VÍCTOR RABANALES: CONFESÓ Cómo Dos MUJERES Le DESTROZARON La VIDA
campeón mundial del Consejo Mundial de Boxeo. Venció en Japón al ídolo nacional Joichiro Tatsuyoshi. Ganó más de millón de dólares en su carrera y ese mismo hombre hoy limpia parabrisas en una esquina de Texcoco por 30 pesos la moneda. Sin dinero, sin casa, durmiendo en la calle. Pero eso no es lo más triste.
Lo más asqueroso fue lo que dos mujeres le hicieron una tarde de mayo en las faldas del volcán Popocatepl. Quédate hasta el final porque vas a saber quiénes eran esas dos mujeres y lo más importante, lo que le hicieron que acabó matándolo en vida. Pero antes de llegar a esa esquina de Texcoco, donde Víctor Manuel Rabanales hoy limpia parabrisas a las 6 de la mañana con una camisa que no es suya, con un trapo gris colgándole del cinto y con el cuerpo de un hombre de 63 años que ya no se parece en nada al peleador que noqueó al ídolo japonés en Osaka. Hay algo que tienes
que entender, porque lo que pasó esa tarde de mayo de 2010 en las faldas del Popocat Petl no empezó esa tarde, empezó 45 años antes en una choa de tablones de madera en un pueblo de la selva chiapaneca, donde nació el séptimo hijo de una familia que algunas noches comía dos veces al día y otras noches no comía nada. Aquí es donde todo cambia.
Ciudad Hidalgo, Chiapas. 23 de diciembre de 1962, 2:30 de la mañana. En una casa de un solo cuarto pegada al río Suchiate, frontera natural entre México y Guatemala, nace Víctor Manuel Rabanales, hijo número siete de una familia campesina, cuya madre, una mujer chiapaneca llamada Eulalia. Paría hijos cada 14 meses sin poder pagarle a una partera profesional y cuyo padre, un peón de cafetal llamado Eduardo, ganaba 32 pesos a la semana cortando café en las fincas alemanas del Soconusco.
Víctor Rabanales no conoció zapatos hasta los 9 años. Su primer par fueron unas botas viejas de plástico negro que su padre le compró en el mercado de Tapachula. Cuando el niño empezó la primaria de manera tardía en 1972, antes de esos zapatos, Víctor caminaba descalso por los caminos de tierra del Soconusco.
Cuidaba a sus hermanos menores mientras la madre cocinaba en un fogón de leña y cargaba leña él mismo desde los 4 años para que la casa de tablones tuviera fuego en las madrugadas frías de la selva alta. A los 11 años, en 1974, Víctor Rabanales vio por primera vez una pelea de boxeo en una televisión en blanco y negro de la cantina del pueblo.
La pelea era de un mexicano llamado Rubén Olivares contra un argentino. Transmitida en directo desde el Forum de Inglewood, California. Víctor, parado en la puerta de la cantina, sin permiso para entrar porque era niño, vio los cuatro asaltos completos pegado al marco de madera y cuando terminó la pelea, regresó corriendo a la casa de tablones.
Le dijo a su madre Eulalia tres palabras y nunca más volvió a hablar de otra cosa con la misma intensidad. Las tres palabras fueron mamá, eso quiero. Eulalia Rabanales. Esa noche, sentada en un banco de madera frente al fogón apagado, miró a su séptimo hijo durante 10 segundos exactos y le contestó una sola frase, una frase que Víctor iba a recordar el resto de su vida durante los siguientes 50 años hasta que volviera a recordarla con un dolor distinto.
la noche del 21 de mayo de 2010, cuando ya no quedara nada del campeón mundial. La frase de Eulalia esa noche de 1974 fue, “Mi hijo, los pobres no escogemos. Si Dios te da los puños, los puños te van a alimentar. Pero acuérdate, lo que los puños te dan, los puños te lo quitan. Guarda esto en tu mente porque va a regresar al final.
Aquí aparece el primer caramelo de esta historia, porque esa frase dicha por una madre chiapaneca analfabeta a su séptimo hijo a la luz de una vela de cebo en 1974, fue escrita por Víctor Rabanales con su propia letra 36 años después, en la primera página de una libreta de pasta verde que el peleador empezó a llenar a partir de octubre de 2010, una libreta que Víctor mantuvo en silencio durante 15 años seguidos.

Una libreta donde el campeón mundial fue anotando una por una todas las traiciones, todos los engaños, todos los nombres de las personas que durante 15 años fueron quitándole pieza por pieza lo que los puños le habían dado. Esa libreta hoy en 2026 sigue guardada dentro de una mochila negra rota que Víctor Rabanales carga todos los días sobre la espalda.
mientras camina por las calles de Texcoco buscando parabrisas que limpiar. Esa libreta, según el propio Víctor le confesó a un periodista de la revista Proceso, en una entrevista publicada en marzo de 2024, tiene anotados los nombres de 14 personas que jugaron en su caída y tiene una página, la página número 39, donde aparece subrayado tres veces el nombre de la única persona que el campeón nunca pensó que iba a traicionarlo.
Pero esa libreta verde la vamos a abrir más adelante. Víctor Rabanales empezó a boxear a los 12 años en un gimnasio improvisado de Tapachula, Chiapas, donde un entrenador llamado Don Goyo Hernández, exboxeador olvidado de los años 50, entrenaba a niños pobres de la calle a cambio de 5 pesos a la semana.
Víctor, que no tenía 5 pesos, le ofreció a don Goyo lavarle el gimnasio cada tarde durante 2 horas. Don Goyo aceptó y a los 14 años Víctor ya ganaba peleas de aficionados en los pueblos del Soconusco, peleando contra campesinos adultos por bolsas de 20 y 30 pesos. A los 17 años, Víctor Rabanales tomó una decisión que iba a marcar su vida entera.
se subió a un autobús de segunda clase en Tapachula con 12 pesos en el bolsillo y una bolsa de plástico amarrada con un cordón conteniendo dos camisas, un par de zapatos de ule y una foto de su madre Eulalia tomada el día de su comunión. Manejó 42 horas seguidas sin bañarse, sin comer caliente, durmiendo encogido sobre el asiento hasta llegar a la Ciudad de México la mañana del 5 de febrero de 1980.
Víctor Rabanales a los 17 años llegó al Distrito Federal sin conocer a nadie, sin tener donde dormir, sin saber leer un mapa del metro. Y la primera noche, después de caminar 7 horas seguidas preguntando por gimnasios de boxeo, durmió en una banca del parque Alameda Central, abrazado a la bolsa de plástico con el frío de febrero pegándole en los huesos.
Esa noche en la Alameda no fue la última noche que Víctor Rabanales iba a dormir en la calle, pero esa noche, a diferencia de la que iba a venir 46 años después, todavía no sabía que durmiendo en la calle era exactamente donde iba a terminar. Esa noche, a los 17 años, Víctor Rabanales todavía creía que la Ciudad de México era el principio, que el boxeo era el camino, que los puños de su madre le iban a alimentar para siempre.
Aquí aparece el segundo caramelo, porque esa banca de la Alameda Central donde Víctor Rabanales durmió la primera noche de su vida en la ciudad de México en febrero de 1980. Es la misma banca exacta donde el 24 de noviembre de 2022, 42 años después, un fotógrafo del periódico Reforma tomó una fotografía de un hombre indigente durmiendo con un saco viejo cubriéndole la cara.
