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J.LUIS CHILAVERT: CONFESÓ QUIÉN LE DESTROZÓ LA VIDA

J.LUIS CHILAVERT: CONFESÓ QUIÉN LE DESTROZÓ LA VIDA

campeón de Libertadores y de la Intercontinental, tres veces el mejor arquero del mundo. Le escupió en la cara a Roberto Carlos, le escupió en la cara a Maradona y ese mismo hombre encerrado en un baño llorando hasta quedarse sin voz. Lo que escuchó del otro lado de la puerta fue la cosa más asquerosa que un padre puede oír en su vida.

 Quédate hasta el final porque vas a saber qué palabras exactas le dijeron esa noche y quién fue el asqueroso que lo hizo. Y lo más oscuro, ¿por qué el arquero más temido del planeta nunca se atrevió a contarlo en público? Pero antes de llegar a ese baño de hotel, hay algo que tienes que entender, porque lo que pasó esa noche no empezó esa noche.

 Empezó 40 años antes, en un pueblo de tierra colorada, en una casa de chapas donde un niño aprendió que llorar no servía para nada. Y aquí es donde todo cambia. Lque, Paraguay, 27 de julio de 1965. Nace José Luis Félix Chilavert González, el segundo hijo de un matrimonio pobre. Catalino Chilavert, el padre. Nicolasa González, la madre.

 Una casa donde el agua no siempre llegaba, una casa donde el plato del almuerzo no siempre estaba lleno. Una casa donde el padre cuando estaba estaba enojado y cuando no estaba era peor. Catalino trabajaba. Catalino salía. Catalino volvía a horas raras. Nicolasa esperaba. Nicolasa rezaba. Nicolasa criaba sola a dos hijos varones.

 Rolando primero, José Luis después. Mientras el padre iba y venía como un fantasma que dejaba ropa sucia y silencio. El pequeño José Luis era distinto desde chico. Los vecinos lo recordaban con una mirada que no parecía de un niño de 6 años. No bajaba los ojos, no retrocedía. Cuando otro chamaco le pegaba en la calle, no lloraba.

 Lo miraba fijo y esperaba que el otro se cansara. Después, sin decir una palabra, se le iba encima. Catalino, las pocas veces que lo vio pelearse, no lo regañó. Una sola frase le dijo y el niño la guardó para toda la vida. Una frase que iba a explicar después por qué ese hombre se peleó con medio planeta sin pestañar. Vamos a volver a esa frase.

 Guarda esto en tu mente porque va a regresar. La pobreza en Luke no era una idea, era física. Era olor a humo de leña adentro de la casa. Era zapatos comprados dos tallas más grandes para que duraran 3 años. Era el día de cumpleaños sin torta. Era el cuaderno de la escuela escrito hasta en los márgenes porque comprar otro era un lujo.

 Y en esa casa de chapas y silencio había una pelota de trapo, una sola, vieja, cocida y descoscida tantas veces que ya no se sabía de qué color había sido al principio. Esa pelota era de José Luis y con esa pelota contra una pared de la calle de tierra, ese niño paraguayo aprendió algo que iba a definir su vida entera. Aprendió a atajar.

 Le faltaban guantes, le faltaba un entrenador, le faltaba un arco de verdad, le faltaban tantas cosas que un día, cansado de tirarse al suelo y rasparse los codos contra la tierra, le pidió a Nicolasa unas rodilleras. Nicolasa no tenía dinero para rodilleras. Lo que hizo Nicolás a esa noche fue agarrar dos trapos de cocina, los cortó, los cosió, los rellenó con algodón viejo y se las amarró a su hijo con tiras de tela.

 Esas fueron las primeras rodilleras de José Luis Chilabert, hechas por su madre a la luz de una vela en una cocina donde el techo goteaba. Y aquí ya empieza a aparecer un patrón, porque la madre estuvo, la madre cosció, la madre rezó, la madre crió y el padre El padre no se enteró de las rodilleras hasta tres días después, cuando volvió a la casa y vio al niño jugando con los trapos puestos.

 lo miró, no dijo nada, se metió a dormir. A los 9 años, José Luis ya era el arquero del equipo del barrio. A los 12 era el arquero del equipo de la Liga Infantil de Luke. A los 14, los entrenadores empezaron a decir lo mismo en voz baja. Este chico tiene algo que no se enseña. A los 15 debutó como profesional en esportivo luqueño, 15 años, una edad en la que otros chicos todavía pedían permiso para llegar tarde a su casa y él ya cobraba un sueldo por atajar.

El primer dinero que ganó José Luis Chilaverte en su vida lo metió en un sobre. cerró el sobre, caminó hasta su casa, lo puso en la mesa de la cocina delante de Nicolasa y le dijo cinco palabras que la madre nunca olvidó. “Mamá, ya no vas a lavar más ropa ajena.” Nicolasa lloró. Catalino, esa noche no estaba.

 Pero hay algo que nadie sabe de esos primeros meses como profesional, algo que cambia toda la historia. Imagina por un momento que un niño de 15 años, que apenas tiene edad de afeitarse llega a su casa con un sobre lleno de dinero y descubre una semana después que el sobre ya no estaba donde lo había dejado. Imagina que pregunta, que vuelve a preguntar, que su madre baja la cabeza y le pide que no insista.

 Imagina que entiende, sin que nadie se lo diga, que el padre se llevó la primera plata que él había ganado en su vida sin pedir permiso, sin avisar, sin devolver. Eso pasó en Luke en 1980 y esa fue la primera vez que José Luis Chilavert sintió en el estómago lo que iba a sentir muchas veces más en su vida. Una rabia muda, una traición que no se podía denunciar, una herida que tenía la cara de su propio padre.

 A los 19 años fichó por guaraní de Asunción. A los 20 lo vino a buscar San Lorenzo de Almagro en Argentina. Cruzó la frontera con una maleta de cartón y dos camisetas. En Buenos Aires nadie sabía pronunciar su apellido. Le decían el paraguayo. Y al paraguayo le bastaron cuatro partidos para que la gente del Bajo Flores empezara a corear su nombre en la tribuna. Pero algo había cambiado en él.

Algo se había endurecido. Ese niño que aprendió a no llorar en Luke, ahora era un hombre que aprendió a no perdonar. Catalino seguía apareciendo. Catalino seguía pidiendo. Catalino seguía llevándose. Y José Luis, cada vez que volvía a Paraguay encontraba la misma escena. Una madre que envejecía rápido, un padre que no envejecía nunca porque vivía como si la vida fuera fiesta y un hermano mayor, Rolando, que también jugaba al fútbol, pero que nunca iba a llegar a donde iba a llegar José Luis. Aquí es donde todo cambia. En

1988, Chilavert dio el salto a Europa, Real Zaragoza, España, la Liga, dinero de verdad por primera vez, una casa propia, un coche, trajes, relojes. Y en medio de toda esa explosión de vida, una llamada que recibió un sábado por la mañana. Catalino del otro lado. Catalino llorando. Catalino diciéndole que Nicolasa estaba enferma, que necesitaban dinero urgente, que mandara lo que pudiera.

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