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MIS HIJOS DIJERON QUE VIAJARON PERO ESTABAN AQUÍ" Y JESÚS ME MOSTRÓ LA VERDAD

La primera vez que escuché la frase “tus hijos sí te quieren, solo están ocupados”, la creí como se cree una oración cuando ya no queda nada más a qué aferrarse. Me llamo Rosario Méndez, tengo sesenta y nueve años, vivo en una casa pequeña de paredes amarillas en las afueras de Puebla, y durante mucho tiempo pensé que una madre debía perdonarlo todo en silencio, incluso cuando ese silencio le partiera el alma por dentro.

Mi casa no era grande, pero siempre tuvo espacio para mis tres hijos: Alejandro, Martín y Lucía. En la cocina aún colgaban sus tazas de cuando eran niños. La de Alejandro tenía un balón de fútbol despintado; la de Martín, un tren azul; la de Lucía, unas flores rojas que ella misma había pintado con esmalte cuando tenía ocho años. Yo las limpiaba cada domingo, aunque nadie las usara. Las acomodaba como si ellos fueran a llegar en cualquier momento, empujando la puerta con la misma confianza de antes, diciendo: “Mamá, ¿qué hay de comer?”

Pero los años cambian a la gente, o quizá solo muestran lo que cada uno lleva guardado.

Desde que murió mi esposo, Don Esteban, mis hijos comenzaron a visitarme menos. Al principio lo entendí. Alejandro trabajaba en una agencia de autos en la Ciudad de México, Martín decía tener negocios en Guadalajara y Lucía vivía, según ella, entre congresos, vuelos y reuniones importantes. Yo no quería estorbar. Me repetía que habían hecho su vida, que eso era lo correcto, que una madre no cría hijos para encerrarlos en su falda.

Aun así, los esperaba.

Los viernes preparaba mole poblano porque era el favorito de Alejandro. Los sábados hacía arroz con leche porque Martín, de niño, decía que olía a abrazo. Los domingos ponía flores frescas en la mesa porque Lucía siempre decía que una casa sin flores parecía hospital. Muchas veces la comida se enfriaba intacta. Muchas veces el arroz se quedaba en la olla hasta ponerse espeso. Muchas veces las flores se marchitaban antes de que alguien las viera.

Una tarde de diciembre, cuando el frío bajaba por las ventanas y el cielo parecía de ceniza, recibí una llamada de Lucía.

—Mamá, este año no vamos a poder pasar Navidad contigo —dijo rápido, como quien lee una lista.

Sentí que algo se me hacía pequeño en el pecho.

—¿Los tres?

—Sí. Alejandro viaja a Monterrey, Martín se va a Cancún con unos clientes y yo tengo que salir a Mérida por trabajo. Pero te mandamos algo, ¿sí?

No sé por qué me dolió tanto esa última frase. “Te mandamos algo.” Como si una madre fuera una dirección, una cuenta pendiente, un trámite que se resuelve con mensajería.

—No se preocupen, hija —respondí, aunque la voz me tembló—. Dios los cuide.

Colgué y me quedé mirando el nacimiento que había puesto sobre una mesa de madera. El Niño Jesús estaba acostado entre paja limpia, con María y José inclinados sobre él. Me acerqué y acomodé una ovejita que se había caído.

—Tú sí sabes lo que es pasar frío, ¿verdad? —le dije en voz baja.

Esa noche, mientras apagaba las luces de la sala, escuché un golpe suave en la puerta. Pensé que sería el vecino, tal vez Doña Remedios pidiendo azúcar o veladoras. Pero al abrir encontré a un hombre desconocido, de unos cincuenta años, con barba entrecana, sombrero viejo y un sarape humilde sobre los hombros. Sus ojos eran extraños: cansados y luminosos al mismo tiempo.

—Buenas noches, señora Rosario —dijo.

Me quedé helada.

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