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VICENTE FERNÁNDEZ Cantó mientras TORTURABAN a su HIJO… Lo que pasó esa noche NADIE lo cuenta

VICENTE FERNÁNDEZ Cantó mientras TORTURABAN a su HIJO… Lo que pasó esa noche NADIE lo cuenta

Morelia, Michoacán. 20 de mayo de 1998, las 9: cu de la noche. Vicente Fernández está en el camerino del auditorio Morelos cuando suena un teléfono que no debería estar sonando a esa hora. Un asistente se lo pasa con la cara descompuesta. Del otro lado de la línea, una voz que él no reconoce le dice algo muy corto y muy claro.

 Tenemos a su hijo. Si cancela el concierto, lo matamos esta noche. Si llama a la policía, también salga a cantar como si nada. Vicente cuelga, se mira en el espejo, le tiembla el labio, pero hay 3000 personas esperándolo del otro lado y la voz acaba de decirle que la vida de Vicente Fernández Junior depende de que él salga a cantar.

 Así que sale y canta dos horas seguidas. El rey volver, volver acá entre nos sonríe, bromea con el público, brinda con el tequila que le suben al escenario [música] y por dentro se está rompiendo en pedazos. Lo que él no sabe esa anoche, lo que tardará años en sospechar, es que esa llamada que acaba de cambiarle la vida quizá no vino de un desconocido, quizá vino de alguien que conocía perfectamente bien el rancho de los tres potrillos. Quizá demasiado bien.

Esta es la historia que la familia Fernández intentó enterrar durante 25 años. Y los detalles que terminaron saliendo a la luz son mucho peores de lo que la prensa mexicana contó en su momento. Para entender como Vicente Fernández llegó a esa noche, hay que retroceder mucho. Hasta un rancho polvoriento en Gentitán, el Alto, un suburbio pobre de Guadalajara, Jalisco.

El 17 de febrero de 1940 nace Vicente Fernández Gómez, hijo de José Ramón Fernández, un campesino duro, y de María Paula Gómez Ponce, una mujer enferma desde joven que iba a marcar a su hijo para toda la vida. La casa era de adobe, los pisos de tierra, el agua se cargaba en cubetas y el niño Vicente desde los 6 años ya andaba ayudando a su padre con las vacas, con las gallinas, con el ganado.

[música] Lo que muy pocos saben es que el sueño de cantarle viene de muy lejos, de su madre. Doña María Paula tocaba el acordeón [música] y cantaba rancheras en la cocina mientras hacía las tortillas. El niño se sentaba a sus pies y la miraba con los ojos muy abiertos. Era el momento más feliz de su día, pero esa mujer estaba enferma del corazón y a los 12 años de Vicente su madre [música] muere.

Esa muerte temprana lo va a perseguir en cada canción que grabe el resto de su vida. Cuando Vicente Fernández canta sobre amores que se van y madres que no vuelven, [música] no está cantando. Está hablando con doña María Paula. A los 14 años, el chamaco vende lechuguillas de agudar en casa.

 A los 15 se mete en un concurso de aficionados en Guadalajara y gana el primer lugar. A los 16 empieza a cantar en restaurantes, en bodas, en bautizos, por unos pocos pesos que se lleva orgullosísimo a su padre. Pero la pobreza no se va. Y Vicente, como tantos otros jóvenes mexicanos de los años 50, agarra una maleta y se va al norte, a Tijuana primero.

 Después intenta cruzar a Estados Unidos sin papeles. Lo agarran, lo regresan, vuelve a intentarlo, lo agarran otra vez. La vida le está enseñando algo que va a llevar tatuado en el alma. Si quieres salir de la pobreza, no esperes ayuda de nadie. Pelea [música] solo y si caes, levántate solo. De vuelta en Guadalajara sigue cantando en el amanecer Tapatío, un restaurante donde por las noches se reunían los músicos de la ciudad.

 Es ahí donde conoce en 1960 a una muchachita morena callada de apellido Abarca. María del Refugio Abarca Villaseñor. Pero a ella todo el mundo le dice Cuquita. Tiene 18 años, una belleza tranquila de pueblo. Vicente queda tocado desde el primer día. Empiezan a salir despacio, sin prisa, como se hacían las cosas entonces.

 3 años de noviazgo, cartas, [música] bailes, promesas. Y el 27 de diciembre de 1963, Vicente Fernández y Cuquita Barca se casan en Guadalajara con una boda modesta, sin estadios, sin paparazzi, sin lujos, una boda de gente pobre que se quiere. Al año siguiente, en marzo de 1964, nace Vicente Fernández Abarca, Vicente Junior.

