El documento permanecía archivado en el cuartel de Zaragoza hasta 1968, cuando fue destruido durante una reorganización administrativa. En marzo de 1953, Isidro Ugarte, el pastor que había encontrado el vehículo, dejó de trabajar en Las Bardenas. vendió su rebaño y se mudó a Pamplona sin dar explicaciones. Su sobrina, entrevistada años después por un periodista local, mencionó que su tío había cambiado después de aquel hallazgo. Dejó de dormir bien.
Evitaba hablar sobre la zona. Cuando alguien mencionaba el caso de los geólogos, se levantaba y salía de la habitación. Antes de morir en 1958, confió a su esposa que había visto algo más aquel día de noviembre, algo que no mencionó a la Guardia Civil. Según el relato de la esposa, transmitido oralmente a otros familiares, Isidro encontró huellas alrededor del vehículo abandonado.
Muchas huellas, demasiadas para tres personas. Y no todas apuntaban en la misma dirección. Algunas parecían dirigirse hacia el barranco, pero otras salían desde el barranco hacia el vehículo, como si algo hubiera llegado desde el fondo de la tierra. Las huellas eran extrañas, según lo describió Isidro a su esposa, profundas en el talón, pero apenas [música] marcadas en la punta, como si alguien caminara hacia atrás o como si algo hubiera sido arrastrado.
La esposa de Isidro guardó esta información durante años. no la compartió con nadie fuera de la familia inmediata hasta 1966 cuando el periodista Julián Monterroso comenzó a investigar el caso para una serie de artículos sobre desapariciones sin resolver en la región. Monterroso logró ganarse la confianza de la viuda y obtener el testimonio completo.
También consiguió hablar con uno de los pastores que había reportado los sonidos extraños en octubre de 1952. El pastor, un hombre ya anciano llamado Bernabé Sola, vivía entonces en un asilo en Tudela. Su memoria estaba deteriorada, pero recordaba con claridad aquellos días. Le dijo a Monterroso que el sonido no era como ningún motor que hubiera escuchado antes.
Era más profundo, más regular, como si algo respirara debajo de la tierra. Bernabé también mencionó algo que no había incluido en su testimonio original. La noche del 28 de octubre, él y otro pastor vieron luces moviéndose en el fondo del barranco. No eran linternas, las luces eran azuladas, parpadeantes y se movían en patrones circulares.
Duraron menos de un minuto antes de apagarse completamente. Durante los años siguientes hubo intentos esporádicos de reabrir la investigación. En 1957, un equipo de espele voluntarios exploró las cavidades naturales del barranco de las cortinas. El grupo estaba liderado por René Dubois, un espeleo francés con amplia experiencia en sistemas de cuevas europeos.
Descendieron hasta profundidades de 40 m, documentando túneles erosionados por antiguos ríos subterráneos. El sistema resultó ser mucho más extenso de lo anticipado. Los túneles se ramificaban en múltiples direcciones, algunos tan estrechos que apenas permitían el paso de una persona. Otros tan amplios que las linternas no alcanzaban a iluminar el techo.
En uno de los túneles más profundos, a unos 35 m bajo la superficie, encontraron restos de equipo oxidado que podrían haber pertenecido a una expedición antigua. Pero la corrosión era tan avanzada que resultaba imposible determinar su origen o antigüedad. También reportaron una característica inusual. En ciertas secciones del túnel, las paredes presentaban marcas lineales, como si algo hubiera sido arrastrado repetidamente por el mismo camino durante mucho tiempo.
Las marcas no eran naturales, medían aproximadamente 1 met de ancho y se extendían por tramos de hasta 20 m. En algunos puntos las marcas se superponían sugiriendo uso prolongado, pero tampoco había consenso sobre qué las había causado. Dubo tomó fotografías de las marcas, pero las imágenes resultaron poco útiles. La humedad había creado una capa de minerales que hacía difícil distinguir detalles.
