ELENA CHAVEZ: Su Esposo le Pidió Vender Su Casa Para Sacar de la Cárcel a la AMANTE
Era sábado 29 de septiembre del año 2018 en el corazón de la ciudad de Puebla, en una de las capillas más fastuosas que han existido en América Latina, la capilla del Rosario del templo de Santo Domingo. Esa capilla bañada en oro que la UNESCO consideró una de las maravillas del mundo, se estaba celebrando una boda.
Más de 9,000 rosas blancas adornaban el altar. La novia llevaba un vestido del diseñador Benito Santos, el mismo diseñador que años atrás había vestido a la primera dama, Angélica Rivera, valuado en más de 100,000 pesos. El novio era uno de los hombres más cercanos al presidente electo de México. En la primera fila, vestido con su traje oscuro de siempre, sentado y visiblemente incómodo, se encontraba Andrés Manuel López Obrador.
A su lado, Beatriz Gutiérrez Müller, más atrás, gobernadores, senadores, futuros embajadores. El gobernador de Puebla, Tony Gali. El gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, el senador Ricardo Monreal, el futuro embajador en Estados Unidos, Esteban Moctezuma, el futuro director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlet, y otros muchos.
La élite completa de la cuarta transformación reunida para ver casarse a una pareja. La novia, una empresaria poblana de 38 años llamada Dulce María Silva Hernández sonreía radiante mientras caminaba al altar. Lo que casi nadie en esa capilla sabía esa tarde y lo que ningún periódico mexicano se atrevió a publicar en primera plana era esto.
Esa novia había salido de la cárcel hacía apenas 16 meses. Había estado 14 meses presa en el penal de San Miguel en Puebla, acusada del delito de operación con recursos de procedencia ilícita, lavado de dinero. Y mientras ella estaba detrás de las rejas, el hombre que ahora caminaba con ella al altar, ese operador clave del presidente electo, le había pedido algo muy específico a su entonces esposa legal, la mujer con la que llevaba 18 años de matrimonio.
Le había pedido que vendiera su casa y que le entregara 2 millones de pesos. 2 millones de pesos para sacar de la cárcel a la mujer con la que él estaba teniendo una relación. Mujer, si estás escuchando este video en Guadalajara, en Monterrey, en Houston o en Chicago, quiero que te detengas un momento, porque lo que te voy a contar hoy es una de esas historias que cuando las escuchas en el desayuno con tu hermana, las dos se quedan en silencio.
Una de esas historias donde no sabes qué te indigna más, si la cara dura del hombre que pide eso o la dignidad de la mujer que después se atrevió a contarlo. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que durante años la prensa oficialista de México no quiso contarte. Primero, exactamente, ¿qué le pidió César Yáñez a Elena Chávez mientras Dulce María Silva cumplía su condena en el penal de San Miguel? Segundo, la reconstrucción completa de la boda más fastuosa que vio el ***enio de López Obrador.
Las 9000 rosas, el vestido de diseñador, la portada de la revista Hola, los 8 millones de pesos de fiesta y un detalle que casi nadie ha contado cuánto le costó esa fiesta a César Yáñez en su carrera política. Tercero, lo que decidió hacer Elena Chávez 4 años después cuando publicó un libro que se agotó antes de salir a la venta y que hizo que el propio presidente la atacara desde Palacio Nacional.

Y cuarto, lo que pasó con cada uno después. ¿Dónde está hoy Elena? ¿Dónde está hoy César? ¿Y por qué la mujer que estuvo presa por lavado de dinero terminó sentada en una curul del Congreso de la Unión como diputada federal por Morena? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender esta historia, para entender cómo es posible que pasen estas cosas en el círculo más íntimo del poder mexicano, necesitas conocer a la mujer que se atrevió a romper el pacto de silencio.
Una mujer que tu generación quizá no ubica porque nunca apareció en televisión, nunca fue actriz de telenovela, nunca cantó en Siempre en Domingo. Pero una mujer que durante 18 años caminó al lado de los hombres que cambiarían México. una mujer que cargó con todos los secretos. Su nombre es Elena Chávez González. Tú a lo mejor escuchaste ese nombre en las noticias hace un par de años y se te borró.
Es un nombre que la prensa oficialista mexicana intentó borrar a propósito. Un nombre que el presidente López Obrador desde su mañanera intentó manchar acusándola de despecho. Un nombre que cuando ella lo escribió en la portada de un libro publicado en octubre de 2022, la editorial Penguin Random House vio agotarse la primera edición en preventa antes de que el libro saliera siquiera a las librerías.
Elena Chávez nació el 25 de mayo de 1963 en la Ciudad de México. Hija de una familia trabajadora formada en escuelas públicas, decidió desde joven que quería contar historias. Estudió periodismo en la escuela Carlos Septien García, una de las más prestigiosas de México, esa escuela de la que también salieron grandes plumas del periodismo mexicano.
Tú que estás escuchando y que viviste los años 90 en México, recuerda aquella época. Eran los años del Excelsior todavía importante, del uno más un como periódico de referencia, de ovaciones leído en los puestos de la esquina, de las redacciones llenas de humo, de máquinas de escribir, de teléfonos sonando todo el día, de los reporteros que llegaban a casa a las 11 de la noche oliendo a café frío y a tinta.

En esas redacciones trabajó Elena Chávez durante toda la década de los 90. en Excelsor entre 1990 y 1994, en uno más uno en 1995, en ovaciones entre 1998 y el año 2000. Eran tiempos distintos. Una mujer reportera en una redacción mexicana de los 90 cargaba con cosas que las periodistas de hoy no se imaginan. Los comentarios machistas en cada nota.
Los jefes que asignaban temas leves porque tú eres mujer. Las giras a las que no la dejaban ir porque ese tema es muy duro para una señorita. Las cantinas a las que sus colegas hombres se iban a cerrar tratos con políticos y a las que ella por ser mujer no podía entrar. Y aún así, Elena se abrió paso.
Cubrió política, cubrió Congreso, cubrió las elecciones de 1994, una de las más sangrientas y peligrosas que vivió México con el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Pero su carrera no se quedó en los periódicos. En 1996 se metió a comunicación social en el Senado de la República. Al año siguiente, en 1997, durante el ***enio de Ernesto Cedillo, entró a trabajar a la Secretaría de Gobernación.
Era una mujer ambiciosa, trabajadora, que sabía moverse en los pasillos donde se decidían las cosas. Y fue ahí, en ese cruce entre el periodismo y la política, donde apareció el hombre que cambiaría su vida. Se llamaba César Yáñez Centeno Cabrera. era operador político. Se había unido al Partido de la Revolución Democrática en 1994, recién fundado ese partido, todavía con la energía de la izquierda mexicana que había salido del PRI 5 años antes.
Trabajaba con Porfirio Muñoz Ledo, una de las figuras más importantes de la izquierda mexicana en aquellos años. Y fue ahí, en esas oficinas del PRD, donde César conoció a un político tabasqueño que poco a poco iba ganando peso. Un señor del bigote canoso que hablaba siempre de los pobres. Andrés Manuel López Obrador.