 Y aquí empieza una parte de esta historia que la familia jamás contó en público. Vicente Junior nació prematuro, muy prematuro. Los médicos no daban garantías. Cuquita pasó días enteros en el hospital sin separarse de la incubadora. Vicente padre se incaba a rezar en la capilla del hospital cada noche. Cuando finalmente se lo entregaron, ya fuera de peligro, el niño quedó marcado en la familia con una etiqueta que nunca se fue.

 El sobreprotegido, el frágil, el que casi no nace. Y esa sobreprotección, esa devoción casi enfermiza de Vicente Padre por su primogénito, iba a ser una de las claves de lo que pasaría décadas después. En 1966 nace Gerardo. En 1971 llega Alejandro, al que llamarían el potrillo. Tres hijos varones, los tres potrillos.

Pero la verdad es que Vicente todavía no era nadie. Cantaba en bares, en programas de radio en Guadalajara, en cantinas, ganando lo justo para mantener a la familia. 10 años escarvando, 10 años tocando puertas que no se abrían. Las disqueras lo rechazaban una tras otra. Le decían que su voz era buena, pero que no había mercado para más cantantes rancheros, que el género estaba acabado, que mejor se buscara otra cosa.

 Y entonces, en abril de 1966, muere Javier Solís, el último gran ídolo de la ranchera. De un día para otro, las disqueras que habían rechazado a Vicente Fernández empezaron a llamarlo. Necesitaban a alguien que llenara el hueco. CBS México. Hoy Sony Music le ofrece un contrato. Sus primeros sencillos, tu camino y el mío. Perdóname. Cantina del barrio.

 Empiezan a sonar en las radios. 4 años después, en 1970, graba Volver. Volver y México se vuelve loco. Es la canción que lo cataloga como heredero directo de Javier Solís y de Pedro Infante. Los 70 son los años del despegue. Vicente graba disco tras disco. Empieza a hacer películas Tacos al carbón, el arracadas, picardía mexicana.

 Es ya un ídolo nacional, llena el palacio de los deportes, llena el auditorio nacional, llena estadios en Texas, en California, en Chicago, donde quiera que haya mexicanos viviendo lejos de su tierra. Y en 1980 da el paso definitivo. Compra unas tierras en Tlajomulco de Zúñiga, a las afueras de Guadalajara y construye lo que sería su reino.

 El rancho los tres potrillos, 500 hectáreas. Casa principal de piedra, caballerizas, lago artificial, plaza de toros propia, capilla familiar. Era el sueño de pobre hecho realidad, levantado piedra a piedra con el dinero que durante décadas le habían negado a un muchacho que vendía lechuguillas. En los 80, Vicente Fernández ya no es un cantante, es el charro de Wentitán, es la voz de México, es el ídolo.

Su nombre se mete en el imaginario colectivo de toda Hispanoamérica, al nivel de Sinatra en Estados Unidos. Y la familia que vive con él en el rancho empieza a tomar la forma de una dinastía. Vicente Junior, ya joven, se interesa por los caballos y por el rancho. Será el heredero natural de la administración.

Alejandro, el menor, sigue los pasos musicales del padre y empieza a cantar desde muy joven. Será el potrillo, la continuación de la voz y Gerardo, el de en medio, [música] es otra cosa, otra cosa muy distinta. Y los músicos que tocaban con Vicente en esos años, los amigos cercanos del clan, los empleados del rancho, todos coinciden en lo mismo.

 Gerardo era el callado, el que se iba sin avisar, el que llegaba con gente que no se sabía bien de dónde venía. Vicente padre lo quería como a los otros, pero algo en ese hijo lo preocupaba sin que él pudiera ponerle palabras. En 1990 también llega a la casa una hija, Alejandra, presentada al mundo como adoptada.

 Era, según la versión oficial, sobrina de Cuquita. La hermana de Cuquita no podía mantenerla y el matrimonio Fernández la acogió cuando tenía apenas unos meses. Vicente la adoraba con devoción. Era la niña de sus ojos. Cuquita la crió como hija propia y la familia se completaba así, con tres potrillos y una potranca, formando una de las dinastías más conocidas del espectáculo mexicano.

 Por fuera una postal perfecta. Por dentro, sin embargo, ya empezaban a moverse cosas que ningún reportero pudo ver. Para finales de los 90, Vicente Fernández era millonario. Tenía propiedades en México, en Estados Unidos, en varias partes del mundo. Tenía caballos de pura raza, valuados en cientos de miles de dólares.

