Posted in

El día que Silvia Pinal humilló a Verónica Castro — Su respuesta dejó al foro Helado tl  

El día que Silvia Pinal humilló a Verónica Castro — Su respuesta dejó al foro Helado tl  

Había algo en el aire esa mañana que los veteranos del foro siempre recordarían. No era el calor de los reflectores, no era el ruido del público acomodándose en sus lugares, no era el movimiento habitual de camarógrafos y productores corriendo de un lado a otro. Era otra cosa, algo invisible, algo que se siente en la piel antes de entenderlo con la cabeza. Tensión.

La clase de tensión que solo existe cuando dos fuerzas enormes están a punto de encontrarse en el mismo espacio. Antes de continuar, no olvides suscribirte al canal para seguir escuchando más historias como estas. El programa era uno de los más vistos de la televisión mexicana. Esa tarde habían convocado a dos mujeres que juntas representaban décadas de historia del espectáculo nacional.

 dos leyendas, dos reinas, dos mundos completamente distintos que por razones que el público nunca terminó de entender del todo, nunca habían ocupado el mismo escenario al mismo tiempo. Hasta esa tarde, Verónica Castro llegó primero. Lo hacía siempre así, puntual, profesional, con esa sonrisa amplia que México aprendió a amar desde que era una niña en las telenovelas.

 saludó a todos, al personal de producción, a los maquillistas, a los tramollistas. Preguntó los nombres de quienes no conocía, se los repitió en voz alta para memorizarlos. Esa era Verónica, cercana, humana, sin poses. Silvia Pinal llegó 20 minutos después y cuando Silvia Pinal entraba a un lugar, el lugar cambiaba, no porque ella lo buscara, sino porque así era.

 décadas de cine, de teatro, de una carrera que la había llevado a trabajar con Luis Buñuel, con los más grandes directores del siglo XX, habían construido alrededor de ella una presencia que era difícil de ignorar, elegante, distante, imponente. Las dos mujeres se saludaron. Fue un saludo correcto, educado, el tipo de saludo que los actores aprenden a dar cuando la cámara puede estar grabando en cualquier momento.

 Dos besos en el aire, una sonrisa medida nada más. Pero en ese instante, en ese brevísimo intercambio, algo ocurrió. Algo que las personas que estaban cerca del foro notaron, pero no supieron nombrar. Un destello en los ojos de Silvia, una fracción de segundo en que la máscara de la elegancia se corrió apenas un milímetro y debajo algo viejo, algo que llevaba tiempo guardado.

Nadie lo mencionó. El programa tenía que comenzar. Las cámaras estaban listas, el público esperaba y las dos mujeres más poderosas del espectáculo mexicano tomaron asiento una al lado de la otra con la distancia exacta de quien sabe que la guerra no se declara, simplemente empieza. Lo que nadie en ese foro sabía era que esa tarde no iban a presenciar una entrevista, iban a presenciar algo que México no había visto en mucho tiempo, la verdad, sin editar de dos mujeres que habían construido imperios sobre el escenario y habían pagado precios

altísimos, muy altísimos, por esa grandeza. Para entender lo que pasó esa tarde, hay que entender quiénes eran estas dos mujeres antes de ser leyendas, porque las leyendas no nacen leyendas, se construyen y casi siempre se construyen sobre ruinas. Silvia Pinal nació en 1931 en Guaimas, Sonora. Creció en una familia sin dinero y con poco futuro asegurado.

 Desde pequeña tuvo claro que quería actuar, pero querer no alcanza cuando el mundo está diseñado para decirte que no. Llegó a la ciudad de México con lo justo. Tocó puertas que tardaron en abrirse. Trabajó sin descanso en proyectos pequeños, en papeles que no la merecían, en una industria que en aquellos años era tan despiadada con las mujeres como el resto del mundo.

 Pero Silvia tenía algo que no se enseña ni se compra, una presencia, una inteligencia actoral que los directores más exigentes terminaban reconociendo. Y cuando Luis Buñuel la eligió para protagonizar Viridiana en 1961, el mundo entendió que estaba frente a una actriz de una categoría diferente. La película ganó La Palma de Oro en Can. Silvia Pinal era ya una figura internacional.

Después vinieron el ángel exterminador Simón del Desierto, una filmografía que hasta hoy es estudiada en las escuelas de cine más importantes del mundo. Silvia Pinal no era solo una estrella mexicana, era parte de la historia del cine universal. Pero el cine no lo era todo. Silvia construyó también una carrera en el teatro, en la televisión, en la política.

 Fue diputada, produjo obras que marcaron generaciones. Levantó un teatro conund su nombre y lo hizo mientras era madre, mientras era esposa, múltiples veces, mientras atravesaba pérdidas que habrían destruido a cualquier persona común. Verónica Castro, en cambio, llegó al mundo del espectáculo por otro camino. Nació en 1952 en la Ciudad de México, también desde joven, también con sueños más grandes que los recursos disponibles.

Pero su ascenso fue diferente. Fue la telenovela, fue Los ricos también lloran. Esa historia que en los años 80 no solo conquistó México, sino que cruzó fronteras de una manera que nadie había previsto. Rusia entera lloró con Mariana Villarreal. Literalmente Verónica se convirtió en un fenómeno de masas de una escala que pocas figuras del entretenimiento latinoamericano han alcanzado.

Pero con esa masividad vino también la etiqueta. El mundo del cine de autor, el mundo de la crítica sofisticada, el mundo que admiraba a Silvia Pinal, no siempre trató a Verónica con el mismo respeto. Era popular, demasiado popular, según algunos, como si el amor del pueblo fuera una forma de vulgaridad. dos mujeres, dos carreras extraordinarias, dos México distintos mirándose a la cara en un foro de televisión y una historia entre ellas que muy poca gente conocía en su totalidad.

Lo que muy pocos saben es que Silvia Pinal y Verónica Castro no eran extrañas, no eran dos mujeres que se encontraron por primera vez esa tarde frente a las cámaras. tenían historia, una historia larga, complicada, con momentos de admiración genuina y con momentos de una rivalidad que ninguna de las dos había pedido, pero que la industria se encargó de alimentar durante años.

 En el mundo del espectáculo mexicano de las décadas del 70 y del 80, las comparaciones eran inevitables. Los periodistas las buscaban, los productores las provocaban. La pregunta de quién era la reina del espectáculo mexicano era un negocio redituable para las revistas y los programas de chismes. Y cuando hay un negocio armado sobre la rivalidad de dos personas, alguien siempre termina pagando el precio.

 Hubo una ocasión años antes de esa tarde en el foro en que los caminos de ambas se cruzaron en un evento importante. No hubo escándalo público, no hubo enfrentamiento, pero quienes estuvieron presentes dijeron que el ambiente era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Dos reinas en el mismo espacio, dos equipos en guardia, dos mujeres que sonreían para las fotos mientras sus ojos decían algo completamente diferente.

Read More