El espeleo jefe escribió en su informe final que el sistema de túneles era anormalmente extenso y que varias de las cavidades parecían conectarse con zonas aún más profundas que no pudieron explorar por falta de equipo adecuado. Dubo mencionó que durante su última noche acampando cerca de la entrada del barranco, él y dos compañeros escucharon lo que describió como un eco mecánico [música] que parecía provenir de muy abajo.

El sonido duraba entre 10 y 15 segundos. Se detenía y luego se repetía. Lo comparó con el chirrido de metal contra piedra. Cuando revisaron el interior del túnel, al día siguiente, no encontraron nada que pudiera explicar el ruido. Sin embargo, notaron algo perturbador. Una de las sogas que habían dejado marcando una ruta la noche anterior había sido movida.
Estaba en un lugar diferente, atada a una formación rocosa distinta. Ninguno de los tres hombres la había tocado. El informe de Dubois fue archivado junto al expediente original de los geólogos desaparecidos. Nunca se publicó. La Universidad de Salamanca cerró oficialmente el caso en 1959, declarando a los tres hombres fallecidos sin cuerpos recuperados.
Las familias recibieron compensaciones simbólicas. Los nombres de Mauricio Salcedo, Guillermo Ferrer y Joaquín Aranda fueron inscritos en una placa conmemorativa en el edificio de geología. Pero las preguntas permanecieron. En 1961, un antiguo colega de los geólogos desaparecidos, un hombre llamado Vicente Palacios, comenzó su propia investigación privada.
Palacios había trabajado con Salcedo durante años y conocía bien sus métodos de trabajo. Revisó todos los documentos disponibles, incluyendo los cuadernos de campo recuperados del vehículo. Lo que descubrió le perturbó profundamente. En los mapas marcados por Salcedo había anotaciones sobre una formación geológica [música] específica que, según sus cálculos, debería contener vestigios de un antiguo sistema fluvial.
Pero cuando Palacios cruzó esas coordenadas con mapas topográficos más recientes, descubrió que la zona marcada por Salcedo correspondía exactamente con la entrada del túnel más profundo explorado por Dubua. Más inquietante aún, Palacios encontró referencias en los márgenes de los cuadernos a algo que Salcedo llamaba anomalía de densidad.
Aparentemente las lecturas sísmicas tomadas por el equipo en los [música] días previos a su desaparición mostraban variaciones en la densidad del suelo que no correspondían con las formaciones geológicas conocidas de la zona. Salcedo había anotado que las lecturas sugerían la presencia de espacios vacíos mucho más grandes de lo normal, organizados en patrones que parecían demasiado regulares para ser naturales.
En una nota [música] al pie, Salcedo había escrito, “Si las lecturas son correctas, esto no es erosión, es excavación.” Palacios solicitó permiso para realizar su propia expedición, pero fue denegado por las autoridades militares. La zona había sido declarada de acceso restringido. No se dieron razones específicas.
Palacios insistió durante meses escribiendo cartas a diferentes departamentos gubernamentales, pero todas sus solicitudes fueron rechazadas con la misma respuesta, razones de seguridad nacional. Frustrado, intentó acceder a la zona de forma no autorizada en el verano de 1962. Fue detenido por la Policía Militar a 3 km de la entrada del barranco de las Cortinas.
Lo retuvieron durante 6 horas, confiscaron su equipo y le advirtieron que un segundo intento resultaría en cargos formales. Durante el interrogatorio, uno de los oficiales le preguntó específicamente qué sabía sobre las anomalías de densidad. Palacios nunca entendió cómo el oficial conocía ese término específico de los cuadernos de Salcedo.
Palacios nunca lo volvió a intentar. Dejó la universidad un año después y se dedicó a la enseñanza secundaria hasta su jubilación. En sus últimos años, cada vez que alguien le preguntaba sobre los geólogos desaparecidos, su respuesta era siempre la misma. Hay preguntas que no deberían responderse. Pero en 1967, poco antes de su muerte, Palacios le confió a un antiguo estudiante que [música] había llegado a una conclusión sobre el caso.
