente.
—Dime que estás de broma.
—No estoy de broma.
—Dime que puedes cancelar el viaje.
—Ya te he dicho que no.
—Pues llama.
—¿Ahora?
—¡SÍ, AHORA!
Lucía dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—No pienso hacerlo.
—¿No piensas hacerlo?
—No.
—Lucía…
—Estoy cansada de vivir esperando un futuro que nunca llega.
Dani soltó una carcajada amarga.
—¿Y tu solución es reventar todos nuestros ahorros en playas para ricos?
—No entiendes nada.
—Explícamelo entonces. Porque igual soy cocinero, pero todavía sé sumar.
Ella se levantó del sofá de golpe.
—¡Necesitaba sentirme viva!
—¿Treinta mil euros para sentirte viva?
—¡Sí!
El silencio posterior fue tan incómodo que hasta el frigorífico parecía haberse callado.
Dani la miró fijamente.
Ya no reconocía a la mujer frente a él.
La Lucía que conoció hace años se emocionaba con un kebab después del cine y una escapada barata a Sitges.
Ahora hablaba como una influencer atrapada en un anuncio de perfumes caros.
Ella volvió a cruzarse de brazos.
—Además, no es solo para mí. Es para los dos.
—Qué detalle.
—No seas imbécil.
—¿Imbécil yo?
Dani señaló las maletas.
—¿Compraste maletas nuevas también?
Lucía dudó apenas un segundo.
Ese segundo bastó.
—Madre de Dios…
—Las otras estaban viejas.
—Las otras tenían ruedas.
—Dani…
—¡¿Y cuánto costaron estas?!
Ella evitó mirarlo.
—No mucho.
—Eso en idioma Lucía significa una barbaridad.
—Mil doscientas.
Dani se quedó petrificado.
—¿Mil doscientas euros… en maletas?
—Son italianas.
—Pues espero que también cocinen.
Lucía resopló.
—Siempre exageras.
—Trabajo doblando turnos y tú compras maletas que valen más que mi coche.
—Tu coche parece un ataúd con ruedas.
—¡Porque no gasto dinero que no tengo!
Ella se acercó.
—¿Sabes qué? Estoy harta de sentir vergüenza.
Eso lo frenó.
—¿Vergüenza?
—Sí. Vergüenza. Todas mis amigas viajan. Salen. Viven bien. Y yo llevo años encerrada aquí esperando que tú decidas disfrutar algo.
Dani abrió los brazos.
—¿Y qué querías? ¿Que imprimiera billetes en la cocina?
—No hacía falta tanto drama.
—¡TREINTA MIL EUROS, LUCÍA!
Los vecinos golpearon otra vez la pared.
Esta vez alguien gritó:
—¡CALLAOS YA, HOSTIA!
Dani miró hacia el techo.
—Perfecto. Encima mañana me denuncian.
Lucía volvió al sofá.
—Mira, el viaje ya está pagado. Vamos, desconectamos, volvemos mejor y punto.
—¿Volvemos mejor?
—Sí.
—Lucía, no puedo ni mirar esas maletas sin querer llorar.
Ella puso los ojos en blanco.
—Qué exagerado eres, de verdad.
Y ahí fue cuando Dani sintió algo peligrosísimo.
No rabia.
Peor.
Frialdad.
Una especie de vacío helado.
Como cuando un vaso cae al suelo y sabes, antes incluso del ruido, que ya está roto.
Dani caminó hacia la cocina.
Abrió la nevera.
Había media tortilla envuelta en papel aluminio.
La miró durante varios segundos.
Luego cerró la puerta.
Lucía seguía hablando detrás.
—La gente normal disfruta el dinero que gana.
—La gente normal no deja la cuenta conjunta en ciento veintiséis euros.
—Tampoco estamos en la calle.
Dani se giró lentamente.
—Todavía.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Ay, por favor…
—¿Sabes cuánto queda de hipoteca este mes?
Lucía calló.
—¿Lo sabes?
—No exactamente.
—Mil cuatrocientos veinte.
Ella frunció el ceño.
—Bueno, algo habrá en otra cuenta.
—No.
—¿Cómo que no?
—NO.
Dani empezó a reírse.
Pero era una risa rota.
De agotamiento puro.
—Dios mío… tú de verdad creías que éramos ricos.
—No he dicho eso.
—Lucía, llevamos años sobreviviendo. Sobreviviendo.
Ella se levantó otra vez.
—Pues yo no quiero sobrevivir. Quiero vivir.
—¿Y qué pasa conmigo?
—¿Qué pasa contigo qué?