 Tenía giras anuales por toda América. Tenía una colección de coches que daba envidia y tenía hijos ya adultos manejando partes distintas del imperio. Vicente Junior, el primogénito, llevaba la administración del rancho, los negocios ganaderos, los caballos de raza. Alejandro tenía su propia carrera musical que ya despegaba con fuerza y Gerardo se movía en negocios que el padre no controlaba del todo, negocios que la familia prefería no mirar demasiado de cerca.

Vicente Fernández Junior tenía 34 años en mayo de 1998. Estaba [música] casado, tenía hijos, vivía con su familia en Guadalajara. Era el hijo público pero discreto, el que daba la cara en eventos cuando el papá no podía, el que se sabía de memoria cada centímetro del rancho. Esa tarde del 20 de mayo, Vicente Junior estaba en una propiedad cercana al rancho Los Tres Potrillos.

cosas normales, negocios del campo, reuniones con peones. Y cuando se subía a su camioneta para irse, lo interceptaron varios hombres armados. Lo bajaron del vehículo a empujones, lo metieron en otra camioneta a la fuerza y se lo llevaron. Así de rápido, así de simple. En 5 minutos, el hijo mayor del cantante más famoso de México estaba desaparecido.

Las primeras horas son confusas. Cuquita lo está esperando para cenar y no llega. Vicente padre está esa noche del 20 de mayo cantando en Morelia, lejos. Lo llaman al rancho a preguntar por Junior y nadie sabe nada. Hasta que en el camerino de Morelia, antes de salir al escenario, suena el teléfono. La voz al otro lado de la línea le dice las palabras que ningún padre debería escuchar nunca.

 Tenemos a su hijo y le pone las condiciones. No avise a la policía. No cancele conciertos. Siga como si nada y prepare mucho dinero, mucho. Lo que pasó en las semanas siguientes solo se entendería años después, cuando los detalles salieron a la luz a cuentagotas. Vicente Fernández toma una decisión esa misma noche que va a definir todo lo que viene.

 Decide no avisar a la policía. decide no contarle a la prensa. Decide que el público no se entere. ¿Por qué? Porque la policía mexicana de los 90 estaba penetrada hasta el tuétano por bandas criminales, porque cualquier filtración podía costar la vida de su hijo y porque en lo más profundo de su instinto de hombre del campo, Vicente Fernández confiaba más en sus propios recursos que en cualquier autoridad.

 Esa decisión en parte salvó a su hijo y en parte lo condenó. La banda que tenía a Vicente Junior se llamaba Los Mochadedos. El nombre lo dice todo. Una organización que se especializaba en secuestros de gente con dinero y que tenía un método de presión muy concreto. Si la familia no pagaba rápido, cortaban un dedo del secuestrado y se lo enviaban.

 Si seguían tardando, cortaban otro y otro. Eran famosos en los círculos del crimen organizado mexicano por la crueldad metódica con la que operaban y ahora tenían en sus manos al hijo del charro de Henitán. Pasan las primeras semanas. Vicente Padre sigue su agenda cantando en Tijuana, en Los Ángeles, en Houston, sonriendo en cada escenario, bromeando con el mariachi, brindando con el público.

 Por las noches en los hoteles no duerme. Llora en silencio para que Cuquita no lo oiga. La esposa abnegada que durante décadas había aguantado las ausencias de las giras, ahora aguantaba algo mucho peor. aguantaba el silencio porque tampoco a ella se le permitía gritar, tampoco a ella se le permitía contarle a sus amigas, tampoco a ella se le permitía romperse.

 Tenían que sostener juntos una mentira pública para que los secuestradores no se asustaran y dispararan. Las llamadas siguen. Los secuestradores piden cifras astronómicas. Vicente negocia despacio como negocia un campesino cuando vende ganado, sin desesperarse, sin mostrar las cartas, sin dejar que el otro le huela el miedo.

Y mientras tanto, en algún lugar de Jalisco, en una bodega, en una casa de seguridad, en un sótano, Vicente Junior está atado, vendado, sin saber qué día es, sin saber si su padre estaba pagando o no, sin saber si iba a salir vivo de ahí. Pasan dos meses, la paciencia de los secuestradores se acaba y deciden mandar la primera prueba.