Le dijo que Salcedo y su equipo habían encontrado algo que contradecía todo lo que se sabía sobre la formación geológica de las Bardenas, algo que sugería actividad humana en un periodo en el que oficialmente no debería haberla. Palacios no especificó qué era exactamente, pero mencionó que los números en el cuaderno de Ferrer no eran mediciones, eran profundidades.
La esposa de Guillermo Ferrer, Adela Roca, nunca aceptó la versión oficial. Durante décadas conservó todos los documentos relacionados con el caso, incluyendo cartas personales que su esposo le había enviado durante expediciones anteriores. En una de esas cartas, fechada en agosto de 1952, dos meses antes de la desaparición, Ferrer mencionaba de pasada una conversación que había tenido con Salcedo sobre anomalías geofísicas en la región de Las Bardenas.
Ferrer escribió que Salcedo estaba intrigado por lecturas sísmicas inusuales que sugerían la existencia de cavidades mucho más grandes de lo esperado. Pero lo que más le llamó la atención fue una frase al final de la carta. Mauricio cree que hay algo que los mapas antiguos no registraron, algo que debería estar ahí, pero no aparece en ninguna parte.
Adela intentó comprender qué significaba esa frase. Contrató a un abogado para exigir acceso completo a los archivos militares de la zona, pero su petición fue denegada en 1964. El abogado le explicó que la zona estaba bajo jurisdicción militar permanente y que cualquier información relacionada con ella estaba clasificada.
Años más tarde, en 1967, el periodista Julián Monterroso publicó un artículo extenso sobre el caso en un diario regional. El artículo incluía muchos de los detalles menos conocidos: la frase del cuaderno de Salcedo, los testimonios de los pastores, las marcas en las paredes de los túneles, la detención de palacios.
El artículo generó cierto interés renovado, pero no condujo a nuevas investigaciones oficiales. Lo que sí ocurrió fue esto. Tres días después de la publicación, Monterroso recibió una llamada telefónica en su oficina. La voz al otro lado era tranquila, educada, sin amenazas explícitas. Le sugirió que dejara el tema en paz.
le explicó que algunos casos permanecen sin resolver por buenas razones, razones que no tienen nada que ver con incompetencia o negligencia. Cuando Monterroso preguntó quién llamaba, la línea se cortó. Una semana después recibió un sobre sin remitente. Dentro había una fotografía en blanco y negro tomada aparentemente en los años 50.
La imagen mostraba la entrada de una cueva, pero no era una formación natural. Los bordes eran demasiado regulares, demasiado rectos. En el reverso de la fotografía, alguien había escrito a mano: “Bardenas, sector 7, 1948, nada más.” Monterroso guardó la fotografía, pero nunca volvió a escribir sobre el caso. En 1969, durante trabajos de mantenimiento en el polígono militar, un equipo de ingenieros del ejército descubrió una entrada colapsada que daba a un sistema de túneles no documentado previamente.
La entrada estaba ubicada a menos de medio kilómetro del punto donde se encontró el vehículo abandonado de los geólogos. Según un informe interno filtrado años después, los ingenieros descendieron brevemente y encontraron señales de que alguien había estado allí antes, marcas de herramientas en las paredes, restos de sogas deterioradas y lo que parecían ser fragmentos de ropa.
El informe mencionaba también un olor persistente descrito como químico y orgánico a la vez que hacía difícil respirar en las zonas más profundas. Pero había otro detalle en el informe, un detalle que fue tachado en la versión oficial, pero que permaneció legible en una de las copias filtradas. Los ingenieros se encontraron en una cámara lateral, a unos 50 m de profundidad tres mochilas apiladas contra una pared.
Las mochilas estaban vacías. Los documentos de identidad que supuestamente faltaban no estaban ahí, pero dentro de una de ellas había un objeto que no encajaba. Un cuaderno nuevo sin usar con las páginas en blanco, excepto por la primera página. En ella, con la misma letra temblorosa que aparecía en el cuaderno de Salcedo, había una sola palabra escrita en diagonal, salgan.