Esa fotografía se publicó al día siguiente en una sección secundaria del periódico dentro de una nota sobre el aumento de la indigencia en el centro histórico. Nadie reconoció al hombre del saco viejo. Nadie en la redacción del periódico Reforma, ni en la calle ni en redes sociales. Identificó al campeón mundial Peso Gallo del Consejo Mundial de Boxeo de 1992 que estaba durmiendo en esa banca.
Pero Víctor Rabanales sí se reconoció. Víctor Rabanales compró ese periódico al día siguiente en un puesto de revistas de la avenida Bocarelli con tres pesos que se había ganado limpiando parabrisas en un crucero. Se sentó en una banqueta, abrió el periódico y vio la fotografía. Y cuando la vio, lloró durante 22 minutos sin parar, sentado en la banqueta con la cara escondida entre las rodillas.
Mientras la gente pasaba a su lado sin saber que ese viejo indigente llorando era el mismo hombre que 30 años antes había levantado un cinturón mundial en Osaka, Japón, frente a 15,000 japoneses que coreaban su nombre en silencio respetuoso. Pero todo eso vino mucho después, mucho después de la primera banca de la Alameda, mucho después del gimnasio Polvoriento de Dong Goyo, mucho después de la madre Eulalia diciéndole esa frase a la luz de una vela.
Aquella mañana del 5 de febrero de 1980, Víctor Rabanales, con 17 años se despertó en la Alameda con frío y con hambre. Caminó hasta una fonda de la calle Doncceles. Pidió un café por 20 centavos y empezó a preguntar dónde quedaba la arena Coliseo. Cuando llegó al edificio amarillo de la calle Perú, dos horas después, Víctor se paró frente a la puerta principal sin atreverse a entrar.
Era un muchacho flaco, oscuro, con la ropa arrugada de 42 horas de autobús, con los zapatos de ule rotos por la suela. Y dentro de ese edificio amarillo entrenaban en aquellos años los mejores boxeadores de México. Víctor Rabanales esperó 3 horas afuera hasta que vio salir a un hombre de unos 50 años, gordo, con sombrero de palma que el portero de la Arena saludó con respeto.
Víctor lo siguió media cuadra, lo alcanzó en la esquina de Brasil con República de Cuba y le dijo, sin presentarse, una sola frase de siete palabras: “Señor, quiero ser campeón del mundo.” El hombre del sombrero de palmas se llamaba Cuyo Hernández. Era el manager más importante del boxeo mexicano de aquellos años.
El mismo Cuyo Hernández, que 3 años después, en 1983, iba a ser el manager del campeón Lupe Pintor, cuando este causara la muerte del tapatío Kiko Vegines en el cuadrilátero del Olímpic Auditorium de Los Ángeles, cuyo Hernández esa tarde de febrero de 1980, en una esquina de la Ciudad de México, miró al muchacho chiapaneco flaco que tenía enfrente durante 6 segundos exactos y le contestó, una sola frase de 12 palabras.
Pásate mañana a las 6 de la mañana al gimnasio. Si aguantas te quedas. Víctor Rabanales aguantó. Aguantó tres años seguidos entrenando en el gimnasio Romanza de la Ciudad de México, durmiendo en un cuartito sin ventana detrás del gimnasio, ganando peleas de aficionado por bolsas de 200 pesos, comiendo dos comidas al día cuando había suerte.
aguantó perder a su madre Eulalia en 1982, cuando una enfermedad del estómago la mató en una clínica rural de Chiapas sin que Víctor pudiera pagar el autobús para ir al entierro y aguantó debutar profesionalmente el 13 de agosto de 1983 en la Arena Coliseo contra un peleador llamado Mario Arteaga, al que noqueó en el primer asalto a los 52 segundos.
Después de esa primera victoria, vinieron 9 años seguidos de boxeo profesional. 62 peleas, 41 victorias, 18 derrotas, tres empates. Una vida de gimnasio a las 5 de la mañana, de carreras en el bosque de Chapultepecillos, decenas frías en el cuarto de hotel, de aviones de tercera clase a Tijuana, a Mérida, a Manila, a Las Vegas.
Una vida que culminó la noche del 14 de septiembre de 1992. Esa noche, en el sumo hall de Osaka, Japón, Víctor Manuel Rabanales subió a un cuadrilátero a las 9:47 de la noche, hora local. Frente a él, en la esquina contraria estaba Yoiro Tatsuoshi, el ídolo nacional japonés, el boxeador con el rostro más famoso del archipiélago, el hombre que 3 años antes, en 1989, se había coronado campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo a los 22 años, convirtiéndose en el segundo japonés más joven en lograrlo en la
historia. El hombre cuyo rostro aparecía en las latas de refresco, en los carteles del metro de Tokio, en las cajas de cereal del desayuno japonés. Frente a ese hombre estaba Víctor Rabanales, un chapaneco de 29 años con una cicatriz vieja arriba de la ceja izquierda, los nudillos rotos de tantos años y una sola idea fija dentro de la cabeza.
Aquella noche, frente a 15,000 japoneses que llenaron el sumo hall de Osaka, Víctor Rabanales hizo lo que ningún boxeador mexicano había hecho en años. Noqueó al ídolo nacional japonés en el noveno asalto con un gancho de izquierda al hígado que dejó a Joichiro Tatsuyoshi de rodillas en el centro del cuadrilátero. Los 15,000 japoneses guardaron un silencio absoluto.
El árbitro contó hasta 10. Y a las 10:22 de la noche, hora local, Víctor Manuel Rabanales se convirtió en el campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo. Esa noche, Víctor Rabanales lloró arriba del cuadrilátero. lloró pensando en su madre Eulalia, que había muerto 10 años antes, sin verlo cumplir la promesa, pensando en los zapatos de ule rotos con los que había llegado a la ciudad de México, pensando en la banca de la Alameda Central, donde había dormido la primera noche.
Aquella noche en Osaka, después de levantar el cinturón verde y dorado del Consejo Mundial de Boxeo a las 10:22 de la noche, hora local, Víctor Rabanales recibió en el vestidor del sumo hall una bolsa con $240,000 en efectivo. La bolsa pesaba 6 kg, era el premio neto de la pelea. Descontados los porcentajes del promotor japonés, del manager Cuyo Hernández y del entrenador.
Víctor no había visto en su vida tantos billetes verdes juntos. Se sentó en una banca del vestidor con la bolsa entre las piernas. Y cuando los reporteros mexicanos le preguntaron qué iba a hacer con ese dinero, Víctor contestó tres frases que aparecieron al día siguiente en la portada del periódico Esto.
Voy a comprarle una casa a mi mamá en Chiapas. Aunque mi mamá ya no esté, la casa van a estar. Voy a comprar un terreno grande para hacer un gimnasio para muchachos pobres y voy a guardar lo demás porque lo que los puños te dan, los puños te lo quitan. Esa tercera frase, la que repetía las palabras de su madre Eulalia de 1974, fue la última frase sensata que Víctor Manuel Rabanales pronunció en público durante los siguientes 32 años.
A partir de esa noche de septiembre de 1992, todo lo que el campeón hizo con su dinero fue ir en dirección contraria a esa frase. Víctor compró en los siguientes 18 meses tres departamentos en Texcoco, Estado de México. Ninguno registrado a su nombre por consejo de un primo que le dijo que era mejor por temas de impuestos.
