HARFUCH ENCUENTRA el CUADERNO de Diana Laura en Magdalena… Anotó al 2do Tirador 31 Años ANTES
Si me pasa algo, vete a Magdalena. Eso le dijo Luis Donaldo Colosio a su esposa Diana Laura 55 días antes de que lo mataran en lomas taurinas. 31 años después, Omar García Harfuk obedeció esa orden. Tres camionetas. 4:40 de la madrugada. Una casa cerrada con llave desde 1996. La llave estuvo guardada 30 años en una caja de seguridad de un banco de Hermosillo.
Solo dos personas en el mundo sabían dónde estaba esa llave. Una de ellas murió de cáncer hace dos años. La otra es el hijo de Diana Laura. Y el hijo es quien le acaba de entregar la llave a Harfook esta noche. Magdalena de Quino, Sonora, 80 km al sur de la frontera con Arizona. Es octubre y el desierto está a tres grados.
El aire huele a polvo seco, a mezquite quemado por el sol del día anterior, a frío que se mete entre la ropa. Tres camionetas suben por la calle Adolfo López Mateos sin prender las luces. Bajan despacio. El primero en pisar la grava es Omar García Harfuch. Detrás de él dos peritos con maletines duros, un fotógrafo forense, una notaria pública con cuaderno y pluma fuente y un cerrajero que ya conoce ese tipo de cerradura porque lleva 30 años abriendo casas viejas del norte de Sonora. Nadie habla.
Magdalena duerme. Es un pueblo de 23,000 personas que sabe la diferencia entre el viento que mueve las hojas y un motor de camioneta extraña. Pero a esa hora ni siquiera los perros ladran. La casa está al final de la cuadra. Dos plantas, adobe encalado con el blanco amarillado por 30 años de sol del desierto.
Las ventanas tienen marcos verdes que se descascararon hace tiempo. Hay una bugambilia seca trepando por la pared del lado este, las ramas grises ya sin flor. La puerta principal es de madera de mezquite, gruesa con un picaporte de hierro forjado que alguien lustró por última vez en 1996. Sobre el muro, una placa pequeña de bronce.

No dice nada importante, solo el número de la casa y el año en que se construyó. 1941. Esa placa la mandó poner Luis Tonaldo Colosio Murrieta cuando heredó la propiedad a los 21 años después de la muerte de su padre. A 200 m de esa puerta, en el panteón municipal de San Martín, los dos cuerpos están durmiendo, él y ella.
En un mausoleo de cantera con una estatua de bronce arriba donde los esculpieron tomados de la mano, la estatua mira hacia la casa. Harf una seña con la cabeza. El cerrajero saca una lima delgada y trabaja la cerradura sin forzarla. Tarda 4 minutos. La puerta cede con un sonido seco, como si la madera llevara mucho tiempo aguantando algo.
Lo primero que sale es el olor a encierro, a madera vieja, a papel guardado en un cajón cerrado durante décadas y debajo otro olor más débil, más íntimo, a perfume de mujer que se fue evaporando despacio en una recámara cerrada con llave. Harf entra primero. La linterna recorre la sala. Los muebles están cubiertos con sábanas blancas que ya son grises.
En la pared del fondo, un piano vertical, Bosendorfer. Encima del piano, una fotografía enmarcada en plata. Ella y él, el día de su boda, en 1984. Los dos sonriendo. Ella sin saber que le quedaban 10 años de vida, él sin saber que le quedaban 10 años para mantener esa sonrisa. Al lado de la foto, sobre el mismo piano, hay una taza de café.
La taza tiene un círculo de café seco en el fondo. 30 años de café seco. Alguien dejó esa taza y una mañana de noviembre de 1994 y nadie volvió a moverla. El fotógrafo levanta la cámara y registra el plano. Harf sigue caminando. La sala da un pasillo. En las paredes hay fotografías de Magdalena en los años 50, de Luis Donaldo Niño en una bicicleta y al final del pasillo una puerta cerrada con llave.
Arfuch se detiene frente a esa puerta. Mira a la notaria. La notaria asiente y escribe la hora exacta en su cuaderno. 4:52. El cerrajero abre la segunda puerta. Adentro está la recámara que usaba Diana Laura Riojas cuando volvía a Magdalena con los niños. Una cama matrimonial con un cobertor tejido a mano doblado a los pies.

Un buró con un libro encima, La Paz de los sepulcros de Jorge Bolpi. Páginas marcadas con tiras de papel, una lámpara apagada. un vaso con restos secos de agua y una fotografía pequeña en marco de madera de los dos niños. Luis Donaldo Junior con 8 años y Mariana con uno y poco más, sentada en las piernas de su hermano. Al fondo de la recámara, El closet, puertas de madera con tirador de bronce. Harfux lo abre.
Hay ropa colgada, vestidos sobrios, una gabardina azul marino, tres pares de zapatos en el piso y en el rincón derecho, sobre la repisa de arriba, una caja de zapatos, cartón blanco, atada con cordón de cocina blanco, anudado con un nudo doble. En la tapa, una etiqueta escrita a mano con pluma fuente azul para mis hijos cuando entiendan.
Harfuch la baja con las dos manos, pesa más de lo que parece, la pone sobre la cama. La notaria se acerca con su cuaderno. El fotógrafo dispara tres veces y todos los que están en esa recámara saben que adentro de esa caja está la razón por la que esa casa lleva 30 años cerrada. Harf deshace el nudo.
Despacio, la tapa cede con el ruido de un sello que se rompe. Adentro hay tres cosas. Un sobrelacrado con cera roja, un cuaderno de pasta verde marca Escribe y un fajo de papeles atados como un listón negro de luto. Empieza por el listón negro, lo desata. Lo primero que sale es un recorte de prensa amarillento. Excelor, primera plana. Jueves 24 de marzo de 1994.
El titular: Asesinan a Coloso. Debajo de la fecha alguien escribió a lápiz con letra pequeña, 12 horas. Y en otra anotación, la del consultorio. Diana Laura Riojas estaba en el consultorio de su médico cuando le avisaron que habían matado a su esposo. No estaba en Tijuana. La versión oficial dice que sí. La versión oficial miente.
Lo dice un papel que ella guardó durante 8 meses en una caja de zapatos en su recámara de Magdalena. 12 horas le costó volver a Tijuana y cuando llegó todo ya había sido decidido sin ella. 5 millones de personas vieron el video del asesinato en televisión esa semana. Dos disparos, uno en el estómago, otro en la cabeza.