 Mariana González, la actual esposa de Vicente Junior, contaría años después con exactitud lo que pasó esa mañana en el rancho Los Tres Potrillos. Los secuestradores avisaron por teléfono. Dijeron que iban a tirar algo en el monte cercano al rancho, que ahí estaba una parte de su hijo, y colgaron. Vicente [música] Padre, Cuquita y un grupo de trabajadores salieron corriendo hacia los matorrales que rodeaban el rancho y empezaron a buscar [música] arrodillados en el monte, apartando hierbas con las manos, buscando un dedo humano entre la

maleza, y no lo encontraron. Buscaron durante horas y no apareció. Algún animal, algún perro, alguna circunstancia se lo había llevado antes, pero la imagen quedó grabada para siempre en la cabeza de Vicente Fernández. La imagen de él mismo, el charro de Genitán, la voz de México hincado en el monte de su rancho, buscando un trozo del cuerpo de su hijo entre la tierra.

 Pero los secuestradores ya habían hecho el corte. El dedo existía y la próxima vez, dijeron, se asegurarían de que lo encontraran. Pasaron varias semanas más y mandaron otro paquete, otro dedo. Esta vez sí llegó a su destino. Esta vez sí lo recibió la familia. Vicente Junior, atado en algún lugar de Jalisco, ya tenía dos dedos menos en la mano izquierda.

 Y según contaría su esposa Mariana González, el propio Vicente Junior llegó a pedirles penicilina a sus captores para que no se le infectara la mano. Les pidió incluso que le permitieran [música] inyectarse él mismo. Estaba luchando por su vida con un nivel de presencia mental que cuesta imaginar. Vicente Padre, mientras tanto, tomó una decisión que muestra hasta dónde estaba dispuesto a llegar por su hijo.

 Consultó a un ortopedista en Guadalajara y le preguntó si era médicamente posible cortarle a él los dos dedos correspondientes de su propia mano izquierda y trasplantárselos a su hijo. Lo dijo en serio. No era un gesto retórico, no era una frase para los periódicos, era una pregunta médica concreta de un padre que ya no podía soportar la idea de un hijo mutilado.

El ortopedista le explicó con paciencia que no era posible, que el procedimiento no funcionaba así, que los tejidos, los nervios, [música] el tiempo transcurrido, todo lo hacía inviable. Vicente Fernández lloró en ese consultorio como no había llorado nunca delante de nadie. 121 días, 4 meses justos. Ese fue el tiempo que Vicente Junior pasó en cautiverio.

 [música] Vicente Fernández finalmente reúne 3,200,000 en efectivo. Una cifra que en 1998 era una fortuna [música] brutal. Lo entregan en un punto acordado, sin policía, sin trampa, sin sorpresas. Vicente padre quería a su hijo vivo. [música] Eso era lo único que importaba. Y después de horas de espera angustiosa, Vicente Junior aparece.

Lo dejan en una carretera vendado, drogado, débil, con la mano izquierda mutilada para siempre, pero [música] vivo. Vivo. Esa palabra fue lo único que pudo pronunciar Vicente Padre cuando le confirmaron que su hijo había sido liberado vivo. La familia decidió no contar nada en público durante años. La prensa empezó a sospechar.

 Salieron rumores en revistas. Algunos reporteros publicaron la versión a medias, pero los Fernández mantuvieron el silencio oficial. Vicente Junior se recuperaba en privado, recibía tratamiento psicológico, aprendía a vivir con una mano marcada [música] y la familia por fuera intentaba volver a ser la familia perfecta deportada, pero por dentro ya nada era igual.

 [música] Y dentro del propio rancho, una sospecha empezaba a crecer despacio, en silencio, sin que nadie se atreviera a ponerle palabras todavía. Pasan los años. En 2008 hay un golpe importante en el caso. La policía mexicana finalmente captura a varios miembros de los mochadedos, los procesan, los condenan a 50 años de prisión.

 Vicente Fernández públicamente declara que perdona a los secuestradores y que la familia ha pasado página. Pero entre los círculos cercanos al clan se empieza a hablar de otra cosa. Algunos funcionarios de Guadalajara, presuntamente vinculados al secuestro, aparecen muertos en circunstancias muy raras, con signos de tortura, en lugares apartados, sin que la prensa pueda investigar a fondo.

 La pregunta de quién había ordenado realmente el secuestro, quién había dado la información sobre los movimientos de Vicente Junior aquel 20 de mayo quién conocía con exactitud el rancho, las costumbres, las horas. Esa pregunta nunca tuvo una respuesta oficial, pero el silencio empezaba a pesar dentro del propio clan Fernández.