Compró también cuatro automóviles en 12 meses, dos camionetas Cheyen nuevas, un Mustang amarillo, un Camaro azul y tres caballos de carrera que nunca corrieron en ningún hipódromo oficial. Pagó las deudas de seis hermanos que aparecieron en su casa de Texcoco después de la pelea de Osaka. hermanos a los que Víctor había mantenido durante años desde Ciudad de México y que ahora regresaban con esposas, hijos y cuñados sin trabajo.
Y empezó a invertir mes tras meses, en negocios que personas desconocidas le proponían en las puertas de los restaurantes, donde el campeón comía con su séquito de amigos nuevos, personas desconocidas. Esas tres palabras en la vida de Víctor Rabanales después de Osaka fueron el principio del final. Porque entre 1993 y 2010, Víctor Rabanales firmó documentos, autorizó retiros, entregó cantidades en efectivo y aceptó participaciones en proyectos cuyos verdaderos dueños él nunca conoció.
Restaurantes que nunca abrieron, gasolineras que nunca operaron. Granjas de avestruces que nunca tuvieron avestruces, cadenas de tintorerías que existían solo en folletos a color impresos en una imprenta de la colonia Doctores. Víctor firmaba sin leer. Confiaba en quien le ponía el papel enfrente.
Le decían, “Campeón, esto te va a dar el triple en un año.” Y Víctor sacaba el chequera. Para 1999, 7 años después de Osaka, Víctor Rabanales había perdido aproximadamente $600,000 de los 900,000 que había acumulado en su carrera entera, entre la pelea estelar y otras siete defensas y peleas menores. Para 2003, año en que se retiró oficialmente del boxeo profesional a los 41 años, ya solo le quedaba uno de los tres departamentos de Texcoco.
ningún coche de los cuatro originales, ningún caballo, ningún negocio activo y una pensión mensual de 15,000 pesos que el Consejo Mundial de Boxeo le entregaba como reconocimiento honorífico a los excampeones mundiales mexicanos. 15,000 pesos al mes para un hombre que había sostenido durante una década un séquito de 22 personas, que había pagado bodas, bautizos, funerales y operaciones de toda su parentela, que había mantenido casas chicas en Ciudad de México mientras la principal estaba en Texcoco.
15,000 pesos al mes no alcanzaban. Y fue exactamente en ese momento, en febrero de 2010, cuando aparecieron en la vida de Víctor Rabanales, las dos mujeres que iban a destruir lo que quedaba del campeón mundial Peso Gallo del Consejo Mundial de Boxeo. Esas dos mujeres tenían en aquel entonces 39 y 41 años de edad.
Se llamaban, según los registros de la libreta verde que Víctor empezó a llenar meses después, Dolores Aguilar y Mariana Esquivel. Y 18 años antes, en la oficina de Bienes Raíces de Toluca, habían fundado una empresa fantasma llamada Inmobiliaria volcánica del centro, sociedad anónima de capital variable, con un solo propósito declarado en sus estatutos.
vender terrenos que nunca habían sido suyos a deportistas, artistas y empresarios menores cuya fama les hacía bajar la guardia. 14 víctimas documentadas entre 1992 y 2010. 14 hombres famosos, a quienes Dolores y Mariana, con 18 años de práctica, habían sabido leer en menos de tres conversaciones. El nombre de Víctor Manuel Rabanales fue la víctima número 15.
Y la tarde del 22 de mayo de 2010, esas dos mujeres iban a llevarse al campeón mundial olvidado en una camioneta blanca hasta las faldas del volcán Popocatepl. iban a ofrecerle un negocio que sonaba perfecto y le iban a hacer algo que Víctor esa misma noche caminando solo de regreso a la carretera con los pies hinchados y la cara quemada por el sol, todavía no podía nombrar con palabras.
La tarde del 22 de mayo de 2010 era un sábado. En la Ciudad de México el calor pegaba seco, 31 gr según el termómetro de una farmacia de la avenida Insurgentes. Víctor Rabanales se levantó esa mañana a las 5 de la mañana como siempre en el último departamento que todavía conservaba en Texcoco, un departamento de 52 m² en el segundo piso de un edificio amarillo de la colonia Lomas de Cristo.
Comprado por él mismo en 1994 con dinero limpio de la pelea por la defensa del título mundial. Departamento sin escritura propia, eso sí, registrado a nombre de un primo lejano de Tapachula, al que Víctor llevaba 15 años sin ver. Y esto importa, porque al final de esa misma tarde, cuando Víctor regresara del Popocat Petl con la cara quemada por el sol, ese departamento amarillo de lomas de Cristo todavía sería suyo.
Y dos años después, en septiembre de 2012, ya no lo sería. Pero esa pérdida la vamos a contar más adelante. Esa mañana del 22 de mayo, Víctor recibió una llamada al teléfono fijo del departamento a las 7:42, una voz de mujer joven, educada con acento de zona privada del Estado de México. Una voz que le dijo, sin presentarse demasiado, una sola frase de 15 palabras.
Don Víctor, lo esperamos a las 11 en el restaurante Sanborns de Toluca. Es por lo del terreno. Víctor Rabanales no preguntó quién hablaba. Víctor llevaba dos meses esperando esa llamada. Dos meses desde que un amigo del gimnasio, un exboxeador convertido en taxista llamado Severiano Cruz, le había hablado por primera vez de un negocio que iba a cambiarle la vida.
Severiano, dos meses antes había llegado al departamento de Lomas de Cristo con dos botellas de cerveza indio y le había dicho a Víctor que conocía a unas señoras de Toluca que tenían terrenos en las faldas del Popocatépetl, terrenos comunales, ejidales, baratos, para construir cabañas turísticas para los gringos que querían ver el volcán de cerca.
Víctor, esa noche de marzo escuchó a Severiano durante dos horas seguidas. Hizo cuentas con un lápiz romo sobre el mantel de la cocina y a las 11 de la noche, después de la segunda cerveza, le dijo a su viejo amigo que sí, que sí estaba interesado, que cuándo podía conocer a las señoras. Severiano Cruz esa noche dijo cuatro palabras antes de irse. Yo las contacto, campeón.
Aquí es donde todo cambia. Aquí aparece el primer hilo del gancho número uno, porque Severiano Cruz, el exboxeador taxista que llevó a las dos mujeres a la vida de Víctor Rabanales, no era un amigo cualquiera. Severiano era el primo segundo de Mariana Esquivel, la estafadora más joven de inmobiliaria volcánica del centro.
La mujer cuyo nombre aparecía cuatro veces en la libreta verde subrayado con marcador rojo. Y Severiano Cruz, según el propio Víctor escribió en la página 22 de esa libreta 6 años después, recibió ese sábado de mayo de 2010 una comisión personal de 45,000 pesos por haber entregado al campeón mundial. Pero Víctor, esa mañana camino a Toluca todavía no sabía nada.
Víctor manejaba su único coche, un Volkswagen Pointer modelo 2001 que había comprado de segunda mano en 1999 y silvaba bajito una canción de los Tigres del Norte que sonaba en la radio AM. Llevaba puesta una camisa azul de manga larga, pantalón de mezclilla y un sombrero de palma. En el bolsillo interior del saco llevaba $3,000 en efectivo, 29,000 del último dinero que le quedaba de boxeo, más 4,000 prestados esa misma semana a su hermana mayor Carolina, la única hermana que todavía le hablaba después de los pleitos por las herencias que nunca llegaron.