4000 personas en la colonia Lomas Taurinas, un solo detenido en el acto y la versión que el procurador firmó 4 días después. Asesino solitario. Diana Laura Riojas tenía 36 años cuando enterró a su esposo, 32 cuando le diagnosticaron cáncer de pánas, 35 cuando dio a luz a su hija sin aceptar quimioterapia y 36 cuando se murió.
meses después del balazo en el cuarto 119 del Hospital Médica Sur, con un cuaderno verde apretado contra el pecho, ese cuaderno está ahora en las manos de Harfush. En este video te voy a contar cuatro cosas que casi nadie sabe sobre Diana Laura Rioja Reyes y te voy a avisar cuando llegue cada una. La primera, ¿cómo recibió el diagnóstico que la mató antes que las balas mataran a su esposo? La segunda, ¿por qué decidió no curarse del cáncer, aunque le quedaban 4 años de vida si aceptaba el tratamiento? La tercera, los 14 nombres que escribió en
ese cuaderno verde con tinta azul. La cuarta, lo que dice esa carta sellada con cera roja que escribió para Luis Donaldo Junior, su hijo de 8 años. con instrucciones de no abrirla hasta que cumpliera 18. Cuatro cosas. Las cuatro están dentro de esa caja de zapatos. Y antes de que entiendas la primera, necesitas saber quién era esa mujer que escuchó a su esposo decirle 10 palabras una noche de enero y que 55 días después tuvo que cumplirlas.
Diana Laura Riojas Reyes nació el 9 de marzo de 1958 en el hospital viejo de Nueva Rosita, Coahuila. Ese hospital ya no es hospital. Hoy es un asilo de ancianos. Las paredes que la vieron nacer ahora ven morir. Nueva Rosita es un pueblo minero del norte de Coahuila, en la zona del carbón, 80 km al sur de la frontera con Texas.
La gente que nace ahí aprende temprano dos cosas, que la tierra tiene fuego adentro, que el fuego un día se cobra lo que da. Su padre se murió cuando ella era una niña pequeña. La madre quedó sola con dos hijas, Diana Laura y su hermana Hilda Elisa, que después se convertiría en la mujer que crió a los hijos de Diana cuando ella ya no estuvo.
Las dos hermanas se mudaron a Monterrey. La madre les enseñó a las dos lo mismo, a no llorar en público, a llegar puntual, a trabajar más que cualquier hombre, a no esperar que nadie viniera a salvarlas. Diana Laura estudió la primaria en el Instituto Excelsior de Monterrey, la preparatoria en la Universidad Regio Montana. De niña, cuando le preguntaban qué quería ser de grande, contestaba con una frase que dejaba a los adultos sin respuesta.
Yo quiero ser presidenta. Tenía 8 años cuando la dijo por primera vez. La repitió a los 12. A los 15 ya no la decía en voz alta, pero la seguía pensando. Los compañeros de la prepa la recordaban como una muchacha distinta. Sacaba las mejores calificaciones de la generación sin presumirlo. Cuando había debate en clase, la profesora la mandaba sentar al final porque las réplicas que daba dejaban a los chicos sin argumentos.
Una vez, en cuarto año de prepa, un sacerdote invitado dio una plática sobre la sumisión de las mujeres en el matrimonio. Dianá Laura levantó la mano, le preguntó al sacerdote si el evangelio era para los dos o solo para uno. El sacerdote no le contestó. Hilda Elisa la sacó del salón del brazo y le dijo que no anduviera diciendo esas cosas en voz alta.
Diana Laura se ríó, le dijo a su hermana que las cosas que valen la pena se dicen en voz alta. A los 17 entró a la carrera de administración de empresas en la Universidad de Nuevo León. Duró 2 años. A los 19 agarró sus libros, Una maleta y la dirección de un primo en la colonia del Valle de la Ciudad de México y se fue a estudiar economía a la Universidad Anawak.
Su madre le dio 1000 pesos para los primeros tres meses. Le dijo que si el dinero se acababa antes que ella terminara la carrera, regresara a Monterrey. Diana Laura no regresó. Trabajó de medio tiempo en una librería de Polanco para pagarse la renta. Comía un sándwich al día. durmió las primeras semanas en una cama plegable en el cuarto de servicio del departamento de su primo.
Cuando llegó a la AWAK, le pidieron revalidar varias materias. Una de ellas era macroeconomía. El maestro era un hombre callado, alto, con bigote tupido, que acababa de regresar de hacer un doctorado en Viena. Un sonorense de 30 años llamado Luis Donaldo Colosio Murrieta. Él dictaba clase con un acento del norte que las mujeres jóvenes de la capital encontraban exótico.
Ella tomaba apuntes en una libreta azul. Cuando él hablaba de teoría del valor, ella escribía cosas en los márgenes que no eran teoría del valor. Lo que ella escribía en los márgenes lo guardó durante toda su vida. Está en uno de los cuadernos que Harfuch tiene ahora frente a él. El cortejo duró casi 3 años. Luis Donaldo no era hombre de besar en la primera cita.
La primera vez que la invitó a salir, la llevó a un restaurante de la zona rosa, le pidió un café, le habló durante hora y media de la Revolución Mexicana, le pagó la cuenta sin discutirla y la dejó en la puerta de su edificio sin tocarla. Diana Laura le contó a su hermana esa misma noche que se iba a casar con ese hombre. Hilda Elisa le preguntó por qué.
Diana Laura le contestó tres frases. Es la primera vez que un hombre me habla de la revolución como si yo la fuera a entender. Es la primera vez que un hombre me paga la cuenta sin preguntarme qué pedí y es la primera vez que un hombre me deja en la puerta sin querer subir. La carta más larga que Luis Donaldo le escribió a Diana Laura durante el cortejo está fechada en abril de 1982.
Son ocho cuartillas a mano. Hablan de un viaje que él hizo a Comitán, Chiapas, donde había visto a una mujer de 40 años cargando agua durante 3 km para hervir tortillas para sus seis hijos. La carta termina como una sola frase a Diana Laura. Si algún día gobierno este país, voy a gobernarlo pensando en esa mujer.
Esa carta está dentro de la caja de zapatos. Arfuch la encontró debajo del cuaderno verde en un sobre que decía simplemente Comitán 1982. La notaria la fotografió, el fotógrafo no la tocó, algunas cartas no se manosean. Se casaron en 1984. Ella tenía 26 años, él 34. La boda fue en Magdalena, en la parroquia de Santa María Magdalena, frente a la plaza donde después construirían el mausoleo de los dos.
La ceremonia fue pequeña, 50 invitados. La madre de Diana Laura voló desde Monterrey por primera vez en su vida. Hilda Elisa fue la dama de honor. El padre de Luis Donaldo, don Luis Colosio Fernández lloró durante todo el bautizo de los Anillos. La fotografía oficial de esa boda es la que está hoy sobre el piano Bosendorfer de la sala.
En 1985 nació Luis Donaldo Junior. Diana Laura empezó a trabajar en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, después en la Secretaría de Programación y Presupuesto. Mientras tanto, la carrera política de Luis Donaldo subía como ascensor sin frenos. Diputado a los 35, senador a los 39, presidente del PRI a los 40, secretario de desarrollo social del gobierno de Carlos Salinas a los 42.
Una de las primeras cosas que Diana Laura le pidió a su esposo cuando lo nombraron presidente del PRI fue que comprara la casa de Magdalena, la casa de adobe encalado de la calle Adolfo López Mateos. Aquella casa había pertenecido a la familia Colosio Fernández durante 70 años. Luis Donaldo creció ahí, su padre se murió ahí.
La heredó a los 21 años, pero cuando se fue a estudiar a Monterrey y después al doctorado a Viena, la dejó cerrada. Diana Laura le pidió que la abriera, que se la regalara, que la pusiera a nombre de los hijos, que ahí iban a pasar todas las Navidades, que ahí dijo le quería enterrar el corazón cuando se muriera.
