Corrió 300 m planos en 35 segundos con 30 centésimas. Récord mundial. Un tiempo tan brutal, tan fuera de lo que el cuerpo humano parecía capaz de producir en esa distancia, que 22 años después nadie en el planeta ha podido bajarlo. Ese récord sigue siendo de ella, sigue siendo de una mujer de Nogales que aprendió a correr porque un entrenador cubano le dijo que el atletismo no era para mujeres bonitas.
Ese récord es eterno y sin embargo lo que vino después lo opacó todo. Un año más tarde, en agosto de 2004, Ana Gabriela llegó a los Juegos Olímpicos de Atenas como la mujer más rápida del mundo en su distancia, no como una promesa, no como una candidata, como la favorita absoluta. 77 millones de mexicanos pegados a la televisión la noche del 24 de agosto esperaban una sola cosa: el oro, la bandera, el himno, su carrera entera.
Cada madrugada de entrenamiento, cada sacrificio que Barreda le había arrancado durante 12 años, apuntaba a esa noche en Atenas como si fuera el único destino posible. No ganó. La baameña Tonque Williams Darlin le quitó el oro por 23 centésimas. 23 centésimas, menos de un cuarto de segundo. El grosor de un suspiro entre la gloria absoluta y el segundo lugar.
Ana Gabriela cruzó la meta con la mirada perdida. Esa mirada que los atletas tienen cuando saben exactamente lo que acaban de perder y no pueden hacer nada para recuperarlo. Le colgaron la medalla de plata al cuello. Subió al podio y mientras la bandera mexicana ascendía en el segundo lugar del mástil, la mujer más rápida de México apretó los labios con una fuerza que cualquiera que haya perdido algo importante en público reconoce de inmediato.
No iba a dejar que las cámaras del mundo la vieran llorar. ¿Cuántos de ustedes recuerdan haberla aplaudido en París y haberla olvidado en Atenas? Esa noche en Grecia, Ana Guevara aprendió dos lecciones que iban a marcar la segunda mitad de su vida. La primera, que 23 centésimas son la distancia exacta entre el himno y el silencio.
La segunda, que el país que llora contigo en la victoria no necesariamente se queda contigo en la derrota. México siguió adelante como siempre y Ana Guevara también, pero de una manera que nadie anticipaba. En 1997 había firmado su primer contrato profesional. 11 años después, en 2008, lo rompió. anunció su retiro a los 31 años con velocidad todavía en las piernas, con récords que nadie había tocado y lo hizo con una declaración que la prensa mexicana publicó al día siguiente en primera plana.
dijo que estaba asqueada, que la federación no apoyaba a las atletas, que los recursos se quedaban en los escritorios y nunca llegaban a las pistas, que ella no iba a seguir corriendo para un sistema que se robaba el dinero de sus campeones y señaló a alguien con nombre y apellido. Mariano Lara, presidente de la Federación Mexicana de Atletismo.
Lo acusó públicamente de corrupción, de desviar recursos, de abandonar a las atletas mujeres, de usar a los deportistas como adornos políticos mientras les negaban lo que les correspondía por derecho. Mira, lo digo sin rodeos. En ese momento, Ana Guevara tenía razón, toda la razón. Lo que describía era exactamente el sistema que durante décadas había devorado el talento deportivo de este país.
Atletas que ganaban medallas mundiales y regresaban a casa sin dinero para pagar la renta. Federaciones convertidas en feudos personales donde los funcionarios viajaban en primera clase mientras los deportistas entrenaban sin implementos. Esa denuncia era legítima, era valiente y era necesaria. El problema, el problema enorme que vamos a ver en unos minutos es lo que Ana Guevara decidió hacer cuando le tocó sentarse exactamente en esa misma silla.
Si aún no te has suscrito al canal Secretos Oscuros de la Fama, este es el momento. Cada semana traemos historias como esta que no encontrarás en otro lugar. El público mexicano la escuchó, le dio la razón, la aplaudió de pie y 10 años después esa misma mujer iba a manejar los mismos recursos públicos. Iba a tener bajo su mando a las mismas atletas mujeres que había defendido desde la pista.
iba a ocupar la misma oficina que los hombres a los que habías señalado con el dedo. Pero antes hay que entender cómo llegó ahí, porque ese camino lo explica todo. En 2009, un año después del retiro, el Partido de la Revolución Democrática le ofreció una candidatura para jefe delegacional en Miguel Hidalgo, una de las zonas más caras y más disputadas de la Ciudad de México.
Aceptó, perdió. Demetrio Sodi del PAN la derrotó por seis puntos. Pero Ana Guevara no regresó a Sonora, no volvió a las pistas a entrenar muchachas del desierto. Se quedó en la capital y empezó a aprender algo completamente distinto a correr. Aprendió cómo se mueve el poder, aprendió quién paga las campañas y a cambio de qué.