$3,000. La diferencia exacta entre el precio que las dos mujeres iban a pedirle al principio y el precio que iban a aceptar al final. Pero Víctor esa mañana todavía no entendía cómo funcionaban estos negocios. Llegó al Sanborns de Toluca a las 11 en punto. Las dos mujeres ya estaban sentadas en una mesa del fondo.
Tomaban café con leche. Vestían trajes sastre del color del marfil. Dolores con un pañuelo dorado al cuello, Mariana con aretes pequeños de oro, ambas con manicura francesa perfecta y zapatos de tacón medio. Le sonrieron al campeón en cuanto cruzó la puerta. Se levantaron las dos al mismo tiempo.
Lo abrazaron sin tocarle el saco y le dijeron que era un honor conocer en persona al hombre que había noqueado a Joichiro Tatsuyoshi en Osaka. Víctor, a los 47 años, con el cabello todavía oscuro, pero las entradas amplias en las cienes, se sentó frente a las dos mujeres con una mezcla de orgullo y nervios que llevaba 10 años sin sentir.
Pidió un café americano y empezó a escuchar lo que las dos mujeres le contaron durante los siguientes 87 minutos en aquel sanborns de Toluca. Fue una historia perfectamente armada que iba a quedar grabada en la cabeza de Víctor Rabanales, como las palabras de su madre Eulalia, pero en sentido contrario. Dolores habló primero.
Le explicó a Víctor que su empresa, inmobiliaria volcánica del centro, tenía concesionados desde 1994 240 haáreas de terreno comunal en las faldas suroccidentales del Popocatépetl en el municipio de Ozumba. Estado de México. Le mostró fotocopias de documentos con sellos de la Secretaría de la Reforma Agraria.
Le enseñó un mapa topográfico con polígonos marcados en lápiz rojo. Le explicó que el gobierno federal estaba a punto de aprobar un proyecto turístico que iba a multiplicar el valor de esos terrenos por 20 en los siguientes 3 años. Mariana habló después. le dijo a Víctor que las empresas grandes ya estaban entrando, que Grupo Posadas había comprado el sector norte, que un consorcio español tenía los ojos puestos en el sector este, que solo quedaba disponible el sector suroccidental y que ellas dos, por amistad con Severiano, por respeto a la trayectoria del campeón
mexicano, querían darle a Víctor Rabanales la oportunidad de comprar 10 haáreas a un precio que nadie más iba a ver.000 $30,000 en efectivo. Pago único. Cabañas listas para construir en 3 meses. Retorno de la inversión calculado en 15 meses. Víctor escuchó hasta el final sin interrumpir.
Se tomó su café americano en cuatro sorbos y cuando las dos mujeres terminaron, hizo la única pregunta que se le ocurrió. Una pregunta que años después iba a llamar. En la página 41 de la libreta verde, la pregunta del idiota que era yo en mayo de 2010. La pregunta fue, “¿Y cuándo puedo ver los terrenos?” Dolores Aguilar sonríó, miró a Mariana, le contestó a Víctor con 12 palabras.
“Ahora mismo, si quiere, don Víctor, tenemos la camioneta afuera. Aquí es donde Víctor Rabanales, el campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo, tomó la decisión más cara de su vida sin saber que era una decisión. Víctor se levantó de la mesa, pagó los tres cafés, caminó con las dos mujeres hasta el estacionamiento del Sandborns y se subió sin desconfianza, sin avisar a nadie, sin tomar ni siquiera el número de placas, a la camioneta blanca Ford Explorer del año 2008 que las dos estafadoras tenían estacionada bajo un árbol.
Manejaron una hora y 17 minutos. Salieron de Toluca por la carretera federal, pasaron Tenango, pasaron Tianguistenco, bajaron por curvas estrechas hasta llegar al pueblo de Ozumba. y de Ozumba siguieron por un camino de terracería entre milpas hasta llegar a un punto donde el popocaté Petl se levantaba enorme frente al parabrisas con la nieve eterna en la cumbre y la fumarola gris saliendo del cráter como salía siempre desde 1994.
Aquí es donde aparece el segundo caramelo de esta parte. Aquí entra en escena un objeto que iba a obsesionar a Víctor Rabanales durante los siguientes 16 años. Una carpeta de plástico negro. Tamaño oficio. Con un broche dorado de metal en el lomo. 47 páginas adentro. La carpeta que Dolores Aguilar sacó del asiento trasero de la camioneta blanca cuando llegaron al pie de la milpa, donde supuestamente empezaban las 10 haáreas que iban a venderle al campeón.
Esa carpeta hoy en 2026 no existe. Esa carpeta desapareció esa misma tarde y Víctor Rabanales todavía 16 años después no entiende cómo desapareció. Pero ya vamos a llegar a eso. Las dos mujeres bajaron de la camioneta. Víctor bajó con ellas. Caminaron los tres juntos por un sendero de tierra negra durante 12 minutos hasta una explanada inclinada donde Dolores se detuvo.
Sacó del bolsillo del saco un teléfono celular, marcó un número, habló en voz baja durante 42 segundos y le dijo a Víctor sin colgar el teléfono una sola frase. Don Víctor, mi socia, el ingeniero Ramírez, ya viene en camino con el escribano. Mientras llegan, ¿le parece si vamos firmando algunas cosas? Víctor Rabanales asintió.
Y aquí, en mitad de una milpa de las faldas del Popocatepetl, a las 3:22 de la tarde de un sábado de mayo de 2010, sin abogado, sin asesor, sin testigo de su lado, sin haber leído ni una sola línea de los 47 documentos que Dolores Aguilar empezó a sacarle uno por uno de la carpeta negra. El campeón mundial, peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo de 1992 empezó a firmar.
Firmó 39 documentos en 51 minutos. Firmó sesiones de derecho, autorizaciones de pago, renuncias a derechos de reclamación posterior, constancias de recepción de bienes, cláusulas penales por incumplimiento. Y al final, cuando las dos mujeres le dijeron que el ingeniero Ramírez se había y que tenían que regresar a Toluca antes de las 5 para depositar el dinero en el banco, Víctor sacó del bolsillo interior del saco los 33,000.
contó 30,000. Se los entregó a Mariana Esquivel en un sobre amarillo y se quedó con los 3000 restantes en la mano. Mariana, contando los billetes lentamente sin volver a meterlos en el sobre, le sonrió a Víctor y le dijo cuatro palabras. Bienvenido al negocio, campeón. Aquí entra ahora la clave del gancho número uno.

La cosa que Víctor Rabanales esa tarde de mayo del 2010 no podía nombrar con palabras, pero que sintió en el cuerpo como si le hubieran dado un golpe seco en el hígado. algo que iba a destruirlo más adentro que la pérdida del dinero, que durante los siguientes 15 años no iba a dejarlo dormir más de tres horas seguidas y que según le confesó a un periodista de Proceso muchos años después lo mató en vida, lo que pasó en los siguientes 14 minutos.
