El Negro Durazo DESTROZÓ a Luis Miguel | Un niño de 11 años cantaba en su Partenón
11 de enero de 1982, 5:30 de la tarde, río Tula, Hidalgo. Un grupo de campesinos de San José a Coculco baja al canal para revisar las parcelas. El aire huele a frío seco y a aguas negras del drenaje que viene de la capital. Un viejo se agacha a mover una piedra, levanta la mirada, se queda quieto.
Hay un cuerpo flotando entre los carrizos. A los pocos metros, otro, 5 metros más allá, otro. Los campesinos empiezan a contar en voz baja con esa voz que se usa para lo que no debería existir. 1, dos, 3, cu. Cuando termina la tarde, los campesinos han contado 12. 12 hombres jóvenes atados con la ropa rota, con marcas de tortura en muñecas y tobillos que llevan semanas haciéndose ahí, con un tiro de gracia detrás de la oreja, arrojados desde 70 m de altura por la lumbrera 8o del emisor central del drenaje profundo del Distrito Federal. Alguien quiso que el agua se
los tragara para siempre. Pero el agua, amigo mío que me estás escuchando, el agua tiene la mala costumbre de devolver lo que el poder le tira encima. Quédate con esa frase, la vas a escuchar varias veces hoy. El río Tula nunca devuelve un solo cuerpo, devuelve un sistema. Y si meses antes, querida amiga, en una mansión sobre la bahía de Cihuatanejo, en una casa enorme con columnas de mármol que copiaban el Partenón de Grecia, ocurrió algo que ese río también iba a devolver a su manera.
Un niño de 11 años, peinado a la raya, con traje pequeño hecho a la medida, entró a cantar. Le presentaron al hombre con uniforme militar y lentes oscuros que reía en la mesa de honor. El niño le dio la mano, hizo una pequeña reverencia y se subió a la tarima. Cantó una canción. La gente aplaudió. El hombre de los lentes oscuros sonrió desde su silla.
El niño se llamaba Luis Miguel y el hombre que sonreía. El hombre que esa noche lo iba a invitar a quedarse hasta tarde. El hombre que pocos meses después iba a mandar tirar 12 cadáveres al drenaje profundo de la capital, era el dueño de aquel palacio griego, Arturo Durazo Moreno, el negro. Hoy te voy a contar la historia que une esas dos escenas.
Un niño cantando en un palacio, 12 cuerpos en un río y un pacto firmado 40 años antes en una banca de la colonia Roma entre dos amigos de primaria. Uno de sus amigos llegó a ser presidente de México. El otro convirtió a la policía de la Ciudad de México en su empresa privada. Volvamos al río Tula. Cuando los primeros siete cuerpos llegaron al hospital civil de Tula esa noche, los forenses notaron un detalle: la ropa, trajes de buena calidad, etiquetas extranjeras, marcas colombianas. El reporte preliminar habló
de presuntos ciudadanos colombianos, posible ajuste de cuentas entre bandas. La capital miró hacia otro lado y de algo le echó la culpa al Distrito Federal. Los periódicos lo trataron con esa frialdad. con la que se cuentan los crímenes que ocurren lejos. Y entonces apareció el detalle que iba a romperlo todo.
De los 12 cuerpos, 11 eran colombianos. El cuerpo número 12, en cambio, era mexicano. Se llamaba Armando Mogollán Pérez. Tenía 29 años. Era taxista. vivía en la calle República de Costa Rica, en pleno centro histórico de la Ciudad de México y tenía una madre. Una madre llamada Estela Pérez, que trabajaba de mesera en un restaurante de la avenida Bucarelli número 18 llamado Buffet, una mujer mexicana cualquiera, querida amiga, de esas mujeres que crían a sus hijos con dos turnos de trabajo, que llegan a casa con los pies hinchados y que todavía tienen fuerzas para servir
un plato caliente. El 7 de junio de 1981, Estela había visto a su hijo Armando salir de la casa a las 9 de la mañana. Iba en su taxi. Le dijo que llevaba a unos amigos colombianos al estadio Azteca. Estela le dijo lo que le decimos las madres del mundo a un hijo que sale en domingo.
Ya no trabajes tanto, te va a hacer daño. Esas fueron sus últimas palabras. Armando no volvió esa noche. Al día siguiente, mientras Estela todavía esperaba que el muchacho apareciera con cualquier excusa, sonó el teléfono del restaurante Buffet. Una vecina le hablaba en pánico desde el otro lado. Estela, vente a la casa de volada.
Unos agentes están saqueando el departamento de los muchachos. Estela cruzó las calles de Bucarelli corriendo. Llegó al edificio, subió los escalones de dos en dos y alcanzó a ver a dos hombres saliendo de la habitación de su hijo. Les preguntó qué hacían ahí. Los hombres le respondieron sin detenerse.
Le dijeron que venían de la división de investigación para la Prevención de la Delincuencia, la DIPD. Esa sigla, querida amiga, esa sigla. La vas a escuchar muchas veces hoy. Es la pieza que aprieta cuando todo lo demás falla. Estela pasó los siguientes meses presentando denuncias. Tocó puertas, habló con periodistas, buscó a Armando en hospitales, en delegaciones, en cárceles clandestinas.
En agosto del 81 logró que aceptaran formalmente una denuncia en la jefatura de la policía de Tlaxquaque. Quedó registrada con el número 15434 sobre 81. Quédate con ese detalle, amigo mío. La denuncia por la desaparición de su hijo a manos de la DIYD la recibió la propia DIYD. La policía recibiendo la denuncia contra sí misma.
Eso era México en 1981 y eso era el sistema que un solo hombre había construido durante 6 años con la protección absoluta del presidente de la República. Los que jalaron del gatillo aquella noche, entre el 10 y el 13 de enero del 82, los que torturaron a Armando y a los 11 colombianos durante meses, los que arrojaron los 12 cuerpos al drenaje profundo, llevaban placa oficial de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal.
Pertenecían a un grupo de élite conocido en los pasillos del miedo como el grupo Jaguar y respondían a un solo hombre, un hombre que en aquel enero del 82 todavía aparecía en las fotografías oficiales del país sonriendo al lado del presidente. Un hombre con despacho en Tlaxquake, con mansión en Tlalpan, con un palacio griego de 20.
000 m² sobre el Pacífico, con ingresos calculados en 800 millones de pesos al mes y con un apodo de tres letras que toda la República conocía. Arturo Durazo Moreno, el negro. Antes de seguir, querida amiga que llegaste hasta aquí, necesito pedirte un favor. Lo que viene se cuenta una vez. Si este canal te ha hecho compañía alguna tarde, si has llorado con la historia de Pedro Infante, si has visto con dolor lo que la fama le hizo a Marcela Basteri, regálame un me gusta y suscríbete.
Historias contadas con nombres, fechas y direcciones reales son las que YouTube empuja menos. Necesito que tú me ayudes a empujarlas. Y ahora sí, prepárate porque hoy vas a descubrir siete cosas que la mayoría de los videos sobre Durazo no se atreven a juntar. Uno, ¿quién dio la orden exacta de matar a los 12 del río Tula? ¿Y por qué Durazo escapó del cargo más grave? Por un tecnicismo de extradición que a México le costó la dignidad. Dos.
¿Qué pasó con Armando Mogoyán Pérez, el taxista mexicano? y cómo la denuncia de su madre Estela fue la grieta por la que se cayó el imperio entero. Tres. El día exacto de 1976 en que un presidente de México le entregó su capital a un amigo de la primaria y el favor de banca de los 12 años de edad que ese amigo se cobró 40 años después.
Cuatro. ¿Cuánto dinero exactamente exprimió Durazo a la ciudad de México en 6 años? Te adelanto la cifra final en dólares, 1000, millones. Cinco. ¿Quiénes subían a pie por el cerro de Cihuatanejo cargando mármol italiano? Mientras a 800 km policía con la misma placa extorsionaba a una señora en el centro de la capital.
Seis. La verdad sobre las fiestas del Partenón, quién entraba, que se servía. Y sobre todo, querida amiga, ¿qué hacía ahí dentro un niño de 11 años llamado Luis Miguel? ¿Qué vio? ¿Qué escuchó? ¿Y por qué su madre Marcela Basteri terminó entrando una y otra vez? al despacho privado de Durazo. Siete.
¿Por qué el FBI lo encontró bajando de un avión en Puerto Rico cuando él creía que estaba seguro en Brasil? ¿Y qué plan absurdo había trazado para salvarse? Un plan que incluía visturí, una cara nueva y una llamada al presidente que jamás llegó. Siete cosas. Acomódate, esta historia tiene río. Tiene madre buscando un hijo. Tiene una banca de la colonia Roma.
