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¡HARFUCH ARRESTÓ a 9 POLICIAS HOM1C1DAS en HIDALGO; TRAIDORES Y CORRUPTOS POLICIAS! tl

¡HARFUCH ARRESTÓ a 9 POLICIAS HOM1C1DAS en HIDALGO; TRAIDORES Y CORRUPTOS POLICIAS! tl

Atención, atención. Nueve policías traidores con placa policial que dejaron un cuerpo en aguas negras y un director de policía que desapareció exactamente 3 horas antes de que llegara el convoy de Harfarlos. Eso es lo que Omar García Harfush desenterró en Progreso de Obregón Hidalgo.

 Y lo que los noticieros te contaron es apenas la mitad de la historia. El martes 20 de mayo de 2026, nueve policías municipales fueron vinculados a proceso por homicidio doloso calificado. Eso ya lo viste en los titulares. Lo que no viste es cómo ocurrió su captura minuto a minuto en la explanada de su propia presidencia municipal frente a sus vecinos con gritos que se escucharon hasta la calle principal.

 Lo que no viste es quién lloraba, quién se resistía y quién intentó correr antes de que los militares cerraran el último ángulo de salida. Y hay algo más. Cuando Harfuch activó el protocolo y el convoy dobló hacia el centro del municipio esa mañana del 13 de mayo, encontraron a ocho de los nueve objetivos. El décimo, el que firmaba las órdenes, el que dirigía la corporación entera, ya no estaba, se había ido horas antes.

 Y esa ausencia es la pregunta que ningún noticiero ha respondido todavía. Esa pregunta tiene nombre en los archivos de Harf y en este video la vamos a abrir. Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Progreso de Obregón no es un municipio que aparezca en los titulares nacionales. Es un pueblo  de poco más de 8,000 habitantes en el valle del Mesquital, Hidalgo.

 Tierra plana, calles de adoquín gris, presidencia municipal  pintada de colores institucionales que se descascaran con el sol de mayo. A las 6 de la mañana huele a tierra húmeda y diésel de los camiones que salen hacia los campos. La gente madruga. Nadie espera nada extraordinario de un martes. La Dirección de Seguridad Pública Municipal de Progreso de Obregón tenía en papel la función de proteger a esos 8,000 habitantes.

 En la práctica, los nueve agentes que componían el núcleo operativo de esa corporación habían construido algo diferente, un territorio donde la placa no era símbolo de protección, sino de impunidad, donde detener a alguien no significaba llevarlo ante un Ministerio Público, significaba llevarlo a las galeras, cerrar la puerta y decidir qué pasaba después sin testigos.

 Eso funcionó durante un tiempo. Las corporaciones municipales pequeñas operan en zonas grises donde la supervisión federal llega tarde y la supervisión estatal llega poco. Los nueve sabían exactamente dónde estaban los límites de lo visible y habían aprendido a operar justo debajo de esa línea. El error de cálculo fue creer que la placa los volvía invisibles para siempre, que lo que ocurriera dentro de las galeras se quedaba dentro de las galeras, que un cuerpo abandonado en un canal de municipio vecino era un problema de otro municipio. No contaban

con que Harf ya tenía un patrón. Un día antes en Tesontepec de Aldama, a menos de 40 km, el director y subdirector de seguridad pública habían caído en otro operativo coordinado. Dos municipios, dos corporaciones una misma semana. Eso no era coincidencia, era una campaña. Y entonces llegó el dato que lo cambió todo.

 Para entender cómo cayeron los nueve, hay que retroceder al 10 de mayo, 4 días antes del operativo, porque la trampa no la atendió Harfuch esa madrugada. La atendieron ellos mismos con tres decisiones que en su momento parecieron inteligentes y que en retrospectiva sellaron cada uno de sus destinos. El primer error ocurrió el 10 de mayo, en algún momento entre la tarde y la noche.

 Los nueve policías detuvieron a dos hombres, uno de ellos era BTG. Lo que pasó dentro de las galeras de la Dirección de Seguridad Pública Municipal nunca va a tener una versión oficial limpia, pero las marcas que encontraron en el cuerpo después no dejaban margen para la interpretación. Lo golpearon. Lo golpearon hasta que dejó de moverse y entonces tomaron una decisión que pareció eficiente en ese momento.

 No trasladar el cuerpo lejos, no cruzar hacia otro estado, no enterrarlo. Lo cargaron en una patrulla y lo abandonaron en un canal de aguas negras en Hawei Blanco, comunidad del municipio de Mixquiahuala de Juárez, a 19 km de su base rápido, conocido sin testigos visibles. que BTG no sabía. Lo que los nueve no calcularon es que ese canal era ruta de paso de jornaleros agrícolas que salían antes del amanecer.

El cuerpo fue encontrado el 11 de mayo, menos de 12 horas después. Ese fue el primero. El segundo error lo cometieron colectivamente entre el 11 y el 12 de mayo. Cuando el cuerpo apareció y las indagatorias comenzaron, los nueve policías tomaron la decisión de seguir presentándose a trabajar.

 calcularon que sin testigos directos no había caso sólido. Lo que ignoraban o eligieron ignorar es que la segunda víctima, el hombre que logró escapar esa noche con lesiones, ya había declarado ante el Ministerio Público Estatal en las primeras horas del 11 de mayo. Su declaración incluía descripciones precisas de uniformes, el número económico de al menos una patrulla municipal y los nombres de pila de dos de los agentes.

 Las 11:47 de la noche del 11 de mayo. Según fuentes cercanas al operativo, el gabinete de seguridad federal recibió la carpeta de investigación y activó el protocolo de coordinación interinstitucional. Los nueve siguieron yendo a trabajar, seguían usando sus uniformes, seguían portando sus armas de cargo. Lo que ninguno de los nueve sabía era que esa decisión de quedarse acababa de convertirlos en objetivos confirmados en una operación que ya tenía nombre en Ciudad de México.

 Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor. El tercer error lo cometió el grupo completo en las horas previas al amanecer del 13 de mayo. Y este es el más difícil de explicar porque requiere entender la dinámica interna de lo que estaba pasando dentro de esa corporación. El director Juan José Né, titular de la Dirección de Seguridad Pública Municipal, recibió un aviso.

 No hay registro oficial de quién lo llamó, a qué hora ni qué exactamente le dijeron, pero los hechos hablan solos. Cuando el Convoy federal estatal militar llegó a Progreso de Obregón esa mañana, Juan José N ya no estaba, se había ido y no dejó instrucciones para los ocho hombres y la mujer que sí estaban en sus puestos.

 Los nueve confiaron en que el silencio del director significaba que todo estaba bajo control, que si algo grave estuviera pasando, él les habría avisado, que si hubiera una operación real en marcha, ellos lo sabrían. Ese tercer error fue lo último que calcularon mal, porque esa madrugada Harf ya tenía todo lo que necesitaba. A las 4:23 de la madrugada del 13 de mayo, el convoy comenzó a moverse desde un punto de concentración a las afueras del municipio de Actopán.

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