Aprendió en qué pasillos del Senado se firman los contratos que nunca aparecen en los periódicos. En 2012, ahora bajo el Partido del Trabajo, llegó al Senado de la República por la vía plurinominal Senadora por Sonora, un cargo que ocuparía durante 6 años. presidió la Comisión de Asuntos Migratorios, fue secretaria de la Comisión de Relaciones Exteriores.
Comenzó a viajar a Cuba, a Estados Unidos, a reuniones diplomáticas donde una escorredora de 400 m planos no debería tener nada que opinar. Pero opinaba y mientras opinaba tejía tejía una red de contactos políticos que ningún periodista deportivo seguía de cerca porque a la prensa mexicana le interesaba la senadora de las medallas. La imagen, la historia bonita de la niña de Nogales que llegó al Senado.
No le interesaba la senadora que estaba aprendiendo a firmar convenios internacionales, la que aprendía qué puertas abrir y cuáles mantener cerradas. En esos 6 años, Ana Guevara construyó algo que ningún ex deportista mexicano había construido jamás. Y lo que hizo con eso es lo que nadie te había contado con esta claridad.
Aprendió a moverse en los pasillos del poder y entonces llegó la recompensa. En 2018, con la victoria de Andrés Manuel López Obrador, Ana Guevara recibió el nombramiento que lo cambiaba todo. Directora general de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, la CONADE, el organismo que controla, distribuye y decide el destino de cada peso que el gobierno federal destina al deporte mexicano.
tomar el control absoluto del presupuesto del deporte nacional y ese presupuesto durante los siguientes 6 años iba a ser de más de 18,000 millones de pesos. 18,000 millones. Pero antes del nombramiento, antes del poder absoluto, hubo una noche, una sola noche que cambió a Ana Guevara para siempre. Una noche que el país entero recordó al día siguiente cuando vio la fotografía en los periódicos y que hoy, casi una década después, todavía pesa sobre todo lo que vino después.
Domingo 11 de diciembre del 2016, carretera México Toluca. 5 de la tarde. Ana Guevara tenía 39 años. Regresaba en su motocicleta Harley Davidson de un fin de semana en Valle de Bravo. La acompañaba su amiga Karina Rincón en otra moto a unos metros de distancia. Hacía frío. La carretera estaba saturada de gente que también regresaba a la ciudad después del puente, familias en camionetas, parejas en automóviles.
El tráfico lento y denso de quien no quiere que el domingo termine. A la altura del kilómetro 26, cerca de la marquesa, una camioneta Dodge Boyer con placas del Estado de México impactó la moto de Ana por detrás. La senadora salió disparada. La Harley Davidson cayó al asfalto y rebotó varios metros. Ana golpeó contra la valla central de la carretera, se levantó adolorida, se quitó el casco y se acercó a la camioneta a reclamar el choque, como lo haría cualquier persona que acaba de ser embestida en una carretera, pensando que era un accidente
común, pensando que habría disculpas, que habría seguro, que habría una conversación de adultos. No hubo nada de eso. Los cuatro hombres bajaron al mismo tiempo. La rodearon y le dijeron lo que las mujeres mexicanas escuchan cada vez que un hombre se siente ofendido por su existencia.
Le insultaron por andar en moto, por reclamar, por levantar la voz, por ser mujer, por atreverse. Y entonces, mientras Karina Rincón los grababa con un celular desde la otra moto, los cuatro hombres empezaron a pegarle. Patadas en las costillas, puñetazos en la nuca, una mujer cayó al asfalto y otro hombre la pateó en la cara. Esa patada le rompió el pómulo.
La fractura del maxilar superior fue tan severa que los médicos del hospital ABC esa misma noche dijeron que el hueso se había desplazado 2 cm del lugar donde debía estar. 2 cm. El rostro de la mujer más rápida de México, deformado por la bota de un hombre que se bajó de una camioneta a demostrar que podía hacerlo.
Ana Guevara cayó al suelo por segunda vez ese día, sangrando, con la cara hinchada, con los huesos fracturados, mientras los cuatro hombres se subían a la camioneta y se iban por la carretera sin que nadie los detuviera, sin que la policía federal llegara a tiempo, sin que ningún testigo saliera de su automóvil a defenderla.
La medallista olímpica, la senadora de la República, tirada en el asfalto del Estado de México como cualquier otra mujer mexicana golpeada en una carretera, sin protección, sin guardaespaldas, sin justicia inmediata, logró subirse a su moto. Avanzó algunos metros, encontró una patrulla federal, les suplicó que la llevaran al hospital, la trasladaron al ABC de Santa Fe.