Luis Donaldo le hizo todo lo que ella le pidió. Diana Laura no sabía aún por qué le había pedido la casa de Magdalena. Lo iba a entender años después, cuando el cuerpo de su esposo bajara del avión en el aeropuerto de Hermosillo, en una caja rumbo [resoplido] al Panteón de San Martín, a 200 m de esa puerta de Mezquite, que en 30 años solo se ha abierto tres veces.
Y entonces llegó marzo de 1990. Aquí llega la primera cosa que te prometí. Diana Laura llevaba semanas con un dolor sordo en el lado izquierdo del abdomen. Pensó que era estrés. Pensó que era el embarazo que no terminaba de llegar. pensó cualquier cosa que no fuera lo que era, hasta que un viernes por la tarde fue al consultorio del Dr.
Misael Uribe, médico de la familia desde hacía 10 años, en un edificio de la colonia Polanco. Misael Uribe la conocía desde antes de su matrimonio. Le había puesto las vacunas a Luis Donaldo Junior. Le había firmado el certificado de salud cuando la prensa empezó a pedirlos por la candidatura de su esposo al PRI.
Misael Uribe era un médico con dos virtudes raras en su gremio. Hablaba claro y no mentía. Esa tarde Misael Uribe le pidió que se sentara antes de hablar. Ella se sentó. Él le dijo lo que las pruebas mostraban. Cáncer de páncreas, adenocarcinoma, el tipo más agresivo de los que existen en ese órgano. Diana Laura tenía 32 años. El doctor le explicó el pronóstico con los porcentajes que los médicos dan cuando no quieren mentir. 4 años.
Cinco con suerte. Seis si el cuerpo respondía a la quimioterapia. Cero si no se hacía nada. Ella no lloró en el consultorio. Tampoco lloró en el coche. Llegó a su casa, le dio un beso a su hijo, le dijo a Luis Donaldo que tenían que hablar. Él la escuchó en silencio durante 20 minutos. Cuando ella terminó, él se levantó y le dijo que iba a renunciar a la Secretaría de Desarrollo Social, que iba a dejar la política, que su lugar era con ella.
Diana Laura Riojas le contestó dos cosas. La primera en voz baja, si tú dejas la política por mí, yo me muero más rápido. La segunda, con una mano sobre el brazo de él, si tú llegas a presidente, yo me muero feliz. Esa noche, Luis Donaldo Colosio no dejó la política. Esa noche empezó a prepararse para la presidencia de México.
Pero Diana Laura Riojas no contó algo en esa conversación. No le dijo a su esposo lo que le había dicho a Misael Uribe en el consultorio, que quería tener otro hijo, una niña que se llamara Mariana y que iba a tener esa niña, aunque le costara los 5 años de quimioterapia que el cuerpo le iba a dar.
Aquí llega la segunda cosa que te prometí. En el cuaderno verde marca escribe. En la página 14 con letra firme de pluma fuente azul, Diana Laura Riojas escribió una sola frase. No le pongan tratamiento a la niña, solo a mí. Cuando nazca empiezo. Esa frase está firmada y fechada. 23 de febrero de 1993, 3 meses antes de que naciera Mariana, lo que Diana Laura escondió durante 3 años.
3 años desde el diagnóstico hasta el embarazo. 3 años en los que rechazó cualquier tratamiento que pudiera afectar la posibilidad de tener un segundo hijo. 3 años en los que su esposo creía que el cáncer estaba dormido, controlado por la dieta y por el cariño, sin saber que cada mes que pasaba sin quimioterapia era un mes que el adenocardinoma se le iba comiendo el páncreas en silencio.
Misael Uribe le rogó cada visita que aceptara el tratamiento. Diana Laura cada visita le contestaba lo mismo. Doctor, déjeme tener a la niña primero. Lo logró en enero de 1993. A los 34 años, Diana Laura quedó embarazada. Lo supo antes de hacerse la prueba. Lo dice ella misma en la página 16 del cuaderno verde con tinta azul.
Hoy lo sentí. Es ella. Es Mariana. Esos primeros meses del embarazo coincidieron con la fase más intensa de la carrera política de su esposo. Salinas necesitaba elegir sucesor antes de septiembre. Los precandidatos eran tres Luis Donaldo Colosio, Manuel Camacho Solís, Pedro Aspe.
Diana Laura sabía porque su esposo se lo decía durante las cenas, que la pelea por el dedazo iba a ser brutal. Camacho controlaba la regencia del Distrito Federal y tenía la simpatía de la izquierda prista. Aspe controlaba Hacienda y tenía la simpatía de los tecnócratas. Colosio controlábase de sol y tenía dos cosas que los otros no tenían: el cariño de Salinas como amigo personal y la sensibilidad de campo de un hombre que había caminado todos los municipios pobres del país.
En agosto de 1993, Salinas se decidió. designó a Colosio el 28 de noviembre en la Convención del PRI, Luis Donaldo Colosio fue oficialmente nombrado candidato a la presidencia. Diana Laura estaba en la primera fila con Mariana en brazos. La niña tenía 6 meses y medio. Diana Laura ya pesaba 7 kg menos de lo que pesaba antes del embarazo.
Mariana nació el 14 de mayo de 1993. Una niña sana de 3,2 con los ojos color avellana de su padre. Diana Laura la cargó cuatro horas seguidas sin soltarla. Después se durmió con la niña encima del pecho y al día siguiente, en el mismo hospital empezaron a inyectarle el primer ciclo de quimioterapia.
Le habían recetado seis ciclos. Cada ciclo le quitaba el pelo, el sueño, los kilos, el color de la piel, la fuerza para subir escaleras, la fuerza para cargar a la niña. Después de tres ciclos, Diana Laura le dijo a Misael Uribe que no quería más, que prefería a 6 meses lúcida con sus hijos, a 6 años en una cama con un suero en el brazo.
Misael Uribe le contestó que con la decisión que estaba tomando iba a perder 2 años de vida. Ella le contestó que ya había perdido 4 años pensando que iba a vivir, que ahora quería vivir los que le quedaran. Diana Laura Riojas firmó el alta voluntaria de quimioterapia en julio de 1993, 4 meses antes de que su esposo fuera nombrado candidato del PRI a la presidencia, 8 meses antes de que lo mataran.
Diciembre de 1993, las primeras giras de campaña. Colosio empezó a recorrer el país, Chiapas, Oaxaca, Yucatán, Veracruz. Diana Laura lo acompañó en algunas, en otras no. Cuando no estaba con él, se quedaba en la casa de la colonia del Valle con Luis Donaldo Junior, que ya tenía 8 años, y con Mariana, que apenas empezaba a sentarse.
La gente que la veía esos meses la describía con tres palabras: pálida, delgada, inquebrantable. El primero de enero de 1994, el ejército zapatista de liberación nacional se levantó en Chiapas. Colosio canceló la gira que tenía programada esa semana. Salinas lo llamó a Los Pinos. Diana Laura escuchó a su esposo regresar de esa reunión a las 3 de la madrugada y meterse al estudio sin decirle una palabra.