La entrada fue sellada con hormigón tres días después. No se recuperó nada más. El informe nunca se hizo público oficialmente, pero una copia llegó a manos de Adela Roca en 1971, enviada por un remitente anónimo. Adela intentó verificar la autenticidad del documento, pero todos los contactos militares que consultó negaron su existencia.
Murió en 1978 sin obtener respuestas definitivas. Los habitantes de los pueblos cercanos a las Bardenas tienen sus propias teorías. Algunos creen que los geólogos encontraron algo que no debían encontrar, algo relacionado con operaciones militares secretas de la época. Otros sugieren que simplemente se perdieron y murieron en algún rincón inaccesible del desierto donde sus cuerpos aún permanecen.
Pero hay quienes recuerdan las historias más antiguas transmitidas por generaciones de pastores que trabajaron en esa tierra inhóspita. Historias sobre sonidos que no deberían existir, sobre cosas que se mueven bajo la superficie, sobre lugares donde las sombras no corresponden con la luz del sol. Un anciano de Tudela, entrevistado informalmente en 1982, mencionó que su abuelo, que había sido pastor en las Bardenas a principios del siglo XX, le había contado sobre túneles antiguos que cruzaban el desierto.
Según el abuelo, esos túneles fueron excavados hace mucho tiempo, mucho antes de que hubiera registros escritos. No sabía quién los había hecho ni para qué servían, pero sabía que estaban ahí y sabía que era mejor mantenerse alejado de ellos. El anciano no pudo dar más detalles. Su abuelo había muerto en 1931. Lo que nadie discute es que desde 1952 ninguna expedición científica ha vuelto a adentrarse en las zonas más profundas del barranco de las cortinas.
Las restricciones militares siguen vigentes. Los mapas geológicos modernos marcan esa área como inaccesible. Y cuando alguien pregunta por qué, la respuesta siempre es la misma, por razones de seguridad. En 1985, un grupo de estudiantes universitarios intentó organizar una expedición no autorizada. Fueron detenidos antes de llegar a la zona.
Ninguno de ellos volvió a intentarlo. Los archivos oficiales del caso permanecen sellados. En 1993, una solicitud formal de desclasificación fue presentada por un historiador académico de Madrid. La solicitud fue denegada sin explicación. Una segunda solicitud en 1998 obtuvo la misma respuesta. En 2003, los archivos fueron trasladados a una instalación de almacenamiento en las afueras de Zaragoza, donde permanecen bajo custodia militar.
Las familias de los tres hombres nunca obtuvieron respuestas definitivas. Los descendientes de Salcedo, Ferrer y Aranda aún viven en diferentes partes de España. Algunos han intentado reabrir el caso, otros han preferido dejarlo en el pasado, pero todos comparten la misma certeza. Algo ocurrió en las Bardenas en octubre de 1952, algo que alguien decidió que era mejor mantener oculto.
Y el desierto de las Bardenas sigue ahí, bajo el sol implacable, guardando sus secretos en el silencio. Los turistas visitan ahora la región fotografiando las formaciones rocosas, extrañas y el paisaje lunar. Pero ningún guía turístico menciona el barranco de las cortinas. Ningún mapa turístico marca su ubicación. Y si preguntas a los lugareños sobre los geólogos desaparecidos, la mayoría te dirá que no sabe nada.
Algunos mirarán hacia otro lado. Unos pocos te advertirán que hay lugares en las Bardenas donde no se debe entrar. Lugares donde el silencio suena demasiado fuerte. M.
A madrugada de 17 de novembro de 1986 começou com um vento incomum soprando sobre as Bardenas Reales. Os moradores de Tudela comentaram que o ar parecia diferente, mais pesado, carregado de um cheiro metálico que lembrava ferrugem molhada. Alguns pastores antigos, homens acostumados ao silêncio duro do deserto, disseram que os animais estavam inquietos desde a noite anterior. Os cães latiam sem motivo. As ovelhas se recusavam a avançar em determinadas direções. E os cavalos mantinham as orelhas erguidas, como se escutassem algo distante que os humanos não conseguiam ouvir.
