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El Negro Durazo DESTROZÓ a Luis Miguel | Un niño de 11 años cantaba en su Partenón

El Negro Durazo DESTROZÓ a Luis Miguel | Un niño de 11 años cantaba en su Partenón

11 de enero de 1982, 5:30 de la tarde, río Tula, Hidalgo. Un grupo de campesinos de San José a Coculco baja al canal para revisar las parcelas. El aire huele a frío seco y a aguas negras del drenaje que viene de la capital. Un viejo se agacha a mover una piedra, levanta la mirada, se queda quieto.

Hay un cuerpo flotando entre los carrizos. A los pocos metros, otro, 5 metros más allá, otro. Los campesinos empiezan a contar en voz baja con esa voz que se usa para lo que no debería existir. 1, dos, 3, cu. Cuando termina la tarde, los campesinos han contado 12. 12 hombres jóvenes atados con la ropa rota, con marcas de tortura en muñecas y tobillos que llevan semanas haciéndose ahí, con un tiro de gracia detrás de la oreja, arrojados desde 70 m de altura por la lumbrera 8o del emisor central del drenaje profundo del Distrito Federal. Alguien quiso que el agua se

los tragara para siempre. Pero el agua, amigo mío que me estás escuchando, el agua tiene la mala costumbre de devolver lo que el poder le tira encima. Quédate con esa frase, la vas a escuchar varias veces hoy. El río Tula nunca devuelve un solo cuerpo, devuelve un sistema. Y si meses antes, querida amiga, en una mansión sobre la bahía de Cihuatanejo, en una casa enorme con columnas de mármol que copiaban el Partenón de Grecia, ocurrió algo que ese río también iba a devolver a su manera.

Un niño de 11 años, peinado a la raya, con traje pequeño hecho a la medida, entró a cantar. Le presentaron al hombre con uniforme militar y lentes oscuros que reía en la mesa de honor. El niño le dio la mano, hizo una pequeña reverencia y se subió a la tarima. Cantó una canción. La gente aplaudió. El hombre de los lentes oscuros sonrió desde su silla.

El niño se llamaba Luis Miguel y el hombre que sonreía. El hombre que esa noche lo iba a invitar a quedarse hasta tarde. El hombre que pocos meses después iba a mandar tirar 12 cadáveres al drenaje profundo de la capital, era el dueño de aquel palacio griego, Arturo Durazo Moreno, el negro. Hoy te voy a contar la historia que une esas dos escenas.

Un niño cantando en un palacio, 12 cuerpos en un río y un pacto firmado 40 años antes en una banca de la colonia Roma entre dos amigos de primaria. Uno de sus amigos llegó a ser presidente de México. El otro convirtió a la policía de la Ciudad de México en su empresa privada. Volvamos al río Tula. Cuando los primeros siete cuerpos llegaron al hospital civil de Tula esa noche, los forenses notaron un detalle: la ropa, trajes de buena calidad, etiquetas extranjeras, marcas colombianas. El reporte preliminar habló

de presuntos ciudadanos colombianos, posible ajuste de cuentas entre bandas. La capital miró hacia otro lado y de algo le echó la culpa al Distrito Federal. Los periódicos lo trataron con esa frialdad. con la que se cuentan los crímenes que ocurren lejos. Y entonces apareció el detalle que iba a romperlo todo.

De los 12 cuerpos, 11 eran colombianos. El cuerpo número 12, en cambio, era mexicano. Se llamaba Armando Mogollán Pérez. Tenía 29 años. Era taxista. vivía en la calle República de Costa Rica, en pleno centro histórico de la Ciudad de México y tenía una madre. Una madre llamada Estela Pérez, que trabajaba de mesera en un restaurante de la avenida Bucarelli número 18 llamado Buffet, una mujer mexicana cualquiera, querida amiga, de esas mujeres que crían a sus hijos con dos turnos de trabajo, que llegan a casa con los pies hinchados y que todavía tienen fuerzas para servir

un plato caliente. El 7 de junio de 1981, Estela había visto a su hijo Armando salir de la casa a las 9 de la mañana. Iba en su taxi. Le dijo que llevaba a unos amigos colombianos al estadio Azteca. Estela le dijo lo que le decimos las madres del mundo a un hijo que sale en domingo.