En 1998, después de algunos años de noviazgo, Elena Chávez y César Yáñez se casaron. Ella tenía 35 años. Él 37. Eran dos profesionales del periodismo y la política unidos por un mismo proyecto. Cambiar México desde la izquierda. Si tú tienes más de 60 años y viviste los años 90 en México, entiendes perfectamente ese tipo de matrimonio.
los matrimonios de gente del PRD de aquella época, cenas con compañeros militantes, reuniones en casas modestas para planear campañas, mítines a los que iban juntos los fines de semana, hijos de los amigos que crecían juntos, una vida entera tejida alrededor de un proyecto político. Eso fue el matrimonio de Elena y César durante muchos años.
18 años para ser exactos. Eran los años en que la izquierda mexicana, después de la fundación del PRD en 1989, todavía era una causa romántica, una causa donde la gente daba mucho, ganaba poco y creía profundamente. Las casas del partido no tenían lujo, los carros eran modestos. Los viajes a las giras se hacían en camionetas viejas, deteniéndose en gasolineras de carretera, comiendo en fondas, durmiendo en hoteles de tercera.
Elena cargaba con todo eso. Acompañaba a César en muchas de esas giras, tomaba notas, redactaba boletines, hacía relaciones con los reporteros locales, era parte del equipo, era pareja, era cómplice. Y en esos años, dentro de esa vida sencilla y comprometida, Elena fue creando una comunidad, amigas que también eran esposas de militantes, comadres de los hijos de los compañeros, familiaridades que se construyen cuando se camina junto a otros por mucho tiempo.
Ella creyó, como cree la mayoría de las mujeres en esa situación, que esa red social era suya para siempre, que esas amigas la iban a acompañar en cualquier circunstancia, que esos lazos eran sólidos. 20 años después, cuando ella se atreviera a hablar, descubriría que esos lazos no eran lealtades, eran conveniencias, pero eso vendría después.
En el año 2000, cuando Andrés Manuel López Obrador ganó la elección y se convirtió en jefe de gobierno del Distrito Federal, César Yáñez se convirtió en su vocero, su jefe de prensa, el operador más cercano, el hombre que estaba a su lado en cada conferencia, en cada gira, en cada decisión. Y Elena, su esposa, también se sumó a la administración del gobierno capitalino.
Trabajó en distintas oficinas del gobierno del Distrito Federal desde 2001 hasta 2014, bajo López Obrador, bajo Marcelo Ebrard y los dos últimos años bajo Miguel Ángel Mancera. 13 años trabajando en el corazón del poder capitalino. 13 años caminando los pasillos del edificio del gobierno del Distrito Federal en Plaza de la Constitución.
Los mismos pasillos donde, según el libro que Elena escribiría años después, también caminaba una asesora joven doctorada en literatura llamada Beatriz Gutiérrez Müller. Recuerda ese detalle, recuérdalo bien, porque ahí, en ese cruce de los pasillos del segundo piso del gobierno capitalino, está el origen de muchas cosas.
Elena Chávez no era solo la esposa de César. Era una mujer con vida propia, con vocación propia, con causas propias. Durante los años en que su esposo subía en el organigrama de la izquierda mexicana, ella también construía algo suyo. Fundó una organización dedicada a la protección de los animales callejeros, una organización que llamó Ángeles abandonados.
empezó a recoger perros heridos en la calle, a hacerse cargo de gatos abandonados, a pelearse con quienes los maltrataban. Su casa, según ella misma contaría años después, se fue llenando de animales que nadie quería. Si tú eres de esas mujeres que en su casa tienen tres perros recogidos de la calle, si tú eres de esas abuelas que le dan de comer a los gatos del barrio, entiendes perfectamente quién era Elena.
Una mujer común. Una mujer con un corazón que no podía ver el sufrimiento de los inocentes. Una mujer que mientras su esposo planeaba campañas presidenciales con López Obrador, ella en su casa estaba acomodando cobijas viejas para perros con hambre. En 2014, mientras todavía trabajaba en el gobierno capitalino, Elena publicó su primer libro.
Se llamó Ángeles abandonados. Trataba justamente de los derechos de los animales. Y el prólogo, escúchame bien, el prólogo lo escribió Elena Poniatovska. Esa Elena Poniatovska, la periodista más respetada de México, la cronista de Tlatelolco, premios Cervantes en 2013. La mujer que prologó los libros de Carlos Moncibis de Octavio Paz, de los más grandes.
Esa Elena Poniatovska decidió poner su nombre en el primer libro de Elena Chávez porque la conocía, porque sabía quién era, porque sabía que esa mujer del PRD que recogía perros de la calle merecía ser escuchada. Recuerda esa información también. Cuando años después la prensa oficialista de la cuarta transformación intente borrar a Elena Chávez acusándola de oportunista, de mentirosa, de despechada, recuerda que la mujer que la presentó al mundo literario fue Elena Poniatovska.
En 2016, Elena dio un paso más. Se postuló como candidata a diputada constituyente de la Ciudad de México por la lista del PRD. ganó. Se convirtió en una de las redactoras de la Constitución Política de la Ciudad de México que rige hasta hoy. Una Constitución progresista, una de las más avanzadas del país.
Elena Chávez fue una de las personas que la escribió. Hasta aquí todo bien. Hasta aquí todo perfecto. Hasta aquí la historia de una mujer mexicana de izquierda, comprometida, profesional, con una vida construida al lado de un esposo que también iba escalando dentro del proyecto político. Pero en algún momento de ese mismo año 2016 algo empezó a romperse.
Y para entender lo que pasó después, lo que viene en el bloque siguiente y que es la primera de las cuatro cosas que te prometí, tienes que conocer a la tercera mujer de esta historia. La mujer que entró sin pedir permiso. La mujer cuya boda termina abriendo este video. Su nombre es Dulce María Silva Hernández.
Nació el 15 de enero de 1980 en Juamantla, Atlascala, 17 años más joven que Elena Chávez, hija de una familia empresarial poblana con más de 50 años en el ramo de los alimentos procesados. Una empresa familiar con centros de distribución en la Ciudad de México, Monterrey, Veracruz, Mérida y Cancún. Es decir, una mujer de dinero, de dinero viejo, de dinero de provincia, pero dinero real.
A finales de los años 2000, Dulce empezó a involucrarse en política primero en Tlaxcala. En 2015 intentó ganar la alcaldía de Juamantla. perdió, pero sus negocios y su nombre seguían sonando entre las élites de Tlascala y Puebla. Y fue justamente esa actividad política y empresarial la que la metió en problemas.
En marzo de 2016, Dulce María Silva Hernández fue detenida y encarcelada en el penal de San Miguel en Puebla por el delito de operación con recursos de procedencia ilícita, es decir, lavado de dinero. La acusación tenía que ver con un terreno de 6,000 m² ubicado junto al parque lineal Angelópolis y al hotel Gran Fiesta Americana, en una zona muy cotizada de Puebla.
Ese terreno había pertenecido al apoderado de una empresa llamada Imbergroup, un tal Edmundo Tiro Moranchel, procesado por defraudar a cientos de ahorradores poblanos. Dulce había recibido en cesión ese terreno. El penal de San Miguel, mi querida espectadora, es uno de los penales más conocidos de Puebla. Un lugar duro, un lugar donde una mujer empresaria de provincia, acostumbrada a sus comodidades, se enfrentaba a una realidad que jamás había imaginado.