Esa misma noche la operaron de emergencia. La cirugía duró 3 horas. Placas de titanio en el pómulo, suturas en la cara, costillas inmovilizadas. Y aquí es donde todo cambia. Dos días después, el martes 13 de diciembre del 2016, Ana Guevara dio una conferencia de prensa en el Senado de la República. Pudo haber llegado con lentes oscuros para tapar los moretones.
pudo haber mandado un comunicado escrito, pudo haberse escondido en su casa hasta que la cara se desinflamara y el mundo olvidara. Eligió no hacerlo. Si aún no te has suscrito al canal Secretos Oscuros de la Fama, este es el momento. Cada semana traemos historias como esta que no encontrarás en otro lugar. eligió dar la cara con el rostro hinchado, con los puntos de sutura visibles, con un ojo cerrado por la inflamación, con la voz quebrada que apenas podías sostener una frase entera.
Ana Guevara habló frente a las cámaras de la prensa mexicana. dijo que era una agresión cobarde. Dijo que era violencia de género. Dijo, palabra por palabra que aquello era un mensaje a todas las mujeres de México, que si a una senadora medallista olímpica le podían hacer eso en una carretera, ¿qué le iban a hacer a las mujeres que no tenían cámaras encima? ¿Cuántas mujeres mexicanas cayeron ese mismo domingo en una carretera, en un pasillo, en una cocina? Y no hubo nadie grabando, nadie que les suplicara a los oficiales, nadie que las
llevara a un hospital. Lloró en vivo frente a las cámaras y México lloró con ella. Cualquier mujer mexicana que en ese momento veía la televisión sintió un golpe en el pecho. Cualquier hombre de 50 años sentado en su sala viendo a esa mujer hablar con la cara rota, sintió una mezcla de rabia y de respeto que no sabía muy bien cómo nombrar.
Ana Guevara esa noche dejó de ser solo una escorredora. Se convirtió en un símbolo nacional, la voz de las mujeres golpeadas, la que no se quedó tirada, la que se levantó otra vez del pavimento. Esa fue la segunda caída de Ana Guevara y fue la caída más limpia de toda su vida. Porque esa caída no fue por su culpa, esa caída se la hicieron a ella.
Y por una vez, durante unas semanas, el país entero estuvo de su lado, sin matices, sin condiciones. Lo que ningún mexicano viendo esa conferencia podía imaginar es que apenas dos años después esa misma mujer iba a tener entre sus manos el destino de cientos de atletas mujeres de México.
Y lo que iba a hacer con ese poder, palabra por palabra, lo opuesto a todo lo que prometió esa tarde con la cara rota frente a las cámaras del Senado. El primero de diciembre del 2018, Andrés Manuel López Obrador tomó posesión como presidente de México. Ese mismo día en el Palacio Nacional anunció su gabinete y cuando llegó el turno del deporte, el nombre que pronunció fue el de Ana Gabriela Guevara, primera mujer en la historia de México al frente de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte. México aplaudió.
Las redes sociales celebraron. Los periódicos escribieron editoriales emocionados, casi conmovidos, como si por fin la historia estuviera haciendo algo justo. La medallista olímpica al frente del deporte mexicano, la heroína de Atenas administrando los sueños de los atletas que venían detrás de ella. Alguien que había sangrado en una pista, que había caído en una carretera, que conocía el hambre de un sueño desde adentro.
Eso decían los titulares. Eso prometía Ana. Eso creyó el país. Mira, lo digo sin rodeos. Yo entendí ese nombramiento, lo entendí y lo celebré. Porque cuando ves a alguien que sufrió el sistema en carne propia llegar al poder, quieres creer que esa persona va a recordar lo que sintió. Quieres creer que el dolor enseña, que la humillación deja huella y a veces deja huella, pero otras veces las más tristes lo que deja es hambre.
Hambre de todo lo que te negaron. Y esa hambre cuando llega el poder no siempre se convierte en justicia. Pero hubo un detalle esa tarde de diciembre que casi nadie notó. En su discurso de toma de posesión, Ana Guevara mencionó dos veces la palabra Cuba. Habló de convenios internacionales. Habló de aprender de las grandes potencias del deporte mundial.
Habló de una alianza estratégica ya en marcha que iba a transformar el deporte mexicano para siempre. Ningún periodista presente levantó la mano. Ningún titular del día siguiente preguntó qué alianza era esa, con quién, en qué términos, con cuánto dinero del herario. Porque esa mañana nadie entendió que esa frase sobre Cuba no era un saludo diplomático, era el primer aviso.
Dos meses después de su nombramiento, en febrero del 2019, Ana Guevara hizo su primera maniobra y la hizo en silencio, sin conferencia de prensa, sin debate público, modificó los estatutos de la CONADE, cambió el reglamento interno para que el director o directora del organismo pudiera ocupar el cargo sin contar con título de licenciatura.
