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IRMA DORANTES reveló el NOMBRE de quien ordenó matar a PEDRO INFANTEE..

IRMA DORANTES reveló el NOMBRE de quien ordenó matar a PEDRO INFANTE..

Lo último que Pedro Infante le dijo a Irma Dorantes antes de subirse a ese avión fue una frase corta. Seis palabras, seis palabras que ella repitió en su cabeza cada noche durante 67 años. La próxima semana presento los cargos. Cinco días después, Pedro estaba muerto. Su avión convertido en un montón de fierros retorcidos sobre una calle de Mérida, su cuerpo irreconocible, su voz, esa voz que había hecho llorar a medio México, apagada para siempre.

 Y los cargos que iba a presentar la próxima semana nunca se presentaron. Los documentos que había reunido durante tres semanas con un contador privado desaparecieron. La oficina donde los guardaba fue saqueada la misma noche del accidente. Y el hombre contra quien Pedro iba a presentar esos cargos, el socio que durante 5 años había sido su mano derecha, apareció en el funeral llorando más fuerte que nadie.

 Su nombre era Antonio Matouc, representante de Pedro Infante desde 1952, socio al 40% de la productora Matu Infante, el hombre que firmaba cada contrato, que manejaba cada centavo, que decidía en qué aviones subía Pedro y en qué aviones no. El hombre que tr días antes del accidente pagó pes en efectivo a un mecánico del hangar de Mérida.

Irmadurantes lo sabía. Lo supo desde mayo de 1957 cuando un empleado del hangar le envió una carta anónima con el nombre del mecánico, el monto del soborno y una instrucción. Queme esta carta después de leerla. Si habla, usted y su hija están muertas. Irma no quemó la carta. La guardó en una caja de zapatos debajo de su cama durante 67 años.

 la guardó mientras enterraba a Pedro bajo un cielo gris en el panteón jardín de la Ciudad de México. La guardó mientras los periodistas la acosaban preguntándole cómo se sentía, qué pensaba, si creía en la versión oficial. la guardó cuando Antonio Matuc se acercó al ataú, le puso una mano en el hombro y le dijo con la voz quebrada, “Irma, yo lo quería como a un hermano.

” Ella sintió que el estómago se le volteaba, sonrió, asintió, no dijo nada. la guardó durante los meses siguientes cuando Matuc la visitó en su casa para arreglar los asuntos pendientes. Él le ofreció una pensión mensual de 4,000 pesos a cambio de que firmara unos documentos que le cedían el control total de la productora y los derechos de imagen de Pedro.

 Irma firmó, tenía 23 años, una hija de un año llamada Irma Infante y miedo, miedo puro, del que se mete en los huesos y no sale nunca. La guardó durante los años 60 cuando México seguía llorando a Pedro en cada esquina, en cada cantina, en cada radio. La guardó cuando los libros empezaron a publicarse con la versión oficial del accidente.

 La guardó cuando los documentales repetían la misma historia. Falla mecánica, tragedia inevitable, destino trágico del ídolo. Irma los veía en silencio con la caja de zapatos todavía debajo de la cama y pensaba, “Mienten, todos mienten.” La guardó durante los años 70 cuando se volvió a casar, cuando tuvo más hijos, cuando trató de construir una vida nueva, pero nunca pudo tirar la caja, nunca pudo quemar la carta.

 Cada vez que se mudaba de casa, lo primero que empacaba en secreto era esa caja. Sus maridos nunca la vieron, sus hijos nunca supieron de su existencia. La caja era solo de ella. La caja era Pedro. La guardó en 1989 cuando leyó en el periódico que Antonio Matuca había muerto. Murió rico, murió respetado, murió con un obituario de media página en Excelsor que lo llamaba El visionario del cine mexicano, amigo entrañable de Pedro Infante.

 Irma leyó esas palabras sentada en la cocina. No lloró, no gritó, dobló el periódico, lo dejó sobre la mesa y se fue a caminar 4 horas sin rumbo. Esa noche sacó la caja de debajo de la cama por primera vez en 20 años. Abrió la carta, la leyó, la guardó de nuevo, la guardó durante los 90, la guardó durante los 2000, la guardó cuando cumplió 70, 80, 90 años.

 la guardó cuando sus nietos empezaron a preguntarle sobre Pedro, sobre cómo era, sobre qué había pasado realmente. Ella les contaba las mismas historias bonitas de siempre, las anécdotas del rodaje de Tisoc, las canciones que Pedro le componía en la cocina, la risa de Pedro, la ternura de Pedro, nunca el accidente, nunca matuc, nunca la caja.

 Y así habría muerto Irma Dorantes, con el secreto enterrado, con la caja todavía debajo de la cama, con la verdad convertida en polvo junto a ella. Pero algo cambió en septiembre de 2024. Algo cambió en septiembre de 2024. Irma llevaba casi un año postrada. Los médicos habían sido claros con la familia.

 El corazón le fallaba, los pulmones le fallaban, el cuerpo entero se apagaba lentamente como una vela que había ardido demasiado tiempo. Le daban semanas, quizá un mes, no más. Ella lo sabía. Lo sintió la mañana del 14 de septiembre cuando despertó con un peso distinto en el pecho. No era dolor, era urgencia.

 Era la sensación de que se estaba quedando sin tiempo y que había una sola cosa en toda su vida que todavía no había hecho. Llamó a su nieta Marisol Rincón Dorantes, de 32 años, la única de sus nietas que había heredado esa terquedad silenciosa que Irma reconocía como propia. “Tráeme papel”, le dijo, “y trae lo que está debajo de la cama.

” Marisol buscó, encontró la caja de zapatos Café atada con un listón que alguna vez fue azul. La sacudió suavemente. Escuchó el ruido seco de papeles viejos adentro. Miró a su abuela con una pregunta muda en los ojos. “Ábrela”, dijo Irma. Marisol desató el listón, levantó la tapa. Lo primero que vio fue un sobre amarillento con los bordes comidos por el tiempo, sellado con cera roja todavía intacta.

 Debajo, una foto de Pedro Infante sonriendo en un restaurante con una servilleta en la mano donde había escrito algo que el tiempo había borrado. Debajo de la foto, un pañuelo blanco con iniciales bordadas. P I. Y al fondo de la caja, cuidadosamente doblado, un recorte de periódico del 16 de abril de 1957 con el titular que había destrozado a México entero. Lee la carta. dijo Irma.

Lee la carta en voz alta. Marisol rompió el sello con manos temblorosas. El papel crujió al desdoblarse. La tinta azul estaba descolorida, pero todavía legible. Empezó a leer y mientras leía su abuela, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, sonreía por primera vez en 67 años.

 La carta empezaba sin saludo, sin fecha, sin nombre de remitente, solo seis palabras escritas con una caligrafía apretada, nerviosa, de alguien que había escrito con miedo. Señor Adorantes, su esposo fue asesinado. Marisol se detuvo, miró a su abuela. Irma no abrió los ojos, pero movió la mano izquierda en el aire como diciendo, “Sigue, sigue, no te detengas ahora.

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