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Las mansiones victorianas eran lujosas… y absolutamente sucias.

Las mansiones victorianas eran lujosas… y absolutamente sucias.

—Cruza el umbral…
—La puerta se cierra… qué silencio tan extraño.
—Sí. Afuera Londres ruge. Carruajes, vendedores, humo… pero aquí dentro parece otro mundo.
—Es elegante. Mira esos candelabros, esas alfombras…
—Respira hondo.
—…Dios. ¿Qué es ese olor?
—Riqueza victoriana. Cera caliente, terciopelo húmedo, madera vieja… y gas escapándose de las tuberías.
—¿Gas?
—Sí. Llevas menos de un minuto en la mansión y ya estás inhalando veneno.

—Siempre imaginé la época victoriana como algo refinado.
—Todos lo imaginan así. Caballeros impecables, damas elegantes, salones perfectos…
—¿Y no era así?
—Por fuera, sí. Por dentro, muchas de esas mansiones eran trampas tóxicas.

—¿Tan grave era?
—Peor de lo que imaginas. Londres entero estaba cubierto de humo de carbón.
—La famosa niebla londinense.
—No era niebla. Era contaminación. Una nube amarilla llena de azufre y hollín.
—Qué horror.
—El polvo negro entraba en todas partes. Sobre las mesas, las cortinas, la ropa… Había criados dedicados únicamente a limpiarlo cada mañana.
—¿Y las calles?
—Llenas de estiércol de caballo. Toneladas cada día.

—Entonces la gente rica cerraba sus casas para protegerse.
—Exactamente. Sellaban ventanas, colgaban cortinas pesadas, cubrían el suelo con alfombras gruesas…
—Suena lógico.
—Sí, excepto por un detalle.
—¿Cuál?
—Encerraban el veneno dentro de la casa.

—¿Veneno?
—Mira esas paredes verdes.
—Son hermosas.
—Están hechas con arsénico.
—¿Qué?
—El famoso “verde de París”. Muy popular en el siglo XIX.
—¿La gente sabía que era tóxico?
—No del todo. Sabían que algunas personas enfermaban, pero no entendían la química.
—Entonces respiraban arsénico diariamente…
—Durante años.

—Eso explica por qué tantas damas victorianas parecían débiles y pálidas.
—Exactamente. Dolores de cabeza, fatiga, desmayos…
—Y además usaban corsés.
—Corsés tan ajustados que reducían la capacidad pulmonar hasta un 40%.

—¿Y las alfombras?
—Peor de lo que quieres saber.
—Ahora necesito saberlo.
—Nunca se lavaban.
—…
—Absorbían barro, bacterias, humedad, restos de comida, polvo, insectos…
—Qué asco.
—Eran ecosistemas completos.
—Y la gente se sentaba encima.
—Los niños jugaban allí.

—Al menos la iluminación era moderna.
—¿Te refieres al gas?
—Sí.
—Otra pesadilla.
—No me digas que también era peligroso.
—Las tuberías tenían fugas constantes.
—¿Monóxido de carbono?
—Exacto.
—Entonces vivían medio intoxicados.
—Con dolores de cabeza permanentes y agotamiento crónico.
—Y nadie entendía la causa.
—Los médicos lo llamaban “debilidad nerviosa”.

—El famoso té de las cinco tampoco era tan inocente, ¿verdad?
—Ni de cerca.
—¿Qué tenía de malo?
—La leche podía transmitir tuberculosis o fiebre tifoidea.
—Porque no existía refrigeración.
—Exactamente. Y muchos alimentos estaban adulterados.
—¿Cómo adulterados?
—El pan podía tener yeso.
—¿YESO?
—Y los dulces infantiles llevaban sales de plomo o arsénico para darles color.
—Eso es demencial.
—Era normal en la época.

—Entonces la gente enfermaba…
—Y el médico llegaba con opio o cocaína líquida.
—¿Perdón?
—Láudano, jarabes calmantes, vinos con coca…
—¿Eso se vendía legalmente?
—Sin receta.
—Increíble.
—Los síntomas desaparecían temporalmente y todos pensaban que el tratamiento funcionaba.

—¿Cuándo empezó a cambiar todo?
—Cuando Londres ya no pudo soportar su propia suciedad.
—¿El Gran Hedor?
—Sí. Verano de 1858. El Támesis era básicamente una cloaca abierta.
—¿Tan grave fue?
—El Parlamento no podía trabajar por el olor.
—Eso sí hizo reaccionar a los políticos.
—Exactamente. Cuando el hedor llegó a las oficinas de los hombres poderosos, apareció el dinero.

—Ahí entra Joseph Bazalgette.
—Correcto.
—El ingeniero del alcantarillado moderno de Londres.
—Construyó una red gigantesca bajo la ciudad.
—¿Y funcionó?
—Sí. Las epidemias empezaron a disminuir.

—¿Y John Snow?
—Demostró que el cólera venía del agua contaminada, no del aire.
—Pero tardaron años en creerle.
—Porque las sociedades rara vez abandonan sus ideas cómodas rápidamente.

—Entonces… ¿la elegancia victoriana era una ilusión?
—No exactamente una ilusión. Era lujo construido sobre ignorancia científica.
—Qué frase tan dura.
—Pero cierta.
—Las mansiones parecían refugios seguros…
—Y muchas veces estaban matando lentamente a quienes vivían dentro.

—Ahora nunca volveré a ver igual una película victoriana.
—Ni yo.
—Miraré las paredes y pensaré en arsénico.
—Las lámparas y pensarás en monóxido.
—Las alfombras y pensaré en bacterias.
—Y el té elegante…
—Con leche contaminada y dulces con plomo.

—Da miedo pensar cuánto desconocían.
—Sí.
—Aunque quizá dentro de 150 años alguien piense lo mismo de nosotros.
—Probablemente.
—Porque el pasado no está lleno de monstruos…
—Está lleno de personas convencidas de que estaban viviendo de la manera correcta.

—¿Sabes qué es lo más inquietante de todo esto?
—¿Qué cosa?
—Que las mansiones victorianas no olían mal para quienes vivían allí.
—Claro… el cuerpo se acostumbraba.
—Exactamente. El ser humano puede adaptarse a casi cualquier cosa, incluso a aquello que lo está enfermando lentamente.
—Eso explica por qué nadie entraba gritando “¡este lugar es tóxico!”.
—Porque para ellos, ese olor era el olor del éxito. Del dinero. Del estatus social.

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