Pero Dulce contaba con algo que la mayoría de las presas no tienen. contaba con dinero, contaba con familia y según el testimonio posterior de Elena, contaba con un operador del círculo cercano del presidente electo de México, que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por sacarla. Su versión contada en múltiples entrevistas era que estaba siendo perseguida políticamente por el entonces gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, ese gobernador del partido Acción Nacional que murió en un accidente de helicóptero dos años
después. Dulce decía que Moreno Valle quería ese terreno y que la había metido a la cárcel por negarse a cedérselo. Y decía también que en ese encarcelamiento jugaba un papel su relación cercana con un señor que ya era candidato presidencial y que tenía diferencias con Moreno Valle, Andrés Manuel López Obrador.
Hasta aquí parece una historia de venganza política y quizá lo fue. Los amparos posteriores le dieron la razón a Dulce. Salió libre el 24 de mayo de 2017 después de 14 meses presa por sentencia del juzgado quinto de distrito en materia penal. El delito por el que se le acusaba, según sus abogados, ni siquiera estaba vigente en la fecha en que se cometieron los hechos.
Es decir, le aplicaron retroactivamente una ley que cuando ella firmó el contrato cuestionado en marzo de 2009 no existía. Hasta aquí Dulce María Silva pasa por víctima del sistema, pero hay otra capa de la historia y esa otra capa la cuenta Elena Chávez. Aquí viene lo primero que te prometí. Aquí viene la primera promesa. Mujer, si tú alguna vez descubriste que tu marido tenía otra, si tú alguna vez viste en el celular la prueba de lo que llevabas meses sospechando, si alguna amiga cercana tuya pasó por eso, tú sabes el frío que se siente en ese
momento. Es un frío que empieza en la nuca y baja por la espalda. Es la sensación de que el suelo se mueve. es darte cuenta de que el hombre con el que llevas años, el padre de tus proyectos, el compañero de toda la vida, no era exactamente el hombre que tú creías. Lo que Elena Chávez vivió en algún momento entre 2015 y 2016 fue exactamente eso, pero amplificado por la política, amplificado por el dinero, amplificado por el círculo que la rodeaba y que sabía todos sabían antes que ella.
Su esposo, César Yáñez había empezado una relación con Dulce María Silva, una relación que dentro del círculo cercano a López Obrador ya era un rumor instalado desde hacía meses. Y cuando Dulce fue encarcelada en marzo de 2016, César necesitaba dinero, mucho dinero para abogados, para amparos, para tener a Dulce con las mejores condiciones posibles dentro del penal de San Miguel mientras se peleaba su caso.
¿De dónde iba a salir ese dinero? César Yáñez, según el testimonio público que la propia Elena daría años después, en un video que circuló en redes sociales y que recogió el periódico El Financiero, se acercó a su esposa, a la mujer con la que llevaba 18 años casado, a la mujer cuya casa estaba a nombre de ambos, y le pidió que vendiera esa casa, que le entregara 2 millones de pesos.
2 millones de pesos. Elena, en sus propias palabras grabadas denunció que él la acosó, que la presionó, que ejerció sobre ella una violencia psicológica continua durante semanas para conseguir ese dinero. Una mujer que durante 18 años había cargado con la vida del operador político, que había aguantado las giras, las ausencias, las noches que él no llegaba a dormir, las llamadas extrañas.
Ahora esa misma mujer era presionada para vender la casa que era el patrimonio común, para financiar la libertad de la mujer con la que él la estaba engañando. Tú que estás escuchando, imagínate esa escena en tu propia casa. Imagínate a tu marido pidiéndote dinero. Imagínate que tú vas descubriendo durante esas conversaciones que ese dinero es para sacar a otra mujer de la cárcel.
Imagínate que esa otra mujer ya lleva meses en tu vida sin que tú lo supieras. Imagínate el silencio que se hace en la cocina. Imagínate la cara con la que lo miras. Imagínate lo que se rompe ahí, sin gritos, sin lágrimas, sin escándalo, solo el final de algo. Y piensa también en la cara dura que ese hombre tuvo que tener para pedirle eso, para sentarse en la mesa con la mujer que durante 18 años le había cocinado, le había planchado camisas, le había acompañado a cada gira y, mirándola a los ojos, pedirle que vendiera su casa
para sacar a la amante de la cárcel. Es una falta de respeto tan profunda que solo se explica desde dentro de un sistema de poder que te enseña durante años que las mujeres son intercambiables, que tu esposa de hoy es la que te conviene hoy y que cuando ya no te conviene se cambia igual que se cambia un asesor o un chóer.
Elena Chávez se negó, no le entregó los 2 millones de pesos, defendió su casa y entonces, según ella misma contaría, César Yáñez la dejó, pero la dejó de una manera muy específica, sin nombrar a la otra mujer, sin admitir que se iba con ella. la dejó con una acusación que para una mujer de su perfil resulta especialmente humillante.
La acusó de dedicar demasiado tiempo a los animales abandonados. Léelo otra vez. La dejó acusándola de cuidar perros de la calle. Una mujer constituyente, periodista, escritora con prólogo de Elena Poniatovska, profesional del gobierno capitalino durante 13 años, acusada por su esposo de perder el tiempo con animales.
Esa fue la versión oficial que César Yáñez le dio a su círculo cercano. Esa fue la coartada con la que justificó dejarla. La verdad, por supuesto, era otra. La verdad era Dulce María Silva en el penal de San Miguel. La verdad eran los 2 millones de pesos que Elena se había negado a entregar. Recuerda esa cifra, 2 millones de pesos.
Esa cifra te va a perseguir todo el video. Lo que pasó después, en los meses siguientes, fue el divorcio formal. Elena Chávez y César Yáñez se separaron legalmente en el año 2017. 18 años de matrimonio cerrados con un papel. Pero detrás de ese papel había algo mucho más complicado. Una mujer humillada, un hombre que había mentido durante meses, una empresaria poblana que estaba a punto de salir de la cárcel y todo el círculo de la izquierda mexicana mirando hacia otro lado, fingiendo no ver.
Dulce María Silva salió libre del penal de San Miguel el 24 de mayo de 2017. Pocos meses después del divorcio formal entre Elena y César, la maquinaria estaba lista para el siguiente paso. Y aquí necesitas conocer el mecanismo, necesitas entender cómo funcionaba el círculo de poder que rodeaba a López Obrador en aquellos años, porque sin ese mecanismo nada de lo que viene tiene sentido.
El círculo cercano de Andrés Manuel López Obrador era ya en 2017 una estructura cerrada. Un grupo de hombres y mujeres que habían acompañado al político tabasqueño durante 20 años, que habían vivido juntos las derrotas, la elección perdida del 2006 contra Felipe Calderón, el plantón de Reforma, la fundación de Morena en 2014, la derrota de 2012, la construcción paciente de la maquinaria que finalmente iba a llevarlos al poder en 2018.
Dentro de ese círculo, las reglas eran claras. Lealtad absoluta al jefe, silencio hacia afuera y un código interno. Lo que pasaba en el círculo se quedaba en el círculo. Los matrimonios, los divorcios, las amantes, las traiciones personales, las peleas internas, nada salía, nada se publicaba, nada se cuestionaba. públicamente.
Mujer, si tú trabajaste alguna vez en un gobierno mexicano, en una oficina de partido, en un sindicato grande, en una empresa familiar de la política, tú conoces estas reglas. No están escritas, nadie te las explica el primer día, pero las aprendes muy rápido. Lo que se ve en la oficina no se cuenta fuera. Lo que se dice en el carro del jefe no llega a la prensa.