Ana Guevara nunca terminó la carrera de ciencias de la comunicación. Necesitaba blindarse legalmente. Lo firmó un viernes cualquiera. El lunes siguiente ya estaba publicado en el Diario Oficial de la Federación. Así, sin ruido, sin testigos incómodos, con la tranquilidad de quien sabe que nadie está mirando. Esa firma de febrero del 2019 fue la primera, pero no fue la última.
Cuántas veces en este país hemos visto a alguien llegar al poder con las manos limpias y la voz quebrada, jurando que ellos sí iban a ser diferentes, que ellos sí habían aprendido, que ellos sí recordaban de dónde venían, y después hacer exactamente lo mismo que los que los lastimaron a ellos. Entre el 2019 y el 2022, Anavar afirmó muchas otras cosas y ahí empezó a salir a la luz lo que iba a convertirla en la funcionaria más denunciada del ***enio.
Pero antes de las nadadoras vendiendo trajes de baño en internet para poder entrenar, antes de los entrenadores fantasma, antes de la frase que la condenó, hubo un momento que lo concentra todo. los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, pospuestos por la pandemia, celebrados en el 2021 en un Japón sin público, en estadios vacíos que amplificaban cada silencio.
México llegó a esos juegos con 163 deportistas y regresó con cuatro medallas, cero oró, una plata, tres bronces. La peor cosecha olímpica desde Atlanta 96. No, espera, hay que decirlo con precisión desde los juegos del 92 en Barcelona, cuando México también llegó sin estructura, sin apoyo real, sin nadie que de verdad peleara por sus atletas desde adentro.
24 años de retroceso en una sola delegación. Y mientras los atletas mexicanos competían sin uniformes adecuados, sin nutricionistas en la Villa Olímpica, sin fisioterapeutas asignados, sin el respaldo mínimo que cualquier deportista de alto rendimiento necesita para llegar entero a una final, Ana Guevara aparecía en redes sociales subiendo fotografías desde las gradas.
sonriente, lentes oscuros, bolsas de marca, rodeada de funcionarios de la CONADE que tampoco tenían ninguna razón para estar en Tokio. Cuando los atletas regresaron a México, varios empezaron a hablar en privado, que la directora había viajado en primera clase mientras los entrenadores compartían cuartos en hostales, que se hospedaba en hoteles de cinco estrellas, que ni siquiera fue a saludar a los medallistas en la villa, que se la pasó comiendo en restaurantes japoneses caros con su séquito personal, mientras los deportistas buscaban cómo
recuperarse sin apoyo médico. El primero que se atrevió a decirlo en voz alta fue el clavadista Iván García. En una entrevista al regreso de Tokio dijo sin mencionar nombres que el deporte mexicano estaba siendo administrado por gente que no entendía lo que era pasar hambre por un sueño. Una frase que parecía menor que no lo era porque en el 2021 después de Tokio, la Auditoría Superior de la Federación empezó a revisar las cuentas de la CONADE.
Pidió documentos, pidió comprobantes, pidió justificación de gastos y empezó a encontrar lo que después se convertiría en cuatro carpetas de investigación, 77 millones de pesos repartidos entre 428 personas que no aparecían en ningún registro oficial. Empresas factureras cobrando por servicios que nunca se prestaron.
contratos de alimentación adjudicados directamente, sin licitación, a una empresa llamada SIM CSA, cuyos representantes después confesarían en testimonios judiciales que pagaron sobornos a funcionarios de la CONADE para conseguir ese contrato. La mujer que lloró con la cara rota frente al Senado. La que prometió recordar estaba firmando cheques para entrenadores que no existían mientras la selección mexicana de natación artística vendía trajes de baño en internet para poder entrenar. Mórdida.
Esa palabra que los auditores escribían en sus informes con lenguaje técnico y eufemismos burocráticos. Cualquier mexicano de 50 años la entiende sin necesidad de diccionario. No hace falta que te expliquen lo que es una mordida. La has visto, la has padecido, la has visto cobrar. Y mientras la auditoría superior desenredaba ese nudo de facturas falsas y contratos sin licitación, Anevara estaba preparando su siguiente movimiento.
No para defenderse, no para explicarse, para atacar. La estrategia era simple y brutal. Cualquier deportista que protestara públicamente perdería su beca. Cualquier entrenador que hablara con la prensa perdería su contrato. Cualquier federación que reclamara sería cancelada. El silencio no se iba a pedir, se iba a imponer y las primeras en sentirlo fueron las nadadoras.
Piénsalo un segundo. Enero del 2023, el equipo mexicano de natación artística se estaba preparando para los mundiales de Doha. No era un equipo cualquiera, era un equipo histórico. Lo encabezaba Nuria Diosdado, una de las atletas más condecoradas que ha dado este país en toda su historia.
Habían ganado oro en la Copa del Mundo de Egipto en mayo de ese mismo año. Habían clasificado a los Juegos Olímpicos de París 2024. Eran el orgullo silencioso del deporte mexicano. El equipo que entrenaba sin reflectores, sin patrocinadores millonarios, sin la atención que el país le dedicaba al fútbol o al boxeo.