—Que mientras tú soñabas con hoteles de lujo, yo me destrozaba la espalda para construir algo.
Lucía apartó la mirada.
Y eso dolió aún más.
Porque ni siquiera parecía culpable.
Sonó el móvil de Dani.
Óscar.
Lo ignoró.
Volvió a sonar.
Luego otra vez.
Finalmente contestó.
—¿Qué?
—¿Dónde coño estás? —gritó Óscar.
—No vuelvo.
—¿Qué significa no vuelvo?
—Significa exactamente eso.
—Dani, tenemos el restaurante lleno.
Dani miró las maletas gigantes en medio del salón.
Luego a Lucía.
Luego al techo.
—Pues pon a cocinar las maletas italianas.
Y colgó.
Lucía abrió mucho los ojos.
—¿Has dejado el trabajo tirado?
—Sí.
—Estás loco.
—No tanto como la persona que compró un viaje de treinta mil euros sin preguntar.
Ella agarró la copa otra vez.
—Te estás comportando como un niño.
Dani soltó una risa seca.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ni siquiera entiendes por qué esto está mal.
Lucía abrió la boca para responder, pero alguien llamó a la puerta.
Tres golpes rápidos.
Los dos se quedaron quietos.
—Como sea tu madre, me tiro por la ventana —murmuró Dani.
Lucía fue a abrir.
Era Nuria.
La vecina del cuarto.
Cincuenta y tantos.
Pelo teñido de rojo imposible.
Bata de leopardo.
Siempre oliendo a colonia fuerte y croquetas.
—¿Se puede saber qué escándalo montáis? —preguntó entrando sin permiso—. Se escucha más aquí que en el Camp Nou.
Nuria vio a Dani empapado.
Luego las maletas.
Luego los folletos.
Luego las caras.
Y sonrió lentamente.
—Uy. Aquí ha pasado algo gordo.
—Nada, Nuria —dijo Lucía.
—Nada mis ovarios.
Nuria se acercó a Dani.
—Tú tienes cara de haber enterrado a alguien.
—Casi.
Lucía resopló.
—Solo estamos discutiendo.
—Claro. Y yo soy Rosalía.
Nuria agarró uno de los folletos.
Leyó:
“Experiencia Premium Seychelles Diamond.”
Silencio.
Luego miró a Lucía.
—¿Cuánto costó esto?
Lucía dudó.
Mala idea.
Porque Nuria olía el drama como los tiburones la sangre.
—¿Cuánto?
—No importa.
—Hostia… sí importa.
Dani respondió por ella.
—Treinta y un mil euros.
Nuria dejó caer el folleto.
—¿PERDONA?
—Exactamente mi reacción.
Nuria miró a Lucía como si acabara de confesar un asesinato.
—¿Pero tú estás tonta?
—Gracias, Nuria —dijo Lucía con ironía.
—No, no, lo pregunto de verdad.
Lucía se cruzó de brazos.
—No necesito que me juzguéis.
—Cariño, si haces una locura, la gente comenta la locura. Es el funcionamiento básico del barrio.
Dani casi se ríe.
Casi.
Nuria caminó lentamente por el salón.
—Treinta mil euros… madre mía… con eso mi primo Manolo abrió un bar y quebró dos veces.
Lucía ya estaba roja de rabia.
—No entiendes el contexto.
—¿Qué contexto justifica quemar todos los ahorros?
—Necesitábamos desconectar.
Nuria miró a Dani.
—¿Y tú sabías algo?
—Me enteré hace cuarenta minutos mientras hacía paellas.
—Ay, Virgen santa…
Lucía empezó a perder la paciencia.
—Vale, ya está bien. No necesito un juicio popular.
Nuria levantó una mano.
—No, escucha. Yo he estado casada tres veces. Tres. Sé reconocer una catástrofe matrimonial cuando la veo.
—Gracias por el apoyo emocional —murmuró Dani.
Nuria siguió:
—El problema no es el viaje. El problema es que tú has hecho algo enorme sin pensar en él.
Lucía soltó una carcajada incrédula.
—¿Y alguien piensa en mí aquí?
Dani la miró.
—¿Perdón?
Ella respiró hondo.
Y entonces explotó de verdad.
—¡Estoy sola todo el tiempo!
Eso cambió el ambiente.
Incluso Nuria se calló.
Lucía tenía lágrimas en los ojos ahora.
—Siempre estás trabajando. Siempre cansado. Siempre preocupado. Nunca sales. Nunca hablamos. Nunca hacemos nada.
Dani bajó un poco la mirada.
—Trabajo porque hace falta.
