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Elba Esther Gordillo: El ‘PARÁSITO’ que SAQUEÓ a los Pobres… Marcas y Media Vida en PRISIÓNNNN.

Elba Esther Gordillo: El ‘PARÁSITO’ que SAQUEÓ a los Pobres… Marcas y Media Vida en PRISIÓN.

26 de febrero de 2013. Un jet privado procedente de San Diego toca tierra en el aeropuerto internacional de Toluca. Afuera no hay fotógrafos de sociedad, ni políticos sonriendo, ni escoltas abriendo paso. Hay marinos armados, agentes federales y una orden de captura lista para caer sobre una sola mujer. Durante 24 años, México aprendió a llamarla la maestra,  como si fuera la protectora del magisterio.

 Pero esa noche el Estado mexicano la nombra de otra forma. lavado de dinero, delincuencia organizada, desvío de recursos y de pronto la mujer que había repartido plazas, favores y castigos como si el país fuera suyo, baja la escalerilla y descubre que incluso los imperios construidos sobre el miedo pueden desplomarse en un minuto.

 Los investigadores dicen que desde el sindicato más grande de América Latina salió una red de dinero que convirtió la educación pública en una caja fuerte privada. Hablan de más de 2000 millones de pesos desviados, de compras por casi 3 millones de dólares en Neyman Marcus, de vuelos privados, cirugías estéticas en California, mansiones en Coronado Kais y un intento de esconder 6 millones de dólares en Europa usando empresas pantalla y hasta el nombre de su propia madre muerta.

 Eso dice la acusación, eso dicen los expedientes. Pero esta no es solo la historia de cómo cayó una mujer poderosa. Es la historia de cómo una niña pobre de Chiapas  terminó convirtiendo el aula en botín. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como una huérfana que empezó a dar clases a los 12 años terminó controlando el sindicato de maestros más poderoso de México.

 Segundo, cómo el SNT e dejó de ser una organización laboral para convertirse en una maquinaria política capaz de vender plazas y alimentar una red de 22,000 maestros fantasma. Tercero, cómo el dinero que debía llegar a los niños más pobres acabó convertido en lujo obseno. Y cuarto, como después de la prisión, del escándalo y de la humillación pública, Elba Ester Gordillo todavía encontró la manera de volver y desafiar  a un país entero.

 Pero para entender como la maestra terminó siendo recordada como el rostro más feroz de la impunidad,  primero hay que volver al principio. Cuando el miedo a no tener nada empezó a devorarle el alma. La pobreza no siempre deja hambre,  a veces deja otra cosa. Deja una herida secreta que no se cierra nunca, deja una vergüenza muda, deja un rencor tan profundo que termina pareciéndose al destino.

 Y en el caso de Elba Ester Gordillo, todo empezó ahí,  en un rincón del sur de México, donde la miseria no era una excepción, sino el aire mismo que se respiraba. Comitán, Chiapas, 1945. México apenas intentaba acomodarse después de las sacudidas de la postrevolución. En los pueblos del sur, las calles seguían siendo de polvo.

 Las casas humildes resistían con paredes cansadas y la vida de una niña dependía demasiado pronto de lo que pudiera soportar. Ahí nació Elva Ester el 6 de febrero de ese año, en una tierra donde la distancia entre los que mandaban y  los que obedecían parecía eterna. No nació rodeada de privilegios, nació rodeada de carencias y cuando apenas tenía 3  años perdió a su padre.

A esa edad uno no entiende del todo lo que significa la  muerte, pero sí entiende otra cosa. Entiende la ausencia, entiende el vacío, entiende que de pronto falta alguien y que nadie va a devolverlo. Ese hueco no la abandonó jamás. Mientras otras niñas todavía aprendían a jugar, ella estaba aprendiendo a resistir.

A los 12 años se paró frente a un salón para dar clases, no porque fuera un prodigio romántico de la vocación,  sino porque la necesidad aprieta antes que los sueños. A los 15 entró al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y ese detalle hay que guardarlo bien porque ahí empezó la verdadera historia,  no la historia de una maestra, la historia de una mujer que descubrió demasiado pronto que en México la educación podía ser una escalera, pero no hacia el conocimiento, sino hacia el

poder. En aquellos años, el SNTE  no era solo una organización laboral, era una maquinaria política, una estructura gigantesca capaz de mover votos,  disciplinar regiones enteras y negociar favores con el régimen. Bajo el dominio del PRI, el sindicato era mucho más que un refugio de profesores.

 Era un territorio  estratégico, un ejército en apariencia civil. Y Elva Ester, que conocía la humillación del origen, entendió algo antes que muchos. En ese mundo no mandaba quien sabía más,  mandaba quien obedecía mejor, quien tejía alianzas en silencio, quien aprendía a sonreír mientras afilaba el cuchillo. Fue subiendo.

No de golpe, no como en las películas. Subió como suben los que saben esperar, cargo  por cargo, favor por favor, lealtad por lealtad, hasta que llegó 1989 y ahí ocurrió el momento que partió su vida en dos.  México ardía por dentro. Miles de maestros inconformes exigían democracia sindical,  mejores condiciones, salarios dignos.

 El viejo cacique del sindicato  Carlos Jonguitud Barrios parecía intocable. Llevaba años controlando el SNT e con puño de hierro.  Pero el 23 de abril de 1989 fue llamado a Los Pinos por el presidente Carlos Salinas de Gortari. La reunión duró apenas media hora, 30  minutos. Eso fue todo lo que necesitó el poder para borrar a un hombre que parecía eterno.

 Hongitud salió derrotado y ese mismo día Elva Ester Gordillo fue colocada en la cima. No llegó por voto limpio, no llegó por el amor de las bases.  No llegó porque los maestros la eligieran libremente. Llegó porque el Estado la empujó  hasta ahí, porque el sistema la necesitaba, porque en ella había encontrado a alguien más útil, más disciplinada,  más ambiciosa, más peligrosa.

Años después, ella misma admitiría que llegó al sindicato por decisión del Estado mexicano. Esta confesión lo explica casi todo. El origen de su poder no fue democrático, fue una operación de laboratorio político.  Y sin embargo, ahí está la verdadera tragedia. Porque al principio quizá hubo una duda, una grieta.

Un instante breve en el que la muchacha pobre de Chiapas todavía recordaba lo que significaba estar abajo, pero el poder no tarda en hacer su trabajo. Y cuando una persona ha pasado la infancia temiendo volver a no tener nada,  el poder se convierte en una droga más fuerte que cualquier principio.

  El Baester ya no quería sobrevivir, quería mandar. Quería humillar antes de ser humillada. Quería que nadie volviera a mirarla desde arriba. Lo que comenzó como ascenso pronto se convirtió en apetito y lo que parecía una victoria personal empezó a tomar la forma de algo mucho más oscuro.  Porque una vez que descubrió que el aula también podía usarse como botín, ya no hubo vuelta atrás.

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