Ya no trabajes tanto, te va a hacer daño. Esas fueron sus últimas palabras. Armando no volvió esa noche. Al día siguiente, mientras Estela todavía esperaba que el muchacho apareciera con cualquier excusa, sonó el teléfono del restaurante Buffet. Una vecina le hablaba en pánico desde el otro lado. Estela, vente a la casa de volada.

Unos agentes están saqueando el departamento de los muchachos. Estela cruzó las calles de Bucarelli corriendo. Llegó al edificio, subió los escalones de dos en dos y alcanzó a ver a dos hombres saliendo de la habitación de su hijo. Les preguntó qué hacían ahí. Los hombres le respondieron sin detenerse.

Le dijeron que venían de la división de investigación para la Prevención de la Delincuencia, la DIPD. Esa sigla, querida amiga, esa sigla. La vas a escuchar muchas veces hoy. Es la pieza que aprieta cuando todo lo demás falla. Estela pasó los siguientes meses presentando denuncias. Tocó puertas, habló con periodistas, buscó a Armando en hospitales, en delegaciones, en cárceles clandestinas.

En agosto del 81 logró que aceptaran formalmente una denuncia en la jefatura de la policía de Tlaxquaque. Quedó registrada con el número 15434 sobre 81. Quédate con ese detalle, amigo mío. La denuncia por la desaparición de su hijo a manos de la DIYD la recibió la propia DIYD. La policía recibiendo la denuncia contra sí misma.

Eso era México en 1981 y eso era el sistema que un solo hombre había construido durante 6 años con la protección absoluta del presidente de la República. Los que jalaron del gatillo aquella noche, entre el 10 y el 13 de enero del 82, los que torturaron a Armando y a los 11 colombianos durante meses, los que arrojaron los 12 cuerpos al drenaje profundo, llevaban placa oficial de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal.

Pertenecían a un grupo de élite conocido en los pasillos del miedo como el grupo Jaguar y respondían a un solo hombre, un hombre que en aquel enero del 82 todavía aparecía en las fotografías oficiales del país sonriendo al lado del presidente. Un hombre con despacho en Tlaxquake, con mansión en Tlalpan, con un palacio griego de 20.

000 m² sobre el Pacífico, con ingresos calculados en 800 millones de pesos al mes y con un apodo de tres letras que toda la República conocía. Arturo Durazo Moreno, el negro. Antes de seguir, querida amiga que llegaste hasta aquí, necesito pedirte un favor. Lo que viene se cuenta una vez. Si este canal te ha hecho compañía alguna tarde, si has llorado con la historia de Pedro Infante, si has visto con dolor lo que la fama le hizo a Marcela Basteri, regálame un me gusta y suscríbete.

Historias contadas con nombres, fechas y direcciones reales son las que YouTube empuja menos. Necesito que tú me ayudes a empujarlas. Y ahora sí, prepárate porque hoy vas a descubrir siete cosas que la mayoría de los videos sobre Durazo no se atreven a juntar. Uno, ¿quién dio la orden exacta de matar a los 12 del río Tula? ¿Y por qué Durazo escapó del cargo más grave? Por un tecnicismo de extradición que a México le costó la dignidad. Dos.

¿Qué pasó con Armando Mogoyán Pérez, el taxista mexicano? y cómo la denuncia de su madre Estela fue la grieta por la que se cayó el imperio entero. Tres. El día exacto de 1976 en que un presidente de México le entregó su capital a un amigo de la primaria y el favor de banca de los 12 años de edad que ese amigo se cobró 40 años después.

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