Entrenaban porque amaban lo que hacían, porque no les quedaba otra. Y un día de enero del 2023, sin previo aviso, sin reunión, sin una sola llamada de teléfono, Ana Guevara mandó cancelar las becas del equipo entero. Cero pesos, cero apoyo, cero pago a las entrenadoras, cero acceso a instalaciones. La selección olímpica de natación artística de México, a un año exacto de los Juegos Olímpicos, se quedó sin absolutamente nada.
La razón oficial era un pleito legal entre la CONADE y la Federación Mexicana de Natación. El presidente de esa federación, Kiril Todorov, era amigo personal de Ana Guevara. Worldics, el organismo internacional que rige la natación en el mundo, había desconocido a Todoro por irregularidades en sus cuentas.
Lo había vinculado a un proceso por desviar 155. No, espera. Los documentos que se filtraron hablaban de hasta 180 millones de pesos en recursos que nunca se justificaron. Y Ana Guevara, en lugar de separar a Todor de las atletas, hizo exactamente lo contrario. Castigó a las atletas para proteger a Todoro. Las nadadoras se quedaron sin sueldo, sin entrenadora, sin federación, sin manera de pagarle al fisioterapeuta, sin manera de comprar trajes de baño nuevos para los mundiales, sin manera de poner gasolina en el auto para llegar al entrenamiento. Y entonces hicieron algo
que ninguna selección olímpica mexicana había tenido que hacer jamás en toda la historia del deporte nacional. Empezaron a vender sus trajes de baño usados por internet. Empezaron a hacer rifas. Abrieron cuentas de donaciones. Le estaban pidiendo a México, al mismo país que 6 años antes había llorado por Ana Guevara golpeada en una carretera que las ayudara a llegar a los Juegos Olímpicos.
Tú que has visto crecer a una hija, a una sobrina, a una nieta entrenando con todo lo que tiene, ¿qué le dirías hoy a una atleta olímpica que tiene que vender su traje de baño usado para poder seguir compitiendo por México? Cuando un periodista le preguntó a Ana Guevara qué pensaba de eso, la mujer que 8 años antes había llorado en el Senado pidiendo justicia para las mujeres mexicanas, respondió con una frase que todavía hoy cualquier mujer que la escucha siente como un golpe directo al pecho.
Lo dijo frente a las cámaras. Lo grabaron, lo publicaron. Dijo palabra por palabra por mí. que vendan calzones, que vendan trajes de baño, que vendan Abon o Topperware, pero ellas y sus entrenadoras son mentirosas y deudoras. La entrevistadora se quedó en silencio varios segundos. Pensó que había escuchado mal. le pidió que repitiera y Ana Guevara la repitió sin titubear, sin disculparse, sin matizar, convencida de que estaba diciendo la verdad, convencida de que las nadadoras olímpicas que en ese momento entrenaban 8 horas diarias en una alberca prestada
de la Ciudad de México, eran mentirosas y deudoras. Las mismas dos palabras que la Federación de Atletismo había usado contra ella en el 2008. mentirosa, deudora. Las mismas palabras que ella 15 años antes había dicho ante la prensa que eran un insulto a las mujeres del deporte mexicano.
Pero la frase no fue lo único, porque dos meses antes, en enero del 2023, ya se había filtrado algo todavía más grave. Un audio, una grabación interna de la CONADE donde se escuchaba a Ana Guevara amenazar a nadadores y clavadistas con quitarles las becas si no se sometían al control de la Federación de Todoro. La voz era inconfundible, la grabación duraba varios minutos y en ella la directora de la Conade les decía a los atletas con un tono que ningún funcionario público debería usar jamás, que ella iba a decidir quién comía y quién no en el
deporte mexicano. Cuando la prensa la confrontó con el audio, Ana Guevara no lo negó. Lo aceptó, pero dijo que no era una amenaza. Dijo que era la ley, que la ley se cumple, que no era chantaje, que no era revanchismo. Esa fue la primera vez que México escuchó a Ana Guevara hablar como hablaba puertas adentro, sin medallas, sin senado, sin lentes de cámara, hablando como una funcionaria que se sabía protegida, como una mujer que había aprendido durante 6 años en el poder que la autoridad no se ejerce con razones.
se ejerce cortando el dinero de quien te incomode. Escúchenme bien, porque lo que viene ahora no es un caso aislado, no es una atleta agraviada, no es una becaada por error administrativo. Lo que viene es un patrón, un método, una forma de ejercer el poder que se repitió durante 6 años con nombre y apellido, con cifras documentadas y con consecuencias que todavía hoy siguen destruyendo vidas y hay que nombrarlas a todas.