Esa noche tomó la primera anotación en el cuaderno verde, pero esa primera página Hilda Elisa la arrancó después y la quemó porque Diana Laura se lo pidió desde el hospital. Lo que decía aquella primera página solo lo supieron las dos hermanas. Y de aquellos meses, los últimos meses, los 9 meses que vivió entre la muerte de su esposo y la suya propia, salen los 14 nombres del cuaderno verde, las fotografías de Castel Gandolfo, los recortes con anotaciones a lápiz y la carta sellada con cera roja.
Volvamos a la casa de Magdalena. Harf tiene el cuaderno verde en las manos. lo abre por la primera página. La fecha en la esquina superior derecha 29 de marzo de 1994. 6 días después del asesinato. Diana Laura ya había vuelto a la ciudad de México, ya había estado en el funeral, ya había prohibido la entrada de Manuel Camacho Solís al velorio en la sede del PRI.
ya había viajado a Magdalena a enterrar a su esposo en el Panteón de San Martín, a 200 m de la casa donde Harf está ahora. La primera anotación dice así: “Lo voy a leer textual, palabra por palabra, como lo escribió ella con la pluma fuente azul que está adentro de la caja.” 29 de marzo. Esta mañana hablé con Diego Baladés. Me dijo que tienen al asesino.
Le pregunté cuántos disparos había. me dijo dos. Le pregunté si Mario aburto disparó los dos. Se quedó callado 3 segundos. Después me dijo que sí. Esos 3 segundos son lo único que tengo. Empiezo a anotar nombres en este cuaderno. Voy a anotar todos los que importan. Voy a anotar las fechas.
Voy a anotar las llamadas que no se contestan. Si no termino, mis hijos terminarán. Harf sigue leyendo. La notaria escribe, el fotógrafo dispara cada dos páginas. En la página dos del cuaderno hay una lista, 14 nombres. Algunos están subrayados, algunos tienen una fecha al lado, algunos tienen un signo de interrogación. Carlos Salinas de Gortari, sin fecha, subrayado dos veces.
José Córdoba Montoya, 27 de enero. Subrayado Manuel Camacho Solís. 10 de marzo. Sin subrayar. Raúl Salinas de Gortari. Sin fecha. Signo de interrogación. Diego Paladés Ríos. 29 de marzo. Sin subrayar. Miguel Montes García, 14 de julio. Subrayado. Olga Islas González. 18 de julio. Sin subrayar. Domiro García Reyes.
23 de marzo. Subrayado Tranquilino Sánchez Venegas. 23 de marzo. Subrayado Vicente Mayoral Valenzuela. 23 de marzo. Subrayado Adolfo Mayoralesquer. 23 de marzo. Sin subrayar Federico Benítez López. 23 de abril. Subrayado tres veces. Malo Fabio Beltrones, sin fecha, signo de interrogación. Y abajo de todos un decimoarto nombre escrito con letra más pequeña, casi minúscula, como si Diana Laura hubiera dudado antes de escribirlo.
Ese nombre, Harfuch, lo guarda para sí mismo. Dice que lo va a leer al final, que primero necesitamos entender los otros 13 para que el 14 signifique algo. Aquí entramos en la parte oscura de la historia, la parte que la versión oficial cerró en 4 días, pero que Diana Laura Riojas tardó 8 meses en escribir a mano con tinta azul en un cuaderno verde marca Escribe, Empecemos por la fecha clave, 27 de enero de 1994.
Es la única reunión que tuvieron Luis Donaldo Colosio y Carlos Salinas de Gortari durante todo el año 1994. Antes de eso se veían cada semana. Después de esa fecha dejaron de hablarse. 55 días después Colosio estaba muerto. ¿Qué se dijeron Colosio y Salinas el 27 de enero? Nadie lo sabe. No hay minuta, no hay grabación.
Lo único que se sabe es que cuando Colosio salió de Los Pinos esa tarde, le pidió a su chóer que lo llevara directo a su casa de la colonia del Valle. Llegó a las 9:30 de la noche. Diana Laura estaba en la sala con la niña Mariana, que tenía 8 meses. Dándole el biberón, Luis Donaldo no se sentó.
Se quedó de pie en el marco de la puerta. Tenía la corbata floja, las manos en los bolsillos, la cara descompuesta. Lo único que dijo fueron 10 palabras. Si me pasa algo, vete a Magdalena con los niños. Diana Laura no contestó. Bajó la mirada hacia Mariana. La niña se quedó dormida con el biberón en la boca. Luis Donaldo subió las escaleras sin decir nada más.
Esa noche durmieron en la misma cama. Diana Laura no le hizo preguntas, él no le ofreció explicaciones. Ese silencio entre los dos esposos duró 55 días. Hasta el 23 de marzo a las 5:08 de la tarde, hora del Pacífico. Esa frase está escrita en el cuaderno verde en la página 3, fechada 29 de marzo, dos días después del entierro.
Diana Laura la guardó en la cabeza durante dos meses antes de escribirla y la subrayó tres veces. Cinco semanas después de esa reunión llegó el 6 de marzo. Aniversario 65 del PRI. 50,000 priistas en la explanada del monumento a la revolución de la ciudad de México. Sol fuerte de mediodía, colosio con traje oscuro y corbata de rombos.
El discurso más largo de su campaña. 60 minutos 59 segundos, 4124 palabras, 382 líneas, 129 párrafos y una frase que se le clavó a Salinas en el oído como un clavo. Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley, quienes deberían de servirla.
Los analistas dijeron después que ese discurso fue una ruptura con Salinas, que fue como una separación de padre e hijo. Los más suspicaces dijeron que ese discurso fue la sentencia de muerte de Luis Donaldo Coloseo. Diana Laura escuchó el discurso desde la sala de su casa. Mariana tenía 9 meses y estaba durmiendo en sus brazos. Luis Donaldo Junior, sentado en el sillón frente al televisor, le preguntó a su madre por qué a su papá se le humedecían los ojos al hablar.
Diana Laura no le contestó, se levantó y se fue al estudio. Tomó el cuaderno verde, escribió tres palabras y la fecha, 6 de marzo, empezó. Eso fue todo lo que escribió ese día. Lo que pasó entre el 6 y el 23 de marzo de 1994 fueron 17 días de tensión que en México todavía nadie ha terminado de contar bien.
Colosio empezó a recibir llamadas anónimas. La línea privada de su casa de la colonia del Valle sonaba a la 1, a las 3, a las 5 de la mañana. Cuando Diana Laura contestaba, escuchaba respiración del otro lado. Nadie hablaba. La línea colgaba al minuto. Ella anotaba la hora exacta en el cuaderno verde. El 7 de marzo, Colosio le mandó a Salinas un recado escrito a mano. Cuatro palabras.
Trabajamos por separado ahora. Salinas lo recibió en silencio, lo dobló, lo guardó y dejó de devolverle las llamadas. El 10 de marzo, Manuel Camacho Solíss dio una rueda de prensa en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Habló 40 minutos sin mencionar a Colosio una sola vez. Ese silencio fue lo que terminó de convencer a Diana Laura de que su esposo estaba en peligro.