Lo que pasa en las giras, en los hoteles, en las cantinas, no se comenta con la esposa de uno. Y a quien rompe esas reglas se le hunde. No con violencia física, con algo más eficiente, con el silencio organizado, con la difamación coordinada, con el aislamiento social total. César Yáñez era una pieza central de ese círculo, el operador, el hombre que llevaba la agenda, el que coordinaba las giras, el que sabía dónde estaba el jefe en cada momento del día, el que tenía las llaves de la oficina, el que escuchaba las llamadas privadas,
es decir, el hombre más informado de toda la maquinaria y, por lo tanto, el hombre más protegido. Cuando César decidió cambiar a su esposa de 18 años por una empresaria poblana recién salida de prisión, el círculo cerró filas. Hubo un silencio coordinado. En las conferencias de prensa del presidente electo.
Jamás se mencionó la vida personal de su vocero. En las columnas políticas, ni una línea. Y aquí está el contraste que tienes que ver para entender de qué estamos hablando. Recuerda lo que pasó dos años antes con Angélica Rivera y Enrique Peña Nieto, la famosa Casa Blanca. Los reportajes hasta el último centavo, las facturas publicadas, los conflictos de interés, las preguntas en cadena nacional.
Recuerda como la prensa mexicana destrozó a esa primera dama por una propiedad, cómo le revisaron la vida hasta el último vestido de Benito Santos. Aristegui Noticias publicó el reportaje en noviembre de 2014. Reportaje que rompió el ciclo de la presidencia de Peña Nieto, que destruyó moralmente a la primera dama Angélica Rivera, que cambió el clima político del país.
Carmen Aristegui fue despedida poco después de MVS, en marzo de 2015 por presiones que muchos atribuyeron al gobierno federal. Pero el reportaje quedó. La Casa Blanca de las Lomas se convirtió en símbolo y a partir de ese momento ninguna primera dama mexicana podría ser presentada por la prensa como ella se presentara a sí misma.
Todas serían escrutadas, todas menos una. Todas menos las del círculo de López Obrador. Y ahora compara cuando un operador clave del candidato presidencial cambia a su esposa por una mujer que acaba de salir de la cárcel por lavado de dinero, la prensa mexicana grande mira para otro lado.
Los programas de televisión deciden que ese tema es delicado. Las columnas políticas evitan el asunto. ¿Por qué? Porque el pacto era distinto cuando se trataba de la izquierda. Porque la prensa que destrozó a Peña Nieto tenía un acuerdo invisible de no tocar a López Obrador en lo personal y porque dentro del círculo todos sabían que romper ese silencio significaba ser expulsado.
Elena Chávez durante esos meses de 2017 y 2018 vivió en una soledad muy específica, la soledad de la mujer que sabe la verdad y a quien nadie le hace caso. Sus antiguos colegas del PRD ya estaban en Morena. Sus amigas de la administración del Distrito Federal eran ahora funcionarias del nuevo proyecto.
Las periodistas que ella había conocido en los años 90 estaban cerca del nuevo poder y a Elena, la mujer que se había negado a vender la casa por 2 millones de pesos, le hacían el vacío. Las comadres dejaron de llamarla, las amigas dejaron de invitarla a las comidas. Sus contactos profesionales le dejaban de tomar las llamadas. La red social que durante 20 años había construido al lado de César, esa red que ella creía suya, se evaporó.
Era de él, siempre había sido de él. Elena solo había estado prestada en esa red. Y mientras eso pasaba con Elena, César Yáñez seguía subiendo. En 2015 ya era secretario de comunicación y difusión del Comité Ejecutivo Nacional de Morena. En 2018, después de la victoria histórica de López Obrador en las elecciones del primero de julio, le ofrecieron el cargo más codiciado para un vocero.
Comunicación social de la presidencia de la República, el puesto de Marta Sahagún, el puesto que define cómo se cuenta el ***enio. Pero pasó algo, algo que cambió todo. Y ese algo, mi querida espectadora, es la segunda de las cuatro cosas que te prometí. Aquí viene la segunda promesa. Mujer que estás escuchando, presta mucha atención a lo que viene, porque lo que voy a reconstruir ahora es uno de los eventos más impresionantes del ***enio de López Obrador.
Un evento que, irónicamente fue documentado al detalle por la misma revista que tu generación leyó durante décadas en las salas de espera de los médicos. La revista Hola. Pero antes de entrar en eso, déjame hacer una pausa contigo. Si esta historia te está atrapando, si estás sintiendo lo que Elena Chávez sintió, si crees que las mujeres como ella merecen ser escuchadas en lugar de ser borradas por el aparato del poder, hay algo muy simple que puedes hacer.
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Habían ganado la elección del primero de julio con más de 30 millones de votos. El porcentaje más alto que un candidato hubiera obtenido en la historia democrática del país, el sueño de 30 años de la izquierda mexicana finalmente cumplido. Y en ese momento exacto, mientras todo México hablaba de la próxima toma de posesión, mientras los gabinetes se iban anunciando, mientras los discursos de austeridad republicana inundaban las mañanas, una boda se preparaba en Puebla.
La boda de César Yáñez Centeno Cabrera, futuro coordinador general de política y gobierno de la Presidencia de la República con Dulce María Silva Hernández, empresaria poblana, recién salida de la cárcel apenas 16 meses antes. La sede elegida fue espectacular, la capilla del Rosario dentro del templo de Santo Domingo, en el centro histórico de Puebla.
Una capilla que se construyó en el siglo X y que está bañada en oro de pared a pared. Una de las muestras más impresionantes del barroco nohispano. Patrimonio cultural reconocido internacionalmente. Un lugar que no se alquila fácilmente, un lugar al que solo entran familias con conexiones de muy alto nivel. El altar de esa capilla, según las crónicas publicadas posteriormente, fue adornado con más de 9000 rosas blancas.
9,000 rosas blancas para una boda. Tú que has organizado bodas en tu familia, sabes lo que cuesta una sola rosa de buena calidad. Multiplica eso por 9000 solo en flores. La novia llevaba un vestido diseñado especialmente para ella por el modisto Benito Santos. Recuerda ese nombre, Benito Santos, el mismo diseñador que años atrás había vestido a la primera dama, Angélica Rivera.
Esa primera dama que la izquierda mexicana acusaba de frívola, de gastalona, de impresentable. Los vestidos de Benito Santos para bodas no bajan de 100,000 pesos mexicanos. Algunos llegan a los 200 o 300,000. El novio llegó vestido también con un traje a la medida. La fiesta posterior a la ceremonia religiosa se celebró en el Centro de Convenciones de Puebla, un recinto que en aquel entonces era operado por el gobierno del estado, es decir, espacio público, lo que costaba alquilarlo, lo que costaba decorarlo, lo que costaba la comida para los cientos
de invitados. Todo eso sumó, según estimaciones publicadas por la Jornada de Oriente y otros medios, alrededor de 8 millones de pesos. 8 millones de pesos para una boda en el ***enio que iba a empezar con la promesa de la austeridad republicana, en el ***enio que iba a vender el avión presidencial, en el ***enio donde el presidente iba a cobrar la mitad del sueldo, esa misma izquierda austera estaba sentada en primera fila de una boda de 8 millones de pesos.