Paola Pliego, esgrimista, una de las mejores espadachinas que México ha producido en su historia. En agosto del 2016, a semanas de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, una prueba antidopaje le dio positivo por moda finilo. Paola Pliego lo negó desde el primer momento. Pidió el contraanálisis que la ley le garantizaba. La CONADE se lo negó.
La eliminaron del equipo olímpico. Le robaron los juegos. Así, sin más, Paola Pliego demandó por daño moral. El proceso duró 7 años. 7 años de su vida peleando contra una institución que debió haberla defendido. En diciembre del 2023, una corte mexicana le dio la razón y le pagó 15 millones de pesos de indemnización.
Pero para entonces, Paola Pliego ya no competía por México. Había tenido que naturalizarse Uzbek para poder seguir en las pistas. México no la perdió por falta de talento. México la expulsó porque el sistema decidió que era más fácil destruirla que defenderla. Eso no fue un error, fue una decisión. Paola Espinofa, clavadista, doble medallista olímpica.
Bronce en Beijing 2008, plata en Londres 2012. una de las atletas más queridas que ha tenido este país. En el 2021, después de los Juegos de Tokio, la CONADE le recortó la beca mensual de 30,000 pesos a 10,000 sin reunión previa, sin notificación oficial, sin una sola explicación. Paola Espinoza habló ante las cámaras con la voz quebrada.
dijo que había tenido que hipotecar parte de su casa para pagarle al entrenador, que su esposo, también clavadista, estaba trabajando en un gimnasio privado para sostener a la familia, que el deporte mexicano se había convertido en un negocio donde solo cobraban los amigos de la directora. Cuando la prensa le preguntó a Ana Guevara, la respuesta fue glacial.
dijo que la CONADE no era una casa de caridad, que las becas no eran regalos, que si Paola Espinoza no estaba contenta, podía buscar trabajo en otro lado. ¿Cómo se le dice a una mujer que ganó dos medallas olímpicas para México, que hipotecó su casa para seguir compitiendo? que si no está contenta busque trabajo en otro lado.
Paola Longoria, racketbolista, 11 veces campeona mundial, la atleta más condecorada en la historia del rocketball femenino internacional. En el 2022, la CONADE le quitó la beca. Cuando Longoria pidió explicaciones, Ana Guevara no respondió con argumentos. La demandó. La directora de la CONADE demandó a la atleta más condecorada del país por incumplimiento de obligaciones, por reclamar un dinero que la propia auditoría había documentado que si le correspondía.
Un juez desestimó la demanda, pero el mensaje quedó grabado en piedra para todas las demás. Si te quejas, te persigo hasta las cortes. Alejandra Valencia, arquera, medallista olímpica. Después de los Juegos de París 2024, la Conade le redujo la beca a casi la mitad, sin justificación, sin diálogo. Cuando se quejó fue ignorada.
Y así, una tras otra, las clavadistas, las nadadoras, las gimnastas. Más de 200 atletas en 6 años a las que Ana Guevara, según los reportes del nuevo director de la CONADE, redujo o canceló los apoyos sin justificación administrativa válida. 200 vidas deportivas intervenidas, 200 trayectorias fracturadas, 200 mujeres que representaron a México en el mundo y que fueron tratadas como estorbo cuando dejaron de serle útiles al sistema.
Pero mira esto, porque mientras todo eso ocurría, mientras las atletas vendían trajes de baño y firmaban hipotecas para poder entrenar, Ana Guevara estaba haciendo algo mucho más grave en las sombras, algo que el país no supo sino hasta 3 años después, cuando los auditores empezaron a rascar las cuentas de la CONADE y lo que encontraron fue tan retorcido que tuvieron que pedir refuerzos legales para poder denunciarlo.
Apenas 4 meses después de tomar la dirección, en el 2019, Ana Guevara firmó un convenio con el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación de Cuba, el Inder, el brazo deportivo del régimen de los Castro. El convenio comprometía recursos públicos mexicanos para pagar a 29 entrenadores cubanos especializados en atletismo, boxeo, natación, judo, remo y levantamiento de pesas.
29 nombres. Lo firmó sin autorización de la Secretaría de Relaciones Exteriores, sin los dictámenes que la ley exige para cualquier acuerdo internacional, sin aprobación del Senado, sin transparencia de ninguna clase. Lo firmó un subdirector que, según la propia auditoría, no tenía facultades legales para comprometer recursos públicos en un acuerdo de esa naturaleza.
Y Ana Guevara lo avaló desde su oficina. Eso es lo que hoy tiene cuatro carpetas abiertas en la Fiscalía General de la República, pero los 29 nombres tienen un secreto que todavía no te he contado. Los meses que siguieron a la firma de ese convenio, la CONADE realizó cinco transferencias bancarias directas a la embajada de Cuba en México. Cinco.