Lo anotó esa noche en el cuaderno verde. 10 de marzo, subrayado. El 12 de marzo, Colosio volvió tarde de nuevo Laredo. Se sentó en la orilla de la cama, le dijo a Diana Laura que no quería ir a Tijuana, que algo le decía que no fuera. Diana Laura le contestó lo único que un esposo podía esperar de ella. Si no quieres ir, no vayas. Y si vas, vuelve. Colosio fue.
El 22 de marzo durmió en La Paz, baja California Sur. El 23 al mediodía despegó hacia Tijuana en un avión privado con cinco personas a bordo. No volvió. 17 días después del monumento a la revolución, Colosio bajaba del templete de Lomas Taurinas. Eran las 5:8 minutos de la tarde, hora del Pacífico, 4000 personas alrededor.
Una banda llamada la culebra tocaba a todo volumen para taparle el sonido a lo que venía. Un hombre se le acercó por la izquierda. Le puso una pistola a Taurus calibre 38 en la 100 derecha. Disparó una vez. Colosio cayó hacia atrás. El cuerpo giró 180 gr y ahí cayó el segundo disparo en el estómago.
Según la versión oficial, el templete era una camioneta de redilas con tablones encima. Sobre el tablón estaba pegado un cartel del PRI con la cara de Colosio. La pendiente del terreno hacía que la gente que estaba abajo no pudiera ver bien lo que pasaba arriba. Colosio había terminado su discurso 20 segundos antes. Había gritado, “¡Que viva México!” Tres veces.
La banda, la culebra empezó a tocar de inmediato la canción Mi querido Tijuana. El ruido cubría todo. Domiro García Reyes, jefe de seguridad personal, debía haber armado un cordón humano alrededor de Colosio en el momento del descenso del templete. Ese cordón no se armó. Tres miembros de la escolta original se quedaron arriba del templete bajándose al final.
Otros dos se quedaron a metros de distancia ocupados con otras cosas. Quien se acercó al candidato cuando bajó fueron tres hombres que no eran de su escolta. Vicente Mayoral, Tranquilino Sánchez y un cuarto hombre que Domiro García Reyes después no supo identificar. Las fotografías de Robert Gautier del San Diego Union Tribune del 23 de marzo de 1994 muestran la secuencia exacta. Foto uno.
Colosio bajando del templete sonriendo, agarrándose del hombro de Vicente Mayoral para no resbalar. Foto dos. Tranquilino Sánchez extendiendo el brazo derecho por encima del hombro derecho de Colosio. Foto tres. El rostro de Colosio desencajado de dolor con la cabeza ya inclinada. Foto cuatro.
Colosio en el suelo, dos hombres encima de él, uno con una camisa blanca y otro con una chamarra negra de cuero. El de la chamarra negra de cuero era Mario Aburto Martínez. El de la camisa blanca, según el rodisonato de sodio, practicado horas después, era Jorge Antonio Sánchez Ortega. Mario aburto, fue detenido en el acto, en el suelo, golpeado por los policías y por la gente.
Lo subieron a una camioneta. Lo llevaron a las instalaciones de la Procuraduría en Tijuana. Le sacaron una declaración esa misma noche sin abogado, en condiciones que tres décadas después su defensa seguiría disputando. Confesó. Dijo que había actuado solo. Dijo que era un hombre que había venido de Michoacán pensando solo en defender a México de los políticos corruptos.
Dijo que había leído un libro llamado Las actas, donde anotaba sus pensamientos. Ese libro lo encontraron después en su casa, en un baúl escrito a mano. Las páginas estaban en orden. La letra estaba en perfecta caligrafía, demasiado perfecta para un hombre joven sin estudios formales, según los grafólogos que después lo analizaron.
Jorge Antonio Sánchez Ortega fue detenido también el 23 de marzo, pero no fue subido a una camioneta de la procuraduría, fue subido a un avión privado del CISN que despegó del aeropuerto Abelardo El Rodríguez de Tijuana a las 9 de la noche, hora del Pacífico. Llegó a Ciudad de México a la 1:20 de la madrugada.
De ahí desapareció del expediente durante 31 años. Según la versión que Diana Laura Riojas anotó en el cuaderno verde en la página 7, esos dos disparos no salieron de la misma pistola y el hombre que disparó el segundo no se llamaba Mario Burto. Diana Laura no estaba en Lomas Taurinas cuando mataron a su esposo. Estaba en el consultorio del doctor Misael Uribe en Polanco.
Era una cita mensual de control. Estaba sola, sin escolta, sin teléfono encendido. Cuando salió del consultorio, a las 6:30 de la tarde, hora de la Ciudad de México, el portero del edificio la detuvo en la salida y le dijo cuatro palabras: “Señora, mataron al licenciado.” Lo que pasó después tardó 12 horas.
12 horas que Diana Laura anotó después en el cuaderno verde con un lápiz sin tinta porque la pluma fuente se le había quedado en la oficina. 6:30 de la tarde, salida del consultorio. 7:5 llamada de Beto Villaescuzza desde Tijuana. Beto era amigo de Colosio desde la juventud en Magdalena. Le confirmó la muerte, le dijo que el cuerpo ya estaba en el hospital general.
Le pidió que no se moviera, que él iba para Ciudad de México. 7:30, Diana Laura llega a su casa en la colonia del Valle. La empleada doméstica ya sabía. Los niños, ¿no? 8 de la noche. Llamada del general Domiro García Reyes, jefe de la escolta presidencial de Colosio, le pide que no hable con nadie hasta que llegue alguien del gobierno. 8:50.
Llamada de José Córdoba Montoya, jefe de asesores del presidente Salinas. Le dice que el avión presidencial va por ella en una hora. Le pide que se prepare para volar a Tijuana. 9:30. Diana Laura cuelga el teléfono, sube a la recámara, saca del closet una maleta pequeña. Adentro mete dos cosas, una pluma fuente con tinta azul y un cuaderno verde.
Escribe sin estrenar. Ese es el cuaderno que Harf tiene ahora en las manos. A las 11:20 de la noche, hora de la Ciudad de México, Diana Laura subió al avión que la llevó a Tijuana. Llegó a las 2 de la madrugada, hora del Pacífico. La esperaba el procurador Diego Baladés en el aeropuerto.
Le dijo que ya tenían al asesino, que era un hombre joven de Michoacán llamado Mario Aborto, que había actuado solo, que ya había confesado. Diana Laura le hizo una sola pregunta. Le preguntó cuántos disparos había habido. Diego Baladés se quedó callado 3 segundos. Después le dijo, “Dos. Esos tres segundos están subrayados dos veces en la página 3 del cuaderno verde.
Diana Laura escribió al lado, 3 segundos para inventar la mentira. Aquí llega la tercera cosa que te prometí. Los 14 nombres. Volvamos a la casa. Arfuch tiene el cuaderno abierto en la página dos. repasa los nombres uno por uno. La notaria escribe, pero hay algo más en esa lista que en el primer recuento se pasa de largo. Al lado de cada nombre subrayado, Diana Laura escribió tres letras PPP, probable vínculo político.
Y al lado de tres nombres en particular escribió otras tres letras, PBD, probable vínculo directo. Esos tres nombres con PBD son José Córdoba Montoya, Domiro García Reyes y elto nombre que Harfush todavía no nos ha dicho. José Córdoba Montoya, francés de nacimiento mexicano por naturalización, jefe de asesores del presidente Salinas, el hombre más poderoso de México que no aparecía en ninguna foto oficial.