Porque cuando Mariana terminó de contar los $30,000, cuando Dolores guardó la carpeta negra dentro de un maletín que estaba dentro de la camioneta blanca, cuando las dos mujeres se subieron a los asientos delanteros del vehículo y arrancaron el motor, Víctor Rabanales todavía estaba parado a un costado del sendero de tierra, esperando a que abrieran la puerta del asiento trasero para subirse y regresar con ellas a Toluca.
La puerta no se abrió. La camioneta blanca arrancó marcha atrás durante 22 m. Las dos mujeres dieron media vuelta cuidando no tocar el coche con las ramas de los Maguelles y aceleraron por el sendero polvoriento de vuelta al pueblo de Ozumba, dejando a Víctor Manuel Rabanales, campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo de 1992.
parado en mitad de una milpa de las faldas del Popocatepetl, a 69 km de la Ciudad de México, sin teléfono, sin agua, sin coche, sin dinero y sin entender que las dos mujeres no iban a regresar nunca. Víctor las vio alejarse durante 41 segundos. Levantó la mano izquierda en señal de despedida pensando que era un descuido.
Las llamó a gritos. corrió 30 met tras la camioneta, se detuvo y se quedó parado mirando la nube de polvo blanco que se levantaba a la distancia y entendió todo de un solo golpe. Las dos mujeres no iban a regresar. Los $30,000 estaban perdidos. Los terrenos nunca habían sido de ellas. El ingeniero Ramírez nunca había existido y los 39 documentos que el campeón mexicano acababa de firmar en mitad de una milpa, sin leer una sola línea, sin testigo de su lado, eran ahora propiedad legal de inmobiliaria volcánica del centro,
sociedad anónima de capital variable, documentos que iban a usarse contra él durante los siguientes 6 años en juzgados civiles del Estado de México que iban a justificar el embargo del Volkswagen Point. en 2011, que iban a justificar la pérdida del departamento amarillo de Lomas de Cristo en septiembre de 2012.
Los mismos papeles que iban a despojarlo pieza por pieza de todo lo que el campeón todavía conservaba. Pero esa tarde de mayo, parado solo en mitad de la milpa, Víctor Rabanales todavía no podía calcular el alcance de lo que acababa de firmar. Esa tarde lo único que el campeón sintió en el cuerpo fue una vergüenza vieja, una vergüenza que venía de la infancia descalsa en Chiapas, una vergüenza que decía, sin palabras, pero con claridad absoluta, que él, Víctor Manuel Rabanales, había nacido tonto, había crecido tonto
y se iba a morir tonto. Caminó 3 horas y 40 minutos. Bajó por el sendero polvoriento de vuelta. Atravesó dos milpas, una barranca seca, un puente de tablones podridos. Llegó al pueblo de Ozumba a las 7:22 de la noche con el sol cayendo, con los pies hinchados dentro de los zapatos negros, con la cara quemada por el sol de la tarde, con la garganta cortada por la sed y se sentó en una banca de la plaza del pueblo, frente al kosco de música, donde una familia entera estaba comiendo elotes con limón y chile. Una
niña de unos 6 años vestida con falda larga floreada se le acercó, lo miró con los ojos grandes, le ofreció un pedazo de elote pelado. Víctor aceptó, se lo comió en cuatro mordidas y cuando le devolvió la mazorca limpia a la niña, ella le preguntó con una voz suave una sola pregunta. ¿Por qué lloras, señor? Víctor Rabanales ese momento descubrió que llevaba 20 minutos llorando sin darse cuenta.
Se pasó la mano por la cara, sintió la salca, le sonrió a la niña sin contestar y se levantó de la banca sin saber a dónde iba a caminar después. Aquí es donde la historia da un giro que casi nadie cuenta cuando se habla del campeón Rabanales y el popo catépetl. Aquí es donde aparece el segundo gran gancho de esta historia. Aquí es donde tienes que entender, antes de que sigamos adelante, que la estafa del Popocatepetl no fue el peor día de Víctor Rabanales.
El peor día vino 3 años y dos meses después. La fecha exacta fue el 14 de julio de 2013, un domingo a las 11:29 de la noche en el patio de servicio de una casa rentada en la colonia Vasco de Quiroga del municipio de Texcoco, donde Víctor Rabanales llevaba ya 9 meses viviendo después de perder el departamento de Lomas de Cristo.
Noche del 14 de julio, Víctor Rabanales hizo algo que durante los 21 años anteriores había jurado que nunca, bajo ninguna circunstancia iba a hacer. Vendió el cinturón mundial. Pero antes de llegar a esa noche del patio de servicio, antes de llegar al momento en que el campeón mexicano puso el cinturón verde y dorado del CMB sobre una mesa de plástico blanca frente a un hombre desconocido que le ofreció 5000 pesos en efectivo.
Hay que entender lo que pasó entre el sábado del Popocaté Petl y aquella noche de julio. 3 años de espiral. Espiral lenta, dolorosa, silenciosa. Lo que pasó al día siguiente del Popo Catepetle, ya lo intuyes. Víctor regresó al departamento amarillo de Lomas de Cristo en un autobús de segunda clase desde Ozumba. Llegó a las 2 de la mañana del domingo 23 de mayo.
Encendió la luz de la sala, se sentó en el sofá y empezó a hacer cuentas en una hoja de cuaderno arrancada de la primaria de un sobrino. Las cuentas que Víctor escribió esa madrugada en esa hoja decían en orden lo siguiente: 30,000 perdidos en el Popo Catepetl, 422,000 pesos en deudas acumuladas con bancos, prestamistas y dos compadres de gimnasio.
15,000 pesos mensuales de pensión del Consejo Mundial de Boxeo. Cero ingresos adicionales documentados, cero terrenos, cero negocios funcionando. Un departamento sin escritura, un Volkswagen Pointer con tres pagos atrasados, dos hermanas que ya no le hablaban. Víctor cerró la hoja, la dobló en cuatro, la metió en una libreta vieja y se fue a dormir sin haber cenado.
A las 5:30 de la mañana se levantó como siempre, se puso ropa deportiva, bajó a la calle y empezó a correr sus 10 km diarios como había hecho durante 30 años. La diferencia esa madrugada. La primera diferencia que Víctor notó en su propio cuerpo fue que a los 6 km se detuvo en una esquina y vomitó. vomitó nada porque no había cenado, solo Billy amarilla.
Aquí entra el tercer caramelo de esta historia, sembrado para pagarse mucho más adelante, porque ese vómito de bilis amarilla en una esquina de Texcoco la madrugada del domingo 23 de mayo de 2010 fue el primer aviso de algo que un médico iba a diagnosticar 2 años después en la consulta externa del Hospital General de México.
una úlcera duodenal complicada con hepatitis crónica del tipo C. Una enfermedad que Víctor Manuel Rabanales, según la copia del expediente médico que sigue en su mochila negra, contrajo en una fecha imprecisa entre 2003 y 2008, probablemente por una transfusión de sangre mal filtrada durante una pelea profesional en Cuernavaca, donde fue noqueado y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital civil de Morelos.
Pero esa enfermedad la vamos a contar cuando toque. Por ahora basta con saber que la mañana del 23 de mayo de 2010, el cuerpo del campeón mexicano empezó a apagarse en silencio mientras el resto de su vida se desmoronaba a la vista de todos. Durante los siguientes 14 meses, Víctor Rabanales intentó hacer lo que cualquier hombre haría en su lugar.