Tiene un partenón griego sobre el Pacífico y tiene un niño cantando en medio de todo. Para entender el tamaño del horror, hay que volver al principio, a una calle de la colonia Roma, a dos niños sentados en una banca de madera, año 1930 y tantos. y al pacto que esos dos niños sellaron sin saber que 40 años después le iba a costar a México lo que le costó.

Cumpas, Sonora, 19 de octubre de 1918. un pueblo árido del norte de México, de los que vivían entonces de la minería y del ganado, con casas de adobe que el sol del desierto cuarteaba en verano y que el frío de la sierra agrietaba en invierno. En una casa modesta de ese pueblo nació un niño moreno de mirada dura, al que la familia bautizó como Arturo Durazo Moreno.
De cumpas, en aquellos años la gente joven se iba en cuanto podía. La minería estaba acabando, el ganado bajaba, las casas se cerraban una a una. El propio nombre del pueblo en lengua ópata, significa lugar de pájaros. Y los pájaros, querida amiga, los pájaros vuelan en cuanto pueden. A los pájaros de cumpas, por su tada por el sol del norte, les llamaban moros en aquella región.
Por eso, durante muchos años, antes de que el país entero lo conociera con tres letras, a Arturo se le conoció en su tierra con un apodo regional, el moro de Cumpas. Ese moro, sin embargo, no se iba a quedar en Sonora. La familia Durazo se trasladó pronto a la capital. Buscaban lo mismo que buscaba medio país en aquellos años 20 y 30.
Una forma de comer todos los días, un techo, una calle con luz eléctrica. La revolución había dejado el campo sangrando y la promesa del progreso se concentraba toda en la ciudad de México. Los durazos se instalaron en la colonia Roma. Hoy cuando uno escucha colonia Roma piensa en cafés con plantas, en murales de buen gusto, en parejas paseando perros con correas de cuero.
En los años 30 la Roma vivía otra cosa. Era un barrio en transición. Casonas elegantes del porfiriato compartían banqueta con vecindades obreras. Vendedores ambulantes pregonaban entre los coches importados de las familias ricas. Y los niños, los niños de la calle, los niños de los obreros, los niños del comercio modesto, jugaban en las mismas plazas que los hijos de los abogados, los médicos y los políticos del régimen.
Ahí, en una banca de una de esas plazas, ocurrió el encuentro que iba a marcar la historia de este país. Arturo Durazo, todavía sin apodo nacional, conoció a un niño de su misma edad, un niño de buena familia, de apellidos de ese tipo de niños que llegaban a la escuela con uniforme limpio, zapatos lustrados y cuaderno forrado con papel de china azul.
Ese niño se llamaba José. José López Portillo y Pacheco. Fíjate qué cosa, amigo mío. Dos niños sentados en una banca de la Roma a mediados de los años 30. Uno hijo de una familia comerciante recién llegada del norte. El otro hijo de un linaje porfiriano con conexiones políticas que se remontaban al siglo XIX, uno con el apellido áspero de la frontera, el otro con apellido compuesto de los que se ponen en placa de despacho de abogado.
Lo que tenían en común eran los puños. Las biografías serias del expresidente lo confirman. En la primaria, José López Portillo era un niño retraído, de lentes, lector, con muy poca habilidad para la pelea callejera. Arturo Durazo, en cambio, era de los duros, de los que sabían tirar el primer golpe, de los que defendían a los más débiles cuando la pandilla del barrio se ponía brabucona a la salida de la escuela.
Y así, querida amiga, se sembró la semilla. Arturo defendía a Pepe en las peleas. Pepe ayudaba a Arturo con la tarea. Pepe le invitaba a su casa los domingos, donde olía a café recién hecho y a libros bien encuadernados. Arturo le enseñaba a Pepe a moverse en los barrios donde Pepe jamás habría entrado solo.
Esa es la amistad de infancia que las biografías oficiales describen con elegancia. 40 años después, esa amistad iba a convertirse en una factura impagable y la pagó México entero. Antes de llegar a 1976, Arturo Durazo recorrió un camino que vale la pena conocer, porque ese camino explica el tipo de hombre que iba a quedar suelto cuando el amigo llegó al poder.
A mediados de los años 40, Arturo entró a trabajar al Banco de México. Suena raro, ¿verdad? Un futuro jefe policial empezando en un banco central. Pero esa fue su primera escuela del dinero. En los gobiernos de Manuel Ávila Camacho y de Miguel Alemán Valdés, Arturo trabajó 4 años entre cifras, depósitos, transferencias, sobres con sellos oficiales.
Aprendió cómo se movía el dinero del Estado. Aprendió cómo se firmaba un cheque. Aprendió, sobre todo, que un cheque puede convertir a un hombre invisible en alguien que cruza una puerta sin que nadie le pregunte nada. En 1948 cambió de carrera, entró como inspector de tránsito. Era un puesto modesto, un hombre con gorra, con silvato, con libreta, lo último que parecía un futuro general.
Pero ahí, en las esquinas calurosas de la capital, Arturo Durazo aprendió la lección más importante de su vida. Aprendió que una credencial pequeña mostrada en el momento justo puede valer más que un fajo de billetes. Aprendió que un chóer asustado paga sin discutir. Aprendió que un comerciante prefiere dar 20 pesos a perder media tarde en una delegación.
Aprendió que la ley, cuando se interpreta con autoridad se convierte en una llave maestra para abrir bolsillos. Esa fue su universidad, las esquinas, el tránsito, la mordida diaria. A fines de los 50, Arturo ya había escalado a la Dirección Federal de Seguridad, la DFS. Para entonces, el país entraba en una etapa peligrosa.
El Estado mexicano se preparaba para vigilar, controlar y cuando hiciera falta aplastar. estudiantes, periodistas críticos, sindicalistas incómodos, todos empezaban a tener expediente propio. Arturo encontró ahí su lengua materna, el lenguaje de la vigilancia, el lenguaje del control, el lenguaje del expediente fabricado, de la confesión arrancada, del enemigo reducido a una ficha y de la ficha reducida a una orden.
en 1968, año del 2 de octubre, año de Tlatelolco, año en que el ejército disparó contra los estudiantes en la plaza de las tres culturas, Arturo Durazo formó parte de un grupo paramilitar de tristísima memoria, la Brigada Blanca. La brigada blanca era, en términos prácticos, la mano negra del Estado, un grupo de policías y militares fuera de uniforme, sin identificación, sin protocolo, que se encargaba de los trabajos sucios contra el movimiento estudiantil, detenciones ilegales, interrogatorios en casas de seguridad,
desapariciones que jamás aparecieron en los periódicos oficiales del régimen. Ese fue el entrenamiento real de Arturo Durazo. Cuando en 1976 su viejo amigo de la colonia Roma le abrió las puertas de la dirección de la policía capitalina, Arturo no llegaba virgen al cargo, llegaba con currículum, currículum de Banco Central, de tránsito, de la DFS, de la Brigada Blanca.
llegaba sabiendo cómo se mueve el dinero, cómo se cobra una mordida, cómo se vigila a un enemigo y cómo se desaparece a alguien que estorba. 1976, toma de posesión presidencial Los Pinos. José López Portillo, ahora doctor en derecho, abogado de prestigio, hombre con barba canosa y discurso bien afilado, jura el cargo como presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos y una de las primeras decisiones de su sexenio, una decisión que el país entero iba a pagar carísima, fue nombrar a su amigo de la infancia, director general de policía y tránsito
del Distrito Federal, Arturo Durazo Moreno. el moro de cumpas, el negro. Y por si el cargo no bastara, por si la deuda de la primaria todavía no estuviera del todo saldada, López Portillo añadió un detalle que solamente un cómplice agradecido puede regalar. le otorgó por decreto presidencial el grado de general de división del ejército mexicano.
Arturo Durazo jamás había pisado un cuartel del ejército. No había cursado el colegio militar ni mandado tropa alguna en campo. Las estrellas en su uniforme aparecieron un viernes por la mañana firmadas con pluma de tinta negra en un escritorio de Los Pinos. El uniforme se le entregó hecho como un disfraz. Imagínate la escena, querida amiga.
Imagínate al general de división, Arturo Durazo, presentándose por primera vez en uniforme militar verde con las estrellas en la Solapa, frente a los generales de verdad del ejército mexicano. Hombres que habían pasado 30 años escalando rango por rango. Hombres que habían comandado tropas en operaciones reales.
hombres que ahora tenían que saludar al amigo del presidente como si fuera uno de los suyos. Eso fue una humillación para el ejército mexicano. Pero el ejército en el México priista de los 70 callaba. Y mientras todos callaban, Arturo Durazo se acomodaba el uniforme frente al espejo de su despacho nuevo.
