“Kutimunki” — la pastora andina volvió… y esta vez no vino sola
No es la María Quispe. Buenas noches. ¿Cómo se llaman ustedes? Domitila. Domitila Huanca. Y ella es mi abuela, María Quispe. Parece que muchos reconocen a María Quispe y qué trae aquí esta noche. Venimos a recordarles algo que el mundo está olvidando con la voz de mi abuela y con este instrumento que aprendí a tocar, porque si yo no lo aprendía, no habría nadie más que lo hiciera.
¿Qué instrumento es ese? Se llama Siku. Es de mis antepasados. Tiene miles de años y casi nadie sabe tocarlo ya. Mi nieta. Ella lo aprendió para que no se muera conmigo. María Quispe Domitila, este escenario es de ustedes. Cuando quieran. [aplausos] [ovación] Los Andes tienen una música que tiene miles de años.
No es una exageración, es un hecho. Los instrumentos que esa música usa, las flautas de bambú que se llaman siku, las melodías que se llaman yarawi, los cantos que mezclan el quechua con el español de una manera que no existe en ningún otro lugar del mundo. Todo eso existía mucho antes de que existieran los países que [música] hoy dividen esas montañas, antes de que existieran las fronteras entre Perú y Bolivia y Ecuador y Chile.
Antes de que alguien decidiera dónde terminaba un pueblo y dónde empezaba otro, era la música de la tierra, la que la gente cantaba mientras pastoreaba sus animales en las alturas, mientras trabajaba los campos en terrazas que desafiaban la gravedad, mientras rezaba a fuerzas que respondían [música] igual, aunque no tuvieran nombre en ningún idioma europeo.
Esa música sobrevivió la conquista, sobrevivió la colonización, sobrevivió siglos de intentos de borrarla, sobrevivió todo eso porque estaba guardada en las memorias y en las voces de personas que la llevaban adentro y la pasaban. Pero hay algo que esa música no pudo sobrevivir tan fácilmente, la velocidad del mundo moderno.
No porque el mundo moderno sea el enemigo, sino porque cuando todo cambia muy rápido, cuando los jóvenes van a las ciudades a buscar lo que el campo no puede darles, cuando los hijos crecen en entornos donde la música de sus abuelos no suena en ninguna radio ni aparece en ninguna pantalla, la cadena se interrumpe. No por maldad, por distancia, por el tiempo que no alcanza.
En las comunidades andinas de hoy hay ancianos que saben cosas que nadie más sabe, que conocen canciones que no están escritas en ningún lugar porque nunca necesitaron estarlo, que saben tocar instrumentos que sus nietos miraron crecer, pero que nunca aprendieron a tocar porque siempre parecía que habría tiempo después.
Y el tiempo después no siempre llega. María Quispe lo sabe. Lo sabe porque lo ha vivido, porque ha visto irse a los jóvenes de su comunidad uno por uno a lo largo de décadas. porque ha contado mentalmente cuántas personas en su aldea todavía saben cantar el yarawi completo y el número ha ido bajando año tras año hasta que un día se dio cuenta de que el número era uno.
Ella, eso es lo que la trajo la primera vez a un escenario que nunca imaginó pisar. No la fama, no el reconocimiento, la urgencia, la urgencia de quien sabe que tiene algo que el mundo necesita escuchar y que si no lo dice ahora, quizás ya no haya tiempo. Y el mundo la escuchó y entonces algo ocurrió que nadie había planeado. Jóvenes de comunidades andinas comenzaron a buscar a sus abuelos, a preguntarles cosas que nunca habían preguntado, a querer aprender lo que siempre habían dado por sentado, que estaría ahí cuando lo necesitaran. Todo
eso lo generó una mujer de 83 años con un bastón de madera y una voz que nadie esperaba. Y esa mujer está aquí esta noche con su nieta y con el bisnieto que duerme en la espalda de su nieta, como han dormido los niños andinos durante siglos, envueltos en aguayo cerca del cuerpo de quien los cuida, aprendiendo sin saberlo, el ritmo de la vida de un pueblo.
Cuando Domitila levante ese cic esta noche y lo acerque a sus labios, cuando el primer sonido del bambú llene este teatro, recuerden que ese sonido tiene miles de años, que cruzó montañas y siglos y conquistas para llegar hasta aquí, que alguien decidió aprenderlo para que no muriera y ese alguien está aquí esta noche con un bebé en la espalda para demostrarnos que las cosas que valen la pena no desaparecen solas, [música] solo desaparecen cuando nadie decide cargarlas.