Para ponerlo en perspectiva, 8 millones de pesos en septiembre de 2018 equivalían a más o menos $400,000 de la época. Eso es lo que ganaba en aquel entonces en 5 años de salario, un maestro mexicano de educación pública. Es lo que costaban quizá tres o cuatro casas modestas en una colonia popular de la Ciudad de México.
Es lo que valía la pensión completa de la jubilación de tres o cuatro trabajadores. Una sola noche de fiesta en la boda del operador del presidente de la austeridad. Los invitados eran un quién es quién de la futura cuarta transformación. Andrés Manuel López Obrador, presidente electo, vestido con su traje azul oscuro de siempre, sentado en primera fila junto a su esposa Beatriz Gutiérrez Müller.
Según los testigos, López Obrador se veía visiblemente incómodo durante la ceremonia. saltó después con una de sus frases célebres. No me casé yo, fui invitado. Estaba también Antonio Gali Fayad, gobernador del estado de Puebla, en aquel momento que se le notaba completamente a sus anchas. Estaba Manuel Velasco, gobernador de Chiapas.
Estaba Esteban Moctezuma, futuro embajador de México en Estados Unidos. Estaba Ricardo Monreal, presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado. Estaba Manuel Bartlet, futuro director de la Comisión Federal de Electricidad. Estaba Alfonso Romo, futuro jefe de la oficina de la presidencia. Toda la cúpula de la cuarta transformación reunida para ver casarse a César Yáñez con la mujer por la que había abandonado a Elena Chávez.
La comida, según los reportajes, fue elaborada por equipos de catering de alto nivel. Hubo platillos internacionales, vinos importados, postres de pastelerías exclusivas, música en vivo y todo esto a un par de semanas de que López Obrador anunciara desde el balcón de Palacio Nacional que vendría un ***enio sin lujos, sin gastos suntuarios, sin frivolidades del Estado.
Y la revista Hola, la revista Hola México publicó la boda en su portada con fotografías a página entera, con un reportaje detallando cada elemento del evento. esa misma revista Hola, que durante años había publicado a la presidenta Angélica Rivera en sus portadas, a las princesas europeas, a las herederas del jetset internacional.
Ahora ponía en su portada a la nueva pareja del círculo cercano del presidente austero. Mujer, imagínate la escena completa. El mismo presidente que durante la campaña había acusado a Angélica Rivera de fifí, de aspiracional, de farsante de telenovela, ahora estaba sentado en primera fila en una boda más fastuosa que cualquiera que la propia Angélica hubiera celebrado.
El mismo presidente que había prometido acabar con los lujos del poder estaba viendo como su operador más cercano se casaba con una mujer vestida por el mismo diseñador que él tanto había criticado. La hipocresía era tan grande que ni siquiera los propios morenistas pudieron defenderla. En las redes sociales la boda se viralizó.
se le bautizó como la boda fifí del ***enio. El término fifí que López Obrador usaba para descalificar a sus enemigos políticos, ahora aplicaba a su propio círculo. Y mientras todo eso pasaba en la capilla del Rosario y en el centro de convenciones de Puebla, en algún lugar de la Ciudad de México estaba Elena Chávez sola, sin invitación, con el teléfono apagado porque ya nadie le llamaba, viendo las fotos en las redes sociales, viendo las 9000 rosas que ella nunca tuvo en su propia boda de 1998, viendo el vestido de 100,000 pesos.
sabiendo que dos años antes su exmarido le había pedido los 2 millones de pesos para sacar de la cárcel a la mujer que ahora caminaba al altar, 2 millones de pesos. Esa cifra otra vez, multiplicada por cuatro en esa fiesta. ¿Te imaginas el dolor de Elena Chávez viendo esa portada de ola? ¿Te imaginas el silencio de su casa esa noche rodeada de los animales que había recogido de la calle? mirando el techo, sabiendo que cada una de las 9000 rosas era una bofetada simbólica.
¿Te imaginas lo que pensó al ver a Beatriz Gutiérrez Müller sentada en primera fila sonriendo como si todo aquello fuera normal? Si tú alguna vez has visto a tu exmarido rehacer su vida con la amante por la que te dejó mientras toda tu familia política se portaba como si no hubiera pasado nada, tú entiendes exactamente lo que Elena sintió esa noche.
Pero la boda tuvo una consecuencia que muy pocos se han atrevido a contar bien, una consecuencia política inmediata. López Obrador, al ver el escándalo mediático que provocó la boda, al ver como su narrativa de la austeridad republicana quedaba en ridículo desde el primer día, tomó una decisión. retiró a César Yáñez del puesto que le había prometido.
Lo retiró de comunicación social de la presidencia de la República. En su lugar lo nombró coordinador general de política y gobierno, un cargo aparentemente importante con oficina dentro de Palacio Nacional, pero sin la visibilidad pública del puesto original. un cargo donde podía seguir cobrando, seguir cerca del jefe, seguir teniendo influencia, pero ya no daría ruedas de prensa todos los días.
La boda fifí había costado a César Yáñez su mayor ascenso profesional. Recuerda esa cifra, recuerda esa cantidad, recuerda los 2 millones de pesos que Elena nunca entregó, los 8 millones que la fiesta sí tuvo y la decisión de López Obrador de degradar a su operador más cercano por haber convertido su vida personal en un escándalo.
Todo esto te lo digo porque viene la tercera promesa. Y esa tercera promesa es lo que pasó dentro del círculo del poder durante los seis años siguientes. Aquí viene lo tercero que te prometí. Pasaron los meses. López Obrador tomó posesión el primero de diciembre de 2018. Comenzó el ***enio. Empezaron las mañaneras.
Empezaron las giras, las decisiones, las polémicas y César Yáñez, en su nuevo cargo de coordinador general de política y gobierno, parecía haber quedado un peldaño abajo, pero solo parecía, porque el 29 de junio de 2022, casi 4 años después de la boda fifi, pasó algo. El secretario de Gobernación, Adán Augusto López, mejor conocido como el doble A, anunció que César Yáñez Centeno Cabrera asumiría el cargo de subsecretario de desarrollo democrático, participación social y asuntos religiosos de la Secretaría de Gobernación.
sustituía en el puesto a Rabindranath Salazar Solorio. Es decir, el hombre que había sido degradado por la boda Fifí fue ascendido 4 años después a un cargo con poder real, a un cargo con presupuesto, con relaciones, con manejo de los asuntos religiosos del país, que es una de las áreas más sensibles de la Secretaría de Gobernación.
El castigo había sido temporal. La protección de López Obrador a su operador más cercano había sido permanente. Y mientras César Yáñez seguía cobrando del Estado mexicano como subsecretario, ¿qué pasaba con Dulce María Silva, su esposa? Y aquí entra el detalle que más indignación causó y que para tu audiencia, querida espectadora, es uno de los puntos más fuertes de toda esta historia.
Dulce María Silva Hernández, la mujer que había estado 14 meses presa por lavado de dinero, la mujer que había salido por amparo en mayo de 2017. La mujer que ahora era esposa de un subsecretario del gobierno federal, fue elegida diputada federal por Morena por la vía plurinominal, representando al estado de Tlazcala para el periodo 2021 a 2024.
Léelo otra vez. La mujer que estuvo presa por lavado de dinero llegó al Congreso de la Unión como representante popular del partido del presidente. Mujer, detente un momento y piensa en lo que esto significa. En México, en cualquier país medianamente serio, una persona que ha sido procesada por lavado de dinero, que ha pasado 14 meses presa, que salió por amparos cuestionables, no se convierte en diputada federal del partido oficial, se convierte en una figura discreta, callada, que busca pasar desapercibida.