Imagino que sonreía. 42 años antes había defendido a Pepe en una pelea de banqueta. Ahora Pepe le entregaba la capital de México como pago. La placa pesa más que la pistola cuando el que la lleva responde al amigo del presidente. Hay una palabra, querida amiga, que durante los años 70 y principios de los 80 se pronunciaba en voz baja en ciertas casas de la Ciudad de México.
Una palabra que las madres usaban para asustar a los hijos adolescentes cuando llegaban tarde. Una palabra que los abogados de oficio escuchaban con un escalofrío cuando los familiares de un detenido entraban a su despacho. Una palabra que aparecía en los expedientes judiciales y que después mágicamente dejaba de aparecer. Tlas cuaque.
Si tienes más de 55 años y viviste en la ciudad de México durante el sexenio de López Portillo, esa palabra te dice algo. Si tienes 70, esa palabra te corre por la espalda. Tlaxquake era una glorieta del centro histórico de la capital. En el cruce de las calles 20 de noviembre, Pino Suárez y Fryer bando, una glorieta cualquiera, vista desde afuera, un edificio grisáceo oficial con la palabra policía pintada con letras blancas sobre fondo azul, coches patrulla entrando y saliendo, burócratas con portafolios, un policía aburrido
custodiando la puerta. Adentro era otra historia. Tascoaque era el cuartel general de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal. Era el despacho de Arturo Durazo Moreno y sobre todo era la casa matriz de aquella división de investigación para la Prevención de la Delincuencia, la DPD, comandada por un hombre cuyo nombre vale la pena que aprendas.
Francisco Shagún Baca. Coronel Sahagun Vaca. Mano derecha de Durazo, cerebro operativo de los trabajos más sucios. El hombre encargado, según múltiples testimonios judiciales, de las desapariciones, las torturas, las ejecuciones extrajudiciales y eventualmente de la matanza del río Tula, quédate también con ese nombre.
Sahagun Baka, según las versiones que se manejaron durante años, habría muerto en una balacera. En los años 80. El detalle inquietante es que nunca apareció el cuerpo en U. Nunca hubo certificado de defunción confirmado, nunca hubo entierro público. Sahajagú Baca simplemente se evaporó como evaporaba él mismo a la gente cuando todavía mandaba en Tlaxquaque.
¿Qué pasaba dentro de Tlaxquake, querida amiga? Lo que pasaba se conocía con palabras educadas como técnicas de interrogatorio reforzado. La palabra cruda y verdadera es otra. Tortura. Los testimonios recopilados durante décadas describen un sótano, un pasillo angosto, celdas de dos por 3 m sin ventana, bombillas pelonas colgando del techo, olor a sudor, a humedad, a sangre vieja, a desinfectante barato y sobre todo el sonido, el sonido de un detenido amarrado a una silla de metal, el sonido de un trapo mojado cayendo sobre una
cara, el sonido del agua, el sonido de un cuerpo que se sacude contra las correas, el sonido de un grito que ya no tiene fuerza de grito, que es casi un gemido. Eso era Atlasco por dentro, una fábrica con un único producto, confesiones. Confesiones que las agencias de prensa publicaban al día siguiente como triunfos de la policía.
Confesiones que los jueces aceptaban sin discutir, porque discutir significaba caer también. Confesiones que en muchísimos casos correspondían a crímenes que el detenido jamás había cometido. Aquí entra la pieza más perversa de todo el sistema, la fabricación de culpables. El mecanismo, amigo mío, funcionaba más o menos así.
Ocurría un robo escandaloso, un banco, una joyería, una casa de cambio en una avenida principal. El caso encendía a la opinión pública. Los periódicos exigían resultados. El gobierno necesitaba mostrar que la policía servía para algo. Entonces salía la DPD a hacer su trabajo. Su trabajo en muchas ocasiones consistía en levantar a hombres sin apellido, sin abogado de oficio, sin dinero para defenderse, albañiles que pasaban cerca de la escena, vagabundos que dormían en parques, migrantes recién llegados a la capital, hombres que reunían dos
condiciones específicas, pobreza y miedo. Los llevaban a Tlaxquake, los encerraban en una de esas celdas dos por tres, los golpeaban durante horas, a veces durante días, hasta que firmaban una confesión que ya estaba mecanografiada antes de que ellos entraran al cuarto. Después venía el teatro.
Los presentaban a la prensa con esa puesta en escena de delincuentes peligrosos capturados por la policía capitalina. Los fotógrafos tomaban fotos, los reporteros publicaban nombres y apellidos. La ciudad, que había estado nerviosa una semana entera, respiraba tranquila, caso resuelto. Y los verdaderos culpables, según describieron después, quienes conocieron esa podredumbre desde dentro, seguían sueltos, a veces porque pertenecían a la propia red, a veces porque la propia red los había contratado, a veces porque eran simplemente
intocables. Eso fue lo que Durazo construyó en Tlaxquaque. querida amiga, una máquina de fabricar inocentes y de soltar criminales. una ciudad donde millones de personas entendieron año tras año que la placa podía ser más peligrosa que el ladrón, que el uniforme podía entrar a tu casa, arrancarte de tu cama, llevarte a un sótano y convertirte en culpable solamente porque alguien allá arriba necesitaba un nombre para los periódicos del día siguiente y un sobre con dinero para la caja del jueves.
Aquí cierra una de las promesas con las que abrimos este video. ¿Quién mató realmente a los 12 del río Tula? La investigación que durante años fue armándose, gracias en buena medida a la insistencia de Estela Pérez, la madre del taxista, y a periodistas que se jugaron mucho por escribir lo que se sabía a media voz, terminó apuntando con nombres y apellidos.
Los 12 hombres, los 11 colombianos y Armando habían sido detenidos entre junio y julio de 1981. Los hospedaban en hoteles del centro, en el hotel Panorama, en el hotel Costa Rica. Los detuvieron y los llevaron primero al campo de prácticas de la policía en la colonia Valbuena. Después a las caballerizas de la policía montada, donde los torturaron durante semanas.
Después a una cárcel clandestina en la avenida de las Torres en la colonia Viaducto Piedad. Cuatro de ellos quedaron tan lastimados por la tortura que la propia policía decidió moverlos al pabellón psiquiátrico del penal de Santa Marta a Catitla, donde los mantuvieron incomunicados durante meses. 6 meses. Pasaron 6 meses, querida amiga.
6 meses durante los cuales 12 hombres estuvieron secuestrados por el Estado, torturados por el Estado, escondidos por el Estado, mientras una madre llamada Estela buscaba a su hijo a pie por todas las dependencias de la capital. ¿Por qué los tenían vivos durante 6 meses? Por una sola palabra, dinero. Los colombianos pertenecían a una red de asaltabancos que había operado en la ciudad de México durante 1980 y 1981.
habían acumulado un botín que las propias autoridades calcularon en 120 millones de pesos de la época. Y la DPD, en lugar de detenerlos y entregarlos a la justicia, los había secuestrado para sacarles dónde estaba el dinero. 6 meses de tortura para que confesaran la ubicación del botín. Cuando uno por uno fueron entregando lo que sabían, cuando el dinero quedó repartido entre los hombres de Durazo y de Sajagumbaca, ya no había razón para mantenerlos vivos.
Las víctimas conocían demasiados nombres, habían visto demasiadas caras, sabían demasiadas direcciones de cárceles clandestinas. Entre el 10 y el 13 de enero de 1982, un agente llamado Rodolfo Resendis sacó a los 12 del penal de Santa Marta, los subió a dos camionetas oscuras, los llevó hasta la lumbrera ocho del emisor central del drenaje profundo y los empujó al vacío después de un tiro de gracia.
70 m de caída al drenaje. Eso es lo que pasó realmente con los 12 del río Tula, amigo mío. Una operación del propio estado para quedarse con el botín de unos asaltabancos colombianos. 12 hombres torturados durante medio año y ejecutados después porque ya sabían demasiado. Y un mexicano Armando, atrapado en medio por la desgracia de haberse hecho amigo de unos colombianos a los que llevó un domingo a conocer el estadio Azteca.
El río Tula nunca devuelve un solo cuerpo, devuelve un sistema. ¿Y por qué Durazo nunca pagó por ese crimen? Específicamente, aquí, querida amiga, está una de las obsenidades más grandes de esta historia y vale la pena que la sepas porque después nadie la cuenta. Cuando años después Estados Unidos extradite a Durazo a México, la justicia mexicana lo va a juzgar y condenar, pero solamente por los cargos por los que fue extraditado, abuso de autoridad, contrabando, evasión fiscal y acopio de armas.
La masacre del río Tula no estaba en la lista de extradición por una regla del derecho internacional que se llama principio de especialidad. Aún extraditado, solamente se le puede juzgar por los delitos por los que se solicitó su extradición. Los demás delitos quedan en términos prácticos fuera del alcance del juez que recibe al acusado.