Un total de 15,570,000. Dinero de los contribuyentes, dinero de los mexicanos que pagan impuestos cada año creyendo que ese dinero va a construir algo, a servir para algo, a llegar a alguien. Supuestamente iba a pagar los sueldos de 29 entrenadores cubanos especializados que vendrían a México a trabajar con los atletas nacionales.
Eso decía el convenio, eso firmó el subdirector. Eso avaló Ana Guevara desde su oficina. 4 años después, la Auditoría Superior de la Federación fue a verificarlo. Quería ver los resultados. Quería saber si ese dinero había servido para algo concreto, para algún atleta, para alguna medalla, para algún entrenamiento documentado.
Pidió los registros migratorios. Quería saber cuántos de esos 29 cubanos habían cruzado la frontera, en qué fechas, por qué puertos de entrada, con qué pasaportes, con qué visas. No encontró ni uno solo. Ninguno entró por avión, ninguno entró por tierra, ningún sello en ningún pasaporte, ningún registro en las oficinas del Instituto Nacional de Migración.
29 personas a las que el gobierno mexicano les pagó con dinero público y de las que no existe una sola prueba de que hayan pisado territorio mexicano ni dado un solo día de entrenamiento a un solo atleta de este país. 29 fantasmas. Pero los entrenadores fantasma fueron solo el principio, porque dentro del mismo convenio los auditores encontraron un segundo contrato, este por 8,500,000 pesos, destinado, según los documentos, a pagar 1287 pruebas antidopaje que supuestamente habían sido realizadas en laboratorios cubanos.
1287 muestras de sangre y orina de atletas mexicanos que, según Ana Guevara afirmó, habían sido enviadas a Cuba para análisis de sustancias prohibidas. Los auditores fueron a buscar esas pruebas. También pidieron los resultados, pidieron los protocolos de laboratorio, pidieron los certificados de cadena de custodia que cualquier prueba antidopaje internacional exige por ley.
Pidieron los documentos del laboratorio cubano que supuestamente había procesado las muestras. No existen ni uno solo. 1287 pruebas que nunca se hicieron o que se hicieron pero nadie firmó o que jamás salieron de México. 8,500,000 pesos pagados al aire. A nadie, a ningún laboratorio verificable, a ningún protocolo que resista a una revisión legal.
Mira, lo digo sin rodeos, esto no es un error administrativo. Esto no es un descuido burocrático. Un error se comete una vez. Aquí estamos hablando de dos contratos separados, cinco transferencias bancarias, millones de pesos y cero evidencia de que se haya prestado un solo servicio real. Eso no es negligencia, eso es un sistema y los sistemas no se construyen solos.
Y aquí viene lo que la prensa mexicana no se atrevió a publicar de frente, porque en el año 2020 la embajada de Cuba en México demandó a la CONADE por incumplimiento de pago. Cuba reclamó que México le debía sueldos pendientes a sus técnicos. O sea, los propios cubanos dijeron que el dinero no había llegado a las personas correctas.
piénsalo un segundo. 15 millones de pesos transferidos desde las cuentas de la CONADE a la embajada cubana y la propia Cuba diciendo que sus entrenadores no cobraron. Entonces, ¿dónde está ese dinero? ¿En qué bolsillo cayó? ¿Quién lo movió entre una cuenta y otra sin dejar rastro oficial? ¿Y por qué la Fiscalía General de la República lleva años sin jalar ese hilo bancario con la misma fuerza con que jala otros? Esa pregunta no tiene respuesta fácil y la razón por la que no la tiene es lo que cambia todo lo que creías saber sobre este caso. Porque
cuando los auditores rastrearon el destino de esos 15 millones, no se quedaron dentro de la CONADE. El hilo los llevó más lejos. Los llevó a un canal que el gobierno de López Obrador llevaba, no 4 años. Espera. Llevaba 6 años completos cuidando con uñas y dientes. Un canal silencioso construido alrededor de los convenios bilaterales con Cuba.
Médicos cubanos en hospitales del sur, asesores técnicos en distintas dependencias, entrenadores deportivos. Todo pagado no a las personas, sino al gobierno cubano a través de la embajada, sin transparencia individual, sin recibos personales, sin cadena de custodia clara del dinero. Ese canal era una pieza política central del legado de López Obrador, una alianza ideológica con la Habana que ningún expresidente mexicano se había atrevido a construir con esa magnitud.
Y Ana Guevara había entrado en ese canal, había firmado convenios, había hecho transferencias, había dejado huellas bancarias que si alguien las seguía hasta el fondo no se quedaban en el deporte, se metían en la caja entera. La caja de cuánto dinero le pagó México a Cuba durante 6 años, la caja de a qué bolsillos llegó ese dinero.
La caja de que conexiones políticas se construyeron alrededor de esos flujos. la caja que nadie en el Palacio Nacional quería que nadie abriera. Y entonces la pregunta que esta noche no te va a dejar dormir es esta, ¿protegieron a Ana Guevara porque era Ana Guevara? ¿O la protegieron porque Ana Guevara sabía exactamente que había dentro de esa caja? Eso es lo que los auditores encontraron cuando rascaron más profundo.