Pero en la cuarta transformación en el partido del presidente que prometía moralizar al país, esa misma persona terminó cobrando del Estado mexicano 4 años seguidos como representante popular, con guardaespaldas, con asesores, con bonos, con prestaciones, con un sueldo de más de 100,000 pesos mensuales más todas las gratificaciones.
pagado por ti, contribuyente mexicano. Antes de eso, en 2020, Dulce había intentado ser candidata de Morena a la gubernatura de Tlazcala. Perdió contra Lorena Cuellar Cisneros, la actual gobernadora, pero el premio de consolación fue el Escaño en San Lázaro, 3 años cobrando del Estado mexicano como diputada federal.
La mujer por la que Elena Chávez se había negado a vender su casa hacía 5 años. Y mientras todo eso pasaba, ¿qué pasaba con Elena? Aquí entra el tercer elemento de esta tercera promesa. Porque Elena Chávez durante los años de 2018 a 2022 no estuvo callada, estaba escribiendo, “Tú que tienes más de 60 años y quizá has vivido la frustración de querer contar algo y que nadie te escuche, ¿entiendes lo que estaba haciendo Elena?” Estaba documentando, estaba escribiendo de memoria, estaba recordando conversaciones de
cocinas, reuniones a media tarde, llamadas escuchadas a medias, comentarios cruzados que en su momento parecían insignificantes y que ahora cobraban sentido. 18 años de información acumulada, 18 años dentro del círculo más íntimo del hombre que ahora gobernaba México. En 2016 ya había publicado otro libro, Elisa, El diagnóstico final.
En 2021 publicó Los Siete dones de Lucas. En 2020 publicó un demonio llamado Serotonina. libros literarios, libros personales, libros que vendían lo que vende cualquier autor mexicano. Pero detrás de cada uno de esos libros, Elena estaba preparando otro, el que de verdad importaba. Y ese libro salió en septiembre de 2022, casi exactamente 4 años después de la boda Fifi.
Se llamó El rey del Cash, el saqueo oculto del presidente y su equipo cercano. 290 páginas, 28 capítulos. publicado por la editorial Grigalbo, que pertenece al grupo Penguin Random House, una de las editoriales más grandes del mundo, y con un prólogo escrito nada más y nada menos que por Anabel Hernández. Anota ese nombre.
Anabel Hernández, una de las periodistas de investigación más respetadas de México y de habla hispana. Autora de Los Señores del narco de México en llamas, de tantos libros que han documentado la corrupción mexicana de las últimas dos décadas. Una mujer que ha vivido bajo amenazas de muerte, que ha tenido que salir del país por su seguridad, que cuando pone su nombre en un libro lo respalda con su trayectoria.
Esa Anabel Hernández escribió el prólogo del libro de Elena Chávez. ¿Por qué? Porque Anabel Hernández leyó el manuscrito y lo consideró riguroso. Porque el testimonio de Elena Chávez después de 18 años en el círculo cercano de López Obrador era una pieza periodística que merecía ser publicada. Anabel Hernández escribió en ese prólogo palabras textuales que están en el libro impreso.
El rey del Cash es una crónica nítida y sin concesiones, a través de la cual se reconstruye la historia secreta política, personal y financiera de AMLO y su círculo más cercano, indispensable para entender el ADN del mandatario de la llamada cuarta transformación y de Morena. El libro se puso en preventa el primero de octubre de 2022 y antes de que llegara a las librerías, antes de que se vendiera siquiera un ejemplar físico, ya estaba agotado, coronado como el más vendido en la sección de libros de Amazon.
una autora a la que la prensa oficialista de la cuarta transformación había intentado borrar vendiendo más que cualquier libro político del año. Lo que ese libro hizo en las semanas siguientes fue desatar una de las crisis políticas más interesantes del ***enio, porque dentro del libro, en sus 290 páginas, aparecían los nombres específicos del círculo cercano de López Obrador.
Parecía, por ejemplo, Ariadna Montiel, actual titular de la Secretaría del Bienestar, a la que se acusaba de haber desviado dinero de la red de transporte de pasajeros de la Ciudad de México para financiar la campaña presidencial de López Obrador. En 2012, aparecía Claudia Shainbaum, entonces jefa de gobierno y hoy presidenta de México, descrita en relación con un viejo episodio sobre su exesposo Carlos Simas y el empresario argentino Carlos Aumada.
Aparecían operadores, contratistas, funcionarios, todos con nombre y apellido. Era un mapa del poder con direcciones y nombres propios. 2 millones de pesos. Recuerda esa cifra otra vez, porque cuando uno calcula los derechos de autor de un libro que se agota en preventa, los royalties que se pagan a la autora por cada ejemplar, las reediciones, las conferencias, las entrevistas, Elena Chávez recuperó económicamente por su propio trabajo, mucho más de lo que su exmarido alguna vez le pidió.
la venganza de la palabra escrita. Pero la reacción del poder no se hizo esperar. El propio López Obrador desde sus mañaneras en Palacio Nacional intentó descalificarla. El 3 de octubre de 2022, ante la pregunta directa de un reportero sobre el libro, López Obrador dijo palabras textuales recogidas por la versión escenográfica oficial.
Pueden sacar lo que quieran. el cash, cualquier cosa, nada más no me meto en cuestiones personales, sentimentales, eso no me corresponde. Tengo un escudo protector, que es mi ángel de la guarda, que es el pueblo y mi autoridad moral. Tengo un escudo protector, mi ángel de la guarda, mi autoridad moral. Esas fueron las palabras del presidente de la República sobre el libro escrito por la exesposa de su operador más cercano.
Ni una mención a los hechos, ni una refutación de las acusaciones, solo apelaciones místicas a la propia autoridad moral. 8 días después, el 11 de octubre, cuando un reportero volvió a preguntarle, López Obrador respondió de otra manera. dijo que el libro no tenía pruebas, que Elena Chávez no podía demostrar nada de lo que decía, que era todo invención.
Pero al mismo tiempo, el presidente que decía no leer libros sí dedicó al menos dos mañaneras a hablar de ese libro. El presidente que decía estar blindado sí se metió a responder. El presidente que tenía autoridad moral sí necesitó descalificar a una mujer. Y a partir de esos días comenzó algo más siniestro que el ataque del presidente.
Comenzó la operación coordinada de descalificación. Los influencers afines al obradorismo, esos personajes de las redes sociales que durante el ***enio recibieron contratos de comunicación social del gobierno federal por millones de pesos, empezaron a publicar videos atacando a Elena.
Los conductores de televisión cercanos al gobierno la mencionaban en sus programas siempre con tono burlón. Las cuentas oficiales de Morena la trataban como enemiga del pueblo. Una mujer de 60 años, periodista de toda la vida, escritora con prólogo de Elena Poniatovska, convertida de un día para otro en la enemiga pública de la izquierda mexicana.
Y aquí entra el momento más perverso de todo. Los analistas y funcionarios cercanos a la cuarta transformación en los días y semanas siguientes a la publicación empezaron a repetir un mismo argumento, una sola palabra. Despecho. Elena Chávez decían, era una mujer despechada, una mujer abandonada, una mujer que escribió el libro porque su marido la había dejado y ella quería venganza.
