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“No Llore, Señora. Puede Pedir Prestado A Nuestro Papá”, Dijeron Los Pequeños Gemelos A La Mujer…

“No Llore, Señora. Puede Pedir Prestado A Nuestro Papá”, Dijeron Los Pequeños Gemelos A La Mujer…

La lluvia caía con tanta fuerza aquella noche que las ventanas del pequeño café parecían a punto de romperse. Afuera, las luces de los coches se mezclaban con el agua formando manchas borrosas, como si toda la ciudad estuviera llorando. Dentro del local olía a café quemado, pan recién hecho y cansancio. Mucho cansancio.

—Señora… ¿usted está llorando? —preguntó una voz infantil desde la mesa del rincón.

Clara levantó la cabeza de golpe. Tenía las manos temblando alrededor de una taza vacía y los ojos hinchados de tanto contener lágrimas durante semanas. Frente a ella estaban dos niños idénticos, de no más de siete años. Uno llevaba un abrigo azul demasiado grande y el otro sostenía un dinosaurio de plástico sin una pata.

Los dos la observaban como si acabaran de descubrir algo incomprensible.

Clara intentó sonreír.

—No, cariño… estoy bien.

Mentira.

Y los niños lo supieron enseguida.

—Mi papá dice que cuando los adultos dicen “estoy bien” es porque todo está fatal —respondió el gemelo del dinosaurio.

El otro asintió con total seriedad.

—Sí. Mi mamá también decía eso antes de irse.

Aquella frase le atravesó el pecho.

Hubo un silencio extraño. De esos silencios que incomodan porque nadie sabe qué hacer con el dolor ajeno.

Clara apartó la mirada. No quería llorar delante de unos niños desconocidos. Ya había tenido suficiente humillación aquella semana. Primero el despido. Después el aviso del banco. Luego la llamada del hospital diciendo que su padre necesitaba otra operación. Y para rematar, esa misma tarde, Álvaro —el hombre con quien llevaba nueve años— le había confesado que llevaba meses viéndose con otra mujer.

Nueve años.

Destruidos en menos de diez minutos.

Así que sí. Estaba rota.

Pero no pensaba explicárselo a dos niños pequeños.

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