Y como Estados Unidos solamente extraditó a Durazo por los delitos económicos y de armas, el crimen del río Tula, el crimen de los 12 cadáveres, el crimen por el que Estela Pérez había pasado años buscando a su hijo Armando, ese crimen quedó sin proceso, sin proceso, sin sentencia. sin un solo día de cárcel dedicado a esos 12 hombres por un tecnicismo legal.
Hay heridas, querida amiga, que el tiempo no cierra. Hay heridas que un país entero se carga. Porque la justicia, cuando se encuentra delante de un crimen de estado, prefiere mirar el reloj antes que mirar a la víctima. Estela Pérez vivió el resto de sus años con esa frustración. Su hijo Armando no apareció ni en el expediente final por el que su asesino fue condenado.
Pero el río, amigo mío, el río se acuerda y nosotros esta tarde también nos vamos a acordar. Vamos a hablar de dinero, querida amiga, porque uno puede leer mil veces que Arturo Durazo era muy corrupto y la frase se queda sonando hueca. La corrupción contada en abstracto pierde fuerza. Cuando uno pone cifras concretas en la mesa, la cosa cambia.
Los cálculos más serios sobre los ingresos de Durazo durante los 6 años que duró su mandato al frente de la policía capitalina arrojan una cifra muy específica, 800 millones de pesos al mes. Pesos mexicanos de antes de la devaluación del 82. 800 millones, querida amiga, cada 30 días. Para que tengas una idea del tamaño, los economistas que estudiaron el caso después calcularon que la fortuna acumulada por Durazo durante el sexenio rondaba los 1000 millones de dólares estadounidenses.
1000 millones de dólares. Para que entiendas el orden de magnitud, 1000 millones de dólares en 1982 era una cifra comparable a la fortuna del dictador Ferdinand Marcos en Filipinas. Era la fortuna de un jefe de estado y Durazo, técnicamente era solamente un jefe de policía. ¿De dónde salía ese dinero? Salía de un sistema piramidal, querida amiga, un sistema con la lógica de una empresa criminal organizada, con la diferencia de que la empresa tenía oficinas oficiales y los empleados llevaban uniforme con escudo de la
República. En la base de la pirámide estaba el policía de calle. Cada agente de tránsito, cada patrullero, cada uniformado de barrio recibía una cuota mensual obligatoria. La cuota no se discutía si querías mantener tu zona, si querías mantener tu puesto, si querías evitar que te mandaran a una colonia peligrosa o a una guardia nocturna, ¿pagas? ¿Y de dónde sacaba el policía de calle ese dinero? del ciudadano común, del chóer al que detenía por una infracción inventada, del comerciante al que amenazaba con cerrarle el negocio si no
aportaba lo suyo, del vendedor ambulante al que dejaba trabajar a cambio de un sobresemanal, del cantinero, del taxista, del dueño de la tienda de la esquina, hasta del taquero. Esa era la base. Encima del policía de calle estaba el comandante de sector. El comandante recibía las cuotas de los agentes a su cargo.
Se quedaba con una parte, la otra subía. Encima del comandante de sector estaba el jefe de delegación, misma lógica. Se quedaba con su parte, mandaba el resto hacia arriba y así, escalón por escalón, fajo por fajo, sobre por sobre. El dinero subía hasta llegar al despacho de un hombre que sonreía en las fotografías oficiales como si fuera el guardián del orden.
Arturo Durazo recibía su parte cada quincena y la quincena, querida amiga, no se le entregaba en cheque, no se le ingresaba en cuenta, no se le depositaba en banco, se le llevaba en efectivo, en fajos contados, en maletas o en bolsas. Pero las mordidas de calle eran solamente una parte. La otra parte, la grande, venía de negocios más oscuros.
Negocio uno, las compras de la propia corporación. La policía capitalina compraba uniformes, vehículos, combustible, armamento, refacciones, comida, papelería. Cada compra pasaba por proveedores que pagaban su comisión al jefe sobre precios de hasta el 40%. Facturas infladas, contratos amañados. Negocio dos, el contrabando.
Las aduanas del país en aquellos años estaban bajo la influencia de la DFS, donde Durazo conservaba contactos sólidos, mercancía que entraba sin pagar impuestos, mercancía que salía sin registrarse. Un río paralelo de dinero. Negocio tres, el más peligroso, el que terminaría acabándolo. El narcotráfico. Múltiples investigaciones posteriores documentaron que sectores de la policía bajo el mando de Durazo terminaron vinculados con redes de cocaína, marihuana y armas que cruzaban el país, cargamentos que necesitaban ojos que
miraran hacia otro lado, patrullas que despejaran caminos, funcionarios dispuestos a fingir que no veían nada. Esa función, esa función oscura de la vista gorda se cobraba muy cara. Hay un dato documental que vale oro, querida amiga. Lo recogió la prensa años después en los archivos de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales de la Secretaría de Gobernación, archivos que hoy están en el Archivo General de la Nación, en el viejo palacio negro de Lecumberry aparece una ficha, una ficha de 1987.
En esa ficha se consigna una acusación por narcotráfico contra Arturo Durazo Moreno y se consigna también el dato fundamental. López Portillo encubrió esa acusación desde 1976, desde el momento mismo en que su amigo de la infancia se convirtió en jefe de seguridad de su campaña presidencial. Es decir, querida amiga, el presidente sabía, lo sabía desde el principio y lo encubrió hasta el final.
¿Y qué hacía Arturo Durazo con todo ese dinero? lo gastaba y lo gastaba de manera tan obscena que en Tlalpan, al sur de la capital, levantó la primera de sus locuras arquitectónicas, una mansión que los mexicanos terminarían llamando con zorna y con espanto el partenoncito. Aquella propiedad situada en el ajusco tenía un lago artificial, tenía un galgódromo, una pista para galgos de carrera.
En el centro del lago tenía caballerizas, tenía canchas de tenis, tenía una galería de tiro habilitada para usar subametralladoras y ametralladoras pesadas. Tenía una pequeña plaza de toros. Tenía un salón de baile inspirado en la discoteca neoyorquina. Estudio 54. Tenía jacuzis. Tenía una colección de vehículos de época que costaba más que muchas colonias enteras de la capital.
Todo decorado con estatuas romanas, columnas dóricas, murales de gladiadores y cortinas pesadas de terciopelo rojo, como si el dueño hubiera ido al cine demasiadas veces a ver películas sobre el Imperio Romano y se las hubiera tomado al pie de la letra. Y esa, querida amiga, esa era solamente la primera mansión.
La segunda, la grande, la verdaderamente delirante, la que ningún país civilizado del mundo había visto antes, todavía estaba por construirse. Y para construirla, Arturo Durazo iba a usar el recurso más obseno que un funcionario público puede usar a sus propios policías como esclavos. A finales de los años 70, Arturo Durazo decidió que el partenoncito de Tlalpan le quedaba pequeño.
Necesitaba algo más grande, algo que no le cupiera al país, algo que cuando lo vieras desde un barco te dejara la boca abierta y te recordara por si lo habías olvidado, quién mandaba en México. necesitaba un templo y para construirlo puso los ojos en Sihuatanejo, guerrero. Si conoces Siuatanejo, querida amiga, sabes de lo que estamos hablando.
una bahía abierta al Pacífico, de las más bellas del país, aguas cálidas, cerros verdes que caen directo al mar, playas blancas, un puerto pequeño que vivía entonces del pescado y del turismo discreto que prefería evitar el ruido de Acapulco. En una de las colinas que rodean la bahía de la ropa, muy cerca de playa la Ropa, Arturo Durazo mandó comprar más de 20,000 m² de terreno.
ido originalmente tierras que pertenecían a campesinos guerrerenses con nombres y apellidos Raúl Pérez Anaya, Gumesindo García Martínez, Luis Moreno la Bastida, José Solózano. A esos egidatarios, según consta en los expedientes, les pagaron cantidades irrisorias. Algunos firmaron asustados, otros vendieron porque entendieron que negarse a venderle al jefe de la policía mexicana era una decisión peligrosa.
Sobre ese terreno expropiado a la mala, Duraz ordenó levantar la mansión. El diseño, querida amiga, te lo voy a describir despacio porque vale la pena que veas con la imaginación lo que aquel hombre se hizo construir con dinero robado a millones de mexicanos. 42 columnas dóricas. 42. Igual que el Partenón original de Atenas, pero hechas de concreto armado y recubiertas con mármol.
En lugar del mármol pentélico que los antiguos griegos sacaron del monte pentélico hace 2500 años. Las columnas medían casi 10 m de altura, sostenían un techo de losa y formaban un perímetro rectangular alrededor de una plataforma elevada a la manera del templo de Atenea en la acrópolis. La entrada de la propiedad estaba marcada por un portón de hierro forjado de 15 m de ancho por 10 de altura.