Esa palabra despecho se repitió en columnas, en programas de televisión, en las redes sociales y esa palabra tiene un sentido muy específico cuando se aplica a una mujer. Un sentido que tú, mi querida espectadora, conoces muy bien. Si tú alguna vez te atreviste a contar lo que tu esposo te había hecho, si alguna vez tuviste que explicarle a tus hijos o a tu familia que la verdad era diferente a la que él estaba contando, tú has sentido exactamente lo que le hicieron a Elena.
A los hombres que cuentan estas historias se les llama valientes, justicieros, investigadores. A las mujeres que las cuentan se les llama despechadas, resentidas, mujeres heridas que están sacando rencor. Es la trampa más vieja de la política y de la cultura mexicana. Una trampa que tu generación conoce muy bien.
Cuando una mujer habla, su credibilidad se mide por su estado emocional, no por los hechos que cuenta. Cuando un hombre habla, se le toma en serio. Cuando una mujer revela algo grave, lo primero que se pregunta es si lo hace por dolor, por venganza, por desamor. Cuando un hombre revela algo grave, lo primero que se pregunta es si tiene pruebas.
El estándar es completamente distinto y ese estándar, la izquierda mexicana, la que se llamaba feminista, la que decía defender a las mujeres, lo aplicó con todo el rigor en el caso de Elena Chávez. Elena respondió a esa acusación con una entrevista que dio en enero de 2024 al medio suizo suis info.
Sus palabras textuales recogidas en esa entrevista que puedes consultar todavía hoy en internet, el despecho no existe en mi diccionario. El presidente sabe que es verdad lo que yo expongo. Esa manera de desacreditar un trabajo de una mujer también tiene que ver con mi género. Tristemente así es. No pueden atacarte de otra manera porque no tienen los argumentos.
No tienen los argumentos. Esa fue la respuesta de Elena Chávez. Pero el aparato mediático del oficialismo siguió atacándola. En las redes sociales se viralizaron las acusaciones. Los influencers afines al gobierno la pintaron como una resentida. En los programas de televisión de los conductores cercanos a la cuarta transformación se mencionaba al libro siempre con tono burlón.
El libro del despecho. Y mientras Elena vivía ese hinchamiento mediático en otro espacio del país, Dulce María Silva Hernández seguía cobrando del Congreso de la Unión como diputada federal de Morena. La inversión de papeles era absoluta. La víctima documentada de la traición era acusada por la prensa oficialista.
La beneficiaria del rompimiento, la mujer recién salida de la cárcel, era diputada del partido oficial. El operador, ese hombre que había pedido los 2 millones de pesos, era subsecretario en gobernación. Esa era la justicia del sistema. Esa era la moral del círculo cercano del presidente austero. ¿Cómo se atreve un sistema a hacer algo así? ¿Cómo se atreve un partido a defender públicamente a un funcionario que abandonó a su esposa para casarse con una mujer presa por lavado de dinero? ¿Cómo se atreve un presidente que se
llama de izquierda que dice defender a las mujeres a llamar despechada a la mujer que se atrevió a contarlo? La respuesta es simple, dolorosa y vieja como la política mexicana, porque dentro del círculo las reglas eran las mismas que las del PRI durante 70 años. Lealtad ante todo, silencio hacia afuera y a quien rompe el pacto se le hunde.
Lo que Elena Chávez no esperaba, y esto es lo que viene en la cuarta promesa, es que su libro tendría una segunda vida, que el linchamiento inicial daría paso a una lectura más reposada de su testimonio y que su nombre, en los años siguientes, se volvería referencia obligada para entender la historia secreta del ***enio que acababa de terminar.
Aquí viene lo cuarto que te prometí. Aquí viene lo que está pasando hoy. En noviembre de 2023, Elena Chávez publicó su segundo libro político. Se llamó El gran corruptor. Continuación natural del rey del Cash. Misma editorial, mismo enfoque, misma valentía. Más nombres, más operaciones, más capítulos de esa historia oculta de la cuarta transformación.
Y entonces pasó algo importante. Otras mujeres empezaron a hablar. En la semana siguientes, a la publicación de los libros, otras exempleadas del gobierno capitalino, otras periodistas que habían trabajado cerca del círculo, otras esposas e hijas de operadores, empezaron a confirmar pedazos de la versión de Elena.
Ya no era solo ella, era una voz que se sumaba a otras voces. Y eso es algo que la cuarta transformación durante 6 años intentó impedir. Lo más importante, sin embargo, vino en la historia personal de cada uno de los tres personajes principales. Vamos por orden. César Yáñez Centeno Cabrera siguió siendo subsecretario hasta el final del ***enio de López Obrador el 30 de septiembre de 2024.
Cuando Claudia Shainbo tomó posesión el primero de octubre de 2024, César no fue ratificado en su cargo. Salió del gobierno federal. Hoy, en mayo de 2026, vive en Puebla con Dulce, sin un cargo público actualmente conocido, probablemente recibiendo pensión, probablemente consultando para alguna empresa privada.
Dulce María Silva Hernández terminó su periodo como diputada federal en agosto de 2024. Hoy en mayo de 2026 no tiene cargo electoral, pero según reportes locales sigue manejando los negocios familiares y planea, según la jornada de Oriente la construcción de una residencia en el exclusivo desarrollo de Lomas de Angelópolis en Puebla.
y Elena Chávez hoy a sus 62 años sigue siendo periodista, sigue siendo escritora, sigue siendo activista por los animales callejeros, sigue defendiendo lo que escribió, sigue dando entrevistas y sigue siendo atacada desde los espacios afines al obradorismo, pero ya no está sola. La historia lentamente le va dando la razón.
Cada nuevo escándalo del círculo cercano de López Obrador, cada nueva revelación sobre los hijos, sobre los hermanos, sobre los operadores, refuerza el testimonio que ella escribió primero. En las giras de presentación de sus libros, según los reportes de prensa de los últimos años, Elena llena los foros. Las librerías Gandy de la Ciudad de México la reciben con filas que dan vuelta a la cuadra.
Las mujeres mayores se le acercan, le toman fotos, le piden autógrafos, le dicen al oído que ellas también vivieron algo parecido, que ellas también fueron acusadas de despechadas cuando se atrevieron a hablar, que ellas también perdieron a sus amigos y a su lugar social. En esos momentos, Elena Chávez deja de ser solo la exesposa de César Yáñez, deja de ser solo la autora del libro contra AMLO, se convierte en algo más grande.
Se convierte en el espejo de una generación entera de mujeres mexicanas que durante toda su vida adulta cargaron secretos por sus esposos. Y aquí está la pieza que cierra esta historia, porque cuando se publicó el libro El rey del Cash en octubre de 2022, Elena Chávez incluyó algo que en aquel momento parecía un detalle menor, pero que con el tiempo se ha vuelto el dato más importante.
Incluyó la historia de como durante los últimos meses de vida de Rocío Beltrán Medina, la primera esposa de López Obrador, una asesora joven, trabajaba en el segundo piso del edificio del gobierno del Distrito Federal y según el testimonio del propio César Yáñez, recogido por Elena, mantenía con López Obrador una relación simultánea al matrimonio con Rocío.
asesora se llamaba Beatriz Gutiérrez Müller, es decir, la mujer que reveló los secretos íntimos de Beatriz Gutiérrez Müller fue Elena Chávez. La mujer a la que el círculo del poder llamó despechada fue la mujer que documentó los secretos de quien sería primera dama de México. La mujer que perdió todo por contar la verdad fue la fuente directa de uno de los datos más explosivos del ***enio.