Uh. Cutunki, volví una vez más, no porque el mundo me llamará, sino porque dejé algo aquí que todavía [canto] necesitaba ser dicho. [música] Dejé una semilla la última vez en el oído de los que escucharon. Hoy vengo a ver si brotó, si alguien la cuidó mientras yo no estaba.
Manchingarinchu, no nos perdimos. [música] Aquí seguimos, [canto] aquí siempre estuvimos. [música] El olvido nos pudo, el tiempo nos pudo, la prisa del mundo tampoco pudo. [música] Vine con mi [música] nieta esta vez. Ella carga lo que yo ya no puedo cargar. En su espalda [música] duerme el que viene, el que un día tocará lo [canto] que ella toca hoy.
[música] Este instrumento que escuchan lo hicieron a los que ya no están, pero el sonido que sale es el mismo de siempre, el mismo de acá. [música] Managinarichu, no nos perdí. [música][canto] Aquí seguimos, [música] aquí siempre estuvimos. El olvido no pudo, el tiempo no [música] pudo, la prisa del mundo tampoco pudo.
No vine a pedir nada. No vine a que me recuerden. Vine [música] porque hay un niño en una espalda que todavía no sabe quién es. Si [música] quiero que el mundo lo sepa antes de que él mismo lo olvide. [música] Cutimunqui, volví no para quedarme, sino [canto][música] para dejar lo que vine a dejar.
Que alguien lo cuide, [música] que alguien lo cante, que alguien lo toque cuando yo ya no esté. [música] [música] [música] [música] El teatro tardó en reaccionar, no porque no hubiera sentido nada, sino porque lo que había sentido era demasiado grande para caber en un aplauso inmediato. Había que esperar un momento, dejar que
se asentara, dejar que el cuerpo procesara lo que los oídos acababan de recibir antes de responder de cualquier manera. Cuando los aplausos llegaron, fueron los más largos de esa noche, pero lo que más importó no fue la duración ni el volumen, fue lo que había adentro. Porque esos aplausos no eran solo la respuesta a una actuación extraordinaria, eran algo más complejo, eran el reconocimiento de algo que debería ocurrir más seguido y que el mundo moderno hace cada vez más difícil.
eran la respuesta de mucha gente que acababa de ser nombrada en algo, que había escuchado una verdad que llevaba tiempo sin escuchar y que al escucharla entendió que la estaba necesitando sin saberlo. Pero había algo en ese escenario que superaba a María Quispe, algo que la gente tardó un momento en nombrar, pero que cuando lo nombró ya no pudo dejar de verlo.
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el bebé, ese niño que había dormido durante toda la presentación envuelto en el aguayo de su madre, que no había escuchado conscientemente nada de lo que ocurrió a su alrededor, que no sabía que estaba en un escenario de televisión, que cientos de personas lo miraban, que su bisabuela acababa de cantar algo que iba a circular por el mundo durante semanas, que no sabía nada de todo eso, pero que había estado ahí y eso es lo que importa, no lo que entendí.

dió, sino lo que absorbió. Porque los niños aprenden de esa manera antes de entender, antes de poder articular lo que están aprendiendo, aprenden por proximidad, por repetición, por el simple hecho de estar cerca de algo mientras crecen. Y ese niño había estado cerca. Había sentido el ritmo del siku a través del cuerpo de su madre.
Había escuchado, aunque no lo supiera, la voz de su bisabuela cantando en el idioma de sus antepasados. había estado presente en algo que muy pocas personas en el mundo han presenciado. Domitila lo sabe, no de una manera intelectual ni calculada, lo sabe de la manera en que lo saben las madres jóvenes que fueron criadas en tradiciones antiguas y que han decidido conscientemente o no, que esas tradiciones van a seguir.

Lo sabe porque ella misma fue ese bebé alguna vez, porque ella misma estuvo en la espalda de alguien mientras aprendía sin saberlo. Porque María Quispe, antes de enseñarle el Siku con palabras, le enseñó el Siku con presencia, con el simple hecho de tocarlo mientras Domitila estaba cerca, año tras año, tarde tras tarde, en el rancho con las ovejas alrededor y el viento bajando de los nevados.
Y cuando Domitila tuvo edad suficiente para preguntar, ya sabía la respuesta. No porque alguien se la hubiera dicho, sino porque la había absorbido. Así es como sobreviven las tradiciones verdaderas, no en los museos, no en los archivos, no en las grabaciones académicas, ni en los documentales bien intencionados. Sobreviven en los cuerpos, en la memoria muscular de las manos que aprendieron a tocar un instrumento antes de entender por qué.
en el oído que reconoce una melodía, porque la escuchó mil veces antes de poder recordarla conscientemente en el amor que se transmite sin palabras entre una abuela y una nieta en las tardes tranquilas de un rancho en las alturas. El jurado veterano preguntó esa noche a quién le iba a enseñar Domitila ese instrumento y Domitila señaló al bebé que dormía en su espalda.
