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JORGE CAMPOS: CONFIRMADO, TODO ERA MENTIRA Y ESTO ES LO QUE LE HICIERON EN LA SELECCIÓN

JORGE CAMPOS: CONFIRMADO, TODO ERA MENTIRA Y ESTO ES LO QUE LE HICIERON EN LA SELECCIÓN

Hay un momento en el mundial de Estados Unidos, 1994 que los mexicanos de cierta edad recuerdan con una precisión que el tiempo no ha borrado. México contra Bulgaria, segunda ronda. El árbitro señala penalti para México y desde el punto de los 11 m camina un hombre con la playera del portero, los colores más extravagantes que una cancha de fútbol había visto hasta ese momento.

 Y patea el balón. ¡Gol! Un portero metió un gol en un mundial. Ese hombre se llama Jorge Campos. Y la historia de lo que ese hombre fue para el fútbol mexicano. Y la historia de lo que el fútbol mexicano le hizo a él es lo que vamos a contar hoy, porque hay una versión de Jorge Campos que México conoce bien, la de las playeras de colores imposibles, la del portero que también jugaba de delantero, la del personaje excéntrico que hacía cosas que ningún portero del mundo hacía porque se salía del arco y se metía en el campo cuando le daba la gana y de

alguna manera funcionaba. Esa versión es real. Y hay otra versión que México no cuenta con la misma facilidad, la del hombre que llegó a la cima del fútbol mexicano, sin el apoyo que debió tener, la de la selección nacional y lo que pasó adentro, la de los años después del retiro, que no fueron los que debieron ser.

 Jorge Campos Navarrete nació el 15 de octubre de 1966 en Acapulco, Guerrero. El puerto caliente del Pacífico, la ciudad de los clavadistas de la quebrada y del turismo americano de los años 70 y del fútbol de playa donde los niños aprenden a controlar el balón sobre arena, que es la superficie más difícil y que cuando uno aprende ahí aprende de verdad.

 Campos creció ahí con el calor del puerto metido en los huesos y con el fútbol como parte de la vida de la misma manera que lo es en todos los barrios mexicanos donde los niños juegan en las calles porque no hay mucho más que hacer. Lo que distinguía a Campos desde niño era algo que los que lo vieron en esos años describen con la misma palabra, todo. Podía hacer todo.

Era el que metía los goles cuando jugaba de delantero y el que paraba los tiros cuando le tocaba ponerse en el arco. En el fútbol de barrio, donde los niños rotan posiciones según quien llega, Campos era igual de bueno en cualquier lado. Eso es rarísimo. Los porteros no son generalmente los mismos que los delanteros.

 Los reflejos que necesitas para pararte en el arco y los que necesitas para crear en la delantera son reflejos distintos que el entrenamiento desarrolla de maneras distintas. Que alguien tenga los dos en el mismo cuerpo con la misma intensidad ocurre tan poocco que cuando ocurre los entrenadores no saben muy bien qué hacer con ello.

 Los entrenadores de las categorías juveniles que tuvieron a Campos tampoco supieron muy bien qué hacer con él. Al principio la decisión de convertirlo en portero fue práctica. El equipo necesitaba portero y Campos era el más ágil y el más valiente para los tiros. Pero Campos no dejó de ser delantero por eso siguió pateando penaltis, siguió saliendo del arco cuando la situación lo requería o cuando él consideraba que lo requería, que a veces eran la misma cosa y a veces no.

Llegó al fútbol profesional mexicano a principios de los años 80. Sus primeros equipos en la primera división fueron equipos donde fue construyendo su reputación de una manera que el fútbol mexicano de esa época no había visto exactamente de esa manera. Los porteros en el fútbol de los años 80 tenían un rol muy definido, pararse en el arco, salir a los centros aéreos, organizar la defensa.

 El portero moderno que sale y juega con los pies, que es parte del juego de construcción del equipo desde atrás, era algo que el fútbol estaba empezando a desarrollar en los grandes centros del fútbol europeo y que en México tardó más en llegar. Campos lo hacía de manera intuitiva antes de que nadie le hubiera dado un nombre técnico.  Salía del arco con una confianza que producía reacciones muy distintas.

 Sus compañeros muchas veces lo miraban con la mezcla de admiración y terror que produce ver a alguien hacer algo que funciona, pero que podría no funcionar. Los rivales intentaban aprovecharlo y a veces lo lograban y a veces encontraban que Campos ya había vuelto al arco antes de que ellos llegaran. Las playeras llegaron en la etapa de su carrera con Pumas de la UNAM, que fue donde Campos se consolidó como figura del fútbol mexicano.

 La historia de las playeras tiene varias versiones. La versión más difundida dice que Campos las diseñaba él mismo  y que los colores extravagantes eran una manera de confundir a los delanteros rivales, de hacer que la playera del portero, mezclada con los colores del área grande fuera difícil de leer para el que quería saber exactamente dónde estaba el arco.

 Hay algo de táctica real en eso y hay también algo de personalidad, de la expresión de alguien que tiene una manera específica de estar en el mundo y que en la cancha lo expresa de la misma manera que fuera de ella. Las playeras lo convirtieron en reconocible de una manera que muy pocos futbolistas alcanzan.

 Cuando Campos salía al campo, se sabía que era Campos antes de ver el número, los colores, la silueta pequeña y ágil del portero más bajito que el fútbol mexicano había puesto en una cancha de primer nivel el movimiento de alguien que parece estar pensando 12 jugadas adelante. Todo eso junto producía una imagen que el fútbol mexicano guardó y que guarda todavía.

Pumas en esa época era un equipo que el fútbol mexicano miraba con respeto y con algo de envidia. La Universidad Nacional le daba al equipo una identidad específica: el fútbol intelectual, el de los que piensan antes de pegar, el de las jugadas construidas con paciencia, en lugar de las que se resuelven con velocidad y potencia.

 Esa identidad tenía sus problemas, que era que a veces la paciencia se convertía en lentitud y que los equipos que corrían más los superaban. Pero también tenía sus momentos de gloria donde todo encajaba y el fútbol que producían era el fútbol más hermoso de la liga. Campos en ese equipo era la pieza más difícil de catalogar.

 El portero que era también delantero, el que salía del arco con la convicción del que sabe que puede hacerlo y que si algo sale mal tiene el tiempo y las piernas para volver. A veces tenía razón, a veces llegaba tarde y el rival que él había dejado libre metía el gol que arruinaba todo. Sus entrenadores en Pumas tuvieron que aprender a manejar eso, a saber cuándo lo mejor era dejar a Campo ser Campos y cuándo había que ponerle límites que él no siempre aceptaba de buen grado.

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