¿Se imagina usted lo que sintieron las familias de esos distritos el día que entendieron que por fin el miedo iba a empezar a cambiar de bando? Y entonces en 2022 todo eso cambió de raíz. Bukele ordenó el régimen de excepción y por primera vez en mucho tiempo el Estado dejó de pedir permiso para entrar a los territorios que la Mara consideraba suyos.
Bajo esa medida fueron capturados precisamente los 112 miembros de los molinos locos salvatruchos. No de un día para otro, no por arte de magia, con seguimiento, con investigación, con la maquinaria del Ministerio Público, armando el caso pieza por pieza, hasta poder sentarlos a todos juntos frente al Tribunal Segundo contra el crimen organizado de San Miguel.
Y entre todos esos nombres había uno que cargaba el rango devoy del grupo que se llevó la pena máxima de 45 años, el que en las calles del oriente conocían como el soviético. Lo que se sabe de cómo cayó él y los otros 29 de su mismo rango es lo que termina de explicar por qué este caso pesa tanto. Pero antes de llegar ahí, hay que entender bien cómo se sostiene un caso así, porque ese es el verdadero giro de esta historia.
Meter preso a un pandillero por un delito puntual ya es difícil. Demostrarle a un tribunal que 112 personas pertenecieron y permanecieron dentro de una misma estructura criminal durante años y que cada una tenía un rango específico dentro de ella. Eso es otra cosa. Eso requiere paciencia, requiere cruzar información, requiere armar un rompecabezas donde cada pie se encaja con la siguiente.
La Fiscalía dice que llevó a esa audiencia única prueba documental, prueba pericial y prueba testimonial, todo junto, todo sobre la mesa, para que el tribunal no tuviera por dónde dudar. Y todo apunta que esa fue exactamente la clave de que ninguno de los 112 se les escapara entre los dedos. Quédese porque ese detalle de cómo se armó el caso es justo la pieza que casi nadie ha contado y es la que sostiene todo lo demás.
Lo que sí le puedo adelantar es que la caída de esta clica no fue un golpe de suerte ni un operativo improvisado de una noche. Fue el resultado de un cerco que se fue cerrando despacio en silencio, mientras ellos seguían creyéndose intocables en sus distritos del oriente, cobrando, mandando, decidiendo quién dormía tranquilo y quién no.
Ninguno se imaginaba que el día llegaría en que se verían los 112 juntos en una misma sala, escuchando como un juez les iba poniendo número y años a cada rango. Porque lo que la fiscalía sacó a la luz en esa audiencia, rango por rango, empezando por los onboys de los 45 años, es lo que de verdad destapa cómo funcionaba esta estructura por dentro.
Y eso, fíjese usted, es justo donde empieza lo más fuerte de todo. Y aquí viene la parte que de verdad cuesta entender la primera vez que uno la escucha, porque va contra todo lo que vimos durante 30 años en este país. Lo más fuerte de este caso no fue un balazo, ni una persecución de película, ni un soplón cantando en la madrugada.
Lo más fuerte fue algo mucho más callado y mucho más demoledor. El Estado logró demostrarle a un tribunal que 112 personas pertenecieron a una misma estructura criminal, cada una con su rango, y lo probó pieza por pieza hasta que no quedó por dónde escaparse. No cayó un pandillero, cayó la clica completa como organismo de arriba a abajo.
Y para entender por qué eso es tan demoledor, hay que ver cómo el fallo se paró a esos 112 uno por uno, según el peso que cargaba dentro de la mara. Porque la sentencia no fue un saco donde se metió a todos por igual, fue al revés. El Tribunal Segundo contra el Crimen Organizado, juez UN de San Miguel, aplicó el artículo 345 del Código Penal, inciso segundo y tercero, que establece que a cada pandillero se le castiga según el rango que ocupaba dentro de la organización.
Y ahí está lo quirúrgico del asunto. 30 on boys, los miembros plenos, los de más arriba se llevaron 45 años cada uno. 12 chequeos los que venían subiendo, 40 años y 39 paros más 31 colaboradores los que sostenían la maquinaria desde la sombra. 30 años cada uno. Cada quien pagó por lo que era dentro de la estructura, no por azar.
