Posted in

“Tía de Uruguay”: La mujer que el CJNG utilizó para manipular a Carlos Manzo.

“Tía de Uruguay”: La mujer que el CJNG utilizó para manipular a Carlos Manzo.

Una mujer de 35 años de apariencia común, de las que caminan por el mercado y nadie voltea a verlas. Una mujer que vende dosis de marihuana y cristal en las esquinas de Uruapán, que tiene un teléfono celular barato, siempre pegado a la mano. Y a esa mujer, a esa que parecía no ser nadie, el cártel Jalisco Nueva Generación le encargó la tarea más delicada de todas, ser los ojos, ser quien le pasara al jefe hora por hora, ¿dónde estaba el alcalde Carlos Mansó? qué hacía, con quién hablaba, a qué hora salía de su casa. Ella era el hilo

invisible que conectaba al hombre que iba a morir con los hombres que lo iban a matar. Y el primero de noviembre de 2025 ese hilo se tensó hasta romperse cuando siete balazos apagaron al alcalde más valiente que había tenido Michoacán en décadas. Pero antes de contarles cómo cayó, antes de explicarles por qué hoy está vinculada a Proceso y por qué su captura sacudió a todo Michoacán, necesito que sepan quién es realmente Wendy Fabiola alias Latías y por qué su historia, aunque ella no jaló el gatillo, es quizá más perturbadora que

la del propio sicario. Antes de empezar, si esta clase de historias les mueven algo por dentro, si quieren entender el México que no sale en las noticias oficiales, suscríbanse al canal. Aquí no contamos cuentos, aquí contamos lo que pasó y lo contamos completo. Les contaré algo que pocos saben sobre el narcomenudeo en Michoacán.

 No todos los que mueven droga en una esquina son sicarios. No todos cargan un cuerno de chivo. Hay una categoría aparte, silenciosa, casi invisible para los operativos, los informantes de calle. Y esos son muchas veces los más peligrosos porque no se ven, no se oyen, pero todos lo saben. Wendy Fabiola N pertenecía a esa categoría. Hoy tiene 35 años.

 Y aunque la fiscalía no ha hecho pública su biografía completa, lo que sí está en el expediente oficial pinta el cuadro de una mujer que llevaba años, no meses, operando dentro del narcomenudeo en Uruapan. Para entender por qué eso importa, hay que entender Uruapan. Y para entender Uruapan, hay que entender Michoacán.

 Michoacán es uno de los estados más violentos del país. Desde 2010, cuando estalló la guerra entre los cárteles por el control del Pacífico, no ha conocido un solo año de paz. En su territorio es disputado a sangre el cártel del Golfo, la familia michoacana, los caballeros templarios, las autodefensas, el cártel de los Viagras, el cártel de Tepalcatepec y, por supuesto, los dos gigantes que hoy se reparten el botín, el cártel de Sinaloa y el cártel Jalisco Nueva Generación.

Cada uno de esos grupos en su momento tuvo control parcial de Uruapan. Cada uno dejó su sello. Cada uno reclutó a hombres y mujeres locales para sostener sus operaciones. Y cuando un cártel cae, los soldados de a pie no desaparecen. Cambian de uniforme, se reciclan, se acomodan al nuevo dueño. Esa es la lógica en la que creció Wendy.

 Una lógica en la que trabajar para un grupo criminal era para muchos jóvenes de Uruapan una de las pocas opciones reales de ingreso económico. No estamos hablando de una vocación, estamos hablando de un destino prácticamente impuesto por la geografía y por la historia de un estado fallido. Por supuesto, no toda la gente que crece en Uruapan termina en el narco, pero los que terminan terminan rápido y ya adentro salir es casi imposible.

 Hay una pregunta que muchos se hacen al ver estos casos. ¿Cómo entra una mujer al narco? La respuesta más común, la respuesta que oímos en los corridos es que entran por amor, por casarse con un capo, por enamorarse del muchacho equivocado. Y sí, eso pasa, pero esa es solo una de las puertas. La otra puerta, la que casi nadie cuenta, es la puerta de la pobreza pura y dura.

 Una madre soltera con tres hijos que no encuentra trabajo. Una joven que dejó la escuela a los 14 años porque tenía que ayudar en la casa. Una mujer que perdió a su marido en la violencia y se quedó sin sustento. Una abuela que cuida nietos porque la hija se fue al norte y no regresó. A todas ellas, en algún momento alguien del cártel les ofrece algo simple.

 Vende esto, cobra esto otro, pasa este recado, te doy esto a la semana y empieza ahí. No empieza con una camioneta blindada, empieza con un billete de 200 pesos. Eso presumiblemente fue en su sado 12 de mayo de 2026 en el municipio de Uruapán en un operativo coordinado entre fuerzas estatales y federales. Al momento de su captura le aseguraron un teléfono celular, dosis de marihuana y dosis de metanfetamina.

4 días después, el 16 de mayo, un juez de control la vinculó a proceso por delitos contra la salud y posesión de cartuchos. El plazo para cerrar la investigación complementaria fue de 2 meses. Eso es lo oficial. Eso es lo que dijo el fiscal general de Michoacán, Carlos Torres Piña, en conferencia de prensa el 19 de mayo.

 Pero hay algo más, algo que el fiscal soltó casi al pasar y que cambió la dimensión del caso. Wendy Lía, según las propias palabras del fiscal, era la operadora directa de un sujeto identificado como Gerardo N, alias el Congo, presunto líder regional del cártel Jalisco Nueva Generación en Uruapan.

 Y ese mismo Congo formaba parte de la estructura criminal que planeó y ejecutó el asesinato del alcalde Carlos Manso Rodríguez. ¿Qué hacía exactamente la dentro de esa estructura? Tres cosas. La primera, vender droga al menudeo en zonas controladas por la célula. La segunda, ser correo de información. Ella era quien le hacía llegar a El Congo los movimientos de funcionarios, policías, periodistas y enemigos del cártel.

 Y la tercera, la más oscura de todas, articular la red cuando los jefes caían, porque cuando detuvieron a el Congo, ella no se quedó paralizada, no salió huyendo. Ella, según la fiscalía, empezó a coordinarse con otros operadores del mismo grupo criminal para mantener funcionando la maquinaria. Esa fue su innovación criminal, convertirse en bisagra en la pieza que mantiene unida la estructura cuando los hombres importantes desaparecen.

 Permítanme detenerme en esto un momento porque es importante. En el organigrama clásico del narco mexicano, cuando cae el jefe, la célula se desmorona. Hay un periodo de confusión, de luchas internas, de venganzas, de muchachos jóvenes peleándose por la silla vacía. Esa es la regla. Y esa regla en el último cuarto de siglo ha cobrado miles de vidas en este país.

 La mayor parte de los muertos no caen a manos del Estado, caen a manos de sus propios compañeros peleándose el liderazgo. Pero el CJNG, especialmente en sus células regionales, has desarrollado una estructura distinta, una estructura más resiliente, una estructura donde los operadores intermedios, las tías como Wendy, tienen capacidad para mantener el negocio funcionando incluso cuando los jefes desaparecen.

 Y eso en términos criminales es una sofisticación que vale oro. Piénsenlo así. Una empresa común tiene un dueño, gerentes y empleados. Si cae el dueño, los gerentes deciden si se quedan o se van y los empleados en general siguen ahí. El CJ funciona parecido. Los congos son los gerentes regionales, las tías son las gerentes operativas, las que conocen al menudeo, las que llevan la cuenta, las que saben quién debe cuánto, quién tiene problemas, quién es de confianza y quién no.

Read More