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El último secreto de Edith

El último secreto de Edith

La lluvia caía con una violencia absurda aquella noche en Ciudad de México. No era una lluvia elegante de película romántica. No. Era de esas lluvias que embarran los zapatos, apagan las luces del vecindario y hacen que hasta los perros callejeros busquen refugio bajo los coches. Lorenzo Lazo permanecía sentado en la oscuridad de la sala, mirando una copa de vino que llevaba más de una hora intacta.

El teléfono vibró sobre la mesa.

No respondió.

Volvió a vibrar.

Y otra vez.

Finalmente, tomó el aparato. Era un periodista.

—Lorenzo… perdona la hora. Pero necesito preguntarte algo antes de que salga publicado mañana.

Silencio.

—¿Es cierto que Edith seguía enamorada de otro hombre antes de morir?

La pregunta cayó como un disparo seco.

Durante unos segundos no se oyó nada. Solo la tormenta golpeando los ventanales.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó Lorenzo con una voz tan baja que casi parecía rota.

—No puedo revelar mis fuentes. Pero hay alguien hablando. Y dicen que tú lo sabías todo.

Lorenzo cerró los ojos.

Ahí estaba otra vez.

Ese peso.

Ese maldito secreto que había cargado seis años enteros como quien lleva piedras dentro del pecho.

—La gente siempre necesita convertir el dolor en espectáculo —murmuró él.

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