Un portón que recordaba, según quienes lo vieron entonces, y los pocos que lo han visto después, a la entrada de Los Pinos. Algunos testigos llegaron a decir que aquel portón era literalmente uno de los que originalmente había estado en el castillo de Chapultepec. A un lado del portón principal había una bodega y dentro de la bodega jaulas.
Jaulas con barrotes de fierro grueso. Dentro de las jaulas, animales, leones, tigres, mascotas exóticas que el jefe policial coleccionaba como otros hombres coleccionan corbatas. Quédate con el detalle del tigre, querida amiga. Va a regresar en un momento. Dentro del Partenón, los espacios desafiaban cualquier sentido del decoro.
La propiedad tenía planta baja, planta alta y un sótano al que se entraba por un túnel subterráneo. 12 elevadores, 12 en una sola casa, un lago interior con olas mecánicas que se accionaban con un botón. y cascadas artificiales que caían sobre la piscina. Una discoteca privada con capacidad para 1000 parejas. Inspirada en el estudio 54 de Nueva York, con espejos en el techo, luces de colores y barra propia.
Salones de mármol forrados con tercio pelo rojo. Réplicas de esculturas clásicas. La Venus de Milo, el Marte de Beletri, una Minerva con casco y lanza. Y en el centro del salón principal, como remate del delirio griego del dueño, un Zeus de bronce de 2 m de altura, vigilando todo desde una peana cubierta de mármol.
Por fuera, jardines escalonados con vista al mar, una alberca profunda, un elipuerto para que los invitados importantes llegaran directamente sin tener que cruzar la carretera y un zoológico privado con aves exóticas. monos en jaulas grandes y como ya te dije los tigres y leones. ¿Cuánto costó todo esto, amigo mío? Los cálculos oficiales hablan de 700 millones de pesos de la época.
700 millones, querida amiga, en plena crisis económica del país, mientras millones de mexicanos hacían fila para comprar tortillas, mientras el peso se devaluaba con la velocidad de quien cae por un barranco, mientras el presidente del país aparecía en cadena nacional pidiendo paciencia y disciplina a las amas de casa.
Y todavía hay un detalle más, quizá el más obseno de todos. Durazo no contrató a empresas constructoras para levantar el Partenón. Es decir, sí, contrató ingenieros y arquitectos, pero la mano de obra principal de la construcción, los albañiles que cargaron las piedras hasta lo alto de aquella colina, los obreros que sudaron bajo el sol guerrerense para levantar las columnas dóricas, no eran trabajadores libres, eran policías.
Más de 500 policías de la Ciudad de México, según el testimonio del escritor José González González, en su libro Lo negro del negro durazo, fueron enviados a Siguatanejo durante meses para construir la mansión personal del jefe. Imagínalo, amigo mío. Imagínate al policía Pérez, padre de tres niños, asignado normalmente a la patrulla 247 de la colonia Doctores, recibiendo la orden de presentarse en una camioneta militar a las 5 de la mañana.
Imagínate al policía Hernández que llevaba 10 años cuidando una glorieta del centro, subiendo a esa misma camioneta. Imagínate 500 hombres uniformados arrancados de sus zonas, llevados a 800 km de la capital, instalados en barracones improvisados frente al Pacífico y obligados a cargar costales de cemento, varillas de acero, planchas de mármol italiano, columnas premoldeadas durante meses enteros, cargarlas a pie, subiendo el cerro paso a paso bajo un sol que en guerrero en pleno verano llega a 40 gr y al final del día, cuando el sol se ponía sobre la
bahía de la ropa y la luz se volvía dorada sobre las columnas a medio levantar, los policías albañiles bajaban el cerro a pie hasta donde unos camiones del departamento de policía los esperaban para regresarlos al barracón. Eso no es lujo, querida amiga, eso es esclavitud con credencial oficial. Y mientras 500 hombres uniformados sudaban en Cuatanejo construyendo el palacio del jefe, otros 3,000 policías seguían en la capital extorsionando a los mismos ciudadanos cuyo dinero pagaba el cemento que esos compañeros estaban
cargando. La maquinaria perfecta. Cuando le preguntaron a Durazo ya en los años de su caída cómo justificaba aquella propiedad obsena, su respuesta quedó para la posteridad. Cuatro palabras dichas con la calma de quien todavía no entiende que el régimen lo va a tirar a la basura. Yo tengo derecho a tener una casa en Siuatanejo.
Esa frase, amigo mío, esa frase es el resumen perfecto del personaje para Arturo Durazo, su partenón. Era simplemente una casa de descanso como la que cualquier mexicano honrado podría tener en su pueblo. Una casita, un detalle. 20,000 m² con 42 columnas dóricas, dos elevadores, una discoteca para 1000 parejas, un Zeus de bronce de 2 m, jaulas con tigres y leones, todo construido por la mano de obra forzada de 500 policías.
Una casa en Siuanejo. ¿Y para qué servía esa casa, querida amiga? para muchas cosas, pero sobre todo para una, las fiestas. Las fiestas del Partenón empezaron a hacerse legendarias en el medio político, policial y artístico mexicano hacia 1980 y 1981. No eran fiestas comunes, eran ceremonias. A esas fiestas llegaban funcionarios de alto rango, jueces, empresarios, mandos militares y policiales, personajes del entretenimiento y según múltiples versiones recogidas con los años, también empresarios cuyo verdadero negocio jamás apareció en una tarjeta de
presentación. Todo ocurría al mismo tiempo. Alcohol importado en bandejas de plata, música a todo volumen en la discoteca del sótano, habitaciones privadas en la planta alta, promesas en voz baja, pactos que no se escribían, sonrisas de gente que sabía demasiado uno del otro y en medio de todo, Arturo Durazo, anfitrión, dueño, repartidor de favores, el hombre que decidía quién podía entrar a la habitación de arriba, ¿Quién podía sentarse a la mesa principal? ¿Quién podía pedir un favor político en voz baja al lado del Zeus de
bronce? Y hay un detalle, querida amiga, un detalle que vale la pena recordar antes de cerrar este bloque. Cuentan los testimonios de aquellas fiestas que cuando algún invitado le caía mal a Durazo, cuando alguien le había hecho una jugada sucia, cuando algún funcionario había dejado de obedecer las reglas del juego, el jefe lo invitaba a una sala apartada, una sala con piso de tierra apisonada.
En esa sala, según los relatos, Durazo abría una puerta que comunicaba con la bodega de los animales y soltaba al tigre. Obligaba al invitado, caído en desgracia a defenderse como pudiera contra una bestia de 200 kg. A veces se quedaba mirando desde una galería superior con un whisky en la mano riéndose. Esos relatos, querida amiga, no aparecen en ningún expediente oficial.
vienen de testimonios filtrados con los años, de empleados que se atrevieron a hablar mucho después, de invitados que sobrevivieron y guardaron el recuerdo por miedo. No los puedo probar al 100%. Pero cuando uno suma los demás detalles documentados de la personalidad del personaje, cuando uno mira cómo trataba a sus propios policías, cuando uno revisa la lista de cadáveres aparecidos durante su mandato, la historia del tigre encaja perfectamente con todo lo demás.
Eso era el Partenón por dentro, una fantasía griega construida con sudor robado, decorada con mármol italiano, regada con alcohol caro y vigilada por un tigre de carne y hueso. El monumento más obseno que un funcionario público se haya construido jamás en este país y entre invitado y invitado, entre habitación privada y habitación privada, entre raya de cocaína.
y raya de cocaína. En ese Partenón cantaba en aquellos años un niño de 11 años, un niño que el público mexicano todavía no conocía bien, pero que estaba a punto de convertirse en el ídolo más grande de la canción romántica latinoamericana del siglo XX. Su nombre era Luis Miguel Gallego Basteri y lo que vio en aquel palacio griego, querida amiga, lo cargó hasta el último día de su vida adulta.
Si tienes más de 50 años, querida amiga, hay una imagen de Luis Miguel grabada en tu memoria sentimental. Quizá lo viste por primera vez en el programa de Raúl Velasco, siempre en domingo allá por 1981 o 1982. Quizá lo viste cantando 1 + 1 igual a dos enamorados con esa voz de niño que sonaba imposible para su edad.
Quizá ibas con tu hermana, con una vecina, con tu mamá a comprar el disco LP en la tienda del barrio. Quizá lo pegaste en un cuaderno. Quizá soñaste, como soñaron millones de mujeres en este continente, con que ese niño guapo del cabello rubio creciera y se convirtiera en el hombre que tu hija algún día pudiera amar.
Eso era Luis Miguel para ti en ese momento, una promesa, una ventana a otro tipo de mundo. Por eso lo que viene cuesta tanto, porque hay una parte de la historia de Luis Miguel que la prensa rosa tardó 30 años en empezar a contar. Una parte que ni siquiera la serie de Netflix se atrevió a contar del todo. Una parte que tiene que ver, querida amiga, exactamente con el hombre del que llevamos 40 minutos hablando, Arturo Durazo Moreno.