Naquela mesma manhã, um engenheiro militar chamado Arturo Beltrán recebeu ordens para supervisionar uma inspeção de rotina em um setor restrito próximo ao Barranco de las Cortinas. Oficialmente, o objetivo era revisar rachaduras provocadas pela erosão após fortes chuvas. Extraoficialmente, Arturo sabia que aquela região escondia muito mais do que formações geológicas.
Havia rumores circulando entre os oficiais mais antigos. Comentários feitos em voz baixa nos corredores do quartel de Zaragoza. Histórias sobre túneis subterrâneos que não apareciam em nenhum mapa militar. Histórias sobre ruídos vindos das profundezas da terra. Histórias sobre homens enviados para investigar algo e que nunca retornaram.
Arturo tinha 34 anos e acreditava pouco em superstição. Era engenheiro, formado em Madrid, especializado em estruturas subterrâneas. Gostava de fatos, cálculos e lógica. Mas desde que recebera acesso parcial aos arquivos do caso de 1952, algo dentro dele havia mudado.
Os documentos eram fragmentados. Páginas arrancadas. Fotografias desaparecidas. Relatórios censurados com faixas pretas escondendo nomes e coordenadas. Mesmo assim, havia detalhes impossíveis de ignorar.
Especialmente uma anotação encontrada num memorando interno datado de fevereiro de 1953: “A atividade abaixo da camada sedimentar continua sem explicação.” A frase o perseguia havia semanas.
Quando chegou ao setor restrito acompanhado de dois soldados e um técnico civil chamado Ernesto Varela, o sol ainda mal havia surgido atrás das formações rochosas. O silêncio era absoluto. O lugar parecia morto.
As paredes de argila branca refletiam uma luz fria. Nenhum pássaro cruzava o céu. Nenhum inseto era ouvido. Apenas o vento.
Arturo consultou os mapas militares enquanto Ernesto descarregava equipamentos de medição sísmica. O técnico era um homem magro, nervoso, que fumava compulsivamente.
— Não gosto deste lugar — murmurou Ernesto enquanto ajustava os aparelhos.
Arturo ergueu os olhos.
— É apenas deserto.
Ernesto soltou uma risada curta.
— Foi exatamente isso que disseram sobre o Vale de Arán antes do desaparecimento dos mineiros.
Os soldados trocaram olhares desconfortáveis. Nenhum deles queria permanecer ali mais tempo do que o necessário.
A inspeção começou normalmente. As primeiras leituras mostravam apenas pequenas instabilidades naturais nas camadas subterrâneas. Nada incomum.
Mas às 11h17, tudo mudou.
Um dos aparelhos começou a emitir um som agudo. Ernesto se aproximou rapidamente.
— Isso não faz sentido…
As linhas registradas na tela mostravam vibrações profundas vindas de baixo da superfície. Rítmicas. Regulares. Como batimentos.
Arturo franziu a testa.
— Pode ser água subterrânea.
Ernesto balançou a cabeça lentamente.
— Não nessa frequência.
O aparelho voltou a emitir o som agudo. E então todos ouviram.
Um ruído distante. Muito baixo no início. Como metal raspando pedra.
Os soldados imediatamente olharam ao redor. O som parecia vir debaixo dos pés deles.
Um dos militares deu um passo para trás.
— Escutaram isso?
Ninguém respondeu. Porque o ruído continuava crescendo. Lento. Profundo. Orgânico.
Arturo sentiu um arrepio percorrer sua nuca. Não parecia maquinaria. Não parecia vento. Parecia movimento subterrâneo.
Ernesto desligou o aparelho imediatamente. O som cessou. Silêncio absoluto.