Buscó un abogado, lo encontró, le pagó 18,000 pesos por adelantado, llevó las copias de los 39 documentos firmados en la milpa. El abogado los revisó y a las tres semanas le devolvió a Víctor una carta de dos páginas dactilografiada en una máquina vieja que decía en el último párrafo, con palabras de licenciado, pero claras, una sola cosa, que los documentos eran impecables, que Víctor había firmado renuncias expresas en la cláusula séptima y duodécima, que no había posibilidad legal de recuperar el dinero, que pelear en juzgados solamente
iba a costar darle más dinero del que ya había perdido. Víctor pagó al abogado, le dio la mano y salió del despacho sin decir una palabra. Esa tarde regresó al departamento de Lomas de Cristo. Sacó del closet una caja de cartón donde guardaba el cinturón mundial y las medallas. Las puso sobre la cama.
Se sentó a verlas durante 40 minutos y volvió a guardarlas en la caja sin tocar el cinturón. 3 meses después, en febrero de 2011, el banco le embargó el Volkswagen Pointer por los pagos atrasados. Víctor empezó a caminar a todas partes. Vendió la lavadora, vendió el refrigerador, vendió la televisión de tubo.
Para octubre de 2011, ya solo le quedaba en el departamento una cama, una mesa, dos sillas plegables y la caja de cartón con el cinturón mundial dentro. En enero de 2012, el primo lejano de Tapachula, dueño nominal del departamento de Lomas de Cristo, llamó a Víctor para decirle que necesitaba vender el inmueble porque su hija se iba a casar y necesitaba el dinero para una boda.
Víctor le pidió que esperara 6 meses. El primo aceptó. 6 meses después, en septiembre de 2012, el primo vendió el departamento sin avisarle a Víctor. Víctor se enteró porque un día llegaron tres hombres a tocar la puerta con copias de la escritura nueva. Víctor pidió tres días para sacar sus cosas. Salió del departamento amarillo de Lomas de Cristo el 12 de septiembre de 2012 a las 9:18 de la mañana cargando dos maletas, una caja de cartón y la mochila negra.
Se mudó a una casa rentada en la colonia Vasco de Quiroga, del mismo municipio de Texcoco, en un cuartito de servicio sobre una azotea por 1200 pesos al mes. Cuartito de 4 por 3 m sin baño dentro, con un solo foco colgando de un cable pelado. Y ahí, en ese cuartito, Víctor Manuel Rabanales vivió durante los siguientes 10 meses con la caja de cartón del cinturón guardada debajo de la cama. Comía una vez al día.
Se duchaba en la regadera comunitaria del segundo piso. Caminaba dos horas diarias buscando trabajo de lo que fuera. Cargó frutas en el mercado central de Texcoco. Lavó autos en cruceros. Aceptó hacer publicidad para un anuncio de cerveza nacional por 2,500es. Dar autógrafos en una feria popular del Estado de México por 1,000es la firma.
y clases de boxeo a niños de un campamento de verano de la CONADE por 3,000 pesos la semana hasta que llegó la noche del 14 de julio de 2013. Esa noche un hombre llegó a la azotea de la colonia Vasco de Quiroga preguntando por el campeón mundial Rabanales. El hombre tenía unos 55 años. Vestía camisa blanca, pantalón oscuro, zapatos de vestir.
Decía llamarse Rogelio Mendieta, ser coleccionista de memorabilia deportiva, tener un cliente en Cuernavaca que estaba dispuesto a pagar buen dinero por cinturones auténticos de campeonatos mundiales mexicanos. subió las escaleras de fierro de la azotea, entró al cuartito sin pedir permiso después del saludo y se sentó en una de las dos sillas plegables.
Víctor sacó la caja de cartón de debajo de la cama, la puso sobre la mesa de plástico blanca, abrió la tapa y le mostró al hombre el cinturón verde y dorado del Consejo Mundial de Boxeo. el mismo cinturón que el árbitro le había colocado a la cintura 20 años antes en el centro del cuadrilátero del sumo hall de Osaka, frente a 15,000 japoneses callados.
Rogelio Mendieta lo miró durante 6 segundos, lo tocó con los dedos, le dio la vuelta, verificó las inscripciones de la parte interior y le hizo a Víctor una sola oferta. Te doy 5000 pesos por el campeón. Es lo que puedo. El mercado está difícil. Víctor Rabanales, esa noche en el cuartito de la azotea supo perfectamente que el cinturón valía como mínimo 300,000 pes en cualquier subasta seria de memorabilia deportiva.
supo que un coleccionista privado de Estados Unidos llegaría a pagar 500,000 y que la oferta de Rogelio Mendieta era un robo a la luz del foco pelado. Pero esa noche, Víctor Manuel Rabanales llevaba dos días sin comer, tres meses sin pagar la renta del cuartito y una semana sin tomar la medicina de la úlcera duodenal que un dispensario público le había recetado a regañadientes.
Anoche Víctor Rabanales necesitaba 5,000 pesos en efectivo en menos de 48 horas para no quedarse en la calle. miró el cinturón sobre la mesa, miró al hombre frente a él y le dijo cuatro palabras: “Trato hecho, señor Mendieta.” Rogelio Mendieta sacó del bolsillo interior del saco un fajo de billetes de 500 pesos.
Contó 10 billetes, los puso sobre la mesa al lado del cinturón, recogió el cinturón sin guardarlo todavía. le sonrió a Víctor sin levantarse de la silla y le hizo, antes de irse una pregunta que el campeón mexicano no esperaba. Don Víctor, una curiosidad, su hijo Marcos sabe que está usted vendiendo esto. Víctor Rabanales, esa noche del 14 de julio de 2013 sintió en el cuartito de la azotea de la colonia Vasco de Quiroga algo que no había sentido en sus 50 años de vida.
Lo que sintió quedaba fuera del catálogo conocido de la vergüenza, la rabia o la tristeza. Fue una cosa fría y precisa que le bajó por la columna vertebral hasta los pies. Una cosa que tenía un nombre concreto, el nombre de un niño. Marco, Marco Rabanales Aguirre, único hijo legítimo del campeón mexicano. Nacido el 16 de noviembre de 1994 en el Hospital Materno Infantil de Texcoco, fruto del único matrimonio que Víctor Manuel Rabanales tuvo en su vida entera con una mujer llamada Estela Aguirre, hija de un comerciante de telas de la
Lagunilla, con la que el campeón se casó en abril de 1993 y se divorció en julio de 1999. Aquí es donde todo cambia. Aquí es donde se abre el tercer gran gancho de esta historia. Aquí es donde el espectador tiene que entender que la estafa del Popo Catepetl, la pérdida del departamento amarillo, el embargo del Volkswagen, la venta del cinturón mundial por 5000 pesos fueron golpes secundarios, heridas dolorosas pero superables, pérdidas materiales que el cuerpo de un campeón mundial puede absorber, lo que mató en vida a Víctor
Rabanales, lo que lo llevó 16 años después a dormir en una banca de la Alameda. central debajo de un saco viejo. Fue algo más profundo, algo que tiene que ver directamente con la pregunta que el coleccionista Rogelio Mendieta le hizo esa noche en el cuartito de la azotea. Su hijo Marco sabe que está usted vendiendo esto.