Salinas no firmaba un decreto sin que pasara por su escritorio. La leyenda decía que era el cerebro detrás del trono. La leyenda decía que él decidía la sucesión presidencial. La leyenda decía que él había impuesto a Colosio sobre Camacho Solís en septiembre de 1993. Y la leyenda decía en voz baja que él fue el primero en arrepentirse de esa decisión cuando Colosio dio el discurso del 6 de marzo.
Domiro García Reyes, general del ejército mexicano, responsable directo de la seguridad del candidato Colosio durante los meses de campaña. El 23 de marzo en Lomas Taubinas, su trabajo era proteger al candidato. Su trabajo era no permitir que un hombre con una pistola se le acercara a menos de 3 met. Su trabajo era el único trabajo que importaba esa tarde y ese trabajo no se cumplió.
Después del asesinato, las fotografías del periodista Robert Cautier del San Diego Unión Tribune mostraron algo raro. Tranquilino Sánchez Venegas, un militante del PRI de Tijuana, extendió el brazo derecho por encima del hombro de Colosio segundos antes de los disparos. Vicente Mayoral, expicía judicial, le abrió el paso a un sujeto no identificado que se tiró al piso para que Colosio se detuviera.
Otro hombre se arachó para que Aburto pudiera extender el brazo con la Taurus. La policía los bautizó después con nombres de circo. El clavadista, el lentes, el ruo, como si fueran personajes de una obra de teatro. Diana Laura los anotó a todos en el cuaderno verde, a Tranquilino Sánchez, a Vicente Mayoral, a Rodolfo Mayoral, a Ozón Cortés, que pasó dos años en el penal de Almoloya acusado de ser el segundo tirador, donde lo torturaron hasta dejarlo sordo del oído derecho.
Domino García Reyes, que tenía que cuidar al candidato y no lo cuidó. a Jorge Antonio Sánchez Ortega, agente del CISN, asignado a la cobertura, que el mismo 23 de marzo de 1994 fue detenido porque su chamarra tenía manchas de sangre y la prueba de rodisonato de sodio dio positiva. 31 años después, en noviembre de 2025, Jorge Antonio Sánchez Ortega volvería a ser detenido en una vivienda de la colonia Los Reyes de Tijuana.
Esta vez sí. Esta vez ya no como testigo, esta vez como segundo tirador. Diana Laura no llegó a ver esa detención. Murió 31 años antes, pero el nombre de Jorge Antonio Sánchez Ortega está en su cuaderno verde, en la página 6. Fechado 31 de marzo de 1994, 8 días después del asesinato y al lado del nombre Una sola palabra escrita con pluma fuente azul. Él.
¿Cómo supo Diana Laura Riojas en 1994 lo que la Fiscalía General de la República apenas confirmaría 31 años después? Eso es algo que Harf que descifrar, pero el cuaderno verde es la prueba, la caligrafía es la suya, la tinta es de 1994. El papel es de la marca Screve, lote 73 del taller de Guadalajara, descontinuado en 1996. No se puede falsificar.
Está ahí. Diana Laura Riojas escribió el nombre del segundo tirador 31 años antes de que el Estado mexicano lo reconociera. Hay otro nombre subrayado tres veces en la página 2. Federico Benítez López. 23 de abril. Federico Benítez era el jefe de la policía municipal de Tijuana cuando mataron a Colosio.
Llevó la investigación local durante las primeras cuatro semanas. encontró tres cosas que no le gustaron a nadie. Primero, que la ojiva hallada en lomas taurinas había sido lavada por los peritos federales, lo cual borraba cualquier prueba balística útil. Segundo, que el video del asesinato tenía un corte de 4 segundos antes de los disparos, justo donde se ve la mano de Tranquilino Sánchez extenderse sobre Colosio.
Tercero, que el agente del CISN, Jorge Antonio Sánchez Ortega, había sido sacado de Tijuana en un avión privado pocas horas después del crimen, sin que la policía local fuera notificada. Federico Benítez iba a presentar un informe con esas tres conclusiones a Diana Laura Riojas el 29 de abril. Federico Benítez murió el 28 de abril, asesinado a balazos en Tijuana mientras manejaba su camioneta por el periférico.
La versión oficial dijo que fue un asalto. El asaltante nunca fue identificado. El expediente se cerró tres meses después. Diana Laura escribió la fecha en el cuaderno verde en la página 8 con el lápiz porque la pluma se había vuelto a quedar en otro lado. 23 de abril, 5 días antes de su muerte. ¿Cómo escribió la fecha exacta de un asesinato 5co días antes de que ocurriera? Eso también lo está pensando Harfo.
Y no es la última vez que en el cuaderno verde una fecha aparece anotada antes de tiempo. Hay otras cuatro. Lo sabremos cuando lleguemos al final. Diana Laura Riojas siguió escribiendo el cuaderno verde durante seis meses más. Cada llamada que no se contestó, cada reunión que se canceló, cada fiscal que cambió de versión, cada amigo de Colosio que dejó de devolverle el teléfono, cada hombre que en marzo lloraba en el funeral y en septiembre ya estaba comiendo en privado con el nuevo candidato del PRI, Ernesto Cedillo. En
junio, Diana Laura fundó la fundación Colosio. 23 de junio le hizo una promesa pública a sus hijos que iba a preservar el pensamiento de su padre. Le hizo una promesa privada a sí misma que iba a encontrar la verdad antes de morirse. En julio se fue a Europa con su hijo de 9 años y su hermana Hilda Elisa.
Tres etapas. Primera, Austria, donde inauguró la cátedra Luis Donaldo Colosio en el Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados en una ciudad llamada Luxemburg, 30 km al sur de Viena. Segunda, Italia, donde Juan Pablo Segi la recibió en su residencia de verano en Castelgandolfo y le obsequió un rosario que ella guardó después en una caja de zapatos en su closet de Magdalena, tercera, España, donde el 22 de julio los reyes Juan Carlos y Sofía la recibieron en el palacio de la zarzuela.
En cada uno de esos lugares, Diana Laura hizo lo mismo. Pidió privadamente en voz baja, sin que la prensa lo supiera, que rezaran por el alma de su esposo asesinado y por la verdad sobre quién había ordenado matarlo. En Castel Gandolfo, después de besar el anillo del Papa, le dijo cinco palabras al oído.
Lo mataron desde Los Pinos. Esas cinco palabras nunca aparecieron en la versión oficial del viaje. Aparecieron 30 años después en una entrevista que Hilda Elisa Riojas dio a Infobai meses antes de morirse de cáncer en 2024. El rosario del Papa está dentro de la caja de zapatos. Arfuch lo saca con cuidado.
Cuentas de madera oscura, una cruz de plata pequeña con la inscripción ICBS Roma. La notaria lo anota. En octubre, Diana Laura empezó a perder fuerzas. Ya no podía caminar más de una cuadra. Le subía la fiebre por las noches. La piel se le puso amarilla. Misael Uribe la internó en Médica Sur en el cuarto 119, el 7 de noviembre. Los últimos 11 días los pasó con el cuaderno verde apretado contra el pecho.