Os quatro homens permaneceram imóveis durante vários segundos. Até que um dos soldados falou quase sussurrando:
— Acho que devemos ir embora.
Mas Arturo não respondeu. Porque naquele momento ele viu algo.
No solo arenoso próximo a uma formação rochosa havia marcas. Linhas paralelas. Compridas. Como trilhas deixadas por algo pesado sendo arrastado.
As marcas desapareciam em direção a uma pequena abertura parcialmente escondida entre pedras. Uma fenda estreita. Escura. Quase invisível.
Arturo aproximou-se lentamente. O ar que saía dali era frio. Frio demais para aquele clima seco.
Ernesto apareceu atrás dele.
— Isso não estava nos mapas.
Arturo iluminou o interior com a lanterna. A passagem continuava para baixo. Profunda.
E nas paredes havia marcas. As mesmas descritas por René Dubois em 1957. Linhas longas. Repetidas. Como se algo tivesse passado por ali inúmeras vezes.
Um dos soldados deu um passo para trás.
— Senhor… isso está errado.
Mas Arturo não conseguia desviar o olhar. Porque agora havia outro detalhe.
O som tinha voltado. Mais distante. Mais profundo. Mas claramente presente. Como uma respiração lenta ecoando dentro da terra.
Naquela noite, Arturo não conseguiu dormir.
Retornara ao quartel levando fotografias, medições e relatórios preliminares. Esperava que seus superiores demonstrassem preocupação. Mas aconteceu o contrário.
O coronel responsável examinou rapidamente os documentos antes de fechar a pasta.
— O setor será selado novamente.
Arturo ficou surpreso.
— Senhor, encontramos uma abertura desconhecida. As leituras sísmicas…
— Já ouviu falar demais sobre esse lugar, engenheiro.
A resposta veio seca. Fria. Definitiva.
Arturo hesitou.
— O senhor sabia da existência desses túneis?
O coronel o encarou em silêncio por alguns segundos antes de responder:
— Há coisas nas Bardenas que pertencem ao passado. E o passado deve permanecer enterrado.
Depois disso, a reunião terminou sem explicações. Sem investigações adicionais.
Na manhã seguinte, Ernesto Varela desapareceu.
Seu quarto no alojamento militar estava vazio. A cama intacta. Seus cigarros ainda sobre a mesa.
O único detalhe estranho era uma folha arrancada de um bloco de notas encontrada no lixo. Nela havia apenas uma frase escrita às pressas: “Eles escavam à noite.”
A polícia militar classificou o desaparecimento como deserção. Mas Arturo sabia que Ernesto não teria fugido daquele jeito.
Três dias depois, Arturo recebeu uma caixa sem remetente deixada na porta de seu apartamento em Zaragoza.
Dentro havia uma fita cassete. Sem identificação.
Ele hesitou antes de colocá-la no gravador.
Primeiro ouviu apenas estática. Depois um ruído grave. Profundo. O mesmo som ouvido no barranco.
Mas havia algo mais. Uma voz. Fraca. Quase irreconhecível.
Arturo aumentou o volume lentamente. E então conseguiu entender.
A voz repetia uma única frase: “Não deixem abrir.”
A gravação terminava abruptamente.
Arturo sentiu o estômago gelar. Porque reconheceu a voz. Era Ernesto.
Nos dias seguintes, Arturo começou sua própria investigação secreta. Consultou arquivos antigos ignorados pelos militares. Visitou bibliotecas. Conversou com historiadores locais.
E pouco a pouco uma teoria impossível começou a surgir.
Muito antes da presença romana na Península Ibérica, existiam lendas sobre povos subterrâneos nas regiões áridas do norte da Espanha. Civilizações esquecidas. Comunidades que viviam abaixo da terra.
Os textos eram fragmentados, misturados com mitologia, mas havia coincidências perturbadoras. Especialmente uma.
As histórias mencionavam sons vindos do subsolo durante a noite. Sons descritos como “o respirar da terra”.