[música] En 2022, casi 25 años después del secuestro y pocos meses después de la muerte de Vicente Padre, la periodista argentina Olga Bornat presenta en la feria del libro de Guadalajara una biografía no autorizada titulada El último rey. Está publicada por editorial Planeta. Warnat es una periodista de investigación con trayectoria sólida.

Había escrito biografías polémicas de Carlos Menem, de Felipe Calderón, de Marta Saagún. sabía moverse en estos terrenos y en su libro sobre Vicente Fernández dedica páginas muy duras a un capítulo concreto, el capítulo de Gerardo. Según las fuentes que cita Warnat, basadas en testimonios de familiares y amigos del clan que prefirieron mantener el anonimato, [música] Gerardo Fernández habría tenido a lo largo de los años vínculos con figuras del crimen organizado mexicano.

La autora va más lejos. En entrevistas con periodistas como Julio Astillero, Warnat afirma que el nudo de toda la historia familiar Fernández se desata cuando descubre el papel de Gerardo y deja caer una insinuación brutal, una insinuación que en lenguaje hipotético ella misma no afirma como hecho confirmado, pero que pone sobre la mesa para que el lector la considere.

 que Gerardo Fernández podría haber tenido conocimiento previo o participación directa [música] en el secuestro de su propio hermano Vicente Junior. La autora lo plantea, lo argumenta con los testimonios que recoge y lo deja escrito en un libro publicado por una de las editoriales más serias de habla hispana. Cuando esa parte del libro se hizo pública, el clan Fernández guardó un silencio absoluto.

 Ni Vicente Junior, ni Alejandro, ni Cuquita, ni el propio Gerardo salieron a desmentirlo con vehemencia. Hubo declaraciones tibias, hubo deslindes generales sobre la veracidad del libro, hubo molestia familiar, pero no hubo una demanda, [música] no hubo un juicio, no hubo una desmentida frontal de Gerardo diciendo, “Yo no tuve nada que ver.

” Y ese silencio para los lectores atentos decía mucho. Olga Warnat seguía dando entrevistas, el libro seguía vendiéndose y la versión de Gerardo, si es que la tenía, jamás llegó al público. Vicente Junior, mientras tanto, había tenido una vida marcada por la sombra del 98. En diciembre de 2016 le diagnosticaron cáncer de piel.

 Una parálisis facial le afectó el lado izquierdo de la cara durante meses. La recuperación fue lenta. El cuerpo con los años había ido pasando factura del trauma. La mano izquierda incompleta, recordatorio diario. Las pesadillas, según contaría su esposa Mariana González en alguna entrevista, no se fueron nunca del todo.

 Y la pregunta que nadie le hacía directamente, la pregunta que ningún periodista mexicano se atrevía a ponerle delante en una entrevista era esa. Sospechas, hermano, sospechas de quién pudo haber sido. El 7 de agosto de 2021, Vicente Fernández sufre una caída en el rancho Los Tres Potrillos. Se lastima la columna cervical.

 Lo trasladan de urgencia al Hospital Country 2000 de Guadalajara. Tiene 81 años. La familia entera se reúne, los nietos, los bisnietos. Vicente Junior con su mano marcada. Alejandro ya famoso por derecho propio. [música] Gerardo callado como siempre en alguna esquina del hospital. [música] y Cuquita, la esposa de toda la vida, sin separarse del lado de su marido.

 Los médicos detectan el síndrome de Guillam Barré, una enfermedad autoinmune que ataca el sistema nervioso. Le dan tratamiento, hay momentos de mejora, hay momentos de recaída. 4 meses dura la batalla. El 12 de diciembre de 2021, a las 6:15 de la mañana, Vicente Fernández muere. La fecha tiene un peso simbólico tremendo en México.

 Es el día de la Virgen de Guadalupe, la patrona, la madre de México y el charro de Genitán, que durante décadas había cantado en ese día en la Basílica de Guadalupe ante miles de peregrinos. Se va con ella. México llora. Los presidentes hablan. Los mariachis se reúnen en la plaza Garibaldi de la Ciudad de México.

 [música] En Guadalajara la gente llena las calles. En Los Ángeles, en Houston, en Chicago, en cualquier lugar donde haya migrantes mexicanos lejos de su tierra. Ese día se pone el rey y la gente llora. Lo entierran en el propio rancho los tres potrillos, como él había pedido en su tierra, con sus caballos cerca, con sus tres potrillos y su potranca a los lados.

