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ASÍ CAYÓ “EL SOVIÉTICO” Y 111 PANDILLEROS TRAS MEGA OPERATIVO ORDENADO POR BUKELE

ASÍ CAYÓ “EL SOVIÉTICO” Y 111 PANDILLEROS TRAS MEGA OPERATIVO ORDENADO POR BUKELE

Última hora desde El Salvador, 112. Ese es el número que esta semana sacudió a lo que queda de la maravatrucha en el oriente del país. Porque 112 pandilleros de una sola clica acaban de ser condenados de golpe con penas que llegan hasta los 45 años de cárcel. Entre ellos cayó uno al que en las calles conocían como el soviético, pero lo que casi nadie está contando bien es cómo se logró meter a una estructura entera detrás de las rejas de un solo golpe.

 ¿Y qué fue lo que el régimen de excepción ordenado por Bukele terminó destapando dentro de esa clic? Y aquí mismo se lo vamos a contar paso por paso desde el principio. Si a usted también se le revuelve algo por dentro al saber que durante años esta gente hizo lo que le dio la gana en los barrios humildes del oriente mientras nadie movía un dedo.

Suscríbase ahora mismo porque en este canal vamos a seguir contando uno por uno cómo se les va cerrando la puerta a los que tuvieron a media zona de rodillas, porque esto no es un caso cualquiera, vea, no es un pandillero suelto, no son tres o cuatro chequeos de esquina, es una clica entera con su nombre, con su jerarquía, con sus rangos cayendo completa en una misma sala el mismo día ante el mismo tribunal.

 Y para entender lo que eso significa, hay que devolverse unos años atrás a unos distritos del departamento de Usulután, donde el apellido de esta gente se decía en voz baja. Pero para entender el tamaño de lo que acaba de caer, primero hay que empezar por el nombre con el que esta clica firmaba el miedo en esos distritos del oriente.

 La clica se llamaba Molinos Locos Salvatruchos, una célula de la maravatrucha que según la Fiscalía General de la República se movía principalmente por los distritos de Usulután, Tecapán y Osatlán, todos en el oriente del país. No eran nombres famosos en los noticieros de San Salvador y precisamente por eso operaban con tanta comodidad.

 Mientras los reflectores apuntaban a las grandes clicas de la capital, estos se habían enquistado en una zona más rural, más callada, donde la gente trabajadora salía temprano al campo y volvía con el sueldo justo para comer. Ahí, según se ha reportado, esta estructura mandaba. No el alcalde, no la policía de antes, no la ley. Ellos.

 Y sabe usted cuántos años llevaba esta quica moviéndose por esos mismos distritos antes de que el primer operativo del régimen de excepción los empezara a desarmar. Uno por uno. Para poder contarle esta historia con cabeza y no con cuento, nosotros revisamos el comunicado oficial de la propia fiscalía y lo contrastamos con la cobertura de varios medios que dieron la noticia, desde reportes nacionales hasta agencias internacionales y lo que sale de ahí es bastante claro.

 La fiscalía sostuvo que esta gente perteneció y permaneció dentro de la estructura criminal durante un periodo largo y consiguió que un tribunal lo diera por probado con prueba documental, pericial y testimonial. Aquí hay que decir las cosas como son. Sin inventar a estos 112 los condenaron por agrupaciones ilícitas, es decir, por ser parte de la Mara, por su rango dentro de ella.

 Y yo le voy a ser sincero, porque en este canal no le vamos a vender humo. Durante años en este país, pertenecer a una mara y arruinarle la vida a un barrio entero no le costaba a nadie ni un solo día de cárcel. Eso era lo normal y eso es justo lo que cambió. No se despegue, porque ahora viene lo que explica como una clic entera con todos sus rangos terminó cayendo de un solo golpe.

 Imagínese usted lo que significa vivir en una zona donde una clica decide quién entra, quién sale, quién abre su negocio y quién no. En el oriente del país, durante esos años, las versiones coinciden en que la palabra que más se repetía en las colonias controladas por la Mara era una sola. renta, la cuota, el pago obligado por el simple hecho de tener una tienda, una pupucería, un picop para repartir, un puesto en el mercado.

 Quien no pagaba ya sabía lo que le esperaba y nadie tenía que explicárselo dos veces. La gente honrada de Usulután, de Tecapán, de Osatlán, aprendió a bajar la mirada, a no hablar de más, a meter al cipote a la casa antes de que oscureciera. Así se vivía, así se sobrevivía. Pero el dato que de verdad pone los pelos de punta no es cuánto cobraban, sino el periodo exacto que la fiscalía logró probar, que estuvieron metidos en esa estructura durante años asentados, permanentes, hasta que el régimen de excepción les cayó encima. Si usted llevaba años

esperando ver caer a estos personajes que durante décadas hicieron lo que les dio la gana en los barrios humildes, suscríbase, porque aquí vamos a ir contando uno por uno cómo se les va cerrando la puerta. Y fíjese que cuando uno habla de una clica, mucha gente se imagina a cuatro muchachos con tatuajes y nada más, pero la realidad es otra y este caso lo deja clarísimo.

 Una clic es una estructura con escalones, con jerarquía, con cargos que tienen nombre propio dentro de la mara. Están los Homóoys, los que ya son miembros plenos, los de mayor rango y mayor responsabilidad en el grupo. Están los chequeos, un escalón abajo, los que están probándose. Están los paros y están los colaboradores, los que sostienen la maquinaria desde afuera.

 Y la fiscalía no metió a todos en el mismo saco. Armó el caso para que cada quien respondiera según el peso que cargaba dentro de la estructura. ¿Y sabe usted cuál de todos esos rangos se llevó la condena más alta? y por qué la fiscalía no juzgó a todos por igual. Y aquí es donde el fallo de este tribunal se vuelve interesante de verdad, porque no fue una condena pareja repartida al azar, fue quirúrgica.

 Según la sentencia, los 30 hboys, los de mayor rango, se llevaron la pena más dura. 45 años de cárcel cada uno, los 12 chequeos, 40 años. y los 39 paros junto con los 31 colaboradores, 30 años de prisión cada uno. Sume usted despacio y dese cuenta de lo que significa una sola clica, una sola audiencia y miles de años de cárcel repartidos según lo que cada uno hizo dentro de la Mara.

 Pero esto todavía no era lo más fuerte de toda la historia, porque cuando uno se mete a ver cómo la fiscalía logró sostener un caso contra 112 personas a la vez y ganarlo en una sola audiencia, aparece un detalle que casi nadie está contando bien y más adelante se lo voy a explicar porque es la pieza que de verdad explica cómo se vino abajo todo, porque hay que ponerse en contexto.

Durante más de 30 años en El Salvador, juntar a una clica entera y sentarla frente a un juez era prácticamente imposible. Los expedientes se caían, los testigos desaparecían o se quedaban callados por miedo y los cabecillas entraban y salían de las cárceles como si aquello fuera su segunda casa. Las maras no le tenían miedo al estado.

 El estado parecía tenerle miedo a las maras. No sé usted, pero a mí que he visto como durante décadas se archivó caso traso mientras las familias enterraban a sus muertos. Esta parte me cuesta contarla sin que se me caliente la sangre, porque esa impunidad no era casualidad, era el sistema funcionando exactamente como les convenía a ellos.

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