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VICENTE FERNÁNDEZ escondió 16 CARTAS en el rancho… ANTONIO AGUILAR las halló

VICENTE FERNÁNDEZ escondió 16 CARTAS en el rancho… ANTONIO AGUILAR las halló

Martes 15 de octubre de 2019. El sol descendía sobre el rancho Los Tres Potrillos, esa extensión de tierra que Vicente Fernández había adquirido en 1971 como símbolo tangible de todo lo que había conquistado. Antonio Aguilar manejaba lentamente por el camino de terracería, polvo rojo levantándose tras las llantas de su vehículo.

 No era la primera vez que visitaba ese lugar. Había estado allí en innumerables ocasiones durante las décadas en que ambos hombres compartieron circuitos, grabaciones y la peculiar amistad que une a dos titanes de la música ranchera que aprenden a coexistir sin ser exactamente amigos, pero tampoco enemigos.

 Esa tarde en particular, Antonio iba solo. Su hijo no lo acompañaba. Su esposa se había quedado en la ciudad. Él había sentido la necesidad de estar en ese rancho con la Soledad como única compañía, refrescando memoria de conversaciones antiguas, de momentos que ya parecían pertenecer a otra vida. Antonio Aguilar había cumplido 87 años hacía apenas 3 meses.

El cuerpo mostraba el peso de las décadas, de las giras interminables, de las noches cantando hasta el amanecer. Pero la mente seguía funcionando con la precisión de quien ha vivido conscientemente cada momento, quien ha tomado nota mental de detalles que otros dejaban pasar. Mientras recorría el rancho en esa tarde de octubre, visitando los establos donde antaño Vicente había mantenido los caballos más hermosos de Jalisco, Antonio sintió la necesidad de revisar las construcciones antiguas. El mayordomo original del

rancho había muerto hacía casi una década. Las nuevas personas que cuidaban el lugar desconocían cada rincón como lo conocían quienes habían estado allí desde el principio. Fue en uno de esos edificios auxiliares una construcción que alguna vez sirvió como bodega y que poco a poco había caído en desuso, donde Antonio notó algo, una pared de tablas de madera, algunas tan desgastadas que el paso del tiempo había abierto grietas entre ellas.

 No había nada especialmente notable en ello, salvo que esa pared parecía haber sido construida deliberadamente para cerrar algo. Las tablas no eran parte de la estructura original del edificio. Alguien años atrás había decidido bloquear el acceso a un espacio. La curiosidad de Antonio, acrisolada por casi nueve décadas de una vida vivida sin incógnitas buscadas deliberadamente, lo empujó a acercarse.

Trabajó con las tablas durante casi 20 minutos usando una herramienta que encontró tirada en el piso del edificio. hasta que consiguió crear un hueco lo suficientemente grande para introducir la mano. Lo que primero encontró fue una caja de madera pequeña del tamaño de las que en otras épocas se usaban para guardar documentos importantes o joyas.

Estaba cubierta de polvo acumulado durante años, décadas probablemente. Antonio extrajo la caja con cuidado, llevándola a la luz que entraba por las aberturas del techo. Dentro de esa caja, envueltas en papel de seda que se deshacía al menor contacto, había 16 cartas. Las cartas estaban escritas en diferentes momentos.

 Eso era evidente por la variación en la tinta, en el grosor de la letra, en la calidad del papel. Algunas eran de papel grueso y blanco, otras de un papel más delgado y amarillento que hablaba de décadas de antigüedad. Las fechas en las esquinas superiores derechas iban desde 1952 hasta 1995. 43 años de confesiones privadas guardadas en la oscuridad, separadas del mundo.

 Antonio se sentó en el piso del edificio abandonado, sosteniendo las cartas con las manos que temblaban ligeramente, no por debilidad, sino por la comprensión gradual de lo que estaba sucediendo. Estas no eran cartas que Vicente hubiera olvidado. Estas cartas habían sido ocultadas deliberadamente y la elección de ese lugar, esa bodega apartada, esa pared construida específicamente para crear una barrera entre el contenido de esas cartas y los ojos del mundo, significaba que Vicente había querido que permanecieran sin ser vistas durante su vida, pero que de

alguna manera reconocía que algún día, tal vez alguien las encontraría. La primera carta estaba fechada el 12 de noviembre de 1952. Vicente escribía desde un lugar que identificaba como Ciudad de México, habitación del hotel San Angeline. En esa época, Vicente Fernández tenía apenas 25 años.

 Ya había grabado sus primeras canciones. El éxito inicial había llegado, pero la gloria nacional no había sido aún conquistada. La letra era cuidadosa, formada, la de alguien acostumbrado a escribir, aunque no necesariamente a escribir cartas. La primera línea decía simplemente, “Necesito hablar, pero no con palabras que otros puedan escuchar.

” Esa frase, esos 31 caracteres, encapsulaba toda la filosofía de por qué esas cartas existían. En esa carta de 1952, Vicente hablaba de una competencia de cantos en Jalisco, una que aparentemente no figuraba en ninguno de los registros oficiales de su carrera, pero que a él le parecía crucial en su memoria. Había cantado en esa competencia y había perdido contra un cantante de nombre Rodrigo Martínez, alguien de quien nadie había vuelto a escuchar hablar en toda la historia de la música ranchera mexicana. Vicente escribía sobre cómo

esa pérdida le había hecho cuestionarse si tenía verdaderamente el talento que todos a su alrededor aseguraban que poseía. escribía sobre las noches posteriores cuando no podía dormir, cuando se preguntaba si debería abandonar la música, si debería regresar a las tareas más modestas, si acaso toda la seguridad que la familia y los productores iniciales le habían dado era simplemente un espejismo cortés, una sola derrota invisible para la historia, pero que había sacudido los cimientos de su propia certeza. Antonio leyó esa

carta completa en el piso del edificio abandonado, la luz del atardecer filtrándose a través de las grietas del techo y comprendió que estaba ante algo raro. No era la carta de alguien desesperado ni al borde del colapso mental, era la carta de alguien que estaba procesando una emoción importante en Soledad.

 Alguien que quería documentar que se había dudado, que se había considerado detenerse, porque era importante que existiera registro de ello, aunque ese registro nunca fuera leído por nadie en vida. La segunda carta databa de 1956. Vicente escribía desde Guadalajara. En ese momento su carrera estaba definitivamente establecida.

 Ya era una figura importante en la música mexicana. Pero esta carta hablaba de algo completamente diferente. Hablaba de Rosa Saent, quien aparentemente había sido una mujer que amó profundamente en 1954 y 1955, durante los meses posteriores a la grabación de El Chueco. Rosa era, según la descripción de Vicente en esa carta, la única persona que ha visto dentro de mí todo lo que otros no ven y justamente por eso debo dejarla ir.

 Vicente escribía sobre como Rosa lo había pedido que abandonara la música, que se casaran, que vivieran una vida tranquila en las afueras de Guadalajara. Escribía sobre como su corazón había querido decir que sí, como durante semanas había estado dispuesto a renunciar a todo, pero finalmente había optado por la música.

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