—¡Pero ya no somos pareja! Somos compañeros de piso que pagan facturas.
Nuria murmuró:
—Uy…
Lucía seguía:
—Yo llego aquí y estoy sola. Ceno sola. Duermo sola. Vivo sola.
Dani se quedó quieto.
Porque una parte de él sabía que había verdad en aquello.
Pero otra parte seguía viendo la cuenta bancaria vacía.
—Entonces me hablas —dijo él—. No quemas nuestros ahorros.
—¡Te hablé mil veces!
—¿Y tu conclusión fue reservar Seychelles?
—¡Mi conclusión fue que nunca ibas a cambiar!
La tensión era tan espesa que costaba respirar.
Nuria levantó lentamente el folleto del suelo.
—Bueno… al menos las playas se ven bonitas.
Los dos la miraron.
—¿Qué? —dijo ella—. Intento relajar el ambiente.
Nadie respondió.
Nuria suspiró.
—Vale. Esto va mal.
Muy mal.
Dani se dejó caer en una silla.
De repente parecía diez años mayor.
Lucía lo observó en silencio.
Y por primera vez desde que empezó la pelea, pareció darse cuenta del daño real.
No del dinero.
De él.
De sus ojos vacíos.
De su agotamiento.
De su manera de respirar como si llevara piedras dentro del pecho.
Pero el orgullo seguía allí.
Siempre el orgullo.
—No quería hacerte daño —dijo más bajo.
Dani levantó la vista lentamente.
—Pues felicidades. Récord mundial.
Nuria murmuró:
—Madre mía, esto parece Netflix pero sin presupuesto.
Lucía se sentó enfrente de Dani.
—Podemos arreglarlo.
—¿Cómo?
Ella abrió la boca.
La cerró.
Porque no tenía respuesta.
Y eso fue peor que cualquier grito.
Pasaron varios segundos.
Luego Dani habló.
Muy tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—¿Cuánto exactamente queda en la cuenta?
Lucía tragó saliva.
—Ciento veintiséis euros.
—¿Y las tarjetas?
—La mía está casi al límite.
Dani asintió lentamente.
—Perfecto.
—Dani…
—Perfecto.
—No me hables así.
—¿Así cómo?
—Como si me odiaras.
Él tardó varios segundos en responder.
—Ahora mismo no sé muy bien qué siento.
Aquello dolió más que un insulto.
Incluso Nuria hizo una mueca.
Lucía se secó una lágrima con rabia.
—Vale. Entonces dime qué hacemos.
Dani la miró fijamente.
—Primero cancelas el viaje.
—No se puede cancelar entero.
—Pues recupera lo que puedas.
—Perderíamos dinero igual.
—YA HEMOS PERDIDO EL DINERO.
Nuria pegó un pequeño salto.
—Jesús bendito, vais a matarme del susto.
Lucía respiró fuerte.
—Mañana llamaré.
—Ahora.
—Son las once de la noche.
—Ahora.
Ella agarró el móvil de mala gana.
Buscó el número.
Puso altavoz.
Después de varios tonos, respondió una voz elegante con acento francés.
—Azur Diamond Experiences, buenas noches.
Lucía tragó saliva.
—Sí, quería consultar una cancelación.
Dani observaba cada movimiento.
Cada respiración.
La mujer del teléfono habló durante casi dos minutos.
Cuando terminó, Lucía estaba pálida.
—¿Qué dicen? —preguntó Dani.
Ella levantó lentamente la mirada.
—Que solo devuelven… cuatro mil.
El salón quedó completamente en silencio.
Nuria fue la primera en reaccionar.
—¡CUATRO MIL! ¡Pero si eso es un robo con playa incluida!
Dani cerró los ojos.
Veintisiete mil euros perdidos.
Veintisiete mil.
Lucía empezó a llorar de verdad ahora.
—Yo no sabía…
—Claro que no sabías —dijo Dani con voz agotada—. Nunca sabes nada porque nunca piensas más allá de Instagram.
Ella se levantó indignada.
—Eso es cruel.
—Cruel es freírme vivo trabajando mientras tú reservas masajes en una isla privada.
Nuria susurró:
—Hostia…
Lucía agarró las llaves.
—Necesito salir.
—Perfecto.
—No me sigas.
Dani soltó una risa amarga.
—Créeme. Ahora mismo preferiría seguir a un jabalí salvaje antes que discutir más contigo.
Ella salió dando un portazo.
Silencio.
Largo.
Pesado.
Nuria miró a Dani.
—Bueno…
Él se tapó la cara con ambas manos.
Y por primera vez en años, empezó a llorar.