Posted in

Javier Solís: 70 Años de MENTIRAS… El ASQUEROSO Pacto con Agustín Lara que Nadie Te Contó

Javier Solís: 70 Años de MENTIRAS… El ASQUEROSO Pacto con Agustín Lara que Nadie Te Contó

15 de enero de 1956, Ciudad de México, calle Bucarelli. Las oficinas de discos Columbia olían a papel húmedo y cigarro frío. Afuera, la ciudad del turno de noche seguía su ritmo sin detenerse, camiones, lluvia fina, el ruido sordo de una cantina que nunca cerraba del todo. dentro bajo una lámpara que le echaba luz amarilla a todo.

 Felipe Valdés Leal, director artístico de la disquera más importante del país, empujó un contrato hacia el lado de la mesa donde estaba sentado un joven de 24 años que había llegado caminando desde Tacubaya con los zapatos lustrados por primera vez en meses. Ese joven había trabajado de carnicero, había boxeado 6 años, había cantado en restaurantes de mala muerte y en concursos donde el premio era un par de zapatos nuevos.

 Y en un bar de la calle San Juan de Letrán, donde la gente bebía más de lo que escuchaba. Y esa noche, frente al hombre que podía convertirlo en algo, extendió la mano y escribió su nombre en el papel. El problema es que ese nombre era mentira. Gabriel Siria Levario nació el 4 de septiembre de 1931 en la calle Simón Bolívar, número 165 de la Ciudad de México.

 Su padre se llamaba Francisco Siria Mora y era panadero. Su madre se llamaba Juan Alevario Plata. y tenía un puesto en un mercado público. Eso dice el Registro Civil, eso dicen los documentos. Pero quien firmó ese contrato en enero de 1956 se llamaba Javier Solís y Javier Solís aseguraba con toda tranquilidad que había nacido en Nogales, Sonora.

 Una historia diferente, un hombre diferente, una vida construida desde la nada porque la que traía consigo no era suficiente para llegar a donde quería llegar. Guarda esta imagen. Un carnicero de Tacubaya firmando un contrato bajo una lámpara que zumba, con un nombre que él mismo inventó en una ciudad que nunca supo cómo se llamaba de verdad.

 Porque todo lo que vino después, los discos, las películas, el título de rey del bolero ranchero, las canciones que todavía hoy suenan en las cocinas y en los velorios y en los bautizos de Medio México, empezó ahí con esa firma y con ese silencio. ¿Cuántos hombres firman un papel y pierden su nombre para siempre? ¿Cuántos nacieron siendo una cosa y murieron siendo otra completamente distinta? ¿Cuántos tuvieron que entregar algo que nunca pidieron que les devolvieran? Y cuántos de esos hombres llegaron a la cima sin que nadie supiera

el precio exacto que pagaron para subir. Este video va a revelar cuatro cosas que ningún homenaje oficial, ninguna semblanza de radio y ningún documental de televisión ha contado en el mismo lugar al mismo tiempo. La primera, la identidad que Javier Solís construyó y la que enterró. ¿Y por qué lo segundo era tan necesario como lo primero? La segunda, el pacto que tejió con el mundo de Agustín Lara.

 Un pacto que nunca apareció en ningún contrato, pero que definió los años más importantes de su carrera. La tercera, la vida que nadie vio mientras los teatros se llenaban y los récords de ventas caían uno tras otro. Y la cuarta, la cuarta es la más difícil de escuchar. Son las palabras que dijo en la clínica Santa Elena el 12 de abril de 1966, 3 días antes de morir.

 Y lo que esas palabras revelan sobre todo lo que guardó durante años. Aviso cuando lleguemos a cada una. Y si te vas antes de la cuarta, te pierdes lo único que explica todo lo demás. Antes de hablar del hombre que llegó a firmar ese contrato, hay que hablar del niño que nunca tuvo a nadie que le firmara nada. Tacubaya, Ciudad de México, abril de 1932.

Gabriel Siria Levario tenía menos de un año cuando su madre Juana lo dejó en casa de sus tíos. Las fuentes dicen que fue decisión tomada por necesidad, por el agotamiento de un puesto de mercado que había que abrir antes del amanecer y por la ausencia del marido. Juana dejó a su hijo con Valentín Levario Plata, su hermano, y con la esposa de este Ángela López Martínez, y se fue a trabajar.

 Y Gabriel se quedó en Tacubaya. Valentín y Ángela vivían en ese barrio de Ciudad de México, donde el calor se queda atrapado entre las vecindades y las voces de los vecinos son parte del paisaje desde que amanece. Gabriel creció ahí, en esos patios, en esas calles angostas donde el sonido de la radio de algún vecino era la banda sonora de todas las tardes.

 A Valentín y Ángela los llamó papá y mamá toda su vida, y a sus padres biológicos, Francisco y Juana, los conoció, los trató, pero nunca los llamó de otra manera. Piensa en eso un momento. Un niño que desde el primer año de vida aprende que el mundo puede cambiarte de mano sin pedirte permiso, que aprende que la familia tiene más formas de las que aparecen en los documentos, que crece sabiendo que hay una historia oficial y una historia real y que las dos pueden vivir en paralelo sin que nadie hable de ello en voz alta, porque

eso fue lo que aprendió Gabriel Siria Levario antes de saber leer. Y eso fue exactamente lo que aplicó a su carrera décadas después. En Tacubaya llegó a cursar hasta el quinto año de primaria. Ahí se terminó la escuela. La familia necesitaba ingresos y un niño con esa edad ya podía producirlos. Antes de cumplir los 15 años, Gabriel ya sabía cortar carne con precisión y ya sabía cantar lo suficiente como para ganar concursos donde el premio era ropa o zapatos.

 Las dos habilidades le vendrían bien durante más tiempo del que esperaba. El boxeo llegó después y duró 6 años. Entrenó con seriedad, con ambición real de hacerlo profesional hasta que Francisco Siria Mora, su padre biológico, intervino y le pidió que eligiera una profesión más decente. La ironía es que más decente resultó ser pararse frente a desconocidos en bares a cantar boleros bajo un nombre falso, pero lo eligió y lo eligió bien.

 Guarda este nombre. Javier Luukin. Ese fue el primer seudónimo, el que usó cuando empezó a cantar en concursos locales, todavía adolescente, ganando a veces y perdiendo otras y volviendo siempre. La voz era diferente desde entonces, gruesa, redonda, con ese peso que los músicos llaman cuerpo y que o se tiene desde el principio o no se tiene nunca.

Gabriel lo tenía, lo sabía él y lo sabían los pocos que lo escuchaban. El problema era que ninguno de ellos tenía poder para abrir puertas. A principios de 1955, con 23 años y cortando carne en la providencia, una carnicería de la colonia Condesa, Gabriel Siria Levario consiguió un contrato para cantar en el Bar Azteca.

 Era un restaurante bar de la calle San Juan de Letrán, frente al salto del agua en el corazón viejo de la ciudad. Ahí la gente comía, bebía y a veces escuchaba al cantante de fondo, dependiendo de cuánto aguardiente llevaban encima. Ahí, por sugerencia de su amigo Manuel Garay, enterró para siempre el nombre Javier Luukin y adoptó el que usaría hasta el día que murió, Javier Solís.

Read More