Posted in

La Triste Historia de los Sepultureros y Dulce Rosario | Lo Perdieron Todo

La Triste Historia de los Sepultureros y Dulce Rosario | Lo Perdieron Todo

Hola, hola, mi gente bonita. Bienvenidos a las intrigas de Herberín, un hombre bondadoso, inteligente, donde las historias se cuentan con sabor, con chisme y con este toque intrigoso que tanto nos gusta. Hoy hablaremos de Dulce Rosario y los Sepultureros, un grupo que puso a bailar a medio México, pero que detrás de sus éxitos escondía separaciones, nombres repetidos y una historia que no todos conocen.

 Mi cumbia cumbia. piedad. Así que acomódense bien porque esta intriga apenas va comenzando. Pero antes de empezar con este mereket tengue, no se olviden de suscribirse a nuestro canal porque eso nos ayuda a seguir subiendo más y mejor contenido y así ustedes tampoco se pierden de ninguno de nuestros interesantes temas.

 Ahora sí, sin más preámbulo, vámonos a lo que te truje, Chencha. Antes que la cumbia lo sacara del anonimato, la historia de los sepultureros comenzó en Manuel Doblado, Guanajuato, por el rumbo de San José de Otates, donde crecieron varios jóvenes de familias trabajadoras, muchachos de pueblo, de esos que no tenían fama ni dinero, pero sí ganas de buscarle por donde fuera.

 Entre ellos estaba Antonio Durán López, quien con el tiempo sería conocido como el sepulturero mayor. Desde niño traía una relación muy curiosa con el cementerio, porque según se cuenta, jugaba entre tumbas y huesos, mientras el sepulturero del lugar lo correteaba por andar haciendo travesuras en el campo santo. Eran muy jóvenes y iban a los panteones que ayudar a los sepultureros grandes.

Ay, mi gente, desde allí la vida ya les estaba escribiendo el nombre del grupo. No más faltaba que alguien les pusiera música. En esa etapa, Antonio conoció a Pedro, un joven que siempre cargaba una guitarra al hombro y que además pretendía a una de sus hermanas. Antonio le ayudaba a llevar recados a la muchacha y a cambio Pedro le enseñó a tocar la guitarra. Mamá porero.

Miren nomás el trato. Uno llevaba el chisme amoroso y el otro le pagaba con música. Si el alejte de mí fue causa de pesar. Cuando Antonio tenía apenas 15 años, se marchó al Distrito Federal buscando trabajo para ayudar a su familia. No se fue como artista ni como famoso, se fue como muchos jóvenes con necesidad y ganas de salir adelante.

 Allí trabajó como carpintero. En uno de esos talleres le tocó fabricar ataúdes. Y uno dice, caray, este hombre no buscaba el cementerio. Pero el cementerio parecía seguirlo. Antonio se reencontró en el Distrito Federal con Raúl Hernández, un paisano que también había llegado buscando trabajo. Ahí empezó a tomar forma la idea de armar un grupo, pero dos no eran suficientes.

 Así que llamaron a otro amigo del pueblo, Jesús Soto, Adrián Cerna y Santos Cortés. No eran niños, pero tampoco eran señores acabados por la vida. Eran jóvenes con ilusiones, con hambre de escenario y con ganas de probar suerte. Algunos venían de la misma tierra, se conocían desde antes, compartían origen, amistad y esa confianza de pueblo donde todos saben quién es quién y también quién le debe dinero a quién.

 Así se fueron juntando Antonio Durán, Raúl Hernández, Jesús Soto, Adrián Cerna y Santos Cortés. Tú no sabes nada, no te has dado cuenta. Primero tocaron música ranchera y podcast porque eso era lo que pegaba en esos años. Se presentaban donde podían en camiones, restaurantes, eventos locales y ferias pequeñas. No había reflectores, no había grandes escenarios ni mucho menos lujos, pero ya traían una idea fija, hacer música y abrirse camino.

 A mi gato le gan El problema llegó cuando tuvieron que escoger el nombre. Se dice que pensaron en varios como Brisas del Norte y Los Legendarios, pero ninguno terminaba de convencerlos. Entonces Antonio recordó su infancia entre tumbas y cementerios soltó el nombre que a todos les cayó como baldazo de agua fría. Los sepultureros.

Al principio sonaba raro, fuerte, hasta macabro, pero ahí estaba la gracia porque mientras otros grupos buscaban nombres bonitos, ellos salieron con uno que nadie podía olvidar. Y como decía mi abuela, más vale que hablen de uno por raro a que no lo recuerde ni la silla donde se sentó. Yo tengo una carcacha que casi no camina cuando se descompone.

Así nacieron los sepultureros, cinco jóvenes de Guanajuato que sin saber que aquel nombre de Campo Santo terminaría bailándose en salones, ferias y fiestas de todo México. Pero, ¿quién iba a imaginar que a ese grupo de muchachos con nombre de entierro, una joven cantante llamada Dulce Rosario les iba a cambiar la vida para siempre? Y ahí fue cuando llegó la joven voz que llegó a levantar a los muertos.

Cum ba mientras los sepultureros seguían tocando donde se pudiera con su nombre raro y sus ganas de salir adelante, el destino les tenía preparada una sorpresa y no venía vestida de espanto, venía cantando. Viene comprando todo, todo lo que vendan. Su nombre era Elizabeth María Cristina Mendoza Espinoa de los Monteros.

 Nombre largo, ¿eh? Pero el público la conocía como Dulce Rosario, así de sencillo. Una joven cantante que desde niña ya andaba metida en la música porque según se cuenta, desde los 6 añitos participaba en proyectos musicales y televisivos, incluyendo una compañía infantil llamada Operetas y Suelas, donde grabó canciones y rondas infantiles.

O sea, mientras otros niños jugaban a las escondidas, ella ya andaba frente al micrófono. Como decía mi tía, hay criaturas que nacen llorando y otras nacen afinando y cantando muy bien. No quiero verte llorando a la hora de Cuando apenas tenía 14 años, Elizabeth comenzó a abrirse camino como solista bajo el nombre artístico de Dulce Rosario.

 recorrió varias partes de la República Mexicana cantando y buscando una oportunidad. Porque en esto de la música no basta con tener talento, también hay que aguantar vara, malas pagas, cansancio y uno que otro promotor que promete cielo y estrellas, pero ni palchesco te completa. Soy la secretaria del señor gerente fue una gira de talentos en Zacatecas, donde su camino se cruzó con los sepultureros.

 Ellos estaban trabajando como grupo base, acompañando a los cantantes que se presentaban en aquel espectáculo. Y ahí entre escenario, ensayos y canciones, los muchachos escucharon cantar a Dulce Rosario. Dicen que quedaron encantados con su voz, con su presencia y con ese carisma que no se compra ni se aprende en academia porque hay voces bonitas.

 Sí, pero también hay voces que jalan gente y Dulce tenía de esas. El líder del grupo, Antonio Durán, fue quien le hizo la invitación para unirse a los sepultureros como vocalista principal. Ella no dijo que sí de inmediato. Se tomó unos días para pensarlo porque tampoco era cualquier cosa. Imagínense, mi gente, pasar de cantar como solista a meterse con un grupo llamado Los Sepultureros.

Read More