¿Y sabe usted lo que significa que un tribunal pueda probar el rango exacto de cada uno de 112 acusados sin confundir a un colaborador con un onboy? No se despegue, porque aquí es donde aparece el nombre que da título. A todo esto, entre esos 30ys que se llevaron la pena máxima de 45 años estaba el que en las calles del oriente conocían como el soviético.
Onboy quiere decir miembro pleno de los que ya no se están probando, de los que mandan dentro de la clica y responden por el territorio. No era un recadero, no era un vigía de esquina. Según la fiscalía, cargaba uno de los rangos más altos de toda la estructura. y por eso su nombre encabeza la lista de los que no van a volver a pisar la calle en mucho, mucho tiempo.
Quédese porque lo que explica de verdad cómo se sostuvo este caso entero no es un solo nombre, sino la forma en que la fiscalía amarró a los 112 a la vez. Y fíjese usted en lo difícil que es eso. Meter preso a alguien por un homicidio concreto con un cuerpo y un arma ya es complicado.
Pero demostrarle a un juez que 112 personas pertenecieron y permanecieron dentro de una misma clica durante un periodo largo del 2018 al 2023, según lo que estableció el proceso y que cada una tenía un cargo dentro de ella. Eso es harina de otro costal. Para eso, la Fiscalía dice que llevó a la audiencia única tres clases de prueba: documental, pericial y testimonial, todo junto, todo sobre la misma mesa para que el tribunal no tuviera ni una rendija por donde dudar.
Y yo le voy a ser sincero, cuando uno entiende el trabajo de hormiga que hay detrás de armar un expediente, así se da cuenta de que esto no fue suerte, fue método. Y eso precisamente es lo que durante 30 años nunca se hizo en este país y es lo que terminó cambiándolo todo. Porque párese a pensarlo un momento, durante décadas lo normal era que estas estructuras se rieran del sistema.
Un cabecilla entraba a la cárcel y desde adentro seguía mandando como si nada. Los testigos se echaban para atrás, los expedientes se perdían y la clica seguía cobrando renta en el mismo barrio donde supuestamente acababan de capturar a su jefe. Lo que pasó con los molinos locos albatruchos rompe ese molde de raíz.
No se trató de quitar una cabeza y dejar el cuerpo vivo. Se trató de probar que el cuerpo entero era el delito y de juzgarlo completo. ¿No le parece a usted que después de tantos años viendo cómo se les escapaban de las manos, ver caer a una clica entera de un solo golpe tiene algo de desquite histórico? Pero esto todavía no termina aquí ni de cerca, porque una cosa es ganar el caso en la sala frente al juez y otra muy distinta es cómo llegaron esos 112 a estar sentados ahí en primer lugar.
Y ahí hay una pieza que casi nadie está contando bien, una pieza que no se ve en el comunicado, pero que lo explica todo. Ninguno de estos hombres habría llegado nunca a ese tribunal sin la decisión política que rompió la inacción de 30 años. Y más adelante, en unos momentos, le voy a contar exactamente qué fue lo que hizo posible que el estado por fin pudiera entrar donde antes no se atrevía.
No se vaya, porque esto es clave. Esa pieza tiene nombre, el régimen de excepción que Bukele ordenó en 2022. Antes de eso, entrar a los territorios que la Mara consideraba suyos en esos distritos del oriente era casi imposible para las autoridades. La clica controlaba quién pasaba, quién hablaba, quién veía y quién se quedaba callado.
Con el régimen de excepción, según se ha reportado, el estado dejó de pedir permiso y bajo esa medida fueron capturados precisamente los 112 miembros de los molinos locos albatruchos. No fue un solo día, no fue un solo operativo de película, fue una red que se fue cerrando captura tras captura hasta tenerlos a todos.
No se despegue, porque la forma en que se fue armando ese cerco despacio y en silencio es de las cosas que más rabia y más alivio dan al mismo tiempo. Imagínese la escena desde el otro lado, desde la maquinaria del estado trabajando en silencio. Mientras la clica seguía creyéndose dueña de esos distritos, cobrando, mandando, decidiendo, el Ministerio Público iba juntando piezas.