Recibía visitas pocas y elegidas. su hermana Hilda Elisa, sus dos hijos, su madre Misael Uribe y una vez una sola, el fiscal especial Miguel Montes, a quien ella misma había recomendado para llevar la investigación tres meses antes. Miguel Montes salió de ese cuarto pálido. Renunció a la investigación dos semanas después.
Esa renuncia es la que está fechada en el cuaderno verde con la palabra 14 de julio. El 16 de noviembre, Diana Laura le pidió a Hilda Elisa una hoja de papel grueso y la pluma fuente azul. Se la pasó. Diana Laura escribió durante una hora y 20 minutos. Cuando terminó, dobló la hoja en cuatro partes, la metió en un sobre, lo cerró con cera roja que su hermana le tuvo que calentar con una vela y escribió en el sobre con la misma pluma.
Para mi hijo Luis Donaldo, el día que cumpla 18 años, no antes. El 18 de noviembre de 1994, a las 4:52 de la madrugada, Diana Laura Riojas murió en el cuarto 119 de América Sur. tenía el cuaderno verde sobre el pecho debajo de las dos manos cruzadas. Hilda Elisa lo sacó, lo metió en una bolsa y 24 horas después lo llevó a Magdalena en el avión que transportaba el ataúd.
La caja de zapatos la armó Hilda Elisa esa misma semana. Cordón de cocina, etiqueta a mano para mis hijos, cuando entiendan. la subió a la repisa del closet de la recámara de Diana Laura en la casa de Magdalena. Cerró la puerta con llave y guardó la llave en una caja de seguridad de un banco de Hermosillo. Esa llave la fundación Coloso la solicitó hace dos meses para hacer un inventario.
La caja de seguridad la abrió Hilda Elisa antes de morirse en marzo de 2024. le dejó la llave a su sobrino Luis Donaldo Junior, hoy senador, con una sola instrucción escrita a mano. Cuando estés listo. Luis Donaldo Junior cumplió 18 años hace mucho, pero no abrió la caja. La caja sigue cerrada porque la verdadera instrucción no era la edad.
La verdadera instrucción la entendió cuando leyó la etiqueta de la tapa. Cuando entiendan entender que eso es lo que ahora está leyendo Harf en la carta sellada con cera roja. Aquí llega la cuarta cosa que te prometí, la carta. El fotógrafo registra el sobre cerrado primero, la cera roja con el sello de un anillo viejo.
El anillo de matrimonio de Diana Laura. La tinta azul con la caligrafía firme para mi hijo Luis Donaldo. El día que cumpla 18 años, no antes. Harf lo abre con un cuchillo de papel que la notaria le pasa. La cera cede con un crujido pequeño. Adentro hay una sola hoja doblada en cuatro. Papel grueso, ya amarillento por los 30 años. La caligrafía de Diana Laura, esta vez temblorosa al final.
Harfuch lee en voz baja. La notaria escribe, el fotógrafo no dispara. Algunas cosas no se fotografían. Hijo mío, cuando leas esto, vas a tener 18 años. Yo voy a tener 47 años de muerta. Mariana va a tener 25. Y los dos van a saber cosas que cuando yo escribo esta carta nadie sabía. Primero, tu padre no murió por la bala de Mario Aburto.
Tu padre murió por una decisión que se tomó en Los Pinos el 27 de enero de 1994. Esa decisión no la tomó una sola persona, la tomaron tres. Uno de ellos pidió tiempo, otro de ellos pidió silencio. El tercero pidió un nombre, el nombre se lo dieron 10 días después. Segundo, el hombre que disparó el segundo tiro no se llamaba Mario Aburto, se llamaba Jorge Antonio Sánchez Ortega y trabajaba para el CISN.
Lo van a detener un día. Cuando lo detengan vas a saber que tu madre lo escribió en un cuaderno verde marca Scribe en 1994. La policía no lo va a creer. La fiscalía no lo va a creer. Los periodistas no lo van a creer. Pero tú vas a tener el cuaderno y vas a tener esta carta y vas a saber que tu madre te lo dijo. Tercero, el fiscal Miguel Montes me visitó en el cuarto 119 de América Sur el 15 de noviembre de 1994.
Tres días antes de mi muerte vino a pedirme perdón. No me dijo qué cosa estaba pidiendo perdón, pero yo sabía y él sabía que yo sabía. Le di la mano, le dije que se fuera en paz. No lo perdoné. No tengo el derecho de perdonarlo. El que tiene el derecho de perdonarlo eres tú. Cuarto, lo que tu padre dijo en el monumento a la revolución el 6 de marzo de 1994.
Fue verdad. Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Esa frase es lo que lo mató. Esa frase es la que tienes que cumplir. No con la política. La política tu padre no lo protegió. Cumple la frase como mejor sepas. Con tu vida, con tu trabajo, con tu manera de tratar a la gente.
Que el México que se imaginó tu padre exista en alguna parte, aunque sea pequeña, aunque sea solo tu casa. Quinto. El deuarto nombre del cuaderno verde es el más importante. Es el que no se subraya. Es el que no se anota con fecha. Es el que se lleva uno a la tumba. Porque escribirlo bien es traicionar a alguien que no merece traición.
Pero te lo voy a decir aquí porque tú tienes derecho a saberlo y porque cuando seas mayor sabrás qué hacer con eso. El de cuarto nombre no es de un asesino, es de un cómplice. Es el de alguien que sabía y se quedó callado. Es el de alguien que comió con tu padre dos días antes de que lo mataran y no le dijo nada. Te dejo el nombre escrito en el reverso de esta hoja. Léelo y decide. Sexto y último.
Te quiero más de lo que esta carta puede decir. Hubiera querido verte cumplir 18 años. Hubiera querido verte enamorarte. Hubiera querido verte estudiar algo, lo que sea, lo que tú escogieras. Hubiera querido conocer a tu hermana Mariana de adulta. Hubiera querido todo lo que se nos quitó.
Pero te quedan dos cosas que valen lo que yo no pude darte. La primera es tu hermana. Cuídala. es la única persona que sale del mismo sitio que tú y que va a entender de verdad por qué tu padre no estuvo y por qué tu madre tampoco. La segunda es esta carta. Hazla pública el día que tu hermana también sepa, no antes y no en la prensa.
Léela en la casa de Magdalena, frente a la foto de tu padre con tu hermana al lado. Después haz con ella lo que tu corazón te diga. Te quiero, hijo. Diana Laura. 17 de noviembre de 1994. 2 de la madrugada. Arfuch dobla la hoja. La notaria escribe en su cuaderno la última anotación. El fotógrafo guarda la cámara. Ya no hace falta.
Los tres peritos se quedan parados sin saber qué hacer con las manos. El reverso de la hoja donde Diana Laura escribió el cuarto nombre sigue boca abajo sobre la cama. Arfuch lo mira 3 segundos. La notaria lo mira. El fotógrafo no lo mira. Es decisión de Harfuch. Y Harf decide no leerlo. Le dice a la notaria que ese nombre se queda en la caja, que ese nombre pertenece al hijo de Diana Laura, no a la investigación, que ese nombre lo va a saber Luis Tonaldo Julior cuando él decida abrir la caja.
