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VICENTE FERNÁNDEZ Cantó mientras TORTURABAN a su HIJO… Lo que pasó esa noche NADIE lo cuenta

VICENTE FERNÁNDEZ Cantó mientras TORTURABAN a su HIJO… Lo que pasó esa noche NADIE lo cuenta

Morelia, Michoacán. 20 de mayo de 1998, las 9: cu de la noche. Vicente Fernández está en el camerino del auditorio Morelos cuando suena un teléfono que no debería estar sonando a esa hora. Un asistente se lo pasa con la cara descompuesta. Del otro lado de la línea, una voz que él no reconoce le dice algo muy corto y muy claro.

 Tenemos a su hijo. Si cancela el concierto, lo matamos esta noche. Si llama a la policía, también salga a cantar como si nada. Vicente cuelga, se mira en el espejo, le tiembla el labio, pero hay 3000 personas esperándolo del otro lado y la voz acaba de decirle que la vida de Vicente Fernández Junior depende de que él salga a cantar.

 Así que sale y canta dos horas seguidas. El rey volver, volver acá entre nos sonríe, bromea con el público, brinda con el tequila que le suben al escenario [música] y por dentro se está rompiendo en pedazos. Lo que él no sabe esa anoche, lo que tardará años en sospechar, es que esa llamada que acaba de cambiarle la vida quizá no vino de un desconocido, quizá vino de alguien que conocía perfectamente bien el rancho de los tres potrillos. Quizá demasiado bien.

Esta es la historia que la familia Fernández intentó enterrar durante 25 años. Y los detalles que terminaron saliendo a la luz son mucho peores de lo que la prensa mexicana contó en su momento. Para entender como Vicente Fernández llegó a esa noche, hay que retroceder mucho. Hasta un rancho polvoriento en Gentitán, el Alto, un suburbio pobre de Guadalajara, Jalisco.

El 17 de febrero de 1940 nace Vicente Fernández Gómez, hijo de José Ramón Fernández, un campesino duro, y de María Paula Gómez Ponce, una mujer enferma desde joven que iba a marcar a su hijo para toda la vida. La casa era de adobe, los pisos de tierra, el agua se cargaba en cubetas y el niño Vicente desde los 6 años ya andaba ayudando a su padre con las vacas, con las gallinas, con el ganado.

[música] Lo que muy pocos saben es que el sueño de cantarle viene de muy lejos, de su madre. Doña María Paula tocaba el acordeón [música] y cantaba rancheras en la cocina mientras hacía las tortillas. El niño se sentaba a sus pies y la miraba con los ojos muy abiertos. Era el momento más feliz de su día, pero esa mujer estaba enferma del corazón y a los 12 años de Vicente su madre [música] muere.

Esa muerte temprana lo va a perseguir en cada canción que grabe el resto de su vida. Cuando Vicente Fernández canta sobre amores que se van y madres que no vuelven, [música] no está cantando. Está hablando con doña María Paula. A los 14 años, el chamaco vende lechuguillas de agudar en casa.

 A los 15 se mete en un concurso de aficionados en Guadalajara y gana el primer lugar. A los 16 empieza a cantar en restaurantes, en bodas, en bautizos, por unos pocos pesos que se lleva orgullosísimo a su padre. Pero la pobreza no se va. Y Vicente, como tantos otros jóvenes mexicanos de los años 50, agarra una maleta y se va al norte, a Tijuana primero.

 Después intenta cruzar a Estados Unidos sin papeles. Lo agarran, lo regresan, vuelve a intentarlo, lo agarran otra vez. La vida le está enseñando algo que va a llevar tatuado en el alma. Si quieres salir de la pobreza, no esperes ayuda de nadie. Pelea [música] solo y si caes, levántate solo. De vuelta en Guadalajara sigue cantando en el amanecer Tapatío, un restaurante donde por las noches se reunían los músicos de la ciudad.

 Es ahí donde conoce en 1960 a una muchachita morena callada de apellido Abarca. María del Refugio Abarca Villaseñor. Pero a ella todo el mundo le dice Cuquita. Tiene 18 años, una belleza tranquila de pueblo. Vicente queda tocado desde el primer día. Empiezan a salir despacio, sin prisa, como se hacían las cosas entonces.

 3 años de noviazgo, cartas, [música] bailes, promesas. Y el 27 de diciembre de 1963, Vicente Fernández y Cuquita Barca se casan en Guadalajara con una boda modesta, sin estadios, sin paparazzi, sin lujos, una boda de gente pobre que se quiere. Al año siguiente, en marzo de 1964, nace Vicente Fernández Abarca, Vicente Junior.

 Y aquí empieza una parte de esta historia que la familia jamás contó en público. Vicente Junior nació prematuro, muy prematuro. Los médicos no daban garantías. Cuquita pasó días enteros en el hospital sin separarse de la incubadora. Vicente padre se incaba a rezar en la capilla del hospital cada noche. Cuando finalmente se lo entregaron, ya fuera de peligro, el niño quedó marcado en la familia con una etiqueta que nunca se fue.

 El sobreprotegido, el frágil, el que casi no nace. Y esa sobreprotección, esa devoción casi enfermiza de Vicente Padre por su primogénito, iba a ser una de las claves de lo que pasaría décadas después. En 1966 nace Gerardo. En 1971 llega Alejandro, al que llamarían el potrillo. Tres hijos varones, los tres potrillos.

Pero la verdad es que Vicente todavía no era nadie. Cantaba en bares, en programas de radio en Guadalajara, en cantinas, ganando lo justo para mantener a la familia. 10 años escarvando, 10 años tocando puertas que no se abrían. Las disqueras lo rechazaban una tras otra. Le decían que su voz era buena, pero que no había mercado para más cantantes rancheros, que el género estaba acabado, que mejor se buscara otra cosa.

 Y entonces, en abril de 1966, muere Javier Solís, el último gran ídolo de la ranchera. De un día para otro, las disqueras que habían rechazado a Vicente Fernández empezaron a llamarlo. Necesitaban a alguien que llenara el hueco. CBS México. Hoy Sony Music le ofrece un contrato. Sus primeros sencillos, tu camino y el mío. Perdóname. Cantina del barrio.

 Empiezan a sonar en las radios. 4 años después, en 1970, graba Volver. Volver y México se vuelve loco. Es la canción que lo cataloga como heredero directo de Javier Solís y de Pedro Infante. Los 70 son los años del despegue. Vicente graba disco tras disco. Empieza a hacer películas Tacos al carbón, el arracadas, picardía mexicana.

 Es ya un ídolo nacional, llena el palacio de los deportes, llena el auditorio nacional, llena estadios en Texas, en California, en Chicago, donde quiera que haya mexicanos viviendo lejos de su tierra. Y en 1980 da el paso definitivo. Compra unas tierras en Tlajomulco de Zúñiga, a las afueras de Guadalajara y construye lo que sería su reino.

 El rancho los tres potrillos, 500 hectáreas. Casa principal de piedra, caballerizas, lago artificial, plaza de toros propia, capilla familiar. Era el sueño de pobre hecho realidad, levantado piedra a piedra con el dinero que durante décadas le habían negado a un muchacho que vendía lechuguillas. En los 80, Vicente Fernández ya no es un cantante, es el charro de Wentitán, es la voz de México, es el ídolo.

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