Cada captura aportaba un dato. Cada dato amarraba a otro nombre. Cada nombre llenaba un casillero del rango que ocupaba dentro de la estructura. Meses de cruzar información, de levantar pruebas, de reconstruir quién era quién dentro de la mara. Y ellos, mientras tanto, sin enterarse de que el círculo se les estaba cerrando. ¿Se imagina usted lo que debió sentir esa gente de las colonias, la que pagó renta y bajó la mirada durante años, el día que empezó a ver que los intocables ya no eran tan intocables? Y entonces llegó el punto en que todo el trabajo de
hormiga estuvo listo. El expediente completo, los 112 identificados con su rango, la prueba documental, pericial y testimonial ordenada y lista para presentarse. Lo que durante años fue un rompecabezas regado por todo el oriente del país, quedó armado entero encima de la mesa del Ministerio Público. La maquinaria que Bukeleté puso en marcha había hecho su parte.
Ahora le tocaba a la justicia poner la suya. Todo apunta a que en ese momento ninguno de los molinos locos salvatruchos imaginaba lo que estaba a punto de caerles encima. No se mueva, porque lo que pasó cuando por fin lo sentaron a los 112 frente al tribunal es justo lo que veníamos esperando desde el principio, porque después de tantos años de impunidad, después de tanto miedo guardado en esas colonias del oriente, el día de la cuenta por fin se acercaba.
Todo lo que se construyó, pieza por pieza, captura por captura, prueba por prueba, estaba a punto de converger en una sola sala, frente a un solo juez en una sola audiencia donde 112 nombres iban a escuchar uno por uno lo que les esperaba. El cuento se estaba acabando para los molinos locos albatruchos y ellos todavía no lo sabían del todo porque lo que ocurrió en esa sala y a donde fueron a parar después estos 112 es exactamente lo que viene a continuación y es la parte que de verdad cierra esta historia. Los 112 miembros
de los molinos locos albatruchos, los mismos que durante un lustro se creyeron dueños y señores de Usulután, de Tecapán, de Osatlán, terminaron sentados juntos en una misma sala frente a un solo tribunal, no en una esquina dando órdenes, no en una casa contando renta, sentados en silencio esperando que un juez decidiera el resto de sus vidas.
Y lo primero que cambió esa mañana, antes incluso de que hablara el juez, fue algo que se notaba con solo mirarlos, porque párase a pensar en el contraste, qué es lo que de verdad le pone a uno la piel de gallina. Estos eran los que mandaban, los que decidían quién abría su negocio y quién no, quién caminaba tranquilo y quién no, quién dormía esa noche sin miedo.
Y ahí estaban ahora todos, sin un arma, sin un teléfono, sin un territorio, sin nadie a quien darle órdenes. El poder que habían construido a base de miedo se les quedó afuera de esa sala en la puerta y ya no iba a volver a entrar. ¿Se imagina usted lo que sintieron las víctimas de esos distritos al saber que los intocables por primera vez no tenían a donde correr? No se despegue, porque aquí es donde todo el trabajo de años se puso sobre la mesa.
La fiscalía llevó a esa audiencia única lo que había venido armando pieza por pieza, la prueba documental, la pericial y la testimonial. Todo ordenado, todo amarrado, 112 nombres con su rango anotado al lado. No fue un discurso, no fue una promesa, fue un expediente que demostraba pertenencia y permanencia dentro de la estructura criminal a lo largo de los años.
Y ante eso, según lo que estableció el proceso, el tribunal no encontró rendija por donde dudar. Quédese porque lo que vino después fue el momento exacto en que el cuento se les acabó a los molinos locos. salvatruchos, uno por uno. Y entonces empezó a hablar el juez. Imagínese el peso de ese instante. Una sala llena, 112 hombres escuchando y una voz leyendo despacio lo que el Estado había logrado probar contra cada uno.
No había gritos, no había brabatas, no había el mss hasta la muerte que tantas veces habían usado para meter miedo. Había silencio. El mismo silencio que durante años les impusieron ellos a barrios enteros, ahora les caía encima a ellos. El que durante 30 años fue el silencio del miedo, esa mañana se convirtió en el silencio de la cuenta que por fin llegaba.
El Tribunal Segundo contra el crimen organizado, juez UN de San Miguel, aplicó el artículo 345 del Código Penal y repartió las penas según el rango de cada quien dentro de la Mara. Y aquí es donde los números se vuelven definitivos. 30 on boys, los miembros plenos, los de más arriba, 45 años de cárcel cada uno, 12 chequeos, 40 años, 39 paros y 31 colaboradores.