A él respondió, “Cuando tenga 5 años. como nos enseñaron a nosotras. Esa respuesta recorrió las redes durante días, porque en esa respuesta estaba todo. La conciencia de que la tradición no termina en ella, la decisión de que no va a terminar en ella, la certeza tranquila de alguien que no necesita que el mundo apruebe lo que está haciendo porque sabe exactamente por qué lo está haciendo y para qué. 5 años.
Esa es la edad a la que Domitila va a empezar a enseñarle el sicu a su hijo. La misma edad a la que María Quispe empezó a enseñarle a ella. La misma edad probablemente a la que la madre de María le enseñó a María. y la madre de su madre antes de eso, una cadena de manos pequeñas aprendiendo a sostener cañas de bambú generación tras generación, durante siglos sin interrupción, hasta llegar a ese niño que dormía en un escenario de televisión, sin saber que era el eslabón más reciente de algo muy antiguo.
Eso es lo que María Quispe vino a mostrarle al mundo esta noche. No solo que el canto sigue vivo, sino que tiene sucesor, que Domitila aprendió, que el bebé aprenderá, que la cadena no se rompió, que a pesar de todo, a pesar de los jóvenes que se fueron a las ciudades y los ancianos que murieron sin poder transmitir lo que sabían y el mundo moderno que corre sin mirar atrás, a pesar de todo eso, hubo alguien que decidió quedarse, que decidió aprender, que decidió cargar con algo que el mundo estaba a punto de dejar caer. Y esa
persona tiene 28 años y un bebé en la espalda y un cicu en las manos. Y eso en este mundo y en este tiempo es un milagro tan grande como cualquier otro. La primera vez que María Quispe subió a un escenario, dijo que su canto se estaba muriendo, que ella era la última en su comunidad que lo sabía completo, que cuando ella se fuera se iría con ella.
Esta noche volvió para demostrar que se había equivocado, no porque el mundo haya cambiado tanto desde entonces, no porque de repente haya muchos jóvenes aprendiendo el yarwi y el siku en las comunidades andinas. El problema sigue siendo el mismo, la urgencia sigue siendo la misma, lo que está en riesgo sigue siendo lo mismo. Pero hay una diferencia, domitila.
Y el niño que duerme en su espalda y los 5 años que vienen, eso es suficiente, no para resolver todo, no para garantizar que nada se perderá, sino para demostrar que mientras haya alguien dispuesto a cargar algo, ese algo tiene una oportunidad. Mientras haya una domitila dispuesta a aprender lo que María sabe, mientras haya un niño dispuesto a recibir lo que Domitila le enseñe, la cadena no se rompe y las cadenas que no se rompen duran para siempre.
María Quispe salió del escenario esa noche de la misma manera que había entrado, con su bastón, con su au, con su sombrero bombín ligeramente inclinado, con esa calma de 83 años que ya no necesita apresurarse por nada porque ha aprendido que las cosas importantes llegan cuando tienen que llegar. Domitila la acompañó con el Sicu en una mano, con el bebé dormido en la espalda, con esa postura de quien lleva algo valioso y lo sabe y no necesita que nadie se lo confirme.
Antes de desaparecer en los bastidores, María se detuvo, se volvió hacia el teatro y levantó el bastón una vez brevemente con ese gesto que en las montañas significa algo que no tiene traducción exacta al español, pero que todos en ese teatro entendieron de todas formas. Luego se fue y el teatro se quedó con ese silencio que dejan las cosas que han sido completamente verdaderas.
Esa noche, muchas personas llegaron a su casa y buscaron algo, una foto de una abuela, el nombre de un instrumento que habían escuchado de niños y que nunca aprendieron a tocar. Una receta que nadie había escrito porque siempre había alguien que la sabía y que ya no estaba. Buscaron algo que sentían que tenían que encontrar antes de que fuera demasiado tarde.
No todos lo encontraron, pero algunos sí. Y para esos esa noche fue suficiente. Si esta historia te llegó al corazón, cuéntanos en los comentarios qué tradición de tu familia llevas adentro que sientes que se está perdiendo. Y si conoces a alguien que todavía guarda algo antiguo, algo que aprendió de sus abuelos y que nadie más sabe, cuéntanos también, porque esas historias merecen ser escuchadas y este canal va a seguir escuchándolas.
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