Empecemos por el principio. A finales de los años 70, Luis Miguel Gallego Basteri era un niño que vivía con sus padres entre España, Argentina y México. según los contratos que iba consiguiendo su padre. Su padre era el cantante español Luisito Rey, un hombre con cierta carrera de cantautor en España, talento musical evidente y una personalidad que las biografías serias describen sin ahorro de adjetivos.
Manipulador, drogadicto, ambicioso, violento con su esposa e hijos. Su madre era la italiana Marcela Basteri, una mujer hermosa, dulce, de mirada triste, que había conocido a Luisito Rey en Argentina a finales de los 60 y que se había convertido en víctima de su marido casi desde el primer mes.
Cuando Luisito Rey notó que su hijo mayor tenía una voz extraordinaria, una voz que ningún niño de su edad tenía, decidió dejar de lado su propia carrera y dedicarse a explotarla del muchacho. Y para explotarla necesitaba contactos, necesitaba abrir puertas en la industria mexicana del espectáculo. Necesitaba conseguir presentaciones importantes, necesitaba dinero y sobre todo necesitaba droga.
Aquí entra, querida amiga, el hombre del Partenón. Luisito Rey conoció a Arturo Durazo en algún momento entre 1980 y 1981 en la Ciudad de México a través de los círculos del medio del espectáculo. Las versiones sobre quien los presentó cambian según el testigo. Algunos hablan de un productor musical, otros hablan de un periodista, otros hablan del propio Andrés García, el actor, que en aquellos años era amigo cercano de los dos hombres.
Lo que sí coincide en todas las versiones es lo que ocurrió después. Luisito Rey se ganó la amistad de Durazo y empezó a aprovecharse de ella. Le pedía dinero, le pedía contactos para presentaciones de su hijo, le pedía protección policial cuando hacía falta, le pedía droga, sobre todo cocaína, que Durazo le proporcionaba o le facilitaba a través de su red.
¿Y qué le daba Luisito Rey a Durazo a cambio? Según el testimonio público de uno de los hombres que conocieron de cerca aquel entorno, un hombre llamado Aldana, Luisito Rey, le pagaba al jefe policial con dos monedas distintas. La primera moneda eran las presentaciones del niño, llevar a Luis Miguel a cantar en las fiestas privadas de Durazo, en el Partenoncito de Tlalpan o cuando hacía falta y el escenario era especial en el Partenón de Cihuatanejo.
La segunda moneda, querida amiga, era todavía más sórdida. La segunda moneda era Marcela Basteri. Esto es duro y vale la pena que respires antes de seguir porque lo que viene es una de las páginas más oscuras de la historia reciente de la música mexicana. Según el testimonio de Aldana, recogido en su momento por la prensa especializada y citado posteriormente en investigaciones serias sobre la biografía de Luisito Rey, el cantante español llevaba en más de una ocasión a su esposa hasta el despacho privado de
Arturo Durazo. Era solamente ella quien entraba al despacho. Duraban horas encerrados. Aldana lo describió con palabras que cuesta repetir. Al principio ella no estaba de acuerdo, pero ya después aceptaba. Tenía el temor a Luisito Rey que la llevaba y el temor a Durazo, que la jalaba.
Marcela Basteri, querida amiga, era usada por su propio marido como moneda de cambio para pagar la droga que le mandaba el jefe policial y los favores que le abría. Una mujer extranjera, italiana, sin familia cerca, en un país que no era el suyo, madre de tres niños pequeños, aterrada de un marido que le pegaba en casa y aterrada de un jefe policial que tenía poder absoluto sobre la capital de México, empujada de un cuarto al otro como un objeto.
Y mientras eso pasaba arriba en las plantas altas del Partenón o en el despacho de Tlaxquake, abajo en la planta principal cantaba un niño rubio de 11 años. Su hijo. Vale la pena detenerse en lo que ese niño vio. Aldana en el mismo testimonio describió lo que muchos de los testigos de aquellas fiestas confirmaron después. De repente, su papá se iba con sus cuates y lo dejaba solo al niño y veía todos los movimientos.
Por eso era que él se daba cuenta de todos los movimientos de Durazo. Lee esa frase de nuevo, querida amiga. Un niño de 11 años, solo en una fiesta del Partenón con la música de estudio 54 sonando del sótano con bandejas de cocaína pasando por sus narices, con hombres entrando y saliendo de habitaciones privadas, con su propia madre arriba en un despacho cerrado, con el dueño de la casa.
Y un niño no se distrae, un niño mira, un niño escucha, un niño guarda cada cara, cada voz, cada movimiento, cada puerta que se abre, cada puerta que se cierra. Si alguna vez te has preguntado, querida amiga, ¿por qué Luis Miguel adulto se convirtió en un hombre tan hermético, tan blindado, tan incapaz de hablar en público de su vida privada, tan dolido en silencio, ahora ya tienes una pieza? A los 11 años ese niño vio cosas que ningún niño debería ver. Pero hay más.
El 29 de mayo de 1981, dos meses antes de que se cumpliera el primer año de las detenciones de los colombianos que terminarían en el río Tula, ocurrió un evento que iba a cambiarle la vida pública a Luis Miguel. La hija del presidente López Portillo, Paulina, se casaba ese día con el nieto del expresidente Pascual Ortiz Rubio.
La boda se celebró en el Colegio Militar de la Ciudad de México. Era el evento social más importante del año. Asistieron secretarios de Estado, generales, embajadores, empresarios, artistas de primer nivel. Y para entretener a los invitados, Paulina López Portillo había pedido un cantante muy especial, un niño.
Las versiones de cómo Luis Miguel llegó a esa boda varían. Una versión defendida por la propia Paulina después en entrevistas. Dice que fue el músico argentino Bebu Silvetti quien lo recomendó y lo llevó a una audición previa en Los Pinos. Otra versión, la que recoge la propia Wikipedia y otras fuentes serias, dice que el gestor fue Arturo Durazo.
Lo más probable, querida amiga, es que ambas cosas sean verdad. Bebu Silvetti hizo la presentación musical y Durazo, como amigo personal de la familia presidencial y como protector de Luisito Rey, abrió la puerta política para que el niño pisara los pinos. Lo que es indiscutible es lo que pasó esa noche.
Un niño de 11 años peinado con raya al costado, con un trajecito hecho a la medida, se subió al escenario del salón del colegio militar, frente a las cámaras, frente al presidente de la República, frente a los hombres más poderosos del país, frente al general de división Arturo Durazo, que esa noche estaba ahí también vestido de gala, y cantó.
La voz de aquel niño paralizó a la sala. Paulina López Portillo, según contó después al periodista Alberto Tavira, creyó por un momento estar escuchando la voz de un ángel. A las pocas semanas, Luisito Rey ya estaba firmando contrato discográfico con Emi México. A los pocos meses, el primer disco. A los pocos años Luis Miguel se convertiría en el sol de México.
Y el hombre que había abierto esa puerta, el padrino oculto de aquella carrera, era el dueño del Partenón, el mismo hombre que en ese mismo momento tenía en una cárcel clandestina. en una calle del aviaducto Piedad a 12 hombres torturados desde hacía meses que iban a aparecer flotando en el río Tula 7 meses más tarde.
Esa es la doble cara, querida amiga, y esa es la pesadilla que cargó Luis Miguel para siempre. La historia de Marcela Basteri, la madre de Luis Miguel, todavía hoy es una herida abierta en la familia. En algún momento entre finales de 1986 y mediados de 1987, Marcela desapareció. Una mañana estaba. La siguiente ya no. sin avisar a nadie, sin escribir una nota, sin llamar a los niños para despedirse.
Una mujer que adoraba a sus tres hijos, especialmente al pequeño Sergio, simplemente dejó de existir para el mundo. Hay tres versiones principales sobre lo que le ocurrió. Te las cuento todas. Versión 1. La más difundida en el medio. Marcela murió de sobredosis durante una de las fiestas del Partenón de Cihuatanejo, donde supuestamente Luisito Rey la había llevado y dejado prácticamente secuestrada.
Durante varios días. Su cuerpo, según esta versión, fue desaparecido por el propio entorno de Durazo para evitar el escándalo. Versión 2. Marcela murió en una balacera durante un ajuste de cuentas entre narcos en una propiedad del entorno Durazo. Su cuerpo se perdió en el mismo episodio. Versión 3.
La versión más cuidada por el círculo Aguilera Gallego. sugiere que Marcela murió de causas naturales o por mano del propio Luisito Rey en un episodio de violencia doméstica en España o Italia y que el padre escondió el cadáver por miedo a las consecuencias legales. Ninguna de las tres versiones ha sido confirmada al 100%. Pero hay un detalle, querida amiga, que vale la pena conocer.