 Pero el funeral no apaga las heridas viejas, las reabre. Porque cuando se lee el testamento, las grietas dentro del clan Fernández [música] se hacen oficialmente públicas. Los pleitos entre los hijos por el manejo del rancho, por los derechos musicales, por las propiedades, por los caballos, llenan portadas durante meses. Vicente Junior, Gerardo y Alejandro discuten, la prensa los persigue.

Cuquita, doliente, intenta poner paz desde la casa principal, pero ya no es la misma. Algo se rompió cuando se rompió el corazón de Vicente Fernández y ese algo nunca volverá a estar [música] entero. Y mientras todo esto pasa en público, en privado, sigue colgada en el aire la pregunta que nadie quiere hacer.

La pregunta del libro de Olga Bornat. La pregunta que Vicente Junior se hace cada vez que mira su mano izquierda y le faltan dos dedos. La pregunta que Vicente Fernández, según dijeron algunos cercanos al clan, se llevó a la tumba sin haber compartido nunca con nadie su respuesta del todo. ¿Quién supo? ¿Quién avisó? ¿Quién conocía con exactitud hora por hora los movimientos de aquel 20 de mayo de 1998? ¿Y por qué después de todos estos años ningún miembro del clan se ha atrevido a hablar abiertamente del tema? Hay una

imagen que circula en internet de los últimos conciertos que dio Vicente Fernández antes de retirarse en 2016. Uno de esos conciertos lo dio en el estadio Azteca, gratis, frente a más de 100,000 personas. cantaba [música] acá entre nos su balada más íntima, esa que dice que entre nosotros dos hay cosas que no se pueden contar.

 Y en algunas tomas se ve a Vicente padre mirando a la primera fila donde estaba su hijo Vicente Junior con su esposa Mariana. Vicente Junior tenía la mano izquierda apoyada en el regazo, esa mano marcada para siempre por una historia que ningún padre debería tener que vivir. Y el papá lo mira y le canta. Le canta como si esa canción la hubiera escrito alguien que entendía perfectamente lo que era guardar un secreto.

Acá entre nos, acá entre nosotros y nadie más. Vicente Fernández murió sin haber dicho públicamente nunca lo que pensaba realmente sobre quién había ordenado el secuestro de su hijo. Vicente Junior sigue vivo, sigue trabajando, sigue cantando, incluso con esa mano izquierda incompleta que es su recordatorio diario de los 121 días que pasó en el infierno.

 Gerardo Fernández mantiene un perfil bajo, alejado de las cámaras, sin haber dado nunca una entrevista en la que se le pregunte directamente por el libro de Olga Warnat. Cuquita Abarca, viuda, sigue siendo el centro silencioso del clan y el libro El último rey sigue en las librerías de México, de España, de toda América Latina, con esas páginas que nadie ha desmentido y que tampoco nadie ha confirmado, dejando flotando en el aire una de las preguntas más oscuras de toda la historia del espectáculo mexicano. Quizá la verdad completa nunca

se sepa. Quizá ese sea al final. El último secreto que el charro de Wentitán se llevó al rancho Los tres potrillos para siempre. Pero cada vez que en alguna cantina, en algún restaurante, en alguna fiesta de pueblo suena la voz de Vicente Fernández cantando que volver, volver, volver a tus brazos otra vez. Hay algo de aquella noche de Morelia latiendo dentro de esa canción.

 La noche en que un padre tuvo que cantar dos horas seguidas sonriendo al público mientras por dentro se le moría el hijo. La noche en que el rey de la música ranchera entendió que la fama, el dinero, los aplausos, ninguno de esos premios servía para proteger a tu propia sangre cuando la gente equivocada decidía hacerle daño.

 La noche en que empezó una historia de la que toda una familia hasta el día de hoy sigue sin haber terminado de hablar. Si esta historia te tocó, déjame un comentario contándome qué canción de Vicente Fernández te marcó más y por qué. Esos comentarios los leo todos y son los que me hacen seguir contando estas historias. Antes de que te vayas, mira la pantalla, ahí te van a aparecer otros videos del canal con historias como esta, pero de otros grandes de nuestra música, Juan Gabriel, Luis Miguel, José José, Marco Antonio Solís, cada uno con una herida

que la prensa nunca terminó de contar. Dale click a cualquiera de los videos que ves en pantalla y suscríbete para que el próximo te llegue primero. Te aseguro que hay más de una historia ahí que vas a querer escuchar hasta el final. M.

 

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