30 años cada uno, rango por rango, nombre por nombre, sin excepciones. Y sabe usted lo que significa para una clic entera que se lleven presos a todos sus mandos de un solo golpe entre esos 30 de la pena máxima estaba el que conocían como el soviético, 45 años. El rango más alto, la condena más dura, el mismo que en los distritos del oriente cargaba con uno de los cargos de mayor peso dentro de la clic.
Ese día dejó de ser un nombre que se decía en voz baja por miedo y pasó a ser un número en una sentencia. La cabeza del grupo fuera de circulación. Y no solo él, los 30 on boys, toda la capa de mando cayendo a la vez. Y eso, fíjese usted, es justo lo que abre la pregunta más importante de toda esta historia, porque 45 años no es una frase, es casi medio siglo, es ver pasar la vida entera detrás de un muro.
Para un hombre acostumbrado a que su palabra fuera ley en la colonia, no hay castigo más duro que volverse. De golpe, absolutamente irrelevante, el que decidía quién pagaba y quién no, ahora no decide ni a qué hora se levanta. Y cuando el que cae no es uno solo, sino toda la cúpula de la estructura, lo que se viene abajo no es un hombre, es el andamiaje completo que sostenía el miedo en esos distritos.
¿Usted cree que una clica puede sobrevivir cuando le arrancan de una sola vez a todos los que la mandaban? No se vaya, porque dicen los que conocen estos procesos que el cambio en esa gente se nota justo en ese instante, el momento en que el número deja de ser una amenaza abstracta y se vuelve real. El que entró con la cara dura, creyéndose todavía intocable, pensando que esto era un trámite más como los de antes, va entendiendo a medida que avanza la lectura que esta vez no hay vuelta atrás, no hay salida por la puerta de atrás, no hay clic
afuera que lo saque, porque la clic afuera también está dentro. No se mueva, porque para entender lo que viene ahora hay que recordar cómo llegaron estos 112 hasta esa sala, porque nada de esto habría pasado en el país de hace unos años. ¿Se acuerda usted de cómo era antes? El cabecilla caía, salía a los meses y seguía cobrando como si nada.
El expediente se perdía, el testigo se echaba para atrás, la clic seguía mandando desde adentro de la cárcel. ¿Sabe usted cuál fue exactamente la decisión que rompió ese círculo que parecía eterno y que permitió por fin vaciar una clica entera de un solo golpe? Esa decisión tiene nombre, el régimen de excepción que Bukele ordenó en 2022.
Antes de eso, esos distritos del oriente eran territorio de la Mara, donde el Estado pedía permiso para entrar. Después, según se ha reportado, dejó de pedirlo y bajo esa medida fueron capturados, captura tras captura, los 112 de los molinos locos albatruchos. Y mientras a ellos los encierran dentro del sistema penitenciario endurecido que levantó ese régimen, ese modelo de máxima seguridad que el Secot convirtió en símbolo de esta guerra, afuera queda una pregunta enorme flotando en el aire.
Y esa pregunta es justo la que casi nadie se está haciendo y la que de verdad importa para entender lo que sigue. Piense usted en lo que representa ese tipo de encierro, el que el Secot puso en el mapa del mundo entero. Las celdas de concreto, el orden absoluto, el silencio donde antes había órdenes, la cabeza rapada, el uniforme que iguala a todos y borra al personaje que un día hizo temblar a un barrio.
El que decidía la vida de los demás, ahí adentro no decide nada. De ese lugar no se manda, no se llama, no se cobra renta. Y ahí es donde toca hacerse la gran pregunta. ¿Qué pasa ahora con los molinos locos salvatruchos una vez que toda su cúpula está fuera de juego? Vamos por partes porque esto es lo que de verdad le interesa saber a quien vivió bajo el yugo de esta gente.
Una clica no es un solo jefe, es una estructura con escalones. Y lo que pasó aquí no fue que cayera el de arriba y quedara el resto operando. Cayeron los 30 on boys que eran el mando. Cayeron los 12 chequeos que venían subiendo a ocupar esos puestos y cayeron 70 paros y colaboradores que sostenían la maquinaria desde abajo.
Es decir, cayó la cadena de mando entera de arriba a abajo al mismo tiempo y cuando se rompe la cadena completa, lo que normalmente sucede después es lo que vamos a ver ahora. Lo más probable, según cómo funcionan estas estructuras, es que la clica, tal como existía en esos distritos, quede prácticamente desarticulada.
