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Camilo Sesto: La Soledad Y El Final Que Rompió A Todos

Camilo Sesto: La Soledad Y El Final Que Rompió A Todos

Imagina esto. Un camerino en Madrid no importa exactamente qué año. Puede ser 1978, puede ser 1985, puede ser 1999. El año no cambia lo que hay en esa habitación. Hay un espejo grande con bombillas alrededor, de las que se calientan y hacen que el aire huela a polvo quemado. Hay flores en un jarrón que alguien trajo antes del concierto y que ya empiezan a doblar los pétalos.

Hay un vaso de agua a temperatura ambiente sobre una mesa de madera y hay un hombre sentado con el traje de actuación todavía puesto, el cuello de la camisa abierto, el maquillaje ya un poco desdibujado por el sudor de 2 horas de escenario. Afuera o ya en el metro o ya en sus casas, 20,000 personas están procesando lo que acaban de vivir.

20,000 personas que lloraron, que gritaron, que se agarraron de la mano de quien tenían al lado, que en algún momento de esa noche sintieron que una canción les decía exactamente lo que ellas no habían sabido decirse. Y él está sentado solo con ese silencio específico que solo existe en el interior de algo que acaba de estar lleno y ya no lo está.

No hay un documento que pruebe exactamente esa escena, no hay una fotografía de ese momento concreto, pero hay algo que sí está documentado. en testimonios dispersos, en entrevistas a músicos y colaboradores recogidas a lo largo de los años, en declaraciones de personas que estuvieron cerca de Camilo VI en distintas etapas de su vida, que el hombre más escuchado en español de su generación, el artista que probablemente vendió más discos en castellano que ningún otro en toda la historia del pop romántico.

era descrito por quienes lo conocían de verdad como alguien profundamente solo. No solo en el sentido de estar sin compañía, solo en el sentido más difícil, en el sentido de estar rodeado de todo y aún así separado de algo fundamental que nunca terminó de encontrar. Hoy vamos a hablar de Camilo Sexo, pero no del que ya conoces de los obituarios, ni de los grandes éxitos recopilados, ni de los homenajes póstumos donde todo queda lindo y ordenado.

Vamos a hablar del hombre que había debajo de todo eso, del que construyó un mito tan descomunal que terminó viviendo dentro de él como dentro de una catedral vacía, con toda la arquitectura intacta, con toda la grandeza visible, pero sin calor humano real circulando por las paredes. Vamos a hablar de la dualidad que nadie quería nombrar en voz alta mientras él vivía.

de las contradicciones que se ven cuando mira su historia sin la niebla del homenaje y de por qué su final dejó a tanta gente con esa sensación extraña de que algo se había roto de una forma que no admitía reparación. Y te hago tres promesas ahora mismo, antes de empezar. La primera, antes de que termine este video vas a entender por qué alguien tan inmenso podía sentirse tan pequeño y cómo esa contradicción no es una paradoja, sino una consecuencia lógica de todo lo que él construyó.

La segunda, hay tres momentos en esta historia, tres giros concretos que cambian completamente cómo se lee todo lo anterior. Te los voy a dar a lo largo del video, escalonados, porque cada uno depende de lo que lo precede. La tercera, no voy a caer en el morvo. Esta historia no necesita escándalo para ser devastadora. Le basta con ser verdad.

Nadie canta así si por dentro está en paz. Guarda esa frase, va a volver muchas veces y cada vez va a significar algo diferente. Camilo Blanes Cortés nació el 16 de septiembre de 1946 en Alcoy, una ciudad de la provincia de Alicante que en aquella posguerra española todavía llevaba en el cuerpo las cicatrices de los años anteriores.

No era un lugar de glamur, era una ciudad industrial con fábricas textiles que marcaban el ritmo de las semanas, con familias que vivían con una austeridad que no era elegida, sino impuesta, con ese color gris específico que tenía España en los años 40 y 50. el gris de la reconstrucción lenta, del hambre administrada, del miedo que no siempre tenía nombre, pero estaba en todas partes.

En ese contexto nació Camilo y ese contexto importa porque las personas no son solo lo que eligen ser, también son lo que el mundo en el que llegaron les enseñó a necesitar. Su padre, Benjamín Blanes, era músico. Tocaba en orquestas locales, en bailes, en los lugares donde la música era un oficio discreto y respetable, pero no exactamente un camino hacia ninguna forma de gloria.

Eso pone en Camilo, algo desde muy temprano que muchos artistas de su generación no tenían, la certeza de que la música era posible, no como sueño abstracto, sino como ejercicio cotidiano, como algo que se hacía con el cuerpo y con las horas y que pagaba modestamente las facturas. Eso le dio a Camilo una relación con la música que era más seria, más técnica, más artesanal que la de muchos de sus contemporáneos que llegaron al popar o por el golpe de fortuna.

Desde muy pequeño, Camilo cantaba y lo que cuentan las personas que lo conocieron en esa época, vecinos, compañeros de colegio, gente del entorno familiar que con los años habló de él para publicaciones locales y documentales, es que su voz no encajaba con su edad ni con su tamaño, que cantaba con una naturalidad que desconcertaba, como si la voz le saliera sin esfuerzo, sin artificio, como si fuera simplemente la manera más directa que tenía de expresar algo que de otra forma no sabía cómo articular.

Eso es importante porque a lo largo de toda su vida ese patrón se repetiría. Camilo encontraba en la voz lo que no encontraba en el lenguaje ordinario. Lo que él mismo dijo sobre su infancia en las distintas entrevistas que dio a lo largo de los años es significativo por lo que incluye y sobre todo por lo que no incluye.

habló de Alcoy con respeto, con el tipo de respeto educado que tienen las personas por los lugares de los que salieron y que no echarían de menos si no volvieran. No había nostalgia en ese tono, había distancia. La sensación que varios periodistas que lo entrevistaron en profundidad mencionaron después de que ese capítulo estaba cerrado por decisión propia y no por satisfacción, que Alcoy era el punto de partida, no el punto de referencia, y que lo que Camilo necesitaba, lo que lo movía desde dentro, era exactamente salir de ahí.

Con poco más de 20 años tomó una decisión que en la España de los años 60 tenía una dimensión casi temeraria. se fue a Madrid solo, sin red, sin contactos significativos, sin dinero suficiente para equivocarse. Muchas veces se instaló en pensiones baratas en el centro de una ciudad que entonces era más pequeña y más difícil que hoy.

Cantó en sitios pequeños, tocó puertas, vivió ese periodo que todos los artistas conocen antes de ser artistas. el periodo en el que nadie sabe todavía quién eres y tú tampoco estás del todo seguro de que valga la pena seguir intentándolo. Ese periodo en el que la única razón para continuar es una convicción interna que no tiene todavía ningún dato externo que la respalde.

Y lo que vino después no fue suerte o no fue solo suerte. En 1969, Camilo Blanes firmó con Ariola y adoptó el nombre artístico que lo acompañaría para siempre, Camilo VI. Los primeros años fueron de crecimiento sostenido, de singles que iban calando de una presencia en los medios que se construía ladrillo a ladrillo.

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