Andrés García, el actor mexicano, que durante años fue amigo cercano de Luisito Rey de Durazo, y posteriormente del propio Luis Miguel Adulto, declaró en una entrevista pública con el periodista Jordi Rosado que él sabía exactamente lo que le había pasado a Marcela Basteri, que tenía la información, pero que se la iba a llevar a la tumba.
Por respeto a Luis Miguel, dijo, “porque sea el dolor que le causa.” Andrés García murió en abril de 2023 sin haber dicho la verdad y con esa frase se cerró, “Querida amiga, otra puerta más de aquella historia, otra puerta que el río Tula se llevó. Porque ya te dije al principio, el río Tula nunca devuelve un solo cuerpo, devuelve un sistema.
Y el sistema que el negro Durazo construyó devoró a 12 colombianos, devoró a un taxista mexicano, devoró a 500 policías convertidos en albañiles, devoró a una madre italiana que solamente quería a sus hijos y devoró también la infancia de un niño rubio que cantaba en sus fiestas. Por eso, cuando hoy escuchas a Luis Miguel cantar la incondicional, o no sé tú o Hasta que me olvides, hay una capa de dolor en esa voz que la voz sola no explica.
Es el dolor de un hombre que carga desde los 11 años una galería de imágenes que se quedaron impresas en él mientras cantaba en el palacio griego del jefe de la policía mexicana. Don Juan vivía en la pantalla. Y el niño cantaba en el Partenón. Todo imperio construido sobre miedo tiene una enfermedad mortal incurable. Necesita que el miedo dure más que el hombre que lo administra.
Y eso casi nunca ocurre. Porque los hombres como Arturo Durazo, los reyes sin corona, los caciques con placa, no caen cuando dejan de ser feroces, caen cuando dejan de ser útiles. Y en 1982, querida amiga, Durazo dejó de ser útil. México entraba en uno de los peores años económicos de su historia moderna.
La deuda externa había explotado. El peso se devaluaba con la velocidad de un piano cayendo de un quinto piso. Las amas de casa veían como los precios de la canasta básica subían cada semana en las tienditas del barrio. El presidente López Portillo, el mismo Pepe de la banca de la colonia Roma, apareció en cadena nacional el 1 de septiembre de aquel 82 con una frase que México todavía no olvida.
Defenderé el peso como un perro. Días después el peso se hundía. La frase se convirtió en chiste nacional. El sexenio de López Portillo terminaba en la ruina y en el ridículo. Y con López Portillo terminaba el paraguas político, que durante 6 años había mantenido a flote a Arturo Durazo. El 1 de diciembre de 1982, un nuevo presidente tomó posesión.
Miguel de la Madrid Hurtado. De la Madrid llegaba con un eslogan que sonaba muy bien en un país hartos de los excesos del sexenio anterior. Renovación moral de la sociedad. Dos palabras, renovación moral. Para muchos mexicanos honestos, esas dos palabras eran una promesa. Para Arturo Durazo, esas dos palabras eran una sentencia.
Porque cuando un sistema necesita fingir que se está limpiando, lo primero que busca es a un pecador visible, a un símbolo, a un hombre cuya caída sirva para que el régimen anuncie con micrófonos que las cosas van a cambiar. Y Arturo Durazo era el pecador perfecto, demasiado obseno, demasiado conocido, demasiados enemigos acumulados durante 6 años de extorsiones, traiciones y desprecios.
Demasiados expedientes guardados por la propia DFS y por la Secretaría de Gobernación. Demasiados periodistas a punto de soltar historias. Durazo lo sintió antes de que lo dijeran. A finales de 1982, mientras de la Madrid todavía no había cumplido un mes en el cargo, Arturo Durazo se subió a un avión y huyó del país. Su primer destino fue Brasil.
¿Por qué Brasil, querida amiga? Por dos razones concretas, según los informes que después se desclasificarían. Razón uno, la nula relación diplomática de aquellos años entre Brasil y México facilitaba que cualquier solicitud formal de extradición se atorara durante años en burocracia. Brasil ofrecía protección de facto, sin necesidad de pedir asilo formal.
Razón dos, a Durazo, en Brasil lo esperaba un plan que parece guion de película mala. Iba a hacerse una cirugía plástica completa. Iba a cambiar la nariz, los pómulos, el contorno de la mandíbula. Iba a aclararse la piel hasta donde la medicina de los años 80 lo permitía. Iba a desaparecer físicamente al negro durazo y a reaparecer como otro hombre, otro nombre, otra cara, otro pasaporte.
Y en paralelo, según los informes de la Interpol y de la Secretaría de Gobernación, que después se filtraron, Durazo tenía un plan B todavía más ambicioso. Iba a conseguir reunirse en privado con el presidente Miguel de la Madrid. El plan, según los documentos, consistía en aprovechar una gira oficial que de la Madrid haría por Brasil en 1983.
El contacto sería al director del periódico Excelsior, Regino Díaz Redondo, hombre con acceso a Los Pinos y con relación previa con Durazo. La idea era que Díaz Redondo organizara un encuentro discreto en algún hotel de Sao Paulo o de Río de Janeiro, donde Durazo pudiera pedirle al nuevo presidente en persona el perdón presidencial.
La oferta de Durazo iba a ser concreta. Devolución de una parte importante del dinero, silencio absoluto sobre los nombres de los políticos y empresarios que habían recibido sobres durante los 6 años del sexenio anterior. A cambio, perdón, a cambio, archivo cerrado. A cambio, una vida tranquila en cualquier país. La reunión jamás ocurrió.
de la Madrid no quiso encontrarse con él, quizá porque políticamente le convenía más usar el caso Durazo como ejemplo público de su renovación moral, quizá porque el círculo más cercano del nuevo presidente le aconsejó que ese encuentro sería suicidio político, quizá simplemente porque ya no se necesitaba a Durazo para nada.
Y Durazo cometió, querida amiga, el error más grande de su vida de fugitivo. Decidió salir de Brasil. El 29 de junio de 1984, aeropuerto de San Juan, Puerto Rico. Un avión proveniente de Río de Janeiro descendía sobre la pista. A bordo viajaba un señor de unos 65 años con una nueva apariencia ligeramente distinta a la del negro durazo que México recordaba con pasaporte falso y con la calma de quien cree haberlo planeado todo.
Cuando el avión aterrizó y el señor bajó por las escalerillas con paso tranquilo, agentes del FBI lo estaban esperando al pie del avión. Lo identificaron por las huellas digitales que la Interpol había distribuido hacía meses. Lo esposaron en la propia pista, lo subieron a un coche oficial y lo trasladaron a una celda en San Juan.
El imperio del negro durazo se acababa, querida amiga, en una pista de aterrizaje de Puerto Rico. En el final no había ni escoltas, ni medallas, ni uniformes oficiales, solamente él, dos agentes gringos y unas esposas frías. Los cargos eran cuatro: fraude, contrabando, acopio de armas, abuso de autoridad.
Y aquí, querida amiga, hay un detalle que es importante recordar. Entre los cargos no estaba la masacre del río Tula. No estaba el asesinato de Armando Mogoyán Pérez, ni el de los 11 colombianos. No estaba la red de tortura de Tlaxquake, no estaba la fabricación de culpables inocentes. Estados Unidos solamente extraditó a Durazo por delitos económicos y por aquel principio del derecho internacional que ya te expliqué, el de la especialidad, la justicia mexicana.
Una vez que recibió al acusado en el reclusorio norte, solamente pudo procesarlo por aquellos cuatro cargos económicos. Durazo pasó 20 meses en cárceles estadounidenses mientras se peleaba la extradición. Lo trasladaban entre San Juan, Brooklyn, Texas, según iba avanzando el proceso. Durante ese tiempo, el FBI le sacó información, mucha sobre redes de narcotráfico que conectaban a la policía mexicana con cárteles colombianos en los años 70.
Esa información, querida amiga, iba a ser útil pocos meses después, cuando el agente de la DEA, Enrique Camarena, fuera secuestrado y asesinado en Guadalajara y Estados Unidos, necesitara reconstruir el mapa completo de la complicidad mexicana. En abril de 1986, finalmente Durazo fue extraditado a México.
Lo recibieron en el reclusorio norte de la Ciudad de México, la misma ciudad donde había mandado durante 6 años. La misma ciudad donde tenía despacho con vista a la avenida 20 de noviembre. La misma ciudad donde sus hombres habían torturado, desaparecido, extorsionado y ejecutado. Ahora la cruzaba en una camioneta blindada, esposado, con uniforme de preso, con el pelo cortado al ras, como un delincuente más.