Una mara puede aguantar que le quiten a un cabecilla porque siempre hay otro listo para subir. Lo que difícilmente aguanta es perder de un solo golpe a toda su capa de liderazgo y a quienes venían en la fila para reemplazarla. Sino mobies que manden y sin chequeos que asciendan, no queda quien dé las órdenes ni quien las haga cumplir.
Todo apunta a que en el territorio que controlaban los molinos locos, ese aparato de miedo se quedó por ahora sin motor. No se despegue, porque aquí hay un matiz que conviene no perder de vista y que la propia historia de las maras nos enseñó por las malas. Y es que sería ingenuo cantar victoria total y cerrar el tema.
En el pasado, en otra época del país, estas estructuras tenían una capacidad de regenerarse impresionante. Caía una clica y al tiempo aparecía otra ocupando el mismo territorio o los mismos restos se reorganizaban bajo otro nombre. Esa es la pregunta honesta que hay que dejar puesta sobre la mesa. ¿Se queda este vacío así o alguien intentará llenarlo? ¿Usted qué cree que después de un golpe tan duro a la estructura, todavía queda alguien con fuerzas para intentar levantarla de nuevo? La diferencia esta vez es el contexto. Con el régimen de
excepción todavía vigente y con la presencia del Estado sostenida en esos distritos, según se ha reportado, reorganizar una clica desde cero es muchísimo más difícil que antes. Antes el que quedaba suelto tenía espacio para reagrupar. Ahora ese mismo espacio está ocupado por operativos. controles y capturas constantes.
No es que sea imposible que la Mara intente rearmarse, es que las condiciones para hacerlo se volvieron por primera vez en décadas, claramente adversas para ellos. Y eso cambia por completo el pronóstico de lo que puede pasar en esa zona del oriente. Para la gente de Usulután, de Tecapán, de Osatlán, esto significa algo muy concreto, aunque toque decirlo con prudencia.
Significa que mientras la estructura siga desmantelada y el estado siga presente, esos barrios pueden seguir respirando. El comerciante que vuelve a abrir, la madre que duerme tranquila, el cipote que camina solo a la escuela. Lo que no se puede asegurar es por cuánto tiempo, ni que el peligro haya desaparecido para siempre. Lo prudente es decir lo que se ve hoy.
Una clica caída, un territorio aliviado y una vigilancia que toca mantener. ¿No le parece a usted que esa calma, aunque haya que cuidarla, ya es muchísimo más de lo que esa gente tuvo durante 30 años? Y hay que ponerlo en el cuadro grande porque los molinos locos albatruchos son solo una pieza. Esta misma historia con otros nombres, otros distritos y otras clicas se viene repitiendo a lo largo del país bajo el mismo régimen ordenado por Bukele.
Cada estructura que cae completa de arriba a abajo le quita la Mara a una base más, un territorio más, una capacidad más de hacer daño. No es el final de la guerra, pero sí es una de esas batallas que cuando se ganan así de limpio cambian el mapa. Y eso nos deja con la última reflexión, la que conviene llevarse de toda esta historia.
Yo le voy a ser sincero, porque en este canal se habla con el corazón en la mano. Lo más sano es no venderle el cuento de que el problema se acabó para siempre, porque eso no sería verdad. Lo que sí es verdad y es enorme es que una zona que vivió arrodillada durante años tiene hoy a sus verdugos contando 45 años de cárcel y a su estructura partida en pedazos.
La pregunta de qué pasará mañana queda abierta y hay que seguirla de cerca, pero el hoy, el de estos distritos del oriente es un hoy sin los molinos locos mandando. Y esa, fíjese usted, no es una victoria pequeña, por más preguntas que queden por responder. Y mientras el soviético y los otros 29 empiezan a contar sus 45 años y mientras esos distritos del oriente aprenden de nuevo lo que es vivir sin renta y sin miedo, queda lo que de verdad inquieta, porque esta clica era una pieza de un rompecabezas mucho más grande y los
expedientes que se siguen armando, según ha trascendido, tienen muchos más nombres anotados. Esto no terminó en esa sala. Hay estructuras que siguen su curso, cuentas que apenas empiezan a saldarse y otra historia que ya está lista para que usted la vea ahora mismo. No se vaya, denle click al siguiente video que le aparece en pantalla y véalo ahora porque lo que está saliendo a la luz no para y esto apenas es una pieza de todo lo que falta por contar. Да.