Arturo encontrou ainda referências medievais sobre desaparecimentos nas Bardenas. Pastores. Mercadores. Peregrinos. Todos sumidos próximos ao Barranco de las Cortinas.
Alguns registros falavam de “portas escondidas sob o deserto”. Outros mencionavam “homens sem rosto vindos das profundezas”.
A maioria dos historiadores tratava essas histórias como folclore. Mas Arturo não conseguia mais ignorar os padrões.
Então, em dezembro de 1986, ele tomou uma decisão perigosa: voltar sozinho ao barranco.
Chegou ao local pouco antes do anoitecer. Levava apenas lanterna, câmera fotográfica e equipamento de gravação.
O vento soprava forte entre os cabezos. As sombras das formações rochosas pareciam figuras observando à distância.
Arturo encontrou facilmente a abertura descoberta semanas antes. Ela continuava ali. Escura. Silenciosa. Respirando ar frio.
Ele entrou.
Os primeiros metros eram estreitos, mas o túnel logo se ampliava. As paredes estavam cobertas por minerais brilhantes que refletiam a luz da lanterna.
E havia marcas por toda parte. Marcas artificiais. Sulcos. Linhas retas. Escavações.
Aquilo não era uma formação natural. Alguém havia construído aquilo. Ou alguma coisa.
Arturo avançou lentamente.
O som voltou. Mais forte agora. Mais próximo. Uma pulsação subterrânea.
E então percebeu algo terrível. O túnel descia muito mais fundo do que deveria ser geologicamente possível naquela região.
Quase 40 minutos depois, chegou a uma enorme câmara subterrânea.
E ali encontrou o impossível.
Estruturas. Colunas esculpidas na pedra. Arcos. Paredes lisas. Como ruínas antigas escondidas sob o deserto.
Arturo sentiu as pernas enfraquecerem. Aquilo contradizia toda a história conhecida da região. Nenhuma civilização registrada deveria existir ali.
Então sua lanterna iluminou algo no chão.
Uma mochila. Velha. Coberta de poeira.
Ele se aproximou lentamente. E reconheceu imediatamente o símbolo da Universidade de Salamanca.
Pertencera aos geólogos desaparecidos em 1952.
O coração de Arturo disparou.
Abriu cuidadosamente a mochila. Dentro havia apenas um objeto. Um relógio quebrado parado exatamente às 3h17. E um pequeno caderno úmido.
As páginas estavam parcialmente destruídas. Mas ainda era possível ler algumas frases.
A letra era de Mauricio Salcedo.
“Eles estão abaixo.”
“O som não é maquinaria.”
“As paredes se movem.”
“Não estamos sozinhos.”
A última frase estava quase ilegível. Escrita de forma desesperada.
“Fechem a entrada antes que…”
O restante desaparecia numa mancha escura.
Foi então que Arturo ouviu passos.
Lentos. Arrastados. Vindos da escuridão além das colunas.
Ele congelou.
Os passos continuavam. Irregulares. Como algo aprendendo a caminhar.
A luz da lanterna tremia em sua mão.
E então ele viu.
Uma silhueta. Alta. Magra. Parada no limite da escuridão. Imóvel. Observando.
Arturo tentou focar a luz. Mas a figura recuou lentamente, desaparecendo atrás das colunas.
Os passos cessaram.
Silêncio absoluto.
Arturo recuou imediatamente. O instinto gritava para fugir.
Enquanto corria pelo túnel, começou a ouvir outros sons. Movimentos. Raspagens. Ecoando ao redor.
Como se algo estivesse se deslocando pelas profundezas acompanhando seus passos.
Ele saiu da abertura quase sem ar. O céu já estava completamente escuro.
E o pior ainda estava por vir.
Porque ao olhar para trás, viu marcas frescas surgindo lentamente na areia. Como pegadas vindas de dentro da fenda.
Parando a poucos metros dele.
Mas não havia ninguém ali. Nenhuma figura. Nenhum animal.
Apenas marcas aparecendo sozinhas na areia fria do deserto.