Las fotografías de su llegada al reclusorio dieron la vuelta al país y en muchas casas mexicanas esa noche, gente que durante 6 años había vivido con miedo al uniforme, se permitió una pequeña sonrisa. Por una vez, querida amiga, el río Tula había devuelto al dueño del río. La sentencia fue de 16 años de prisión.
Cumplió poco menos de seis. Los abogados de Durazo, expertos en aprovechar cada resquicio legal, consiguieron que en 1992 saliera libre alegando problemas de salud, cáncer de colon, según el diagnóstico médico, edad avanzada, riesgo de muerte en prisión. salió y aquí está, querida amiga, una de las obsenidades más grandes de esta historia, una que casi nadie cuenta hoy.
Durazo no pasó los últimos años de su vida en la miseria, no vivió escondido, no murió arrepentido. Se fue a vivir a Acapulco, a una casa cómoda, con servicio doméstico, con vista al mar, con dinero suficiente para terminar sus días sin angustia. con su esposa Silvia Garza Saens a su lado con visitas ocasionales de sus hijos y nietos.
¿De dónde salía ese dinero? De lo que la justicia mexicana jamás pudo recuperar. Porque por mucho que la fiscalía persiguiera cuentas, propiedades y testaferros durante los años 80 y 90, la enorme mayoría de la fortuna del negro durazo, esa cifra de 1000 millones de dólares acumulada en 6 años, jamás apareció.
Estaba escondida en bancos extranjeros, en propiedades a nombre de prestanombres, en cajas de seguridad en Suiza, en Panamá. En las Bahamas, una telaraña tan compleja que ni los mejores investigadores fiscales lograron desarmar del todo. Durazo vivió como un señor jubilado de clase alta hasta su último día.
Y su último día, querida amiga, fue el 5 de agosto del año 2000. murió en Acapulco de cáncer a los 81 años en una cama tranquila, rodeado de familiares, sin un solo policía custodiando la puerta, sin un solo periodista intentando entrevistarlo en el último minuto, sin nadie obligándolo a responder antes de irse por los 12 cuerpos del río Tula.
A su funeral en la Ciudad de México asistió un anciano de barba blanca, ya muy enfermo, ya muy alejado de la política, que se había mantenido en silencio durante años. José López Portillo, Pepe, el amigo de la primaria, el de la banca de la colonia Roma, el que había firmado en 1976 el decreto que convirtió a Arturo Durazo, en general por capricho, fue a despedirse del compadre López Portillo moriría 3 años después, en febrero de 2004, y con él se enterraría también con candado el último o testimonio directo del pacto que se selló 40 años atrás en
una primaria de la colonia Roma entre dos niños con apellidos opuestos y puños complementarios. ¿Y qué pasó con el Partenón, querida amiga? El Partenón de Cihuatanejo fue expropiado en 1984 durante el sexenio de Miguel de la Madrid quedó bajo resguardo del gobierno federal. Después pasó al estado de Guerrero, después al fideicomiso de la bahía de Cihuatanejo.
Durante más de tres décadas, ese palacio griego sobre el Pacífico se fue convirtiendo en un esqueleto de concreto. Entraron los murciélagos a colgarse del techo, entraron los ladrones a llevarse los espejos. Entraron los grafiteros a marcar las columnas. Entró el polvo a cubrir el suelo.
Entró el viento salado del mar a oxidar los serrajes. Entró el abandono total. El portón monumental que había imitado al de los Pinos se cerró. Las jaulas de los tigres quedaron vacías. La discoteca para 1000 parejas se llenó de telarañas. El Zeus de bronce de 2 m desapareció. Robado por alguien que probablemente lo vendió por gramo de metal.
Y mientras tanto, la familia de Durazo, encabezada por su hijo Francisco Arturo Durazo Garza, libró una batalla legal de décadas para intentar recuperar la propiedad, como si un edificio construido con mano de obra forzada de policías pudiera convertirse por arte de un papel en herencia legítima. Esa batalla terminó en agosto de 2019.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación desechó la demanda de amparo del hijo de Durazo. La propiedad quedó definitivamente en manos del estado de Guerrero y el alcalde de Cihuatanejo de aquella época, Jorge Sánchez Alec, anunció algo que parecía justicia poética. El Partenón iba a convertirse en centro cultural.
Donde alguna vez hubo pactos oscuros, iban a abrirse salas de arte. Donde alguna vez corrió cocaína en bandeja, iban a colgarse cuadros. Donde alguna vez Durazo hizo cantar a un niño de 11 años, iban a hacerse conciertos abiertos al pueblo. No borra el pecado original, querida amiga. Nada lo borra. Ningún proyecto cultural devolverá a los 12 hombres del río Tula.
Ninguna restauración traerá de vuelta a Marcela Basteri. Ninguna sala de exposiciones reparará a Estela Pérez ni a los miles de víctimas anónimas de Tlaxcoaque. Pero algo es algo y al menos un palacio levantado con miedo dejará de servir al miedo. Llegamos al final, querida amiga. Y antes de despedirnos, vamos a regresar a donde empezamos, al río Tula.
a la orilla de un canal sucio en San José Coculco, Hidalgo, donde una tarde de enero de 1980 y dos unos campesinos contaron 12 cuerpos flotando en el agua. Imagínate ese río ahora, 44 años después, las aguas siguen bajando turbias. El olor del drenaje sigue pegado a la corriente, los carrizos siguen creciendo en la orilla, los campesinos siguen bajando cada tarde a revisar las parcelas.
El río sigue ahí y sigue devolviendo cosas. Cada vez que aparece un caso nuevo de policías mexicanos involucrados en una desaparición, ese río devuelve un cuerpo. Cada vez que un funcionario de seguridad pública es capturado con maletas de dinero, ese río devuelve un sistema. Cada vez que una madre como Estela Pérez denuncia a la institución que se llevó a su hijo y la institución la ignora, ese río abre la boca de nuevo y nos recuerda que el problema nunca fue solamente Durazo.
El problema, querida amiga, era el pacto. El pacto que dos niños sellaron en una banca de la colonia Roma alrededor de 1934. El pacto que un país callado permitió durante 6 años, entre 1976 y 1982. El pacto que un presidente firmó con pluma de tinta negra una mañana en Los Pinos para regalarle a su amigo un grado militar que jamás se había ganado.
pacto que se quebró parcialmente con la captura de 1984 en Puerto Rico, pero que jamás se cerró del todo porque los nombres de los políticos, los jueces, los empresarios y los periodistas que se beneficiaron de la red Durazo se enterraron junto con López Portillo y junto con todos los compadres que prefirieron el silencio.
Esos nombres nunca salieron a la luz. Esos cómplices se murieron tranquilos. Y por eso, querida amiga, esta historia duele. Duele por Armando Mogoyán, el taxista, que llevó a unos amigos al Estadio Azteca un domingo de junio y nunca regresó a casa. Duele por Estela Pérez, su madre, mesera del restaurante Buffet de Bucarelli, que pasó el resto de su vida buscando un nombre y una justicia que jamás llegaron completos.
Duele por los 11 colombianos. cuyo nombre la historia mexicana tampoco se molestó en recordar como personas. Duele por los 500 policías obligados a cargar piedra bajo el sol de Guerrero, mientras sus familias en la capital comían lo que podían. Duele por Marcela Basteri, una mujer italiana que solamente quería a sus hijos, atrapada entre un marido que la prostituía y un jefe policial que la usaba como divisa de pago.
Y duele, sobre todo por aquel niño de 11 años, peinado a la raya, con trajecito hecho a la medida, que cantaba con voz de ángel en el palacio griego del jefe de la policía mexicana, mientras allá arriba pasaba lo que pasaba. un niño que cargó esa galería de imágenes hasta el último día de su vida adulta.
Un niño que se llamaba Luis Miguel. La placa pesa más que la pistola cuando el que la lleva responde al amigo del presidente. Y el río Tula nunca devuelve un solo cuerpo, devuelve un sistema. Si esta historia te conmovió, querida amiga, si te hizo entender mejor por qué Luis Miguel adulto se convirtió en un hombre tan hermético, si te dieron ganas de volver a escuchar sus canciones con otros oídos, te pido tres cosas pequeñitas.
Un me gusta a este video para que YouTube empuje historias contadas con respeto y con nombres reales. Un comentario abajo contándome qué tanto sabías de la historia del negro durazo y si te sorprendió la conexión con Luis Miguel. Y sobre todo, suscríbete al canal porque aquí en La Fama Cobra vamos a seguir contando lo que las biografías oficiales no se atreven.
La próxima semana otra historia, otro nombre grande, otra factura impagable. Hasta entonces, querida amiga, cuídate mucho y acuérdate siempre, en este país, la placa pesa más que la pistola cuando el que la lleva responde al amigo del presidente. Y el río Tula nunca devuelve un solo cuerpo, devuelve un sistema. M.