Víctor Rabanales esa noche no contestó la pregunta. Recogió los 10 billetes de 500 pesos de la mesa, los guardó en el bolsillo derecho del pantalón. Le dio la mano a Rogelio Mendieta, lo acompañó a la puerta del cuartito y cuando el coleccionista bajó por las escaleras de fierro de la azotea con el cinturón mundial debajo del brazo, Víctor cerró la puerta, se sentó en la cama y se quedó mirando la pared sin moverse durante 47 minutos.
Porque la verdad, la verdad que Víctor no pudo decir en voz alta esa noche era que Marco Rabanales Aguirre, su único hijo legítimo, llevaba en ese momento un año y 9 meses sin dirigirle la palabra a su padre. Y no por una razón menor, no por una pelea pasajera, por algo concreto que había pasado 18 meses antes, algo que el campeón mexicano había hecho con la única casa que tenía registrada a su nombre verdadero, la casa familiar de Texcoco, la casa del fraccionamiento Lomas Verdes, la casa de tres recámaras donde Marco había vivido sus primeros 5
años antes del divorcio, donde la madre Estela Aguirre seguía viviendo después del divorcio. bajo un acuerdo de uso vitalicio que los abogados habían dejado por escrito en julio de 1999, la casa que Víctor Rabanales vendió en enero de 2012 sin avisarle a su exesposa, sin avisarle a su hijo Marco, sin honrar el acuerdo del divorcio, vendió la casa por 380,000 pesos en efectivo a un comprador de Pachuca para cubrir parte de las deudas que la estafa del Popócatepe le había generado y echó a su exesposa Estela, que
entonces tenía 52 años y trabajaba como secretaria de una primaria pública y a su hijo Marco, que tenía 17 años y estaba en el último semestre de preparatoria a la calle. Estela Aguirre y Marco Rabanales se mudaron esa misma semana a un departamento alquilado en la colonia Sagrario de Texcoco.
Pagaron 3 meses de renta con dinero prestado. Marco terminó la preparatoria de noche trabajando como mesero de día. Estela tuvo que pedir un segundo empleo como cuidadora de niños los fines de semana y desde el día exacto en que se mudaron a ese departamento alquilado, el 12 de enero de 2012, Marco Rabanales Aguirre dejó de contestar las llamadas de su padre.
Víctor le marcó 32 veces durante el 2012. 32 veces saltó el buzón. Víctor escribió siete cartas que entregó personalmente debajo de la puerta del departamento de la colonia Sagrario. Siete cartas que Marco rompió sin abrir. Víctor mandó dos veces a la hermana Carolina como intermediaria. Las dos veces Marco le pidió a su tía que se fuera por favor sin discutir.
Aquí es donde aparece el caramelo más importante de toda esta historia. Aquí es donde tienes que entender por qué 16 años después el campeón mexicano todavía no podía nombrar con palabras lo que las dos mujeres del popocatepetl le habían hecho, porque las dos mujeres no le robaron $30,000. Lo que las dos mujeres le robaron, sin saberlo ellas mismas, fue lo único que el campeón todavía tenía en mayo de 2010, la posibilidad de seguir siendo el padre de su hijo, la posibilidad de seguir teniendo derecho moral a llamarle
por teléfono y decirle, “Marco, soy tu papá. ¿Cómo estás?” La posibilidad de no tener que vender la casa de Lomas Verdes, la posibilidad de no echar a su exesposa a la calle. Cuando Víctor firmó esos 39 papeles en mitad de una milpa del popo catepetl, lo que estaba firmando sin entenderlo, era la sentencia de muerte de su relación con Marco.
Esa fue la herida que lo mató en vida. Y esa fue la razón exacta por la que la pregunta del coleccionista Mendieta, esa noche del 14 de julio de 2013 le bajó por la columna como una acuchillada lenta porque Mendieta no había hecho una pregunta inocente. Mendieta sabía. Mendieta era amigo desde hacía 20 años del padre de Estela Aguirre.
Mendiet había sido invitado al bautizo de Marco en 1995. Mendieta había escuchado durante meses en el café del centro de Texcoco, donde se reunían los viejos amigos del exuegro de Víctor, la historia de cómo el campeón mundial había echado a Estela y a Marco de la casa familiar. Mendieta esa noche fue al cuartito de la azotea, no para comprar un cinturón, fue para enterrar al campeón.
pagó 5000 pesos por una pieza que valía 60 veces más porque sabía perfectamente que Víctor Rabanales esa noche no podía decir que no y se llevó el cinturón verde y dorado para venderlo dos semanas después en una subasta privada de Los Ángeles por $28,000. La libreta verde de Víctor Rabanales en la página número 39 tiene subrayado tres veces con marcador rojo el nombre de Rogelio Mendieta Salinas.
coleccionista privado de memorabilia deportiva con domicilio fiscal en la colonia Polanco de la Ciudad de México. Pero junto a ese nombre, en letra más pequeña, Víctor escribió en el 2016 una frase que cierra el círculo de toda esta historia. La frase dice, “Mendieta no fue. Fui yo. Fui yo cuando vendí la casa. 13 años después de la venta del cinturón.
13 años después de la última carta que Marco rompió sin abrir, en la noche del 24 de noviembre de 2022, cuando el fotógrafo del periódico Reforma tomó la fotografía del hombre indigente durmiendo en la banca de la Alameda Central con un saco viejo cubriéndole la cara. Víctor Rabanales acababa de cumplir 60 años.
Llevaba 7 meses durmiendo en la calle. El cuartito de la azotea de la colonia Vasco de Quiroga lo había perdido en abril de 2022 por 6 meses de renta atrasados. La pensión del Consejo Mundial de Boxeo había bajado a 1500 pesos mensuales después de un ajuste administrativo del 2019. La hepatitis crónica del tipo C, sin medicación regular durante 3 años seguidos, le había empeorado el hígado hasta provocarle dos hemorragias internas.
En 2021, las hermanas Carolina y Lupe habían dejado de buscarlo después de la última pelea por dinero en 2020. Los amigos del boxeo le habían dejado de contestar el teléfono uno por uno hasta que el último, Severiano Cruz, el taxista que 12 años antes lo había llevado con las dos mujeres del Popocatepetl, murió de un infarto en marzo de 2022 sin pedir perdón.
Víctor Rabanales empezó a dormir en la calle el 18 de abril de 2022. Esa primera noche durmió debajo del puente vehicular de Tlalne Pantla. La segunda noche en el jardín del arte de la avenida Reforma. La tercera noche en el atrio de la iglesia de Santa Cruz Acatlán. Y de ahí en adelante, sin un orden fijo, fue rotando entre bancas, atrios, estaciones de autobús y portales del centro histórico, durmiendo donde la noche lo agarrara, comiendo en comedores comunitarios cuando podía, lavando parabrisas a la salida de los semáforos
para ganarse las monedas del día, la banca del Alameda central, donde el fotógrafo del Reforma le tomó la fotografía el 24 de noviembre de 2022. Era la misma banca exacta donde Víctor había dormido la primera noche de su vida en la ciudad de México en febrero de 1980, cuando llegó de Chiapas con una bolsa de plástico amarrada con un cordón.
42 años después, la misma banca, el mismo hombre, pero el hombre ya no era el mismo. Y eso para Víctor Rabanales cuando vio la fotografía en el periódico al día siguiente y lloró 22 minutos sentado en una banqueta de la avenida Bucarelli. Fue la confirmación última de algo que había venido sintiendo durante 12 años, que la frase de su madre Eulalia, dicha a la luz de una vela de cebo en una choa de ciudad Hidalgo, Chiapas en 1974, se había cumplido al pie de la letra.