Si alguna vez has escuchado hablar de lo que pasó en el segundo piso del antiguo edificio del gobierno del Distrito Federal, mientras Rocío Beltrán Medina se moría de lupus en Copilco, recuerda que esa información salió a la luz pública gracias a Elena Chávez, una mujer a la que la prensa oficialista intentó destruir llamándola despechada y que con su libro le devolvió la voz a una primera esposa muerta.
Esa es la fuerza moral de Elena Chávez. Esa es la razón por la que su nombre debe ser recordado. Y piensa una cosa más. Si Elena Chávez no hubiera escrito ese libro en 2022, si se hubiera quedado callada, si hubiera aceptado los 2 millones de pesos cuando se los pidió su esposo, hoy el país no sabría nada de muchas cosas.
Lo del segundo piso del GDF seguiría siendo rumor. ¿Cómo se financiaban las campañas presidenciales del candidato de la izquierda sería conjetura? Los nombres específicos de los operadores que se sirvieron con la cuchara grande estarían perdidos en la memoria del círculo cerrado. Lo que pasaba en las cocinas, en los autos, en las salas de espera del círculo cercano de López Obrador habría quedado enterrado para siempre.
Todo eso lo sabemos por una mujer que un día le dijo no a su esposo, por una mujer que en lugar de vender su casa decidió escribir un libro. Por una mujer que cambió 2 millones de pesos por la verdad. Y ahora quiero que pienses en la escena completa, mi querida espectadora. Cierra los ojos un momento.
Regresa al 29 de septiembre de 2018. Vuelve a la capilla del rosario en Puebla. Mira las 9000 rosas blancas. Mira al presidente electo sentado en primera fila, incómodo, sabiendo que esa boda contradice toda su narrativa. Mira a Beatriz Gutiérrez Müller sonriendo cerca de él, sin saber que la mujer que años después escribiría sobre ella estaba en algún lugar de la Ciudad de México, sola ese mismo día.
Mira a Dulce María Silva caminando al altar con el vestido de 100,000 pesos 16 meses después de salir del penal de San Miguel. Mira a César Yáñez esperándola, sabiendo que él fue quien pidió los 2 millones de pesos para hacer posible ese momento. Ahora abre los ojos y piensa, “Esa fiesta fue posible porque una mujer dijo que no.
Una mujer en algún lugar de la Ciudad de México se negó a vender su casa. Esa mujer es la única que aquel día no estaba mintiendo y por eso durante años fue la única que el sistema castigó. Imagínate también la otra escena, la que pasaba en paralelo a la boda. Imagínate a Elena Chávez en su casa de la Ciudad de México esa noche del 29 de septiembre de 2018.
Imagínate los animales callejeros que ella había recogido a lo largo de los años durmiendo cerca de ella en cojines viejos. Imagínate el celular sobre la mesa con las notificaciones de las redes sociales encendidas. Imagínate las fotos llegando una tras otra. Las 9000 rosas. El vestido. Amlo en primera fila, Beatriz sonriendo.
Dulce vestida de novia. César sonriendo, exitoso, satisfecho. Y Elena sola en silencio mirando todo eso, sabiendo que ella había sido la única honesta en toda esa historia, sabiendo que el precio de su honestidad había sido perderlo todo. Y luego pensando quizá lo que pensaría cualquier mujer en esa situación, pensando en lo que iba a hacer ahora.
pensando en sí callarse para siempre o sí en algún momento atreverse a contar todo. Esa noche del 29 de septiembre de 2018, según el propio testimonio que Elena daría después en entrevistas, fue una noche larga, una noche en la que probablemente nació la idea del libro que sacudiría México 4 años después. Una noche en la que una mujer se prometió a sí misma que no se iba a llevar todos esos secretos a la tumba.
2 millones de pesos. Esa fue la cifra. Ese fue el precio del silencio que Elena Chávez se negó a pagar. Y por negarse perdió un matrimonio de 18 años. Perdió su lugar en el círculo del poder. Perdió a sus amigas de toda la vida. perdió la posibilidad de seguir trabajando en el gobierno, pero ganó otra cosa.
Ganó la libertad de escribir libros con su nombre en la portada. Ganó el derecho de contar la verdad sobre 18 años de su vida. Ganó la voz. Y hoy, mientras Elena sigue dando entrevistas a los pocos medios que la escuchan, mientras sus libros siguen reimprimiéndose, mientras nuevas generaciones de mujeres mexicanas la leen para entender qué pasó durante el ***enio que cambió a México, la verdad sigue caminando despacio.
Despacio, sí, pero sin parar. Mujeres de México, de Los Ángeles, de Houston, de Chicago, de Miami, de Nueva York, de Buenos Aires, de Bogotá, de Lima, de Santiago, de todos los lugares donde todavía se habla nuestro idioma y se comentan las historias de las mujeres que nos antecedieron. Quiero pedirles algo.
Cuéntenme en los comentarios. ¿Ustedes habían escuchado el nombre de Elena Chávez antes de este video? ¿Sabían lo de los 2 millones de pesos? ¿Sabían lo de la boda fifí del ***enio? ¿O esta historia como tantas otras les llega hoy por primera vez? Y cuéntenme también esto. Si hubieran sido Elena Chávez, ¿qué habrían hecho ustedes? ¿Habrían vendido la casa? ¿Habrían callado para salvar el matrimonio? ¿Habrían escrito el libro? o lo habrían dejado pasar para que el círculo no las marcara para siempre.
Quiero leer sus historias, sus experiencias, sus propias vidas reflejadas en esta historia, porque al final lo que une a las mujeres mayores de 60 años, lo que las une de Tijuana a la Patagonia, no son las figuras públicas. Es lo que sentimos cuando escuchamos estas historias y reconocemos en ellas pedazos de nuestras propias vidas.
Las traiciones íntimas, las amistades que dieron la espalda, los esposos que mintieron, las otras que se llevaron lo nuestro y la dignidad de quienes contra todo el sistema decidieron al final hablar. Y antes de despedirnos, un anticipo de lo que viene, porque si esta historia te conmovió, espera escuchar la próxima.
Hay otra mujer mexicana ligada también al círculo cercano de López Obrador, que durante el ***enio fue protagonista de uno de los episodios más comentados del oficialismo. Una mujer cuyo nombre tu generación sí reconoce porque la viste en la televisión durante años antes de que llegara a Palacio Nacional y cuya caída dentro de la propia cuarta transformación fue tan rápida como su ascenso.
esa historia la próxima semana. Hasta entonces, no olvides el nombre de Elena Chávez. No olvides los 2 millones de pesos. Recuerda las 9000 rosas blancas. Recuerda al hombre sentado en primera fila viendo a su operador casarse. Y nunca olvides el precio que pagan las mujeres en este país por atreverse a romper el pacto del silencio.
2 millones de pesos. Esa fue la cifra, ese fue el costo y esa, mi querida espectadora, es la deuda que el sistema todavía no termina de saldar con todas las mujeres que se atrevieron a no firmar el cheque. Gracias por estar aquí, gracias por escucharme hasta el final y nos vemos pronto.