Y eso es lo que todavía nadie ha querido responder en voz alta. Y por eso, exactamente por eso, AMLO la blindó. No fue descuido, no fue ignorancia, fue una decisión política tomada con plena conciencia de lo que había en juego. El 29 de septiembre del 2023, en una conferencia mañanera, un periodista se paró frente al micrófono de Palacio Nacional y le preguntó a Andrés Manuel López Obrador sobre las denuncias contra Ana Guevara.
Le mostró los reportes de la auditoría, le mencionó los 377 millones de pesos en irregularidades detectadas. solo en el ejercicio fiscal del 2020. Le preguntó con todas sus letras si Ana Guevara iba a ser destituida. El presidente miró a las cámaras y dijo lo siguiente: “Yo apoyo a Ana Guevara. La considero una buena servidora pública, promotora del deporte.
No tengo pruebas de que ella haya cometido un acto de corrupción. No tengo pruebas. No tengo pruebas. Ella va a continuar como la coordinadora. Esa frase es uno de los momentos más vergonzosos del periodismo presidencial mexicano, porque mientras AMLO decía, “No tengo pruebas”. En su propio escritorio había informes de la Auditoría de Control y Fiscalización documentando malos manejos por más de 400 millones de pesos, documentos firmados, foliados, consellos institucionales.
Mientras AMLO decía buena servidora pública, en la fiscalía ya reposaba una denuncia formal por desvío de 51 millones de pesos del fondo para el deporte de alto rendimiento. Mientras AM lo decía, “No tengo informes.” Su propia auditoría había emitido tres denuncias separadas contra la directora de la CONADE.
Tres, no una, tres, ¿cuántas denuncias necesita un presidente para decir que tiene pruebas? Esa pregunta todavía flota en el aire sin respuesta oficial. La entonces candidata presidencial Sochil Gálvez, que fue senadora durante esos años, lo dijo en una entrevista en agosto del 2024 con palabras que hoy resuenan distinto.
dijo que Ana Guevara era una intocable de López Obrador, que ella misma como senadora había presentado denuncias penales con documentos que probaban la corrupción, que esas denuncias nunca avanzaron, que el sistema entero estaba diseñado para que Ana no cayera, porque si Ana caía, caía el convenio con Cuba. Y si caía el convenio con Cuba, caía una pieza ideológica del legado de AMLO que ningún funcionario en Palacio Nacional quería tocar. Ahí empezó todo a tener sentido.
La diputada panista María Elena Pérez Jaén, que presentó 56 denuncias contra Ana Guevara durante la legislatura, lo explicó con una frase que cualquier mexicano puede entender sin necesidad de un diccionario jurídico. Dijo que basta tener la calidad de amigo o amiga del presidente para hacer juicios de inocencia sin importar la cantidad de acusaciones.
Dijo que el presidente estaba siendo cómplice de la propia corrupción. dijo que las cosas no se podían quedar así, pero se quedaron así porque en México el sistema entero está construido para que ciertos nombres no entren a la cárcel. Y por eso Ana Guevara terminó su ***enio en el cargo hasta el último día, hasta el mismísimo 30 de septiembre del 2024, sin renunciar, sin comparecer, sin dar una sola explicación formal ante ningún órgano de control.
Pero lo que ocurrió el 5 de agosto de ese mismo año es lo que ningún mexicano que lo vio pudo olvidar. con tres denuncias formales encima, con cuatro carpetas abiertas en la fiscalía, con 62 millones de pesos pendientes de aclarar. Ana Guevara se subió al avión de regreso de los Juegos Olímpicos de París en primera clase en un asiento de 140,000 pesos pagado con dinero público.
Las fotos las tomó otra pasajera del vuelo, las subió a redes sociales sin mayor comentario. “Mira, yo he cubierto muchos casos en 20 años, muchos. Y lo que más me duele no es el robo. El robo ya lo esperábamos. Lo que duele es la imagen de esa primera clase, ese asiento de 140,000 pesos, porque ahí no había ideología, no había revolución, no había transformación.
Había una mujer convencida de que nunca le iba a pasar nada y hasta ahora no le ha pasado nada. Yo quiero saber lo que tú piensas. ¿Crees que Claudia Shainbom va a abrir una investigación real contra Anna Guevara? ¿O este caso va a morir en silencio como murieron las 56 denuncias anteriores? Dímelo abajo en los comentarios.
En serio, quiero leerlos. Y si este tipo de periodismo te importa, ya sabes lo que tienes que hacer. Suscríbete a Secretos del Poder Mexicano. Aquí no protegemos a nadie. Porque cuando cae la fachada solo queda lo que siempre estuvo ahí. Yeah.