Lo que los puños te dan, los puños te lo quitan. Pero la última escena de esta historia, la escena que cierra el círculo de toda la caída de Víctor Manuel Rabanales, no ocurrió en una banca de la Alameda Central. Ocurrió 17 meses después, en una esquina cualquiera de la colonia centro de Texcoco. Una mañana de domingo de octubre de 2024 a las 9:42.
Esa mañana, Víctor estaba limpiando el parabrisas de un Nissan Suru blanco detenido en el semáforo de la calle Nesacoyotol. Trabajaba rápido con la rutina aprendida de 1000 mañanas iguales. Pasaba el trapo gris en cuatro movimientos. estiraba la mano por la ventanilla esperando una moneda de 10 o 20 pesos y se movía al siguiente coche antes de que el semáforo se pusiera en verde.
Pero ese domingo, cuando Víctor terminó de limpiar el parabrisas del Nissan Suru, el conductor no le dio la moneda. El conductor bajó el vidrio completo, miró al franelero de la cara quemada y la camisa azul vieja y lo miró durante 6 segundos exactos sin decir nada. El conductor tenía 30 años, llevaba lentes con armazón de pasta, vestía una camisa blanca de oficina y en el asiento trasero del Tsuru iba un niño de unos 4 años dormido sobre una sillita infantil con una cobija celeste.
Víctor levantó la mano izquierda esperando la moneda. El conductor, sin dársela, le hizo a Víctor una pregunta con voz baja y temblorosa. ¿Usted es Víctor Rabanales? Víctor Rabanales, sin saber por qué, sintió en ese momento que se le doblaban las rodillas. Asintió con la cabeza sin abrir la boca. El conductor del Nissan Zuru ese domingo de octubre de 2024 quedaba fuera del perfil habitual del fan, del coleccionista o del periodista buscando una nota nostálgica sobre el campeón olvidado.
El conductor del Nissan Suru era Marco Rabanales Aguirre, el único hijo legítimo del campeón mexicano, 30 años. Contador público egresado de la UNAM. Empleado de medio nivel en una empresa de auditorías de Polanco. Casado desde el 2020 con una mujer de Coyoacán, padre del niño de 4 años que dormía en el asiento trasero. Era el primer encuentro físico de Marco con su padre Víctor desde enero de 2012.
12 años y 10 meses sin verse, Marco bajó del coche, caminó dos pasos y abrazó a Víctor Manuel Rabanales en la esquina de la calle Nesa Walcoyotl, frente al semáforo en verde, mientras los coches de atrás empezaban a tocarle el claxon. Lo abrazó durante 29 segundos exactos. Sin decir una palabra, Víctor, en ese abrazo, sintió el olor de la colonia barata del cabello de su hijo.
sintió el cuerpo de un hombre adulto que ya no era el niño de 5 años que había salido de la casa de Lomas Verdes. En enero de 2012 sintió por primera vez en 12 años que alguien lo tocaba sin pedirle nada a cambio y entendió en ese momento algo que las dos mujeres del Popocatepetl no habían podido robarle del todo.
Algo que la libreta verde con 14 nombres no había podido nombrar. Algo que su madre Eulalia en 1974 había sabido siempre que los puños te dan dinero y los puños te lo quitan. Pero hay cosas que los puños no te dan ni te quitan, que dependen de otra parte, que se pierden cuando uno firma sin leer, cuando uno vende lo que no es suyo, cuando uno cree que la sangre se puede empeñar como un cinturón.
Cuando Marcos se separó del abrazo, le dijo a su padre dos frases, solo dos. Y Víctor las anotó esa misma tarde en la última página disponible de la libreta verde, dándole por terminada después de 14 años de escritura. La primera frase de Marco fue, “Papá, te he buscado durante 6 meses. Mi mamá está enferma.
” La segunda frase fue, “Mi hijo se llama Víctor. Vente a conocerlo. Aquí termina en una esquina cualquiera de Texcoco, la historia del campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo de 1992. Víctor Manuel Rabanales hoy, en mayo de 2026 sigue limpiando parabrisas algunas mañanas para no perder la costumbre, pero ya no duerme en la calle.
Vive desde noviembre de 2024 en el departamento de su hijo Marco en la colonia Narbarte, en un cuarto pequeño con una ventana que da al patio. La libreta verde está cerrada dentro del primer cajón del buró de ese cuarto. La hepatitis del tipo C, con la medicación regular que su hijo le compra cada mes, está controlada.
Y los domingos por la tarde, Víctor lleva al niño que se llama como él al parque de la colonia a caminar despacio entre los árboles. Pero hay algo que el campeón nunca recuperó ni va a recuperar. El cinturón verde y dorado del Consejo Mundial de Boxeo de 1992. Vendido por 5,000es. Revendido por $28,000. Hoy, hasta donde la familia Rabanales sabe, está colgado en la pared del despacho privado de un coleccionista chino de Hong Kong, que nunca puso un pie en un cuadrilátero, que no sabe nada de boxeo mexicano y que no entiende lo
que ese cinturón le costó a un hombre llamado Víctor Manuel Rabanales, $30,000 en efectivo, una casa familiar, 12 años sin un hijo y 7 meses durmiendo en una banca de la Alameda Central. Debajo de un saco viejo, en la misma banca donde llegó 42 años antes con 17 años, una bolsa de plástico y una promesa hecha a su madre Eulalia.
Aquí no termina la lección porque la historia de Víctor Manuel Rabanales no es solamente la historia de un boxeador estafado, es la historia del hombre mexicano de clase trabajadora, que confía en quien sonríe primero, del campeón que no sabe leer un contrato, del padre que cree que se puede pedir perdón con cartas debajo de la puerta cuando uno ya hizo algo que no se puede deshacer.
del hijo de una madre analfabeta que tenía razón en todo. Hay millones de víct rabanales en México, hombres que firman sin leer, que regalan lo que no es suyo, que descubren demasiado tarde que las cosas más caras de la vida no son las que se pagan en dólares. Si esta historia te hizo pensar en alguien, en un padre que vendió la casa familiar sin avisar, en una madre callada en una cocina de provincia, en un hijo que dejó de contestar las llamadas, en un campeón olvidado durmiendo en una banca de un parque.
Llámalo hoy, no mañana, hoy, antes de que sea tarde, antes de que tu propio nombre aparezca sin saberlo, subrayado tres veces con marcador rojo en la libreta verde de alguien que durante 15 años aprendió, en silencio a recordarte por todo lo que perdió cuando te creyó. Esta narración es una reconstrucción dramatizada basada en hechos públicos de la carrera de Víctor Manuel Rabanales en su título mundial CMB de 1992 contra Yoiro Tatsuyoshi y en declaraciones públicas del propio Rabanales a la revista Proceso de 2010, a la agencia
Notimex de 2014 y a otros medios. Personajes secundarios, diálogos, fechas privadas y reconstrucciones de escenas nocumentadas han sido construidos con fines narrativos. La historia respeta la dignidad del campeón y la de su familia. Suscríbete a Estrellas Caídas si quieres que sigamos contando historias que nadie se atreve a contar.