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EL HACENDADO CABALGABA CON SU PROMETIDA… HASTA QUE VIO EMBARAZADA A LA MUJER QUE CREYÓ HABER PERDIDO

EL HACENDADO CABALGABA CON SU PROMETIDA… HASTA QUE VIO EMBARAZADA A LA MUJER QUE CREYÓ HABER PERDIDO

Cabalgaba con la prometida a la grupa rumbo a la capilla donde en tres semanas iban a casarse. En la curva del arroyo seco, una mujer agachada juntaba leña. Alzó los ojos verde grises, no los bajó. Entonces él vio el vientre de 7 meses. La tarde de octubre caía sobre el valle de las espinas con esa luz amarilla y seca que en esa época del año hacía parecer que todo, los pastos, los muros de adobe, hasta la piel de los caballos, estuviera cubierto de un polvo viejo.

Joaquín Aguirre Lazano, cabalgaba al paso por el camino que bordeaba el arroyo seco. Con Leonor Bracamonte iriarte a la grupa. las manos enguantadas de ella, apoyadas apenas en su cintura, como si tocarlo más de la cuenta fuera una falta de educación. El caballo era un tordillo viejo, manso, que conocía aquel sendero de memoria.

Joaquín lo dejaba andar sin apuro. Faltaban tres semanas para la boda, tres semanas para que el padre Fulgencio los bendijera frente al altar de la capilla del valle. Y antes de eso había todavía una cantidad ridícula de cosas por resolver. El contrato del ganado nuevo, la reparación del techo del granero grande, la lista de invitados que la madre de Leonor mandaba corregida cada dos días desde la capital.

Joaquín pensaba en todo eso al mismo tiempo y en nada al mismo tiempo. Cabalgar le servía para eso. ¿El vestido te lo llegó por fin? Preguntó él sin volverse. Llegó ayer. Mi madre lloró cuando lo abrió. Yo no. ¿Por qué no? porque era de seda francesa y yo estaba pensando en otra cosa. Él sonrió apenas.

Leonor tenía esa costumbre de responder a una pregunta con dos frases que no terminaban de cerrar, como si dejara una puerta abierta para que el otro entrara o no. Joaquín casi nunca entraba, no por desinterés, al menos eso se decía a sí mismo, sino porque no tenía la energía de descifrar mujeres educadas. Las palabras de Leonor eran siempre de seda, también costaba agarrarlas.

¿En qué pensabas? En nada importante, Joaquín. En que va a hacer calor el día de la boda a hacer calor. Lo sé. El camino se estrechaba a medida que se acercaban a la curva donde el arroyo, cuando todavía corría agua hacía ya muchos veranos, hacía una vuelta cerrada antes de perderse entre las piedras. Más adelante, el sendero subía hacia la capilla y desde ahí se veía todo el valle abierto como una palma de mano.

A Joaquín le gustaba ese punto del camino. Lo había recorrido desde niño, primero detrás de su padre, después detrás de su tío don Cipriano, y después solo. Las últimas veces siempre solo. Apretó las riendas sin darse cuenta. El tordillo levantó la cabeza extrañado. “Pasa algo”, dijo Leonor. “Nada. una piedra.

No había ninguna piedra, había una mujer. Estaba agachada en el borde del sendero, recogiendo ramas secas y atándolas con un trozo de cordel vasto, vestido gris plomo desteñido, delantal remendado, sandalias de cuero crudo, una de ellas con la correa rota y sostenida con un alambre fino, trenza gruesa, castaña oscura cayéndole por la espalda.

Joaquín la miraba desde arriba del caballo a unos 10 metros y sentía que el aire de octubre se le había metido en los pulmones y no quería salir. La mujer no había levantado los ojos todavía estaba inclinada sobre la leña y la inclinación dejaba ver bajo el delantal una redondez que no era de delantal. Joaquín, la voz de Leonor le llegó desde muy lejos, como desde el fondo de un pozo. Él no respondió.

La mujer terminó de atar el asas. se enderezó despacio con esa lentitud cuidadosa de las mujeres que cargan un peso por dentro. Cargó las ramas contra la cadera izquierda con un movimiento que demostraba costumbre. Y entonces, solo entonces, alzó la cara. Los ojos verde grises. Joaquín conocía esos ojos. Los había visto reír, los había visto cerrarse, los había visto en una luz de candil dentro de un cuarto que olía a jabón nuevo y a lana sin teñir hacía ya 9 meses.

Los había visto después, en un sueño que había tenido tres veces, en el que él llegaba tarde a algún sitio y ella ya no estaba. Esos ojos lo miraron ahora desde el camino del arroyo seco. No bajaron, no se sobresaltaron, no hicieron el gesto de la sirvienta humilde que reconoce al patrón y aparta la cara. Lo sostuvieron 3 segundos largos, 3 segundos que para Joaquín fueron 3 años.

Y después la mujer giró el cuerpo con cuidado, equilibrando el az de leña, y siguió caminando hacia el otro lado del sendero, hacia el rumbo que llevaba a la parte más seca del valle, donde casi nadie pasaba. Joaquín, ¿te sientes mal? Leonor se había bajado del caballo. Joaquín no había notado el momento en que ella había desmontado.

Estaba parada al lado del tordillo mirándolo desde abajo, con la falda de amazona color rosa pálido, manchada de polvo en el ruedo. Tenía la frente arrugada en una pregunta que no terminaba de formular. Estoy bien. No estás bien. ¿Estás blanco? Estoy bien, Leonor. Ella no insistió. Esa era otra de sus costumbres, no insistir, esperar, mirar de costado, dejar que la otra persona se delatara sola.

Joaquín bajó del caballo también, más por sacarse de encima la altura desde la que había visto a la mujer que por otra cosa. Sintió las piernas raras cuando tocaron el suelo, como si llevara mucho rato sin caminar. “Leonor, dime, vuelve a la hacienda.” Lo dijo así, sin envoltura, sin la cortesía habitual. Leonor se quedó un instante en silencio.

Joaquín no la miraba. Miraba la curva del camino por donde la mujer del vestido gris se había ido, aunque ya no se veía nada, solo el polvo amarillo asentándose otra vez en el aire. ¿Qué pasa, Joaquín? Nada. Vuelve a la hacienda. Yo vuelvo después. ¿Por qué? Porque te lo pido. Hubo otro silencio. Esta vez más largo.

Joaquín se obligó a girar la cara y a mirarla y vio una cosa que después, mucho después, no iba a poder olvidar. Leonor no estaba sorprendida, estaba cansada. Era la cara de alguien que recibe una noticia que estaba esperando hacía meses, sin saber que la estaba esperando. El canto izquierdo de la boca de ella, ya naturalmente un poco más bajo que el derecho, se inclinó 1 milímetro más.

No fue tristeza, fue otra cosa. Fue el gesto de quien afloja por fin una cuerda que tenía tensa por dentro hacía demasiado tiempo. Está bien, dijo Leonor. Toma el caballo. Yo vuelvo a pie. Está bien, Joaquín. Y entonces ella hizo algo que él no esperaba, levantó la mano enguantada y le tocó la mejilla. No fue una caricia, fue una despedida.

Tres dedos finos, apenas un instante sobre la piel, sin afeitar de él. Leonor montó sin ayuda. Con esa habilidad antigua de quien aprendió a montar antes que a leer, acomodó la falda de Amazona sobre la silla y giró el tordillo hacia el lado de la hacienda. Antes de espolear, se volvió una última vez. Joaquín, dime. Cualquiera sea la verdad, no me mientas cuando vuelvas.

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