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VERÓNICA CASTRO: La BODA PROHIBIDA con Yolanda… y el VIDEO que la OBLIGÓ a Huir

VERÓNICA CASTRO: La BODA PROHIBIDA con Yolanda… y el VIDEO que la OBLIGÓ a Huir

15 de febrero de 2019, Ciudad de México, estudios Televisa San Ángel. Son las 11:47 de la mañana cuando una mujer cruza un pasillo que conoce desde hace cinco décadas. No hay aplausos esperándola. No hay maquillistas corriendo a retocarle el rostro. No hay productores acomodándole el cabello. Solo dos asistentes caminan a su lado en silencio con esa expresión rígida que tiene el personal de seguridad cuando algo grave acaba de pasar y nadie quiere ser el primero en nombrarlo.

Esa mujer es Verónica Castro, la misma que durante cinco décadas fue la cara más vendida de la televisión en español. La misma que un día llenó estadios soviéticos. La misma que esta mañana camina con lentes oscuros adentro del edificio. Una bufanda que le cubre el cuello hasta la barbilla y un teléfono en la mano que no ha parado de vibrar desde hace 8 horas.

 En la pantalla de ese teléfono se ven más de 400 llamadas perdidas. 400. En una sola madrugada, Verónica no contesta ninguna. camina hacia un camerino que durante años fue suyo y que esa mañana, por orden de la dirección, ha sido vaciado en 2 horas. Cuando se da cuenta de que las cámaras de seguridad del pasillo siguen grabándola, no levanta la mirada, no hace ningún gesto, solo aprieta el teléfono con más fuerza y suelta una frase casi inaudible que un técnico alcanzaría a escuchar y a repetir años después, dijo, según ese testimonio, dos palabras. ya estuvo. 30

años antes, en 1989, esa misma mujer era recibida en Moscú como si fuera una jefa de estado. Los ricos, también lloran. se transmitía en más de 72 países. En la antigua Unión Soviética, más de 200 millones de personas ajustaban su rutina diaria para no perderse un capítulo de esa telenovela que protagonizaba una mexicana de sonrisa franca y mirada triste.

 No era una actriz, era un fenómeno geopolítico. En Rusia la llamaban la zarina del melodrama. En Italia le construyeron una estatua de cera. En China, países donde su nombre era impronunciable. Su rostro aparecía en revistas oficiales. No había en el planeta una mujer de habla hispana más reconocida que Verónica Castro.

 Hoy, en cambio, esa misma mujer vive encerrada, aislada, vigilada por su propio entorno, rodeada de medicamentos, de tanques de oxígeno portátiles, de una columna sostenida por placas de titanio que ningún cirujano se atreve ya a operar de nuevo. Pero el deterioro físico no es lo más doloroso de su historia.

 Lo más doloroso es lo otro, lo que no se nombra, lo que nadie quiere preguntar en voz alta, porque hay tres cosas en la vida de Verónica Castro que su entorno ha intentado borrar de la memoria pública durante más de 6 años. Tres cosas que esta noche vas a conocer. Primero, una historia de amor que cambió todo, un vínculo con otra mujer famosa que, según testimonios cercanos, no fue solo una amistad como ella siempre afirmó.

 Una relación que comenzó en los pasillos de un programa de Televisa a finales de los años 80 que cruzó fronteras, que sobrevivió matrimonios ajenos, depresiones y separaciones, y que culminó presuntamente en una ceremonia íntima celebrada en una casa con vista a un canal en Ámsterdam. Lejos de México, lejos de las cámaras, lejos de Cristian.

 Segundo, la existencia de un video y un álbum fotográfico que durante años funcionaron como una pistola cargada apuntando a la reputación de Verónica, material que su contraparte amenazó con mostrar y que según fuentes cercanas sí existe. Y tercero, el motivo real por el que la diva más famosa de México renunció de la noche a la mañana a la serie más vista de Netflix en habla hispana, la casa de las flores.

 una decisión que en su momento se atribuyó a un cansancio físico y que en realidad tuvo un detonante mucho más oscuro. Aquí no hablamos de chismes, hablamos de declaraciones grabadas en vivo en televisión nacional, de entrevistas que tu memoria, si tienes más de 50 años probablemente recuerda, de confesiones hechas con cámaras encendidas y de los silencios estratégicos que las acompañaron.

 Para entender como Verónica Judith Castro Sainz pasó de ser la cara más amada del melodrama latinoamericano a una mujer encerrada en su propia casa con miedo de su propio teléfono, hay que regresar muy atrás, mucho antes del éxito, mucho antes de los 90, antes incluso del primer escándalo público que marcó su vida cuando ella tenía apenas 19 años.

 Hay que regresar a una colonia de la ciudad de México, donde la palabra dignidad se confundía con resistencia, y donde una niña de cabello largo y ojos enormes aprendió temprano una lección que la perseguiría toda la vida, que el amor en su familia siempre se pagaba con sacrificio, que ser mujer era ser fuerte, que estar sola era el destino natural y que callar lo que duele es una forma de proteger a quienes amas, aunque el silencio termine destruyendo.

 por dentro. San Bartolo, Naucalpan, Estado de México. Año de 1952. Una colonia popular donde las casas se construyen poco a poco, ladrillo sobre ladrillo, con el dinero que sobra después de pagar los frijoles. Aquí no hay alfombras, no hay sirvientes, no hay aire acondicionado, hay tendederos de azotea, una cocina con una estufa de dos quemadores y un radio que toca rancheras a las 5 de la mañana, mientras la madre prepara el desayuno para cuatro hijos.

Esa madre se llama Socorro Sainz Sandoval, una mujer dura, una mujer que aprendió a leer en una escuela rural de Guanajuato y que se casó con un hombre cuyo apellido sus hijos terminarían llevando con resentimiento. Fausto Castro Cordero, un hombre del que casi no quedan fotos, un hombre que, según los relatos de la propia Verónica, años después se fue de la casa cuando ella tenía apenas 7 años, sin aviso, sin pensión, sin una sola explicación que se pudiera entender.

 Lo que dejó trás de sí fue eso que en México se conoce con un eufemismo cruel, una madre soltera con cuatro bocas que alimentar. En el México de los años 50, ser madre soltera era una condena social. Las miradas del barrio caían sobre socorro como un veredicto silencioso. Los vecinos murmuraban, las amigas se alejaban discretamente.

 La iglesia, que en esa época era el centro moral de cualquier colonia, miraba con sospecha a las mujeres que se quedaban sin marido. Y Socorro, que era profundamente católica, cargó esa cruz sin chestar. Lavó ropa ajena, cosió vestidos, vendió tamales en la esquina los domingos para completar los gastos del mes y aprendió a la fuerza que el mundo no perdona a las mujeres que se quedan solas.

 Verónica, la mayor de los cuatro hermanos, lo vio todo desde una esquina de la cocina. Vio a su madre llorar en silencio mientras pelaba papas. Vio como el dinero nunca alcanzaba para los cuadernos del colegio. Vio como la palabra papá se borraba de las conversaciones familiares como si nunca hubiera existido.

 Y ahí, en esa cocina pequeña con olor a comino y miedo, se sembró la primera ley que regiría la vida de Verónica. Una ley que ella nunca dijo en voz alta, pero que aplicaría hasta sus últimas consecuencias. La ley decía así: “Si quieres que tu familia coma mañana, no puedes derrumbarte hoy. Tienes que aguantar, tienes que resolver, tienes que sonreír aunque por dentro estés vacía.

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