No antes. La caja se vuelve a cerrar. Se le pone un nuevo cordón de cocina blanco, idéntico al original. La notaria sella caja con un sello oficial y registra la cadena de custodia. Harfma, el fotógrafo firma. Los dos peritos firman. La caja se queda en la casa de Magdalena. La llave vuelve a la mano del único hijo que sigue vivo de Diana Laura Riojas Reyes. Harfus sale al patio de la casa.
Ya está amaneciendo. El cielo del desierto pasa del negro al violeta y del violeta a un naranja seco que solo se ve en Sonora. A 200 met, el mausoleo del Panteón de San Martín empieza a alumbrarse con la primera luz, la estatua de bronce de los dos tomados de la mano. Mirando hacia esa casa antes de cerrar la caja, Harfuch hizo una última revisión del cuaderno verde.
Quería ver las otras cuatro fechas que Diana Laura había anotado antes de tiempo. Las encontró. Estaban en el reverso de la página 8o, escritas con lápiz sin subrayar cuatro fechas, cuatro nombres, cuatro muertes, una de 1996, una de 2003, una de 2015 y una que todavía no ocurre. Diana Laura anotó todas antes de morirse en noviembre de 1994.
Las tres primeras se cumplieron a la fecha exacta. La cuarta se va a cumplir. Arfuk sabe el nombre. Por ahora ese nombre se queda en el cuaderno. Harf enciende un cigarro que no fuma, lo deja consumirse entre los dedos, saca el celular y le manda un mensaje a su equipo de Ciudad de México. Cuatro palabras. Caso Colosio sigue abierto.
Mario aburto sigue preso en el penal del altiplano sin haber pisado la calle en 32 años. Jorge Antonio Sánchez Ortega está detenido desde noviembre de 2025 esperando el juicio que va a definir cuánto del expediente original era mentira. Carlos Salinas de Gortari vive entre Cuba e Inglaterra, donde no lo extraditan.
José Córdoba Montoya regresó a Francia donde no concede entrevistas. Manuel Camacho Solíss murió en 2015 sin abrir nunca la boca sobre el 27 de enero. Domiro García Reyes se murió en 2003 sin pisar la cárcel. Federico Benítez no tuvo justicia. Otón Cortés salió de Almoloya sordo de un oído y nunca regresó a Tijuana. Y el dearto nombre ese que Harfuch decidió no leer esta noche sigue vivo, sigue en México y sigue durmiendo tranquilo 31 años después de haber cenado con Luis Donaldo Colosio, dos días antes de que lo mataran. Luis Donaldo Colosío Riojas, el
niño de 8 años que no fue al funeral de su padre porque su madre no se lo permitió para protegerlo, fue alcalde de Monterrey y senador. Mariana Colosió Riojas, la niña de uno y medio que dormía sobre el pecho de su madre la noche del asesinato, vive lejos de los reflectores. Hilda Elisa Riojas, la hermana que crió a los dos, murió de cáncer en marzo de 2024. A los 70 años.
La cadena del cáncer en esa familia es algo que la ciencia todavía no termina de explicar. Y la casa de Magdalena de Quino, después del cateo de Harf, volvió a cerrarse. La llave la tiene Luis Donaldo Junior. La caja sigue ahí. El cuaderno verde está bajo custodia federal. La carta para el hijo se la entregaron en Sobrenuevo, sellado con cera roja idéntica al original en una notaría de la Ciudad de México y a 200 m de la puerta cerrada, los dos cuerpos siguen durmiendo juntos en el mausoleo de cantera blanca. Él con 44 años
cumplidos hace 32 años, ella con 36 para siempre. Tomados de la mano en una estatua de bronce que el gobierno de Sonora rehabilitó en 2024 con 3,100,000 pesos, en octubre de ese mismo año alguien entró al mausoleo y arrancó algunas de las letras de bronce de las frases de Colosio en las paredes. Nadie supo quién, nadie investigó, nadie pagó nada.
Algunas cosas en este país se rompen despacio durante 30 años y nadie lo nota y otras se rompen en un segundo a las 5:0 de la tarde en una colonia popular de Tijuana, mientras una banda toca a todo volumen para taparle el sonido a lo que viene. Diana Laura Riojas Reyes sabía la diferencia, por eso escribió un cuaderno verde durante 8 meses.
Por eso fundó una fundación que sigue funcionando. Por eso le pidió a Juan Pablo Segund que rezara por el alma de su esposo y por la verdad. Por eso prohibió a Manuel Camacho Solís entrar al funeral. Por eso fue al palacio de la zarzuela con la espalda erguida, aunque ya no podía caminar dos cuadras seguidas.
Por eso se negó a la quimioterapia para tener a Mariana. Por eso eligió morirse a los 36 con el cuaderno apretado contra el pecho, en lugar de morirse a los 40 con un suero en el brazo. Hubo una vez en este país una mujer que vio cómo le mataban al esposo y supo que la versión que le contaron era mentira. Tuvo 36 años para darse cuenta.
Tuvo 8 meses para escribirlo. Tuvo 5 minutos para señarlo con cera roja para su hijo de 8 años y se murió con la conciencia tranquila de haber dejado el trabajo hecho. 31 años después, un secretario de seguridad mexicano abrió una caja de zapatos en una recámara cerrada de una casa de Sonora y leyó todo lo que ella había escrito.
La leyó completa, la leyó sola y supo que la viuda de Colosio había tenido la razón desde el primer minuto. Si me pasa algo, vete a Magdalena con los niños. Eso le dijo Luis Donaldo Colosio a su esposa Diana Laura una noche de enero de 1994. La frase de un hombre que ya sabía. Diana Laura se la guardó 55 días en silencio, después la cumplió y 31 años después alguien que ni siquiera había nacido cuando él se la dijo, también la cumplió.
Tres camionetas 4:40 de la madrugada, una puerta de mezquite que no se había abierto en 30 años. Algunas órdenes que se dan en voz baja entre dos personas que se aman tardan tres décadas en cumplirse del todo, pero terminan cumpliéndose. En el próximo video, Harfuch va a cruzar la frontera del estado de Sinaloa. Va a entrar a un rancho cerrado desde 1992.
Va a buscar las grabaciones que un cantante de corridos hizo en un cassete antes de morirse acribillado a la salida de su concierto en Culiacán. El cantante sabía que esa noche lo iban a matar. Lo dejó grabado y la grabación nunca se hizo pública porque alguien la escondió en su rancho.
40 minutos de un hombre cantando con la voz de alguien que sabe el día y la hora exactos de su muerte. Ese es el caso que viene. Chalino Sánchez. El próximo cateo. Este contenido es una obra de ficción creada con fines de entretenimiento. Todos los eventos relacionados con el cateo, los documentos encontrados, las grabaciones, los objetos descubiertos y las circunstancias descritas son invenciones narrativas del guionista.
Los datos biográficos utilizan información de fuentes públicas verificables. Ninguna afirmación constituye acusación de hechos reales contra ninguna persona viva o fallecida. Las opiniones expresadas son del narrador ficticio. Para información verificada, consulte fuentes periodísticas. Yeah.